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martes, 29 de abril de 2014

Sahra: más que un microcuento

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                               Sarah

Ese día, caminando por el malecón decidió no luchar más contra el deseo de aventurarse hasta las inmensas rocas, donde se le había advertido que no debía llegar. 

Antes le habían dicho lo mismo sobre su sueño de atravesar el desierto, arca de peligros inciertos. Aun así surcó las dunas de arena y conoció el polvo rojo que todo lo impregna y huele a leyendas.  

Así que bajó  las escaleras y por primera vez sintió la efervescencia de las olas del Mediterráneo bañando su rostro. Sonreía, mientras la brisa marina ondeaba su “hijab” como la más insigne bandera de paz.

Daritza Rodríguez-Arroyo  (Martes, 22 de abril de 2014. Bengasi, Libia)
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Relato: Sarah más que un microcuento

Ahora me queda todo muy claro. Ha debido ser que la esencia de alguna de ellas -de la más aguzada- andaba merodeando en el justo momento en que mi amiga Iris Miranda (poeta puertorriqueña) me invitaba a participar de “100 palabras por la paz”. 
¡Claro! No fueron mis palabras, fueron las de ella, portavoz de las voces de miles de migrantes que el desierto y el mar han silenciado. No digo que haya sido tanto como una psicografía, pero ciertamente al momento de escribir, vi la imagen de una mujer del desierto, de tez tostada, envuelta en telas negras, como las mujeres migrantes de Sudan, Nigeria, Somalia y otras tantas tierras africanas; mujeres que atraviesan el desierto del Sahara y luego el Mar Mediterráneo, arriesgando sus vida con el único propósito de vivir con dignidad.

Entonces esta mujer toda rostro y telas fue mi inspiración; mi piel fue receptiva al toque sutil que transmitió la historia de su travesía, de esa fuerza interna argamasa de sueños, esperanza y voluntad férrea que la sostuvo en medio de tanta inclemencia y que finalmente, independientemente de lograr llegar o no a su destino, la llevó a reconciliarse consigo misma. 

Sé que debió perdonarse por lo dejado atrás, pero igualmente complacerse en el vencimiento de sus temores, que también eran los del resto y siempre le parecieron más grandes que los propios. 

Me habló sobre lo vivido a cada paso y sobre su vista siempre puesta en el horizonte; entonces sonrió como pocas veces lo había hecho en el trascurso de su vida, debió solicitar que cerrara mis ojos, porque así lo hice. Se acercó y al oído me contó en susurros sobre su día en el malecón de Bengasi, allí donde en medio del caos, por primera vez fue libre y experimentó la paz.
Abrí los ojos y escribí.
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Entonces les cuento:

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En día martes le envié el microcuento a Iris y el jueves fui al mercado con mi esposo, le pedí que paseáramos por la calle Omar Al-Mukhtār en el barrio italiano del centro de Bengasi, una de mis favoritas porque además de la mezquita Atik, que es la más antigua de la ciudad, también hay varias librerías pequeñas en las que me gusta entrar a acariciar y ojear libros aunque no pueda leerlos por estar escritos en árabe.  

Allí también hay una tienda africana que siempre me ha llamado la atención porque se especializa en la venta de artesanías y artículos antiguos de decoración. Las veces que había estado por la zona, la tienda permanecía cerrada y mi esposo me había comentado que daba la casualidad que siempre íbamos en las horas de almuerzo.


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Esta vez vi la puerta abierta y corrí, temía que se cerrara antes de poder atravesarla.



Es un lugar mágico lleno de pinturas, réplicas de puertas árabes que cuando las abres resultan ser espejos que reflejan tu rostro, figuras, lámparas, cofres, baúles, faroles, vasijas, bandejas, ropas tradicionales… No hubo pieza que no toqué con asombro y curiosidad, que no oliera imaginando el entorno y las manos que la crearon. Mi esposo me seguía de cerca pero en silencio y el vendedor grandote con piel de ébano -que parecía una pieza más-  también me seguía con la mirada desde el fondo del local, tras la caja registradora rodeado de todo aquel arte que contaba historias de cualquier parte de Libia y toda África. 

Descubrí un tonel repleto de chucherías y me puse a curiosear, metiendo la mano, rebuscando con la insistencia de quien instintivamente sabe que dará con algo. Mis dedos tantearon una superficie algo tostada y rugosa, entonces halé un poco para ver de qué se trataba y allí estaba ella con su rostro tostado, pintado de desierto, con su mirada  convertida en una llama lánguida que desde las lamparillas de sus ojos aún cargados de sueños dice que no ha perdido la esperanza. 

Confieso que al principio no la reconocí, pero la quería. ¿Bekam Hada? Preguntó mi esposo. $35.00 LYD, contestó el vendedor. Pero recordamos que andábamos con el dinero contado para las compras del día, porque aquí en Libia todo se paga en efectivo y es preferible no andar con mucha cantidad en los bolsillos. Mi esposo me prometió que regresaríamos el sábado. De regresó al auto alcancé a ver el mar y la gente caminando por el malecón y fue en ese mismo momento en que comprendí lo que desde hace días venía ocurriendo, ahora todo tenía sentido. 

“¡Habibi! Era ella.” Exclamé emocionada. “¿Quién?” Preguntó mi esposo. “La mujer del desierto, la del microcuento. La máscara de cuero en la tienda africana, es la misma cara de la mujer que vi mientras escribía. ¿Recuerdas que te lo conté?” Mi esposo se quedó pensativo, “volvemos el sábado” dijo sin aventurarse en "mis fantasías".
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Y así fue, el sábado después del almuerzo volvimos al barrio italiano, cruzamos la plaza de la libertad Maydan al-Huriya frente a la mezquita y la antigua casa alcaldía. De lejos volví a ver la puerta de la tienda abierta, aligeré el paso y entré cruzando dedos en ambas manos. Estaba justo donde la dejé, sobre el montón de chucherías en el tonel del fondo.  La tomé en mis manos, sonreí y me la llevé al pecho como se hace con la gente que uno se alegra de volver a ver, miré a mi esposo y este a su vez miró al vendedor, que también permanecía en el mismo rincón donde lo habíamos dejado. 

¿Bekam Hada? Preguntó mi esposo. $35.00 LYD, contestó el vendedor. Comenzó el habitual regateo y al final la compramos por $25.00 LYD, aunque para mí tiene un valor incalculable que nada tiene que ver con dinero. Ahora la mujer del desierto, Ṣaḥrā, siempre está presente cuando escribo, junto al derviche turco y la bandera de Puerto Rico.

Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
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viernes, 21 de febrero de 2014

La llegada de Mapta -Martha-


 


abstract blue eyes animals human textures fantasy art yellow eyes ...
Después de casi dos años de espera viviendo un amor a distancia, pero no por ello menos real, ni válido, Martha llegaba a Bengasi desde su natal Lviv en Ucrania, ciudad también conocida como Leópolis o  Lemberg. Mohammad, además de ser el esposo de Martha también es el mejor amigo de mi marido, fue quien me representó en corte a la hora de documentarse mi matrimonio aquí en Libia y meses después mi esposo reciprocó la gestión siendo testigo del mismo proceso, pero oficiado por un Sheikh en el pequeño apartamento del centro de Bengasi donde vive la familia Shehabi. En el salón de visitas esperábamos las mujeres, junto a mí se encontraban la madre de Mohammad, sus tres hermanas y una de sus dos cuñadas. La madre pidió silencio para poder escuchar el pronunciamiento del Sheikh y sólo cuando se hubo apagado la melodiosa voz y se escucharon las risas y felicitaciones de los hombres allí presentes, nosotras desde la otra  habitación nos alegramos y ululamos. Era el inicio de todo el proceso que un palestino con residencia debe realizar para poder solicitar la entrada de su esposa extranjera ante las autoridades migratorias libias. El proceso fue considerablemente más largo que el nuestro y fueron muchas las veces que el prometido acá y la prometida allá solicitaban de amigos y familiares apoyo y sobre todo oración para que Dios interviniera, o como diría yo, para que los planes de Dios fueran cónsonos a los suyos. Martha y yo nos amigamos a través de Skype, los días en que mi esposo se marchaba al desierto solíamos contarnos en nuestro inglés de primeros auxilios nuestras alegrías y una que otra pena. También hacíamos  planes futuros y por tanto inciertos para juntarnos aquí en Libia, en Turquía, en Ucrania emprendiendo viaje hacia Polonia, o donde fuera. Con Mohammad la amistad había germinado desde mucho antes, cuando yo estaba aún en Puerto Rico y mi esposo me hablaba de él, más que como el mejor de sus amigos, como la sustitución inconsciente de ese hermano desaparecido que todos en su familia llevan encarnado de manera profunda en el mismo centro del corazón. A poco tiempo de mí llegada a Bengasi, y por otros motivos que no son tema de conversación en este momento, su familia se convirtió en una segunda familia para nosotros y así el hogar de los Shehabi es sin duda uno de esos lugares que nos gusta visitar frecuentemente donde nos sentimos queridos y aceptados.

-          ¿A qué hora llega Marta? Pregunté ya enroscada en la espalda de mi esposo y con la luz apagada.

-          A las 10:30am. ¡Insha Allah! Contestó mi esposo.

-          ¿A qué  hora te dijo Mohammad que debemos estar en el aeropuerto?

-          ¡Ja,ja! Me dijo a las 8:00am, pero le dije que era muy temprano, que con estar allí de 9:30 a 10:00am sería más que suficiente. Y riendo me dice, que esta tan emocionado que si por él fuera esta noche montaba una caseta en el estacionamiento del aeropuerto para esperar la llegada de su esposa.

-          Yo también estoy emocionada. Es lindo ver que otros también realizan sus sueños.

-          Para mí es como volver a vivir nuestra historia. Ese momento que nunca olvidaré.

-          ¡Te amo Habibi!

-          ¡Yo también te amo Habibty!

La alarma sonó a eso de las 8:00am, pero nos regodeamos tanto que no fue hasta las 9:50am que salimos de Al-Kwayfiya en dirección a Benina, agraciadamente vivimos a sólo 10 minutos del aeropuerto. Para entonces Mohammad había llamado varias veces, ya se encontraba en el aeropuerto junto a parte de su familia en esperas de su amada esposa.

-          Está tan nervioso que casi no puede hablar. Me comenta mi esposo mientras maneja.

-          ¿Y tú? ¿También lo estabas el día de mi llegada?

-          Estaba preocupado por tu seguridad. Mi madre venía a mi lado y si dije alguna palabra no lo recuerdo. Sólo pensaba que al fin estaríamos juntos, que te tendría conmigo para siempre.

-          ¿Llegaste temprano al aeropuerto como Mohammad?

-          ¡Jaja! No. Más o menos desde este punto de la ruta vi pasar el avión de Turkish Airlines y mi preocupación aumento, pensando todo lo que podría ocurrir si yo no llegaba a tiempo y tú te encontrases sola sin conocer a nadie, sin comprender, ni hablar el idioma, pensando tal vez que yo no llegaría. Aceleré la marcha.

En ese mismo momento el avión de Turkish Airlines que traía a Martha después de haber pernoctado una noche en Estambul atravesaba nuestro cielo en dirección al aeropuerto de Benina. Mi esposo y yo nos miramos incrédulos, muertos de la risa, y él como en Déjà Vu, pisó el acelerador. El estacionamiento estaba repleto, estacionamos lejísimos y caminamos una barbaridad a toda prisa. Bueno, para mí caminar media cuadra ya es toda una barbaridad. Ese día no vestía abaya, fui maquillada, de mahones, túnica larga a mitad de muslo, hijab por supuesto y tacones. A cada taconazo las cabezas de los hombres giraban sobre su eje buscando algo de piel al descubierto donde posar sus encandiladas pupilas, sobre todo los militares que suelen hacerlo sin reservas o pudor alguno. Mi esposo, quien siempre camina en frente de vez en cuando voltea y me reclama con la mirada, bien sea por los tacones, por el perfume o por el color en los labios. Siempre que se repite esta escena recuerdo al Chacal de aquel 25 de abril de 2013 en el autobús que me transportaba del terminal al avión en el aeropuerto de Atatürk. En la entrada nos topamos con Yusuf, o José como le llamo en español y él siempre sonríe. Es el padre de Mohammad. Allí también estaba Ahmed y Mahmoud, dos de sus otros hijos. Entramos todos al área de espera, que es la misma por donde entran los pasajeros después de pasar por la inspección de documentos y es también el área designada para reclamar el equipaje. En los nueve meses que llevo residiendo en este país ya mi esposo me ha recibido en dos ocasiones, así que esa era mi primera vez en el aeropuerto esperando la llegada de alguien, pude observar detalles sumamente interesantes que antes por el ajetreo escapaban a mi vista. Allí estaba la madre de Mohammad, acompañada de su nuera y una de sus nietas que aún no alcanza su primer año de edad. Nos dimos la retahíla de besos correspondientes e intercambiamos las consabidas bendiciones. Su nombre es Faisa, pero por tradición a la mujer que es madre se le nombra como madre del hijo varón mayor, por ejemplo, Oom Mahmoud, o sea, Madre de Mahmoud. Estaba radiante, contenta, ansiosa, como estábamos todos, incluso mi esposo.

-          ¿Mama está contenta? Le pregunté en inglés.

-          Sí, mucho. La alegría de mi hijo es mi alegría. Nos abrazamos.

Mi esposo había subido al segundo piso para encontrarse con Mohammad, pero el ansioso esposo estaba dentro del avión buscando a su esposa escoltado por una oficial de seguridad del aeropuerto, amiga de la nuera de los Shehabi que nos acompañaba. En el caso de Martha esta drástica medida de seguridad aquí en Bengasi está más que justificada. Ya he contado sobre el asunto de la extrema xenofobia existente aquí en Libia, y a diferencia de mí, que todos comentan que si no abro la boca paso como una más, Martha es blanca, rubia, de ojos azules y tampoco habla árabe. Definitivamente toda una conmoción. Aunque quienes realmente se robaron el show, como decimos en Puerto Rico, fueron aquellas tres mujeres que de manera irreverente y arrolladora irrumpieron en aquella típica estampa de país musulmán desentonando por completo el solemne entorno. Ante mis ojos eran unas aparecidas. Sí, como en esas películas donde personas del tiempo actual se tele transportan y viajan al pasado. Imponentes, altas y provocadoras se abrieron paso entre la alborotosa multitud de espesas barbas y cabezas cubiertas que al verles enmudecieron al unísono. Hombres y mujeres detuvieron sus respectivas conversaciones y se voltearon para seguir con la mirada incrédula, asombrada y acusadora a aquellas tres mujeres que de manera desafiante exhibían sus largas y ondulantes melenas. Tenían pinta de rusas, quizás turcas, pero igual podían venir de cualquier parte de Europa. Eran blancas, altas, de ojos claros, calzaban botas de cuero y abrigos en piel, vestían mahones ceñidos al cuerpo y parecían estar entre las edades de 40 a 50 años de edad. Si estuviese en un aeropuerto de occidente tal vez sería una escena usual, pero estando de este lado del mundo debo confesar que a mi favor o en mi contra, si es que se trata de adjudicar algún tipo de valoración, yo me escandalicé tanto como el resto allí presente. ¡Haram! Deberían cubrirse, comentó la madre de Mohammad y yo asentí con un lánguido movimiento de cabeza mientras percibía toda la lujuria que emanaban aquellos hombres. Se habían convertido en chacales, tenían los ojos rojos, los colmillos asomados, listos para lanzarse sobre la presa. Sin duda alguna creo que estas mujeres tendrán muchos problemas, pensé en voz alta mientras Oom Mahmoud asentía con la cabeza.

De entre la multitud repuesta ya devuelta a la algarabía alcancé a ver a mi esposo que cargaba dos bultos negros, tras de él, venían Mohammad y Martha; él sonriendo de oreja a oreja aun nervioso, ella lucia azorada, miraba en todas direcciones con ojos bien abiertos. Mi esposo sin hablar me delegó el custodiar el equipaje de mano de Martha, mientras ella se confundía en un efusivo abrazo con su suegra y su concuñada. Se giró, sonrió y nos abrazamos. Mi esposo se los llevó de inmediato a recoger el equipaje, proceso caótico en este aeropuerto de Benina, donde a través de un hueco en la pared se observa cómo van descargando los contenedores y colocando el equipaje en la maltrecha correa eléctrica mientras están todos los pasajeros y acompañantes agolpados unos sobre otros sin espacio suficiente para retirar las maletas sin que en el proceso se pise, se golpee o se empuje a alguien. Por experiencia sabía que el asunto demoraría unos 30 o cuarenta cinco minutos así que me acomodé en una silla. Era tanta la gente que se hacía imposible ver más allá del grupo de personas que se tuviese de frente. A nuestro lado se estacionó una familia que estaba esperando la llegada de la madre, para otros, su abuela. Llego toda vestida de negro, bajita, gordita, sin casi poder caminar, ayudada de un bastón y de una de sus hijas.  Le cedí mi asiento, me lo agradeció, lo mismo su hija, me echaron las bendiciones correspondientes; según supe más tarde andaban por Estambul en un tratamiento médico.

Una vez maletas en mano, salimos muy contentos del aeropuerto, Mohammad había olvidado en dónde había estacionado, mi esposo y los hermanos hacían bromas al respecto, Martha seguía con el semblante desorientado. Los autos estaban estacionados en cualquier dirección, me parecía verlos unos sobre otros, caminábamos dentro de un gran laberinto de hojalata, el sol calentaba y se reflectaba entre los espejos retrovisores y las piezas de aluminio. Que lo sigan con nosotros para la casa, le gritaba Mohammad a mi esposo desde el otro lado de la doble hilera de autos que nos separaba. Mi esposo me preguntó si quería ir y demás está decir que accedí. Transitamos el camino de Benina a Bengasi en caravana, aunque en algún momento del trayecto vi el auto de José el padre de Mohammad rebasarnos a gran velocidad, ya luego Ahmed nos dio la señal de detenernos para que Mohammad y Martha viajaran con nosotros. Martha venía con un ramo de flores hermoso, sonreía, ya lucía un poco más relajada. Mohammad la miraba incrédulo y fascinado, le preguntaba si estaba cansada, si estaba contenta, si quería o necesitaba algo. Yo me voltee para poder conversarles desde el asiento de enfrente, mientras mi esposo buscaba la música perfecta para el momento. Nos reímos muchísimo cuando sonó una pieza instrumental de lo más romántica y comenté que podíamos iniciar un negocio dando servicio a parejas de recién casados; por un precio módico se les da compañía, protección, asesoría, transportación, arreglo floral, alguna bebida nacional (no alcohólica por supuesto), dulces árabes, música romántica, información turística durante el trayecto y se les deja en la puerta de la casa. Créanme que no es mala idea. Mohammad aprovechó el trayecto para que entre todos le orientásemos a Martha sobre lo que de este lado del mundo, y para una mujer, sobre todo extranjera es o no es correcto, lo permitido y lo prohibido, lo debido e indebido, o sea, lo “halal” y lo “haram” en la sociedad libia-musulmana contemporánea. No faltó el tema de las agresiones sexuales, la violencia y la inseguridad e inestabilidad en general que se vive en el país. Aunque nuestra intensión no fue la de hacerla sentir abrumada entregándole una gran lista llena de “noes”, creo que lo logramos. De haberlo planificado no nos hubiese salido tan bien. Aun así su esposo le tomó dulcemente la mano y tras respirar profundo y exhalar casi en forma de suspiro, le dejó claro que a pesar de todo, lo importante es que ella tenga una buena experiencia, que disfrute.

Ya estábamos todos en la casa, como de costumbre descalzos, mujeres en un salón y los hombres en otro. Buscábamos conversación, que no es lo mismo vía Skype que estar frente a frente. En cierto momento me dio la impresión de que Martha no comprendía todo lo que le decíamos y le pregunté directamente. Me contestó que su primer idioma era el ucraniano, que también hablaba ruso, pero que su ingles quizás no era tan bueno, que debíamos hablarle despacio. Sin duda alguna estábamos todos en el mismo barco, con un inglés masticado pero que nos ha servido para a pesar de las diferencias culturales amigarnos y vivir eso que para muchos suena tan inalcanzable y utópico; la hermandad de los pueblos. Mohammad entraba y salía del salón, por eso mantuvimos nuestras cabelleras cubiertas, seguía preguntándole a su esposa si necesitaba algo, si estaba cansada, le advertía que dentro de poco se serviría un desayuno fuerte pues ya picaban las 12:00pm pero aquí no se almuerza hasta casi las 3:00pm. Entonces le propuse a nuestro amigo que se hiciera una excepción y que le consultara a la madre si era posible que tomáramos el desayuno todos juntos en el salón grande, porque  ya se había hecho en alguna otra ocasión y que si las mujeres de la casa no tienen ningún inconveniente así todos podíamos compartir sin necesidad de que él estuviese corriendo de un salón a otro atendiendo a mi esposo y por otro lado pendiente a su esposa.  Marta me miró sonriente, en total acuerdo, comentándome que para nosotras es lo más normal. Pero, la posibilidad de que mi propuesta fuera aceptada dependía del grado de familiaridad entre los presentes. Agraciadamente ni Mohammad, ni su familia tuvieron reparos en que nos uniéramos mujeres y hombres a desayunar en el salón grande. Como dijo Oom Mahmoud, ustedes ya son parte de esta familia.

Nos sentamos todos en el suelo alfombrado, las hermanas de Mohammad comenzaron a traer las bandejas con pan fresco sin levadura, aceite de oliva, aceitunas moradas, los tomates, los pepinos, las tortillas de huevo, el hummus y la bebida de yogurt. Martha miraba la escena y con una voz serena le preguntó a Mohammad…

-          ¿No hay mesa? Preguntó Martha a su esposo con voz sosegada.

-          No. Contestó Mohammad mirando a mi esposo como quien presagia una gracia.

-          ¿Y si tienen que escribir?

-          Los árabes no escribimos. Reímos todos menos Martha.

-          ¿Y si los niños tienen que hacer deberes escolares?

-          En esta casa no viven niños. Reímos nuevamente mientras Martha no salía de la impresión.

-          Martha, ellos son árabes están acostumbrados a hacer todo en el piso. Comente de lo más divertida mientras mi esposo me miraba sorprendido por mis palabras y Mohammad reía con todas las ganas.

-          ¡Ok! ¿Qué quieres decir con eso? Me preguntó mi esposo riendo pero sin salir de la sorpresa.

-          Pues lo que he visto. ¿O me vas a decir que no es cierto? Le riposté.

-          ¡Claro! Y los sonidos guturales de nuestra fonética es porque crecemos junto con los corderos.

Reíamos mientras Martha nos miraba picar el pan con las manos, untarlo en el aceite de oliva, pinchar entre los dedos y el pan un pedazo de tortilla y llevarlo a la boca sin necesidad de ni un solo cubierto. Se nos unieron los padres de Mohammad, las hermanas, Mahmoud y la esposa. Martha se acomodó por un extremo y comió con modestia. José me invitaba a probar las aceitunas que él había preparado en agua de sal, haciendo hincapiés en que las había preparado él y no su esposa. Yo me saboreaba las aceitunas, disimulaba mi incomodidad de comer sentada en el piso y lo complicado que se me hacía picar la tortilla sin traérmela entera enredada entre el pan y los dedos. Martha comía como pajarito y en silencio. Se veía muy bonita en su hijab azul turquesa, con su presencia delicada, aquellos ojos azules claros, su voz suave, la buena vibra que irradiaba. Oom Mahmoud le daba la bienvenida al hogar diciéndole que aunque es un edificio deteriorado y un apartamento pequeño, también era suyo. Y yo que vivo agradecida de la hospitalidad de los Shehabi añadí que ciertamente era un edificio deteriorado y un apartamento pequeño pero repleto de amor para todo el que entraba en él. Comimos al son de una conversación  amena, compartiendo la alegría de nuestro querido amigo Mohammad y su esposa Martha, quien nos sorprendió a todos con regalitos y chocolates traídos según dijo, con mucho amor desde su tierra. Nos despedimos quedando pendientes para la celebración del matrimonio esa misma semana. Mi esposo y yo nos regresamos a Al-Kwayfiya emocionados, contentos, satisfechos y agradeciendo a Dios que nuestros amigos también lograran finalmente estar juntos y disfrutar de su amor.
 

miércoles, 12 de febrero de 2014

¿Cómo es un día en la vida de Aziza?


Un día de verano saliendo del mercado.
 
¿Cómo es un día en la vida de Aziza? Pregunta Betania Vila (República Dominicana) en Los Relatos de Aziza, versión Facebook.

Mi vida ahora es sumamente simple, pues en este país no hay muchas oportunidades para hacer vida social, aquí soy ama de casa y una mujer no sale a la calle si no está acompañada de su marido. Así que el desarrollo de mis días depende de si Marido está en casa o en el desierto. Si está en casa nos levantamos entre 10:00am y  11:00am. Él hace el café y yo el resto del desayuno. Si hay alguna diligencia que hacer en la ciudad partimos justo después del desayuno porque entre 2:00pm a 4:00pm es el tiempo destinado al almuerzo y gran parte de los comercios cierran, ya luego operan hasta las 9:00pm o 10:00pm dependiendo de la actividad comercial. Si no hay diligencias pendientes, cada uno en su computadora verifica las noticias, los correos electrónicos, el Facebook, los blogs y en mi caso también verifico y gestiono asuntos de la tienda online, Aziza’s Treasure. Ya luego voy haciendo quehaceres de la casa y planificando el almuerzo, mi esposo también busca que hacer en la casa, alguna cosa que limpiar, organizar o reparar. Preparo el almuerzo, comemos juntos, luego vemos un poco de televisión y casi siempre me tomo una siesta. Mi esposo prepara té  para los dos y yo me siento a escribir, porque aparte del blog tengo otro proyecto entre manos. Llegada las 5:00pm si mi esposo no tiene que llevar a sus hermanas solteras de compras o a alguna cita médica, nos vamos a caminar al malecón de Bengasi, otras veces visitamos a cualquiera de sus hermanas casadas que viven en el mismo barrio, nos vamos de compra a cualquier mercado o visitamos a una familia palestina en el centro de la ciudad, donde sinceramente nos sentimos como en casa. Ya luego regresamos, en lo que mi esposo busca a una de sus hermanas solteras en el trabajo como a eso de las 9:00pm, yo voy preparando alguna cena ligera, o calentando los restos del almuerzo, lo espero, cenamos juntos, yo limpio la cocina y a ver TV, a conectarme Vía Skype con mi familia en Puerto Rico y conversar un poco con mis primos y amistades en Facebook si es de esas noches en que no tengo mucho sueño.
Si es viernes, mi esposo se prepara y se va a la mezquita, almuerzo sola porque el acostumbra ir de la mezquita a casa de una de sus hermanas y almorzar con ellos. Luego en la tarde esperamos la visita de las cuatro sobrinas y muchas veces cenamos con ellas. Los sábados puede que salgamos a comer fuera, de paseo a alguna ciudad en ruinas, o de compras. Entre jueves y sábado surge una que otra invitación a alguna boda y dependiendo del ánimo y del tipo de relación decidimos si vamos o no. Ya domingo aquí es inicio de semana, como un lunes en occidente. Si Marido está en el desierto duermo de día y me levanto a eso de las 4:00pm, como, escribo, veo TV, limpio, manejo la tienda y hablo con Habibi como a eso de las 7:00am antes de acostarme a dormir. Debe ser psicológico pero durmiendo el día siento que el tiempo se va rápido y la espera de su llegada es más llevadera; subterfugios psicológicos de cuando se extraña a alguien con toda el alma.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Entre hombres y mujeres...

 
 


Cuando vives en un país árabe-musulmán te das cuenta de la diferencia en la interacción entre hombres y mujeres según cada cultura. Mi esposo tiene 6 hermanas, tres casadas  y tres solteras, cuando estamos en la calle o en las tiendas he visto que cuando se cruza con alguna mujer siempre baja la vista o la cambia. Una vez fui de visita a  la casa de una amiga libia de una de mis cuñadas y el hijo de esta mujer por iniciativa propia entró al salón para servir de traductor. Muy amable el chico, tendría unos catorce años de edad. Mientras traducía proyectaba su emoción porque estaba practicando su inglés y había sido útil, pero su madre a cada momento le decía que no fuera mal educado y no me mirara directamente a la cara, que bajara la vista. Esto en contraste con la gran mayoría de hombres con los que te topas en el mercado, si vas sola te comen con la mirada, algunos  velan la oportunidad de que tu esposo no este mirando para hacerlo y si se dan cuenta que eres extranjera, la excitación en ellos pareciera ser mayor. Experimentar esto ayuda un poco a entender el porqué muchas mujeres musulmanas deciden cubrir sus rostros, sobre todo las casadas. Lo que no me parece justo y he leído que ha sido planteado por conocedores de El Corán y la ley islámica es que se juzgue a la mujer que no se cubre y se obvie el comportamiento impropio del hombre que mira de forma libidinosa y transgresora, porque ese también está faltando a Dios según la fe islámica.

Por estos lados la situación es tan fuerte que una cadena de televisión ha lanzado una campaña de concienciación donde valiéndose de una dramatización muestran un hombre que observa a una chica que aunque está correctamente vestida e incluso lleva “hijab” cubriendo su cabello, va caminando sola por la calle. El hombre la sigue de cerca piropeándola y haciéndole propuestas; entonces de repente la chica se voltea, lo encara y resulta ser que era su hermana menor. La forma de plantear el tema como un mal social puede parecer interesante o hasta extremo para nosotros los occidentales tomando en cuenta el hecho de que el asecho piropeado a la mujer es algo muy común en nuestros países e incluso confundido con el cortejo, aunque no necesariamente sea del agrado de todos. Ciertamente la interacción entre hombres y mujeres se da de forma distintiva en cada cultura y por estos lares veo que son muchas las ocasiones donde el comportamiento cultural roza significativamente con el religioso. Por otro lado me place ver como una sociedad que hasta ahora ha ganado la fama de ser una que oprime a la mujer, de a poco parece estarse encaminando a cierta transformación a beneficio de ésta. Y ojo, que lamentablemente la opresión, agresión, explotación y violencia en general contra la mujer es un mal que se da a índices elevados tanto en todo el continente americano como también en Europa y no es exclusivo de África, Asia y Oceanía o se limita a los países de la región del Medio Oriente o de religión musulmana. En conclusión, vemos una vez más cómo en cualquier parte del mundo el inculcar valores y la educación en general que se enseña en el hogar sigue siendo la base para la formación de personas de bien, para una mejor sociedad. Se aprende con el ejemplo y este comienza desde el hogar entre los hombres y mujeres de nuestra familia y comunidades.

 
 

 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Vivirme la vida (Versión Endi)




Un amigo de Puerto Rico me pregunta que cómo me divierto ahora que vivo en Libia. Quienes me conocen saben que mi salida favorita es la típica salida de ‘Cine y Cena’. Bueno aquí en Libia no hay cines y los restaurantes, casas de té o café y cualquier otro lugar público de reunión son solo para hombres. Los restaurantes más costosos advierten que cuentan con un salón familiar, que estará cubierto de cortinas o ubicado en un segundo piso para que ningún hombre que ande solo pueda ver las mujeres que se encuentran compartiendo con sus esposos o familiares. Pero aquí como en cualquier otro país la diversión favorita de las mujeres es ir de compras. Claro que en un país donde prácticamente no hay opciones de entretenimiento, sobre todo si se es mujer, pues esto de “comprar” toma una relevancia inimaginable. Y es que aquí se compra de todo, para todos e incluso lo que no se necesita. Las mujeres en su mayoría van acompañadas de sus esposos, quienes le compran lo que pidan siempre y cuando este dentro del presupuesto porque aquí no se usan ni cheques, ni tarjetas de crédito. Hay mercados de todo tipo, desde los más populares y tradicionales, como los mercadillos de pasillos angostos y revoltosos, repletos de gente y mercancía que se ven en las películas del Medio Oriente, hasta sofisticadas tiendas especializadas en electrodomésticos, mueblería, tecnología, moda y por supuesto, el concepto del “mall” que ya se ha popularizado por estos lares. Debo hacer la salvedad de que he visto mujeres solas, pero no es muy común, además ese no es mi caso porque la familia palestina de mi esposo es bastante tradicional. Así es como en un día de aburrimiento total en la casa puede surgir la visita al supermercado a comprar víveres que con lo numerosas que son las familias nunca estarán demás, o quizás a una tienda especializada en artículos de cocina, que como la mayoría de los alimentos se preparan en casa siempre hará falta una que otra chuchería para uso diario o para ostentar en ocasión de recibir visitas. Algo que me ha llamado la atención y me ha parecido muy conveniente es la modalidad de una hilera de establecimientos donde todos los locales se concentran en un mismo producto o servicio; por ejemplo piezas para autos o gomeras, puedes conseguir unos 5 locales o una calle entera que se especializa en ello. Así sucede en tiendas con venta exclusivas de maquillajes, zapatos y carteras, trajes de gala, ropa masculina, femenina o de niños, etc. Me parece cheverísimo que una vez estacionas el auto no tengas que moverlo mientras vas comparando calidad y regateando precios. ¡Divino!

La otra diversión es asistir a bodas. Por estos lados el matrimonio es el evento más importante en la vida de cualquier persona (tanto para mujeres como para hombres). Aquí se celebran tantos matrimonios como cumpleaños en nuestros países y por todo lo alto. Cuando son familias adineradas son eventos pomposos que nunca olvidaras, pero si son pobres tampoco porque incluso con limitaciones económicas las familias rentan grandes carpas y cierran la calle. Las celebraciones pueden extenderse por varios días, sobre todo las humildes porque aún conservan los ritos más tradicionales, mientras que la clase pudiente muestra una tendencia a la asimilación de las celebraciones europeas y estadounidenses. Eso sí, las mujeres en un salón y los hombres en otro, y como he contado antes las bodas por estos lares y como diríamos en mi Puerto Rico querido; son motivo para tirarse la tela y botar la casa por la ventana. Ya les he conversado sobre el asunto de las visitas, ya saben, son todo un acontecimiento al cual más vale ir con hambre porque se sirven refrigerios y entremeses de tres a cuatro veces. Si los lazos familiares son bastante cercanos, por ejemplo, cuando visitamos a mis cuñadas casadas, después que yo mantenga mi cabello cubierto con mi ‘hijab’ todos podemos estar en el mismo salón; me refiero a hombres y mujeres de la misma familia, si la visita es a una familia amiga o particular, pues hombres en un salón y mujeres en otros. ¡Ojo! Las casas y apartamentos cumplen con estas especificaciones de sala familiar y salón o salones de visitas.

En mi caso, salgo cuando mi esposo está en Bengasi, además de comprar y visitar a amigos y familiares, también vamos a caminar 2 millas tres días a la semana a un sector llamado Juliana. Allí se puede ver parejas caminando, y la mujer que va caminando sola por el área de ejercicios es porque su esposo o algún hombre de la familia la está esperando en el auto estacionado en un área cercana, a menos que sea una mujer soltera o viuda sin familiares cercanos del sexo masculino. En la mayoría de los países musulmanes de influencia árabe el viernes es un día libre, porque es el día en que se congregan a alabar a Dios y además de realizar la oración o salat del Yumma se escucha el sermón o Jutba en la mezquita. A diferencia de Puerto Rico y otros países, en Libia las mujeres oran en sus casas y solo el hombre asiste a la mezquita, así que una vez mi esposo llega vemos la posibilidad entre quedarnos en casa para compartir con las cuatro sobrinas que dicen que cenar en casa de Tío Hani y Tití Aziza es como cenar en un restaurante o salir de paseo. Los sábados también son días apropiados para el turismo interno, pues ya domingo es inicio de semana, tanto a nivel gubernamental como en el sector privado. Aquí en Libia hay ruinas de importantísimas ciudades antiguas de tiempos en que griegos y romanos anduvieron por estos lares, mi esposo es geólogo de profesión y yo una aventurera, así que este es un paseo que ambos disfrutamos mucho. Para quienes se interesen en el tema les exhorto a buscar información sobre las ciudades de Cirene, Leptis Magna, Sabratha y The Byzantine Cistern in Ptolemais. También hay valles rodeados de montañas rocosas con cuevas (Wadi Al-Kuf) donde antes vivían comunidades enteras y ahora son áreas verdes de esparcimiento donde ni te acuerdas que estas en un país desértico. Todo esto sumado a lo mucho que disfruto la compañía de mi esposo, somos bastante conversadores y a pesar de nuestras diferencias culturales, de pensar y ver el mundo y la vida con ojos diferentes somos muy afines. Solemos reírnos de nosotros mismos, de las cosas que nos pasan y esto es algo que ambos apreciamos. Y bueno, cuando él se va por un mes a trabajar al Sahara, pues no salgo, se compra todo lo necesario para que su familia en el primer piso no tenga que salir y a mí me deja también abastecida de todo lo que se pueda necesitar durante un mes, y en caso de emergencia se llama a los esposos de las cuñadas que viven cerca. Así paso un mes en la casa, escribiendo, atendiendo mi tienda ‘online’ de túnicas y pashminas indias, hablo con mi familia por Skype casi todos los días y en el Facebook me mantengo en contacto con mis amistades y los seguidores del blog a través del mundo. También tengo un televisor pantalla plana con dos recibidores para ver canales de casi todo el planeta, aunque no entienda lo que comunican en la mayor parte de ellos. Estoy disfrutando y aprendiendo mucho de esta experiencia, así que mi diversión favorita en cualquier parte del mundo, es vivirme la vida con lo que tengo y como mejor puedo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Lo tengo TODO…



Mis disculpas a todos los que me enviaron mensajes reclamando que no he publicado relatos desde hace un mes.  Habibi me regaló un viaje a Puerto Rico para que ya no extrañara tanto a mi familia, los amigos y la rica comida caribeña, de paso dijo que así se queda más tranquilo en el desierto, sabiendo que no estoy tan sola y que me estoy divirtiendo. Me lo comunicó el sábado 5 de octubre y ya el martes 8, tempranito en la mañana estaba montada en el avión con todos los regalitos que envió para mi familia. Las únicas que sabían sobre mi regreso a Puerto Rico eran mi hermana y una de mis mejores amigas, quien sería la persona encargada de recogerme en el aeropuerto para trasladarme de Carolina a Vega Alta un miércoles a eso de las 11:00am. Después de un agotador viaje que entre vuelos y conexiones se demoró más de 25 horas, debo decir que la hazaña bien valió la pena. Fue una gran sorpresa para mi familia y el resto de los amigos, pero en especial para mi padre y mi madre; muy emotivo momento que jamás olvidaremos. Ya llevo 28 días disfrutando de mi tierra y mi gente, hablando español, comiendo mofongo, amarillitos fritos, aguacates, viandas y todo lo que tanto extrañé durante los pasados seis meses. Ahora lo extraño demasiado a él, a mi esposo y cuento los días para poder abrazarlo.

¿Saben? Este viaje ha estado repleto de reflexiones... Es curioso como ahora asimilo un intenso desprendimiento y desapego (más que nunca) a las cosas materiales y a los lugares.  Antes había un apartamento al que llamaba “mi casa”, una guagua (camioneta), un trabajo, seguros médico, de enfermedades catastróficas y hasta de vida. Antes necesitaba un armario grande para mi ropa, mis zapatos, mis libros, mis recuerdos y todas esas “cosas” que uno va coleccionando y atesorando para poseer  lo que uno cree se trata de “sentido de pertenencia” en la vida. Ahora, Libia no es el país de mi esposo (es palestino) y tampoco es el mío, la casa en la que vivimos es de mi suegro, aquí en Puerto Rico la casa a la que vengo es la de mis padres, mi ropa y mis zapatos pueden estar aquí, como del otro lado del mundo o en una maleta, incluso siento que ya no importa vestir esto o aquello, si se quedó o si por no tener a la mano hay que comprar y si luego no cabe, entonces se deja. Al dejar la casa en Bengasi se vació toda la alacena y la nevera, antes de dar la espalda observé mi cocina, se veía como cuando nueva; vacía, como si nunca se hubiese estrenado. Entonces le prometí que a mi regreso lo primero que haríamos mi esposo y yo sería visitar el mercado para llenarla de vida nuevamente con los colores de las frutas y los vegetales, el olor del café en las mañanas, el sonido de la tetera anunciado que el agua está lista para el té, el aroma del pan egipcio calentándose en el horno y el ruido de mi licuadora a cualquier hora advirtiendo que pronto comeremos postre...

Siento que ahora puedo estar en cualquier sitio, sin pertenecer del todo a uno en específico y que el lugar al que realmente pertenezco no lo define una bandera, un idioma, un pasaporte o cierta vestimenta, que por encima de mi identidad, el amor y el orgullo nacional, yo pertenezco a donde está la gente a la que amo y con quienes disfruto compartir mi vida con todo lo bueno o no tan bueno que toda ella implica y sin importar las latitudes y longitudes donde se dan los abrazos, las lágrimas y las sonrisas.… Y es ahora cuando no tengo nada, que descubro que lo tengo TODO.

[Daritza (Aziza) Rodríguez-Arroyo]

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sábado, 14 de septiembre de 2013

Tape Vs. Destape



Mi querida amiga Diana Laureano de Puerto Rico, pregunta qué pienso sobre esta foto que muestra de manera gráfica el asunto del tape de la mujer musulmana versus el destape de la mujer occidental. Y yo solo puedo decir que todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande.


Por ejemplo, en Puerto Rico y muchos otros países puede suceder que la mujer que viste con recato y no muestra para nada su cuerpo sea blanco de burlas y rechazo por no responder a la imagen "sexy" y atractiva que la moda, las grandes corporaciones y los medios de comunicación promueven, sobre todo si se trata de una mujer joven. Hasta tus tías te dicen; " ¡Ja! Si yo tuviera tu edad, esas piernas y ese muslaje, no usaría pantalones. ¡A mostrar esos jamones!"


Incluso hay hombres (no todos, antes de que me caigan chinches) que gustan de exhibir el cuerpo de sus novias o esposas para que otros hombres vean ‘la clase de hembra’, 'el mujerón’, ‘la potranca’ que han conquistado y a quien llenos de orgullo llaman, ‘la mujer mía’. Claro que la cosa cambia si se trata de su propia madre, su hermana o su hija (a esas que se vistan sin enseñar). 


Pero, ciertamente  al hombre que gusta de exhibir una mujer 'sexy', con ropa que marque o muestre su cuerpo esto le hace sentir orgulloso y le brinda cierta satisfacción, por otra parte algunas mujeres comparten ese orgullo, muchas de ellas crecieron pensando que de eso se trata ser bonitas, que ser deseada es equivalente a ser amada y que la exposición es sinónimo de valoración.

En estos países árabes-musulmanes sucede todo lo contrario y las razones pueden ser tanto religiosas como culturales. Los padres le inculcan a la mujer desde niña que su cuerpo es valioso, que no todo el mundo es merecedor de poder apreciarlo, que la gente deberá admirarla por su personalidad, sentimientos, inteligencia y capacidades; sobre todo el hombre que la pretenda en matrimonio, pues se interesará por el honor y el prestigio del que goce su familia y por lo tanto del de ella como persona y mujer. 


No todas las mujeres árabes-musulmanas cubren sus rostros, pero la gran mayoría, solteras o casadas se aseguran de evitar que la ropa marque la figura o deje la piel al descubierto. Guardan sus atributos físicos para el hombre que las despose y cuando digo atributos físicos me refiero a cabello, rostro maquillado, todo lo que implique embellecimiento del cuerpo y lo haga atractivo a la vista. 


La gran mayoría de las mujeres con las que he hablado en este país, que además de su cuerpo tapan su rostro y manos me han dicho que lo han hecho por decisión propia, porque es una expresión de respeto a sí mismas, que con ello expresan que son mujeres decentes y sobre todo fieles a ellas, a su esposo y a su religión. También representa un alto para cualquier hombre que se acerque con malas intenciones y a su vez dan buen ejemplo a sus hijas y mujeres jóvenes de la familia (también  están las que lo hacen por requerimiento de sus padres, hermanos y esposos).



Como tema aparte, les cuento que siempre me ha llamado la atención como en películas y en todo tipo de artículos insisten en estereotipar a la mujer árabe-musulmana como una mujer de rostro afligido, pretendiendo propagar la imagen injustamente generalizada de un estado perene de desesperanza y opresión. Antes de vivir en este país miraba las fotos en Internet y decía, "es que de ese lado debe haber mujeres con motivos para sonreír" y efectivamente, ha sido grata la oportunidad de constatar que no me equivocaba. Y con esto no digo que no exista la opresión, el maltrato y la desigualdad de oportunidades hacia el sexo femenino, que si bien se da a nivel mundial por estos lados suele ser mucho más agresivo, pero créanme también hay mujeres que sonríen, que se sienten amadas, respetadas y protegidas por su esposo y todos los varones de su familia; tal y como ordena la religión (aunque personalmente  difiero en algunos puntos), muy al contrario de lo que se puede llegar a ver por tradición.


Retomando el tema de la vestimenta y vinculándolo al comentario anterior les cuento que recién llegada a Libia fui invitada a una boda de alta sociedad, la misma se celebró en un salón muy elegante y como ya saben, las celebraciones se dan con hombres separados de las mujeres, en salones apartes. Todas las mujeres llegamos vestidas de abayas negras y con el cabello cubierto por el hijab, otras llegaban vistiendo niqab, donde todo el cuerpo queda cubierto, incluido los ojos. 


Del recibidor pasaban al tocador donde contaban con todas las facilidades para poder despojarse de los vestidos tradicionales y para mi gran sorpresa, quedar en sus vestidos de fiesta. No pude disimular mi asombro y las observaba a todas con ojos desorbitados y boca abierta, maravillada por completo. En las bodas, que ya he contado que son los eventos sociales más importantes, las mujeres árabes utilizan trajes elegantes y coquetos, muestran sus atributos físicos, llevan peinados hermosos muy elaborados, maquillajes exóticos y ni hablar de la cantidad de joyas de oro y piedras preciosas que ostentan, según su poder adquisitivo claro está, bueno corrijo, del marido. 


Fue un deleite ver a estas mujeres, las mismas que se me cruzan un día cualquiera en el mercado con vestimenta recatada, conservadora y actitud modesta; riendo a carcajadas, exhibiéndose por todo el salón a paso coqueto y en ocasiones contoneando su cuerpo al ritmo de la  música tradicional de las bodas libias; con trajes que fácilmente podrían ser usados para caminar por la alfombra roja, con peinados, piel y maquillaje de diosas mitológicas y como si fuera poco, tacones y joyas que dejarían a la más vanidosa de las occidentales sin aliento y arrancándose los pelos. 


De no ser por la comida, la música y el hecho de que en el salón éramos todas mujeres, les juro que pasaría por una celebración como en cualquier país occidental. Así que me  reafirmo en mi opinión inicial sobre el tape y el destape; todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande. Nada, que si de extremos se trata con el asunto de la vestimenta yo prefiero como dicen los estadounidenses, "a happy medium".


* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

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martes, 13 de agosto de 2013

Tengo una amiga en Bengasi

Hospital Al Marwa, Bengasi, Libia
 

Tengo una amiga aquí en Bengasi. Nos conocimos hará cosa de un mes en una de las salas de espera del hospital Al Marwa. Mi esposo me llevó porque desde hace tiempo me aqueja un dolor discontinuo en el costado izquierdo de mi abdomen y en Puerto Rico no hubo sonograma, colonoscopía, ni tomografía que diese con la causa del mismo. El doctor fue recomendado por una de mis cuñadas casadas porque aparte de haberla intervenido quirúrgicamente y seguir viva para contarlo, el galeno habla inglés; según me cuentan conseguir ambas cosas en un médico no es muy común por aquí. La cita era para las 5:00pm pero una vez más el tráfico pesado en las vías de acceso a la ciudad nos había superado. Cuando mi esposo dobló a la izquierda para acceder al estacionamiento me pareció reconocer el lugar, habíamos pasado por allí muchísimas veces pero nunca me había percatado que aquel edificio tan inusualmente horizontal y estrecho era un hospital. Entramos y mi esposo, como de costumbre, va con la cara más tesa y seria que se pueda uno imaginar. Habla con una recepcionista,  que por cierto aparentaba ser muy joven y tenía una cara muy bonita. Ella señala las escaleras, mi esposo le agradece  sin perder el rigor,  nos dirigimos al segundo piso, él va delante y yo detrás, habla con otra recepcionista que también resultó ser joven y bonita. Ésta confronta serias dificultades para entender mi nombre y ni hablar de mis apellidos. Ya nos ha sucedido antes y mi esposo no tiene mucha paciencia, le repitió unas tres veces mi nombre, pero como siempre,  lo hace deprisa como si olvidara que al principio a él también le costó y que por muy graciosa y romántica que sea la historia de la elección de mi nombre árabe, acá entre nos, yo creo que la dificultad al momento de pronunciar mi nombre de pila jugó un papel importantísimo para que hoy día aquí se me llame Aziza. El asunto es que la joven se dio por vencida y le pasó la lista de pacientes para que él mismo señalara mi nombre que al momento de coordinar la cita se anotó transliterado al árabe. ¡Vaya! ¡Vaya!

Atravesamos un pasillo y llegamos a un área bastante amplia dividida en varios salones abiertos que hacían de salas de espera. El lugar en general tenía muy buena pinta, ordenado, limpio, decorado, se lo comenté  a mi esposo y en voz muy baja acercándose a mi oído me susurró que estábamos en un hospital privado. Coloqué cara de ¡Oh! Me quedé parada mirando todo a 360 grados. Entonces me topé con la mirada de, ¡Apúrate! de mi esposo. Tocó una de las puertas, la chica (otra joven bonita) que abrió me miró, sonrió amablemente y señaló el último de los salones. De lejos mi esposo atisbó un asiento libre y me indicó que esperara sentada y que cuando me llamaran antes de entrar a la consulta le hiciera señas para él entrar conmigo. ¿Pero y dónde estarás tú? Sin mediar palabra me señalo el primero de los salones; no me había dado cuenta que aunque abiertos, como de costumbre los primeros dos salones de espera eran para hombres y que los del fondo para mujeres (otra cara de ¡Oh!). Atravesé ambos salones como en pasarela, y no lo digo porque caminase yo con estilo coqueto o refinado, si no por las miradas auscultadoras de todas aquellas mujeres conservadoramente ataviadas en impecables ‘abayas’ negras y sus coloridos ‘hijabs’. Curiosamente ese día no vestía yo de ‘abaya’, pero mal vestida no estaba, porque si hay alguien que se asegura al 101% de esos menesteres, ese es “Habibi”. Llevaba yo un pantalón negro tipo palazzo y una túnica tipo ‘kurti’ del mismo color, bastante ancha y de sutil bordado floral de tonos pasteles en cuello, mangas y ruedo a nivel de las caderas. Mis zapatos también eran negros, de taco ancho y recatado, el hijab de ese día era uno que me gusta mucho en contraste de tonos tornasoles de azules y verde similares a los del bordado en la túnica. Ese día cuando mi esposo entró al cuarto y me vio sonrió y me dijo que me veía muy elegante, dice que prefiere la mujer elegante a la sexy, y que los maquillajes deben ser para resaltar con sutileza los atributos naturales y no para simular mascaras carnavalescas donde las mujeres escondan su verdadero rostro. Así que por mi apariencia no era, no. Me senté en la única silla disponible al momento, justo la que quedaba al fondo del último salón, de frente a quienes llegaban, con vista casi panorámica de todo el piso donde una sala parecía estar la una dentro de la otra.

Las miradas de pupilas estetoscopicas me siguieron hasta que me acomodé en la silla y a pesar de haber subido la vista en casual e ingenua confrontación, la mayoría de las mujeres no claudicó. Sin pudor  ninguno continuaron examinándome y sin darme cuenta yo también había comenzado a hacer lo mismo con ellas. De hecho creo que lo hacía desde el primer momento, desde que me percaté que todas las empleadas eran jóvenes y bonitas como si fuera un requisito inquebrantable a la hora del reclutamiento de personal en aquel hospital, desde que noté que las mujeres en la sala de espera estaban muy bien vestidas y arregladas; creo que todos lo hemos hecho desde aquella ocasión con la Munacabát y el chacal en el autobús del aeropuerto de Estambul. ¿Recuerdan aquel primer relato? Bueno, pues he llegado a la conclusión de que aunque algunos destaquen la similitud de mis rasgos faciales con los de las mujeres de estas tierras, por más que me ciña a su código de vestimenta y evite el que se me pueda identificar como extranjera hay una fuerza instintiva poderosísima que les advierte, me identifica y me delata. La realidad es que nunca he podido pasar desapercibida. Me ha quedado más que claro que existe un lenguaje universal, muy de humanos que se basa en el manejo de la mirada y si hasta ahora me llena de intriga el modo en que se me mira, la intriga es aún mayor cuando pienso en el modo en que yo les he estado mirando a ellos durante estos cuatro meses.

Nunca he tenido una noción del tiempo confiable, así que no sé cuánto tiempo pasó hasta que la vi entrar al salón acompañada de quien supuse era su madre. Recuerdo una sonrisa, como  a manera de saludo, pero no puedo precisar quien sonrió primero, si lo hizo ella o fui yo. Seguí a esta chica con la vista hasta que se sentó, como anteriormente habían hecho todas conmigo. Se sentaron en la hilera de sillas contra la pared a mi derecha. La madre como era de esperarse vestía abaya y hijab, pero ella mujer joven, tal vez entre los 30 y 40,  de tez oscura venía maquillada, vestía unos mahones (jeans) azules ceñidos al cuerpo, una chaqueta encantadora color mostaza de mangas largas que le cubría hasta mitad de muslo, la blusa interior tenía cuello alto y era de un color marrón claro al igual que el hijab y las botas de tacones que le habían marcado el paso desde que había entrado al salón. Esto último según los códigos de buen comportamiento no es bien visto; las mujeres no deben llamar la atención, su vestimenta y presencia en general debe responder a la modestia y el recato. Cuando una mujer utiliza maquillaje cargado, vestido que delinee o resalte la figura de su cuerpo, perfumes fuertes, accesorios rimbombantes o simplemente taconee al caminar, es porque en lugar de modestia exhala vanidad y busca llamar la atención de las personas hacia su físico y no hacia su personalidad o las bondades de su corazón y en el más reprochable de los casos, busca llamar la atención de los hombres, como en abierta oferta.

A mi esta chica me simpatizaba y mientras todas las mujeres aguardaban su turno en solemne silencio, ella conversaba por su teléfono celular y dentro de su conversación se asombraba, se reía, ciertamente lo disfrutaba. El ‘ringtone’ de su teléfono era una musiquita árabe tipo ‘pop’ pegajosa y bailable. A su madre parecía no importarle, pero las demás mujeres también la miraban y ella, miraba “pa’ lante”. ¡Ja,ja! Toda ella era como un desafío no muy claro, pero viviente y andante. Me miró y volvimos a sonreír.  Su madre le preguntó algo, según intuí ella contestó como expresando desconocimiento sobre el asunto. Entonces la madre le preguntó a una de las mujeres en la hilera de asientos contra la pared a mi izquierda, al parecer nadie tenía una respuesta. La chica me sonrió nuevamente y me preguntó algo en árabe. Todas las mujeres del salón se voltearon a mirarme en espera de mi contestación. Las miré a todas, la miré a ella y supe que el tan temido momento de hablar con algún extraño sin tener la ayuda traductora de mi esposo o alguna de mis cuñadas había llegado. Admito que me puse nerviosa, que tardé mucho en reaccionar, tanto, que la chica volvió a repetir la pregunta y todas las mujeres esperaban por mi contestación. No sé cuánto tiempo pasó entre una cosa y la otra pero traté de recordar a toda prisa las palabras en árabe que tanto me hizo practicar mi esposo para cuando llegara este momento poder explicar a los demás que no hablo árabe y la verdad es que tenía todas las palabras confusas y agolpadas entre mi cerebro y mi lengua. Entonces se activó cierto mecanismo automático de manejo rápido de emergencias, las miré a todas, la miré a ella, mi boca se abrió y dije; “Sorry. I don’t speak Arabic.” Sí, en mi inglés de Sofía Vergara. Esta vez la cara de, ¡Oh! la pusieron ellas; algunas sonrieron, otras torcieron la boca y los ojos en un solo movimiento digno de ser fotografiado y ella me pareció que sonrió con total comprensión. Sin apenas poderme recuperar de tan embarazoso episodio, entró al salón otra mujer, y claro, como era yo la que justo le quedaba de frente me preguntó no sé qué cosa. Esta vez no me dio tiempo, ni de preocuparme o asustarme; se escuchó un coro al unísono de mujeres que dijeron; وقالت انها لا يتكلمون اللغة العربية, o sea, “Ella no habla árabe”. ¡Qué momento! Es que me dieron ganas de arroparme la cara con los retazos del hijab que me colgaban por el cuello.

 

Aquella sala de espera debió haber estado secretamente equipada de algún reproductor de sonido con amplificadores  integrados, porque la chica joven y bonita asistente del doctor se paró en la entrada y a diferencia del resto, a mí en lugar de por mi nombre se me llamó por señas. Sí, soy yo, la de nombre difícil e impronunciable que no habla árabe. Caminé sin mirar atrás y taconeando. ¡Carajo! Cuando estoy a punto de entrar me acordé de marido que ya venía a toda prisa a mi encuentro. ¿La consulta? Todo bien, según lo poco que mi esposo y yo entendimos de la ventrílocua pronunciación en inglés de nuestro médico estelar, es que apenas abría la boca cuando hablaba y juro que nunca le alcancé a ver los dientes. Pero muy profesional y agradable; ordenó análisis de sangre y orina y una tomografía con contraste como último recurso exploratorio. Salimos a toda prisa para el laboratorio ubicado en el primer piso, y cuando justo nos disponíamos a abandonar el hospital la chica “desafío viviente” se nos cruzó junto con la madre y nos volvimos a sonreír mientras ella levantando un poco la mano decía adiós.

 


Habrían pasado unas tres semanas, qué sé yo. Estábamos en el supermercado del único propiamente llamado Mall en Bengasi, mientras mi esposo hacia la fila para pagar la compra, yo mariposeaba con la vista sobre la gente, artículos y revistas. Escuché risas y conversación amena, era un grupo de mujeres joviales, aparentemente conocidas entre ellas, parecían haberse encontrado en otra de las filas del cajero. Sí que se la estaban pasando bien, yo las miraba y sonreía como si su alegría fuera contagiosa. Eran cinco o seis, todas de lo más maquilladas, vestidas de forma recatada pero en colores claros y además lucían modernas. Y de repente la vi, allí estaba, era una de ellas. Al parecer yo no puede ocultar mi alegría y una de las mujeres alcanzo a verme, las demás,  curiosas todas se voltearon a ver que tanto miraba la otra y allí estaba yo, de frente con una sonrisa de cuarto creciente, de oreja a oreja, feliz de haberme topado por accidente con una persona conocida, y zarandeaba la mano derecha de un lado a otro diciendo ¡Hola! Saludando de lo más efusiva, como si me hubiese encontrado con una amiga. Ellas estaban un poco confundidas, no sabían exactamente a quien saludaba hasta que mi amiga, la chica “desafío viviente” del hospital frunciendo el ceño me clavo una vista de esas tipo “zoom binocular”  y es verdad que tardó un poco, pero yo creo que me reconoció. Sí, debió acordarse de mí, porque un poco pasmada sonrió y tímidamente devolvió el saludo con la mano. Muy alegre y satisfecha yo tocaba insistentemente el hombro de mi esposo para llamar su atención y le digo; ¡Mira, mira! Mira quién está allí. Señalando el grupo de mujeres y él mira con su acostumbrada rigidez, ellas todas bajan la mirada (a hombres extraños no se les sostiene la mirada), se voltean y comienzan a cuchichear. Mi esposo al no conocer a ninguna me pregunta que a quién he visto. Y le digo, pues a ella, a la chica que conocí el otro día en el hospital. Algo confundido me pregunta, ¿La conoces? Y yo  caigo en cuenta, voy recogiendo la luna cuarto creciente que tenía dibujada en los labios y le digo, conocerla así de conocerla no, pero es la primera vez que me encuentro con alguien que ya había visto en esta ciudad. Las mujeres salieron del supermercado, unas hacia el estacionamiento y la chica “desafío viviente” junto con otra, entraron a la tienda de cosméticos que queda frente a la salida del supermercado. Salieron de allí sin mirar atrás. Una vez en el auto, de camino hacia la casa sin que hubiésemos entablado conversación previa mi esposo me miró y con un tono tierno que de verdad me conmovió me preguntó. ¿Aziza, hay veces en que te sientes sola verdad? Y yo, mirándolo en un tono nostálgico le contesté; No es que me sienta sola, porque te tengo a ti y soy feliz, es que hay momentos en los que extraño mucho a mis amigas.



* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.



 

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