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domingo, 8 de marzo de 2015

"Èso, es un pollo sin cabeza"

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    Stone Park -  Marzo, 2015: Tocra, Libia



Pasamos un día de lo más chévere. Aunque era un viaje pensado, la invitación vino por sorpresa, a último minuto y por parte de Faraj. Eran las 2:00 p.m. del día del sermón (jumma) -día viernes-  y hora en que los hombres ya han llegado de la mezquita y las mujeres se supone estén a punto de poner la mesa. Digo se supone, porque en mi caso a esa hora es que comienzo  a ver qué es lo que voy a cocinar. Cuando Marido recibió la llamada sólo había una olla de agua hirviendo sobre la hornilla, así que sin pensarlo contesté en afirmativo a su consulta y le confirmamos a Faraj.

Mientras Marido vaciaba la alacena en una bolsa, yo me envolvía la cabeza y me aseguraba que la ropa a utilizar me cubriera lo suficiente el trasero, eso evita tener a Marido todo el día detrás de mí bajándome la blusa o mirándome con insistencia para que sea más cuidadosa con mi vestimenta cuando salgo a la calle.

Ya listos tocaron a la puerta, era Mohammad el esposo de Nana. Como el viaje pensado los incluía a ellos, le dije a Marido que los invitara, pero Mohammad contestó que ese tipo de viaje precisa arreglos, no es cosa de hacerse a último momento.

No sé qué le habrá dicho Marido, que lo hizo cambiar de opinión y paquetes en mano esperamos frente a nuestra puerta por Mohammad, Nana y los chicos. Nana tardó tanto, que ya picando las 3:00 p.m. estábamos todos frente al edificio esperando por ella y con el temor de que -conociéndola- estuviese cocinando. Los niños estaban felices, ya saben, para ellos de entre 6 y 2 años de edad y extranjeros, no es fácil vivir enclaustrados en un apartamento en el cuarto piso de un barrio libio.

El tráfico estuvo descomunal, ya les he comentado que la ruta que va de Bengasi al este se ha convertido en el área de mayor actividad, ha sustituido por completo el centro de la ciudad. Entre la kilométrica fila de autos para la gasolina que clausura todo un carril en diferentes tramos, los funerales hacia el improvisado cementerio, el nuevo mercado de frutas y vegetales, y los puntos de cotejo del ejército, nuestro viaje que en situación normal tomaba 45 minutos, se tomó exactamente dos horas.

Eran las 5:00 p.m. cuando llegamos al “Parque de Piedra” y Faraj -que había llegado antes- ya estaba buscando lugar para estar. El parque estaba repleto, familias retozando, cocinando al aire libre y jugando. Conseguimos dos mesas; ya saben, una grande que nuestros maridos destinaron para mujeres y niños, y la pequeña para ellos tres continuar hablando sobre lo mal que va el país y ese tipo de cosas que por lo regular hablan los hombres cuando están “entre ellos”.

Como ninguna de las allí presente había cocinado y la premura sólo había dado oportunidad de colectar las golosinas de nuestras respectivas alacenas, sin chistar fui la mujer designada para solicitarle a los maridos que ordenaran la comida, que teníamos hambre.

Tan pronto regresé a la mesa de las féminas, se acercaron los hombres a pedirnos el dinero para poder comprar el almuerzo. Tremendo ataque de risa porque Nana, Reem y esta servidora abrimos nuestras carteras y le entregábamos el dinero de a poquito con caras de… ¿Quiénes son las oprimidas? Bien que existen en este y en muchísimos países, pero es un tema que como casi todo, no es para ser generalizado.

El servicio del lugar suele ser bastante eficiente -aquí en Libia con la comida no se juega- pero para nuestra sorpresa llegó una bandeja menos e hicimos la protesta de las cucharas rebeldes; “¡Otra bandeja! Que ustedes son tres y de ésta comerán seis”.

Allá fue Faraj y ordenó la bandeja restante. Nos dio por pensar que por gordas nuestros maridos nos habían puesto en régimen dietético sin consultarnos. Mientras ellos alegaban que era consecuencia de la crisis económica. Wafaa protestó diciendo que en la primera bandeja habían servido la mitad de un pollo. Inspeccioné el pollo y se veía defalcado, solicité la presencia de uno de los hombres y llegó Marido. “Éso, es un pollo sin cabeza. ¿A caso quieren les incluyan el pescuezo y el pico?” Dijo Marido con cara seria y voz firme –así se comporta fuera de casa, bueno, así son los tres-  y Wafaa, la hija de Faraj le repicó igualmente seria, firme y mirándolo a los ojos; “Amu (tío) Hani, es un pollo sin cabeza y sin la mitad de la pechuga”.

¡Que relajo!

Luego del almuerzo repartimos las golosinas y los refrescos, hicimos caminata, todos jugamos con los niños y las chicas hasta bailamos “Dabka" 1  (danza popular de los países "Sham"2 ).
 
De regreso, ya como a eso de las 7:00 p.m. mi esposo me comenta que a pesar de haber sido sólo una hora y media se había pasado bien. Le digo, que la sensación de bienestar que todos sentimos se debió a la calidad del tiempo vivido y no a la cantidad.

Las mujeres no cocinamos y pudimos estar “entre nosotras” hablando cosas que no se hablan igual con ellos en frente -lo mismo les aplica a ellos, porque para todo hay su lugar y momento; no aporta nada el estar siempre segregados, pero el separarnos de vez en cuando se disfruta bastante. Los niños por su parte, habían estado corriendo, jugando, en movimiento… todos al aire libre.

¡Lo necesitábamos! ¡Lo disfrutamos! Bien que regresamos a casa bendecidos y agradecidos a Dios, esperando lo mejor del porvenir de todos.

Glosario:

1. La dabka o dabke (en árabe دبکة) es un baile popular de Oriente Medio. La pronunciación dabka es la estándar, mientras que dabke refleja la pronunciación popular de algunas zonas como Líbano, Siria, Jordania, Israel, Palestina, etc. Ambas se escriben igual en árabe. A menudo se traslitera también dabkah o dabkeh.


2. País de Sham:

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El país de Sham.
El País de Sham (en árabe بلاد الشام Bilād ash-Shām) es también llamado Siria Histórica o la Grande Siria. Este territorio es una región histórico-cultural de Oriente Medio que comprende, aproximadamente, los actuales Estados de Siria, Líbano, Jordania, Israel, los Territorios Palestinos y el Sandjak de Alejandreta (actual Provincia de Hatay), este último se encuentra actualmente en manos turcas.
En ocasiones se excluye del concepto a la región compartida por Siria e Irak llamada Yazira.
Esta región era conocida como "Siria" a secas hasta que la división de la zona, oficializada en la Conferencia de San Remo de 1920, restringió el término a lo que hoy es la República de Siria. En un contexto histórico, por tanto, «Siria» puede seguir designando a toda la región.
Sin embargo, lo más frecuente es que en la actualidad, para diferenciar ambos conceptos, se añadan los adjetivos mencionados o se utilice el nombre árabe. El nombre Sham es una de las denominaciones árabes de la ciudad de Damasco. En árabe se utiliza con frecuencia la expresión Bilād ash-Shām, así como el adjetivo derivado shāmī (m) - shāmiyya (f) para referirse a toda la región (que comparte numerosos rasgos culturales), mientras que para el Estado de Siria se usa la voz Sūriyā, anteriormente empleada solo por los cristianos orientales para referirse, sobre todo, a la Iglesia ortodoxa siria.


© 2013-2015. Los Relatos d Aziza. Todos los derechos reservados.

 

Nota: Un blog se nutre de la participación de sus lectores. Agradezco sus comentarios bajo esta publicación.

 

 

 

 

viernes, 13 de junio de 2014

Pal’ ululeo: "Khatooba"


 
"Una cultura es el modo de vida de un pueblo, en tanto que una sociedad es el conjunto organizado de individuos que siguen un determinado modo de vida; más simplemente, una sociedad se compone de individuos; la manera en que éstos se comportan constituye su cultura". (M.J.Herskovitz, antropólogo cultural).
Contando las bodas a las que he asistido desde que vivo aquí en Libia, suman un total de cuatro, pero nunca antes había tenido oportunidad de presenciar una celebración de compromiso nupcial. Los palestinos la llaman "Khatooba" pero en cada país, según el dialecto árabe que se utilice se le conoce de forma diferente; he escuchado milkah, fatiha y walima.

Bueno, ya conocen la historia de la desconcertante invitación al “ululeo” (aunque “ululeo” es la palabra que describe la típica expresión de júbilo entre las mujeres de cultura árabe, yo le llamo “ululeo a cualquier celebración). Y como si ya hubiese sido poca la confusión idiomática, el domingo en la tarde me visitaron mi suegra y mis dos cuñadas casadas que viven en este mismo barrio. Siempre que vienen a visitar a sus padres, suben con la madre y sus niñas al segundo piso  a ver cómo estoy, les obsequio jugo (asir), algún bizcocho y a nuestra manera “chismeamos” un poco; esto comúnmente ocurre los días viernes, que aquí es el equivalente a nuestro domingo.

En esa visita entendí que la celebración tendría lugar en la casa de la prometida, que convenientemente vive a una calle de la que será su nueva familia y donde iniciará su vida de casada. El prometido, que es el hijastro de mi cuñada Hana, ha finalizado toda la obra de construcción del apartamento que será su nuevo hogar sobre la casa de los padres. He tenido oportunidad de ver el proceso y en realidad se han construido dos apartamentos, pues son dos los hijos que ya están listo para dar el gran paso. Como la casa familiar del primer piso es bastante grande, los apartamentos construidos sobre ella son espaciosos, con una excelente distribución de espacios funcionales y terminaciones modernas de muy buen gusto. En mi opinión, están bellísimos.

El día antes, mi esposo estuvo intranquilo llamando a mis cuñadas casadas y a sus esposos, quería asegurarse que no hubiese ningún mal entendido en cuanto a la transportación. Desde que vivo en Libia, está sería la segunda vez que saldría de la casa sin él. La primera vez asistí a un velorio, fue toda la familia pero yo viajé con mi cuñada Fatin y su esposo Husán. Son los más allegados a nosotros, como dije, viven en el mismo barrio y mi concuñado además de hablar inglés es como un hermano para mi esposo, ambos se profesan gran cariño, respeto y confianza. Me gusta visitar esta familia y compartir con ellos, aparte de ser buenos anfitriones, comprenden que vengo de una cultura diferente y de su parte además de cariño siempre he recibido un trato respetuoso y considerado. En fin, que tanto el matrimonio como las niñas me hacen sentir querida y aceptada como parte de la familia. Agraciadamente, lo mismo sucede con Hana y su esposo Abu Waleed (cuando se nombra a un hombre con hijos no se utiliza su nombre propio, en lugar se dice “Padre de… [nombre del hijo varón mayor]”. En este caso “Padre de Waleed”).

Así que puntualmente como habíamos quedado, a las 4:30pm tocaron a mi puerta. Era mi cuñada Fatin, las nenas y mi suegra. Ya estaba lista y debidamente envuelta en mis paños, pero mi suegra pidió que me removiera el “hijab” (velo que cubre cabeza, cuello y pecho, dejando el rostro descubierto) y la “abaya” (túnica larga, en este caso la típica de color negro con la que se cubren las mujeres musulmanas para salir a la calle) para ver cómo iba arreglada. Pues aquí que se vive pendiente a “el qué dirán” imagínense cuánto más, si se trata de mostrar a tu única nuera extranjera en sociedad. Las demás mujeres estarán pendiente del más mínimo detalle, desde mi aspecto físico, el arreglo personal, hasta cómo me comporto; si hablo o me río alto, cómo tomo asiento y si al comer lo hago de forma delicada o no.

Francamente nunca me he tomado esto muy enserio, si algo tenemos muy claro mi esposo y yo, es que no soy árabe; y aunque respeto las tradiciones y normas sociales e incluso a fin de cumplir con esto he adoptado ciertas costumbres, las personas con las que interactúe socialmente deberán comprender esa realidad; el que no pueda hacerlo simplemente tiene que trabajar con su capacidad para relacionarse con personas de otras culturas, digo, si es que le interesa, porque nadie está obligado.

Tras la aprobación de mi suegra bajamos con un taconeo inusual entre las lúgubres escaleras que conectan el interior de ambos pisos. Mis sobrinas Rowa y Ronda estaban vestidas como dos muñequitas, además estábamos felices de viajar juntas aunque el recorrido de la casa donde vivo hasta la de mi cuñada Hana es tan sólo de unos cinco minutos en auto, puede durar un poco más si no se quiere estropear mucho el vehículo, pues como en la mayoría de los barrios las calles están sin asfaltar y específicamente en la calle principal del nuestro, llevan meses trabajando en un proyecto monumental relacionado al acueducto, asunto que dificulta el tránsito.

En el camino Husán y yo conversábamos sobre la fecha de regreso de mi esposo y bromeábamos sobre sus llamadas del día anterior. Se preocupa mucho por el aspecto idiomático y otros asuntos que no vienen al caso, además ninguna de las mujeres con las que realmente puedo contar hablan inglés. Desde el inicio de la polvorienta calle se podía notar que el frente de la casa de Hana y Abu Waleed estaba atestada de autos. De ellos se bajaban mujeres envueltas en sus paños negros, y algunas llevaban a sus hijos pequeños de la mano o en brazos. Una de ellas vestía el “niqab”, que es un vestido comúnmente de color negro, largo y cubridor que lleva un velo con el cual se cubre el rostro, pero dejando libre sólo el área de los ojos. Algunos de estos vestidos incluyen lo que podríamos llamar un segundo velo
de cierta transparencia que aunque cubre los ojos, permite a  la mujer “ver sin ser vista”. Aquí se me ha dicho que la mayoría lo lleva para cubrir el rostro cuando van maquilladas, así evitan llamar la atención de hombres ajenos a su familia que puedan cruzarse en el camino al salir de casa destino a alguna celebración.

Según las mujeres se desmontaban los hombres reiniciaban la marcha para estacionarse donde pudiesen, a fin de esperar el momento en que toda la familia del prometido lo acompaña en caravana hasta la residencia de su prometida. Había un grupo de jóvenes apostados en la entrada principal de la casa y esta vez nadie tuvo que decirme; ellos saludaron a coro con el respetuoso “Slam Aleikum” (la paz sea con ustedes) al tiempo que todos bajaban la cabeza y nosotras de igual manera contestamos, “Aleikum Salam” bajando la vista, así evitamos contacto visual entre hombres y mujeres extraños.

Una vez atravesamos el portal, mi cuñada Hana nos recibió junto a las niñas, Reem y Roaa, todas muy elegantes y sonrientes, muy bien puestas. El sol quemaba y aunque estábamos deseosas por entrar se formó el atasco de siempre, ya saben que el saludo entre mujeres es de cuatro besos intercalando mejillas y bendiciones; pero si en el grupo hay alguna anciana, el proceso de entrada demora mucho más. Éstas suelen duplicar la cantidad de besos y bendiciones, pero se aguanta, porque aquí el respeto y la consideración a los mayores predomina sobre cualquier cosa.

Cuando llegamos al recibidor nos quitamos los zapatos, costumbre que no se negocia por estos lares y que de no observarse te puede causar líos, sobre todo con las amas de casa. Con el rabillo del ojo pude ver hombres de barba y “Jalabiyas” blancas (vestido de pantalón y túnica, tradicional en varios países de cultura árabe y religión musulmana) sentados en el suelo, entre cojines charlando y tomando el té en el salón de visitas. Allí estaba Abu Waleed parado en la entrada, nos saludaba y daba la bienvenida antes de que entráramos a la casa, es decir a las áreas de estar destinadas exclusivamente a la familia. El dueño de casa vestía como sus hijos, de forma occidental, de hecho nunca los he visto con ropa tradicional. Abu Waleed es un hombre muy trabajador que goza de buena reputación, siempre lo he visto de buen semblante, sonriendo, habla un poco de inglés y en su casa siempre me he sentido a gusto y bien atendida.

En una ocasión se enteró de que estando en un parque avergoncé a mi esposo al antojarme de unos “kufta kabab” (pinchos o brochetas de carne molida con mucho ajo y perejil hechos a la parrilla) que estaba preparando una familia siria desconocida, les debo ese cuento. Después de reírse, le dijo a mi esposo que me llevara de vuelta a su casa el siguiente viernes, después del “jumma” (sermón islámico de los viernes) porque prepararíamos los suculentos “kufta kabab” especialmente para mí. Siempre me había simpatizado, pero lo admito, su acción… ¡Me ganó!
 
Cuando entramos al salón de estar, había muchas mujeres sentadas entre cojines bordeando las paredes a vuelta redonda del salón. Estaban relajadas charlando, tomando el té, una de las mayores fumaba algo alejada del resto y en otra esquina una de las jóvenes amamantaba discretamente a su hijo. Yo saludé de forma general con un “As Salam Aleikum”, ellas contestaron a coro mientras me observaban y de prisa mis sobrinas me halaron por un brazo en dirección a sus habitaciones, querían mostrarme los vestidos que les han comprado para el “Ramadán” (mes sagrado del islam, de alguna manera equivalente a la relevancia de la “Cuaresma” para los cristianos). De inmediato me di cuenta que mi manera de saludar no había sido la más apropiada y antes de que alguna de mis cuñadas se diera cuenta regresé al salón y las besé cuatro veces a cada una de las aproximadas veinte mujeres allí presentes.

Mi cuñada Fatin me pidió que la acompañará al cuarto de su hermana para terminar de arreglarse, allí pase unos 30 minutos y para cuando salí la cantidad de mujeres en el salón parecía haberse duplicado, de hecho ya había llegado mi suegra con sus tres hijas solteras. Me senté al lado de mi suegra y noté que una de las chicas me miraba, le sonreí y ella me preguntó que cómo estaba, lo hizo en inglés. Se me dibujo una sonrisa de oreja a oreja porque es bastante incomodo estar en un salón repleto de mujeres sentadas en círculo, o sea, cara a cara y  ser la única que no entiende nada de lo que están hablando.

Me dijo que se llamaba Zeinab, que quiere decir, “la joya más preciada del padre” y se pronuncia “Zaynab”. Montamos conversación de un extremo a otro, hablábamos sobre lo difícil que es aprender árabe versus lo fácil que los que tienen el árabe como lengua materna aprenden cualquier segundo idioma, sobre todo el español. A ésta chica no fue necesario explicarle donde queda mi país, Puerto Rico; además de hablar buen inglés me dio la impresión de ser bastante culta. Según me di cuenta que las mujeres habían dejado de hablar entre ellas para escuchar nuestra conversación, también me percaté que había visto antes a la mujer que fumaba. Cuando se lo comenté a Zeinab me dice; ¡Claro Aziza! Es mi madre y la viste en mi boda. Resulta que durante el mes de mayo había asistido a una boda de una prima de los hijastros de Hana, porque aquí es así, cuando invitan a una chica a una boda la invitación se hace extensiva a todas las mujeres de su familia inmediata y vamos aunque no conozcamos a la que se casa. ¡Todas pal’ ululeo! ¡Que fiestón!

Entonces le digo toda sorprendida; “¡Dios mío! Tú eras la novia, yo no paraba de mirarte. Estabas hermosa, parecías una reina sentada en su trono.” Entonces Zeinab riendo me pregunta; ¿Y ahora, Aziza? ¿Ya no me veo bonita? Creo que algunas de las jóvenes entendían parte de lo que hablábamos porque también rieron. Y bueno seguía siendo una chica bonita, pero en su boda estaba descubierta, con un peinado y maquillaje exótico, su traje blanco de lo más pomposo y “strapless”. Mientras que en ese momento se encontraba como el resto, llevaba “abaya” negra y un “hijab” oscuro. Y un poco esta es la magia del velo que para los hombres árabes resulta ser más atrayente que una mujer que en todo momento va exhibiendo sus encantos, en algunos caso buscando ser blanco de envidia de otras mujeres y de deseo para los hombres. El hombre por estos lares puede sentir curiosidad e incluso morbo por la sensualidad con que suele mostrarse la mujer occidental en revistas y películas, pero lo describen como algo momentáneo y pasajero, los tradicionales, los más conservadores prefieren que su esposa reserve todos sus encantos para el en la privacidad de su casa.

Finalmente llegó la tan esperada llamada. La familia de la prometida estaba lista para recibirnos en su hogar. ¡Comenzó el ululeo! Mientras íbamos saliendo de la casa todas ululábamos y yo me sentía atrapada en alguna de esas escenas tantas veces vistas en la tele  o en el cine, trataba de ulular como ellas lo hacían, pero me atacaba de la risa y me maravillaba el ser parte de ese momento, de compartir la tradición. Alguien había avisado a los hombres porque a nuestra salida estaban todos los autos alineados, con el motor en marcha, listos para salir. En esta ocasión las niñas se fueron con las primas y mi suegra y una prima de su esposo viajaron en el auto de Husán. Estaban todos muy contentos, la caravana de autos iba causando algarabía, todos tocaban sus bocinas dejando saber que éramos el séquito del futuro esposo del barrio.

Cuando llegamos a la residencia familiar de la prometida se dio exactamente el mismo protocolo que a la entrada en la casa de Hana –con ululeo y todo- sólo que esta vez era el padre de la prometida y una tía quienes nos daban la bienvenida, pues la madre de Ala, la futura esposa, había fallecido hacia unos años. Mientras los hombres se acomodaban en una “jaima” (carpa) colocada en el atrio, las mujeres entramos a la casa.

Ala es una chica joven, no debe pasar de 23 años, es bonita, de estatura baja, con unos expresivos ojos árabes oscuros y carita rellenita como las muñecas. Además vestía un traje que resaltaba su figura y que me encantó porque evocaba la cultura andaluza. Entre el vestido y su peinado Ala parecía una de esas bailaoras de flamenco. El vestido era en tela satinada en azul turquesa y puntos negros, con una aplicación  hermosa entre el busto y el torso, de volantes escalonados en el frente y cola en la parte posterior.

Como el salón no estaba alfombrado conservamos los zapatos puestos, pero según entrabamos nos despojábamos de los “hijabs” y las “abayas”. Entonces se iba develando la belleza femenina, de largas cabelleras, de peinados  elaborados, de ropa coqueta, tacones, prendas de oro, de labios rojos y pestañas postizas. Ala nos esperaba sentada en una butaca, con sillas a vuelta redonda. Los ritmos árabes comenzaron a sonar y según saludábamos a Ala, unas nos sentábamos y otras se iban directamente al centro del círculo, comenzaban a contonear los cuerpos en movimientos serpentinos como si desde algún lugar remoto un encantador tocara la flauta y ellas simplemente entraban en una especie de trance rítmico. ¡Qué movimientos de caderas! ¡Qué maravilla!

Mientras mujeres de todas las edades bailaban unas con otras, las demás conversábamos y degustábamos los entremeses. En mi plato había pizzetas al estilo italiano, pequeños shawarmas de pollo, albóndigas fritas con especias, rellenos de arroz, queso y atún, y un bizcochito; también me dieron una soda y agua.

Había una chica alta, esbelta, de traje corto, en color blanco, tipo ballerina. Tenía una cabellera larga de las que llegan a mitad de muslo y su mejor accesorio era su sonrisa a tiempo completo. No la conocía pero me simpatizaba. En un momento dado le pregunté a mi cuñada Fatin que dónde estaba Zeinab… ¡Adivinen! Me señalo a la ballerina. ¡Es increíble! He bautizado a Zeinab la “tres en una”. Sí, es que verla en tres diferentes atuendos ha sido como ver a tres mujeres distintas. Se lo conté y no paraba de reírse.

Luego me fijé que traía un tatuaje de una rosa en una de sus largas piernas y le pregunté si no era “haram” (prohibido) el llevar un tatuaje, me respondió que el tatuaje no es permanente, que su compuesto no proviene de ningún producto animal o probado en animales y que como era un tipo de calcomanía en ningún momento sustancia alguna llega a la sangre. Así que la rosa en su pierna era totalmente “halal” (permitido). Ya luego intercambiamos direcciones de correo electrónico para buscarnos por Facebook y mantener el contacto. ¿Saben? Ahora que lo recuerdo, no pierdo la esperanza de algún día toparme con mi amiga de Bengasi. Aunque no lo crean, la echo de menos. ¡Ja,ja!

Como en las bodas, avisaron que era el momento de cubrirnos, pues el novio entraría al salón para celebrar el compromiso. Aclaro que ésta es la celebración pues la ceremonia de compromiso se había realizado días antes entre ambos núcleos familiares, con todo el protocolo religioso y legal que la misma implica. Una vez que todas nos habíamos colocado el hijab y las abayas, Salah, el prometido entró. Se le veía feliz, pero nervioso. De hecho mis sobrinas se encargaron de comentarlo y de hacer todas las bromas posibles al respecto. Son cuatro pequeñas tormentas de entre 11 y 7 años de edad que siempre andan como cascabeles a merced del viento; riendo y jugando.

 El prometido llega, saluda a su prometida y luego al resto. Él entrega el oro a la futura esposa que se remueve las prendas que llevaba y se coloca las nuevas. Se hace la entrega de los anillos y todas las mujeres  comienzan a ulular celebrando el momento. Algunas, las más ancianas, recitan versos en voz alta, pidiéndole a Dios que bendiga a la pareja; se me explicó que era una tradición del folclore palestino.

 
En ese momento, el júbilo inundo todo el espacio, yo contemplaba la sonrisa nerviosa de Salah, la carita feliz de Ala, el recital de voces bendiciendo a la pareja, algunas mujeres lloraban emocionadas y el resto era un ululeo que se escuchaba frenético, interminable, infinito. A mí se me formó un nudo en la garganta. Desde donde estaba sentada comencé a contemplarlo todo desde un plano lejano, era como si el espíritu que soy viera desde muy dentro y no a través de los ojos que son sólo las ventanas del cuerpo por donde se asoma el alma. En ese instante dejé de ser carne, era conciencia y sólo podía agradecer a mi creador, Inteligencia Suprema, haberme permitido volver y estar.  Sobre todo estar allí, en ese momento y con esas personas. Todos los idiomas del mundo son insuficientes para explicar lo que me ocurrió, lo que sentí, lo vivido, pero; "El que tenga ojos, que vea", "el que tenga oídos, que oiga".


Trajeron un bizcocho y dos copas con bebidas de fruta, y entre los futuros esposos lo compartieron. Fueron felicitados y bailaron a petición de las mujeres que lo celebraban y les tomaban fotos. El ululeo siguió hasta que las invitadas fuimos despidiéndonos y abandonando la residencia al ritmo de la música, de los besos, abrazos y bonitos deseos para con la nueva pareja. Volvimos a trasladarnos en caravana y algarabía hasta la otra calle, debíamos acompañar a Salah de regreso a la casa. Todavía el salón de visitas estaba lleno de hombres mayores, alcancé a ver al padre de mi esposo. Nosotras tras saludar a Abu Waleed volvimos a reunirnos en el salón de estar y tomamos café para  entonces regresar a nuestras casas.

 

Me han dicho que la boda será después del Ramadán, pues durante el mes sagrado no se celebran matrimonios. Ahora que ya se ha cumplido con la ceremonia de compromiso, se entregó  el “mahar” y se celebró, la pareja podrá tener oportunidad de conocerse y compartir pero siempre en compañía de familiares pues el estatus de “comprometidos” no otorga los privilegios y derechos de los “casados”. Es tiempo donde deberán amueblar el apartamento y continuar preparándose para la celebración mayor, la boda. Espero no perderme ese “ululeo” que si antes asistir a una boda no me motivaba mucho ahora la veo con otros ojos, con otro gusto y ya le he dicho a mi esposo que para la boda de Salah y Ala quiero una abaya de fiesta, con brilloteo y colores alegres  porque así se ulula mejor.
 
Pueden complementar este relato con las fotos de un artículo relacionado al tema en el blog de Yassmin:
http://yassmineldouh.blogspot.com/2013/09/fayha-is-legally-and-islamically-married.HTML

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sábado, 24 de mayo de 2014

Microrrelatos: Dos cosas para contar

Mi suegra y yo
Hoy tocó a la puerta mi suegra. Traía consigo una bolsa de tomates. Parece que ayer vio que se me habían terminado y sabe que para mí el pan, el queso, los tomates con ajo y aceite de oliva son alimento de cada día. Me pregunta en árabe si estoy bien. Le contesto “Ana quais”, queriéndole
decir que sí, que estoy bien. Me besa, me abraza, me toma la cara entre sus manos, me mira fijamente con esos ojitos chiquitos y líquidos, y me dice con una ternura inmensa;  -Aziza, I love you very much. Le digo; -Ana bahebek aktar Mama (que yo también la quiero mucho). Y le besé la mano que luego me llevé hasta mi frente (gesto de sumo respeto y amor para con las madres y abuelas).
Le digo; “Hani, quais” (que Hani, mi esposo es bueno). Me toco el corazón y le digo; "My husband is good husband, good heart". Mi suegra me mira de la misma manera que lo había hecho antes y me dice en árabe; -Aziza, tú también eres buena. Yo me echo a llorar y nos abrazamos. ¡Dios es justo!

                                                                             Vas a escribir
Una vez una querida amiga "tarotista" miró las cartas y sonrió de manera especial; una de esas sonrisas chispeantes que se producen al descubrir algo agradable. Y dijo; "Vas a escribir cosas muy bonitas, cosas que se van a leer. Es algo muy especial".

En el momento no le presté mucha atención, como muchos, había acudido a ella en medio de una crisis por "mal de amor". Ya luego con el tiempo de vez en cando recordaba el momento, su carita siempre linda, sonriendo iluminado como ella acostumbra hacerlo y me parecía escucharla diciéndomelo pero embelesada en las cartas. Entonces me asaltaba la intriga. ¿De qué estaría hablando Melissa? Y ahora, me ha quedado todo muy claro. ¡Maktub! Los Relatos de Aziza, Viviendo Libia…



        Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Bodas libias I y II

¡Ya subió!


Segunda parte en END: http://www.elnuevodia.com/blog-bodaslibias(segundaparte)-1787660.html

Primera parte en END. Espero que les guste. Enlace: http://www.elnuevodia.com/blog-bodaslibias(primeraparte)-1776703.HTML


Caricatura del libio Mohamed Zwawi: Jaima nupcial
 

Ululeo

Estampa de boda tradicional

Celebración de hombres en Jaima




martes, 29 de abril de 2014

Sahra: más que un microcuento

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                               Sarah

Ese día, caminando por el malecón decidió no luchar más contra el deseo de aventurarse hasta las inmensas rocas, donde se le había advertido que no debía llegar. 

Antes le habían dicho lo mismo sobre su sueño de atravesar el desierto, arca de peligros inciertos. Aun así surcó las dunas de arena y conoció el polvo rojo que todo lo impregna y huele a leyendas.  

Así que bajó  las escaleras y por primera vez sintió la efervescencia de las olas del Mediterráneo bañando su rostro. Sonreía, mientras la brisa marina ondeaba su “hijab” como la más insigne bandera de paz.

Daritza Rodríguez-Arroyo  (Martes, 22 de abril de 2014. Bengasi, Libia)
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Relato: Sarah más que un microcuento

Ahora me queda todo muy claro. Ha debido ser que la esencia de alguna de ellas -de la más aguzada- andaba merodeando en el justo momento en que mi amiga Iris Miranda (poeta puertorriqueña) me invitaba a participar de “100 palabras por la paz”. 
¡Claro! No fueron mis palabras, fueron las de ella, portavoz de las voces de miles de migrantes que el desierto y el mar han silenciado. No digo que haya sido tanto como una psicografía, pero ciertamente al momento de escribir, vi la imagen de una mujer del desierto, de tez tostada, envuelta en telas negras, como las mujeres migrantes de Sudan, Nigeria, Somalia y otras tantas tierras africanas; mujeres que atraviesan el desierto del Sahara y luego el Mar Mediterráneo, arriesgando sus vida con el único propósito de vivir con dignidad.

Entonces esta mujer toda rostro y telas fue mi inspiración; mi piel fue receptiva al toque sutil que transmitió la historia de su travesía, de esa fuerza interna argamasa de sueños, esperanza y voluntad férrea que la sostuvo en medio de tanta inclemencia y que finalmente, independientemente de lograr llegar o no a su destino, la llevó a reconciliarse consigo misma. 

Sé que debió perdonarse por lo dejado atrás, pero igualmente complacerse en el vencimiento de sus temores, que también eran los del resto y siempre le parecieron más grandes que los propios. 

Me habló sobre lo vivido a cada paso y sobre su vista siempre puesta en el horizonte; entonces sonrió como pocas veces lo había hecho en el trascurso de su vida, debió solicitar que cerrara mis ojos, porque así lo hice. Se acercó y al oído me contó en susurros sobre su día en el malecón de Bengasi, allí donde en medio del caos, por primera vez fue libre y experimentó la paz.
Abrí los ojos y escribí.
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Entonces les cuento:

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En día martes le envié el microcuento a Iris y el jueves fui al mercado con mi esposo, le pedí que paseáramos por la calle Omar Al-Mukhtār en el barrio italiano del centro de Bengasi, una de mis favoritas porque además de la mezquita Atik, que es la más antigua de la ciudad, también hay varias librerías pequeñas en las que me gusta entrar a acariciar y ojear libros aunque no pueda leerlos por estar escritos en árabe.  

Allí también hay una tienda africana que siempre me ha llamado la atención porque se especializa en la venta de artesanías y artículos antiguos de decoración. Las veces que había estado por la zona, la tienda permanecía cerrada y mi esposo me había comentado que daba la casualidad que siempre íbamos en las horas de almuerzo.


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Esta vez vi la puerta abierta y corrí, temía que se cerrara antes de poder atravesarla.



Es un lugar mágico lleno de pinturas, réplicas de puertas árabes que cuando las abres resultan ser espejos que reflejan tu rostro, figuras, lámparas, cofres, baúles, faroles, vasijas, bandejas, ropas tradicionales… No hubo pieza que no toqué con asombro y curiosidad, que no oliera imaginando el entorno y las manos que la crearon. Mi esposo me seguía de cerca pero en silencio y el vendedor grandote con piel de ébano -que parecía una pieza más-  también me seguía con la mirada desde el fondo del local, tras la caja registradora rodeado de todo aquel arte que contaba historias de cualquier parte de Libia y toda África. 

Descubrí un tonel repleto de chucherías y me puse a curiosear, metiendo la mano, rebuscando con la insistencia de quien instintivamente sabe que dará con algo. Mis dedos tantearon una superficie algo tostada y rugosa, entonces halé un poco para ver de qué se trataba y allí estaba ella con su rostro tostado, pintado de desierto, con su mirada  convertida en una llama lánguida que desde las lamparillas de sus ojos aún cargados de sueños dice que no ha perdido la esperanza. 

Confieso que al principio no la reconocí, pero la quería. ¿Bekam Hada? Preguntó mi esposo. $35.00 LYD, contestó el vendedor. Pero recordamos que andábamos con el dinero contado para las compras del día, porque aquí en Libia todo se paga en efectivo y es preferible no andar con mucha cantidad en los bolsillos. Mi esposo me prometió que regresaríamos el sábado. De regresó al auto alcancé a ver el mar y la gente caminando por el malecón y fue en ese mismo momento en que comprendí lo que desde hace días venía ocurriendo, ahora todo tenía sentido. 

“¡Habibi! Era ella.” Exclamé emocionada. “¿Quién?” Preguntó mi esposo. “La mujer del desierto, la del microcuento. La máscara de cuero en la tienda africana, es la misma cara de la mujer que vi mientras escribía. ¿Recuerdas que te lo conté?” Mi esposo se quedó pensativo, “volvemos el sábado” dijo sin aventurarse en "mis fantasías".
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Y así fue, el sábado después del almuerzo volvimos al barrio italiano, cruzamos la plaza de la libertad Maydan al-Huriya frente a la mezquita y la antigua casa alcaldía. De lejos volví a ver la puerta de la tienda abierta, aligeré el paso y entré cruzando dedos en ambas manos. Estaba justo donde la dejé, sobre el montón de chucherías en el tonel del fondo.  La tomé en mis manos, sonreí y me la llevé al pecho como se hace con la gente que uno se alegra de volver a ver, miré a mi esposo y este a su vez miró al vendedor, que también permanecía en el mismo rincón donde lo habíamos dejado. 

¿Bekam Hada? Preguntó mi esposo. $35.00 LYD, contestó el vendedor. Comenzó el habitual regateo y al final la compramos por $25.00 LYD, aunque para mí tiene un valor incalculable que nada tiene que ver con dinero. Ahora la mujer del desierto, Ṣaḥrā, siempre está presente cuando escribo, junto al derviche turco y la bandera de Puerto Rico.

Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
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martes, 25 de marzo de 2014

jueves, 13 de marzo de 2014

domingo, 12 de enero de 2014

De Susa a Fathiya



Fue la primera vez en toda mi vida que realmente no supe qué ponerme para ir a la playa. Siempre he estado gorda, pero eso nunca ha sido impedimento para vestir traje de baño como hacen las mujeres en cualquier parte del mundo, y por supuesto que no me refiero al tanga ni al bikini, pero estoy acostumbrada a caminar por la arena destapada de piernas, muslos, brazos y pecho sin que esto constituya una perversidad. De hecho, ya por aquello de los cuarenta años cumplidos me había comprado un modelito recatado; ya saben, la minifalda y camisa larga de manguillos anchos sin escote frontal. Ahora que lo recuerdo, no sé en qué pensaba aquel 24 de abril del 2013, cuando por primera vez rumbo a Libia, a último momento, lo eché por uno de los huecos de la maleta. ¡Caribeña tenía que ser!


Bueno, pues me puse mi recatado outfit de playa y mi esposo que entra al cuarto y me mira con cara de “la hora que es y no te has vestido”. Antes de que abriera la boca le pregunté si así estaba bien y al tiro contestó riéndose; “Sí, estás bien si lo que quieres es ser viuda.” ¿Viuda por qué? Pregunté yo, y contestó que vestida como iba en un país como Libia daba pie a que cualquier hombre me faltase el respeto y él tener que defenderme, aunque esto significara pelearse hasta que uno de los dos perdiese la vida por honor. Esto no es Turquía, dijo. ¡Taman! Contesté. Que me cubro enseguida; pantalón largo, ancho y oscuro de algodón, túnica tipo kurti hasta mitad de muslo en azul celeste, gafas de sol, de las grandotas y por supuesto hijab cubriendo cabeza y cuello.


Mientras bajaba las escaleras mi esposo me comentaba que con nosotros viajarían su madre y una de sus hermanas solteras, que en el otro auto iría una de las hermanas casadas, con su esposo y las dos nenas. O sea, que si no perdía la vida en una afrenta callejera, quienes lo mataban al verme mostrando las carnes hubiese sido su propia familia.


¿Y a cuál playa vamos? Pregunté. “Vamos a Susa, una playa que está a casi tres horas de distancia. Queda en el área de Al Bayda, donde ya has estado, más allá de las ruinas de Cirene que tanto te gustaron.” ¿Pero por qué tan lejos si todo Bengasi y la ruta hasta Al Bayda es costa mediterránea? Pregunté. “Es que Susa es realmente bonita, y es la que más nos gusta a la familia, a ti también te gustará. ¡Ya verás! ¡Ah Aziza! Recuerda que a los mayores de la familia siempre se les cede el asiento de enfrente, es una cuestión de respeto y cortesía.” ¡Taman! Contesté, que significa ‘Ok’ en lengua turca pero que es de común usanza aquí.  Así fue como se me inflamó mi rodilla derecha tras 3 horas de viaje al noreste de Libia sin parar. Mi cuñada, gafas y audífonos puestos sin abrir la boca, mi suegra hablando sin respiro, aunque ninguno de los dos hijos le contestara; mi esposo manejando pendiente al carro del cuñado y de vez en cuando echándome una miradita por el espejo retrovisor, yo con un dolor en toda la pierna a punto de abrir la puerta y tirarme a rodar, pero sin atreverme a hablar.


No habíamos salido tan temprano y el viaje estaba programado para regresar esa misma noche a Bengasi, una parada representaba menos tiempo de disfrute en Susa. Así que ni modo, a tararear las canciones que sonaban en la radio como si me las supiera y jugar con el viento como cuando era pequeña y mis padres nos llevaban a mi hermana Yazira y a mí de paseo. Bajábamos el cristal de la guagüita Toyota Corolla del 81’, sacábamos las manos a palma abierta y de pulseo con el viento todo el viaje hasta llegar a algún río en Ciales, a las charcas de Jayuya, al lago Guajataca en Quebradillas, a playa Los Tubos o Mar Chiquita en Manatí o hasta más lejos para llegar a isla Mata La Gata en La Parguera; a donde fuese que mis padres se antojaran de hacer turismo interno o visitar a parientes y amistades.


Transitábamos una recta de esas que te dan la impresión de que el camino no tiene fin y que por más que se maneje no se llega a ningún sitio, cuando noté que en medio de la carretera frente a las dos únicas estructuras existentes que parecían superpuestas en aquel paisaje desértico tipo tapiz, había una línea de peñones. Como si alguien hubiese intentado marcar la división entre dos carriles, el de ida y el de vuelta. Me estuvo curioso y le pregunté a mi esposo, quien me explicó que algunos comerciantes lo hacían para llamar la atención de los conductores, buscando que reduzcan la velocidad y se fijen en su mercancía. ¡Vaya estrategia publicitaria! Le comenté que me parecía algo peligroso y contestó que el peligro era algo muy común en Libia, que era necesario acostumbrarse.


Al poco rato la ruta nos mostraba un paisaje diferente, se comenzaban a apreciar los azules de mar y cielo fundidos en el firmamento. Íbamos descendiendo y veíamos como el mar se transformaba en una falda danzarina que con encajes de espuma adornaba un poblado. Mi esposo me dijo; “Por esto preferimos viajar más de tres horas. ¡Bienvenida a Susa!” De inmediato saqué mi celular y comencé a fotografiar casi por encima de mi cuñada quien tenía la ventana privilegiada. Entonces mi esposo recibió una llamada, hablaba en árabe, mi suegra se puso nerviosa y comenzó a llorar implorándole a Dios por el bienestar de su hija y la familia, mi cuñada enfadada le gritaba a la madre que por favor se controlará, mi esposo pegó la vuelta; su cuñado había tenido un accidente unos veinte minutos atrás.


Ya lo había dicho yo, que esos peñones podían costarle la vida a alguien. Gracias a Dios nadie salió herido pero el auto necesitaba ser transportado en grúa a Bengasi. Había unos hombres ayudando, mi esposo nos dijo que tomáramos nuestras pertenencias y entráramos a la casa aledaña al local comercial. Le pregunté que cómo íbamos a entrar a una casa extraña y me pidió que siguiera a su madre y a la hermana que había mujeres esperándonos para encargarse de nosotros. Un niño nos condujo.


Una vez frente a la puerta de hierro, el niño tocó una campana y nos abrieron otros niños. Había pequeños de todos los colores y tamaños, era una estructura muy pobre, el piso de la entrada estaba cubierto de alfombras espeluzadas y cojines desteñidos. Eran todas mujeres sentadas formando un círculo; se trataba de una familia beduina. De entre los niños salieron nuestras sobrinas, nos abrasaron llorosas, aún se podía sentir el ritmo frenético del corazón, tenían un tambor en el pecho y mi cuñada, la madre de las niñas se abrazó a llorar con mi suegra. En ese momento su hermana, la de las gafas grandes, me comentó que debía tranquilizarse porque estaba en su cuarto mes de gestación y esta vez tenía que ser el hijo varón que tanto añora cualquier familia árabe.


De inmediato nos invitaron a sentar, a ponernos cómodas, pero yo necesitaba estirar mis piernas, mi rodilla se sentía como si le hubiesen entrado a marronazos. Me seguían halando de brazos y presionándome los hombros para que me sentara, entonces expliqué en mi inglés con acento de Sofía Vergara que prefería estar un rato de pies, que me dolía la rodilla. Se produjo un silencio total, niños y mujeres me miraron como si fuese una extraterrestre y los que quedaban dentro de la casa encontraron motivos para asomarse, todos agolpados en la puerta de entrada. Yo miré a la única de mis dos cuñadas allí presentes que masticaba un poco el inglés, sí, la soltera de gafas grandes y cara montada, y ella resignada a hacer de intérprete aun cuando no tiene ganas, explicó a la multitud de mujeres y niños que yo no hablaba árabe. La mujer más vieja de la familia, la matriarca, le preguntó qué de dónde éramos, mi cuñada dijo, “nosotras palestinas y ella de América” y todas comenzaron a reír gritando; “¡Ameriquiya! ¡Ameriquiya!”, celebrando mi origen. En medio de las expresiones de asombro y la algarabía, le decía a mi cuñada que les explicara que era de Puerto Rico, un archipiélago en el mar… Ella a su vez hacía gestos con la mano y torcía la boca diciéndome que lo dejara así, que me olvidara, que causaría confusión. Finalmente me senté.


La matriarca exhibía los tatuajes característicos de las mujeres beduinas de Libia. Son tatuajes en áreas de la barbilla y la frente de tinta permanente que con el tiempo se torna color verduzco. También vestía una pintoresca Abaya y tenía todo el oro que cuerpo alguno podía llevar, eran prendas antiguas, ya sin brillo. La recuerdo obesa, de pocos dientes, piel tostada, ojos alegres, brillosos, de hablar y reír alto, de ademanes, gestos y palabra firme. Daba órdenes a todas las demás. Me presentó a cada una de sus doce hijas, a algunos de los casi vente nietos e hizo venir a la hija más joven que se casaba al día siguiente. La joven nos mostró los tatuajes de henna que se había hecho para la fiesta de esa noche, traía hermosas flores dibujadas en manos, brazos, piernas y pies.


Al menos a mí se me olvidó que habíamos llegado allí por un accidente, realmente me sentía como la invitada de honor en una gran fiesta de mujeres beduinas. Entonces la trajeron a ella, hicieron un espacio entre los cojines contra la pared y la sentaron. Se llamaba Fathiya, la hija, la hermana, la tía con parálisis cerebral y extremidades deformadas. Casi no pude hacer contacto visual con ella, apenas me miró se abalanzó sobre mí, metió su cabeza entre mi pecho y mi brazo izquierdo, justo en el corazón, y allí se aferró acunándose, dejándome a mí y a todos perplejos. Mis sobrinitas se reían y mi suegra me miró de una forma dulce y especial, como si fuese la única en entender. La matriarca comenzó a reírse a carcajadas celebrando, las demás la seguían, yo estaba sin palabras, me imagino que con cara pasmada y la mujer le pedía a mi cuñada que me tradujera. “¡Que te quiere! ¡Que le gustas! ¡Que la abraces!” La rodee con mis brazos y le pasaba la mano por su cabello crespo, corto, desarreglado. ¡Ay! No sé cómo explicarlo, pero fue algo intenso, un sentimiento sobrecogedor que logró tocar todas las fibras de mi ser. Yo sentí amor.


Una de las hermanas me la quitó de encima la acomodó en el espacio que le habían preparado y trajeron bandejas con melocotones, higos y dátiles. Fathiya no paraba de mirarme, de sonreír con todos sus dientes asomados. Fue cuando pude mirarla, mirarla bien, hasta la profundidad de sus ojos. Eran ojos grandes, un poco desorbitados, líquidos y brillantes, como si fueran dos lagos oscuros, portales a otra dimensión. Deje de escuchar a las mujeres y a los niños despeinados que jugaban contentos, indiferentes al acontecimiento. También había una niña muy pequeña, rubia y de piel tostada, me miraba con reserva y desconfianza, yo hablaba un idioma que posiblemente nunca había escuchado.  


Yo sólo quería continuar en contacto con el espíritu de Fathiya, el que según ellos yo le gustaba, me quería y al verme se metió en mi corazón. El resto interrumpía, nos estorbaban. Trajeron las bandejas de comida; arroz con nueces, y cordero estofado con papas. Llegaron canastas de pan y botellones de refrescos. Los niños sacaban bandejas para llevarle de comer a los hombres que esperaban por la grúa a orillas de la carretera. Por ser viernes el asunto de la grúa se dificultaba, pues como ya les he contado, el viernes es el día para congregarse en la mezquita, alabar a Dios y luego compartir en familia, no se trabaja.


Eso de comer sentada en el piso, con cuchara y de una bandeja comunal aún me cuesta, pero no me quedó otro remedio, tenía hambre y todos miraban esperando que fuese la primera en probar, y supongo yo, decir si me gustaba o no. Miré a mis cuñadas y a mi suegra porque ellas ya van conociendo mis manías, saben que no como cordero ni soporto su olor que, por cierto, estaba todo sobre el arroz. En nuestra casa mientras ellos se sientan en el piso de la cocina y comen con cuchara de la misma bandeja, a mí me sirven de todo en un plato individual y me sientan en una mesita que está en la misma cocina, así comemos juntos sin yo molerme las rodillas. Mi suegra me hizo el gesto de ¡Come! Y yo pues comí de una esquinita donde agraciadamente el arroz estaba seco y le majé una papita que no traía mucha salsa, un pedazo de pan y todos contentos.


Tan pronto recogieron las bandejas, Fathiya se arrastró hasta ubicarse justo frente a mí, como si hubiese estado esperando la oportunidad, me sorprendió con un manotazo que alcancé a interceptar en el aire. Quería jugar conmigo. Le soltaba la mano y venía el siguiente manotazo; su cara se deformaba de alegría. Los niños alrededor reían, Fathiya se movía frenética, aplaudía y soltaba carcajadas, mientras una de las hermanas le secaba las babas. Era todo un espectáculo. Así estuvimos mientras las mujeres de mi familia y las beduinas conversaban sobre el gran acontecimiento del día siguiente, la boda. Llegó una chica con la bandeja del té. Le pasó la bandeja a su madre, la mayor de las hijas de la matriarca, quien se ubicó frente a mí y me pidió especial atención. Con un talento y maestría admirables aquella mujer levantó la tetera estilo árabe (esas de cuello largo y boquilla angosta) y así desde lo más alto posible dejó caer el potente y sonoro chorro aromático de té, hasta el vasito de cristal transparente que esperaba quietito sobre la bandeja colocada en el suelo, y todo ello sin perderse ni una sola gota. ¡Bravo! Yo celebré y aplaudí su demostración como si hubiese presenciado el mejor de los espectáculos y Fathiya también aplaudía. Y así las dos, las más amigas, las más divertidas del grupo; éramos felices mientras la matriarca nos contemplaba y reía. “¡Mashallah! ¡Mashallah!” decía la mujer elevando sus brazos.

 

·         [Inshallah se traduce “si Dios quiere”, mientras que Mashallah es “lo que Dios ha querido”. Podría compararse a un “la gloria es de Dios” y comúnmente expresa alegría y satisfacción ante una persona o un suceso positivo. Por ejemplo: si una mujer aparece vestida de novia y se ve hermosa o nos muestra su título universitario, quienes la admiran y comparten su alegría expresaran; ¡Mashallah! Mashallah! Si un amigo nos invita a su casa y es hermosa; ¡Mashallah! ¡Mashallah! Si vemos un bebe encantador y tierno, ya saben, Mashallah…]

 

Habían pasado tres horas, cuando un niño entró corriendo, anunciando que el auto ya estaba sobre la grúa, que nuestros hombres nos esperaban. Me sentí triste. Comenzamos a despedirnos y aunque quería una foto de ese momento, no me atreví a pedirla, pues a la mayoría de estas mujeres no les agradan las fotos y preferí ser respetuosa y llevarme el recuerdo en mi corazón. Me sentí tan a gusto rodeada de aquellas mujeres que quizás al mirarnos unas con otras éramos tan diferentes, pero que allí, en aquel punto de algún lugar en aquel valle desértico del noreste de Libia, el destino nos había juntado. Ese viernes salí de Bengasi con la ilusión de llegar a Susa y regresé con la bendición de haber conocido a Fathiya, esa fue la voluntad de Dios. ¡Alhamdulillah! 


[Alhamdulillah es una expresión árabe que indica que estamos bien, que todo está bien y nos sobrecoge un sentimiento de agradecimiento a Dios en forma de alabanza.]


Me gusta pensar que Fathiya nos conocemos de otro tiempo, que la mano de Dios nos regaló la oportunidad de un rencuentro, que su espíritu reconoció de inmediato al mío y que al encontrarnos y al despedirnos, cuando Fathiya puso su carita en mi corazón me hablo profundo con ese lenguaje de latidos, esa transmisión de energía capaz de anudarme la garganta. Así abrazada y sintiendo sus pulsaciones le dije en el más absoluto e íntimo de los silencios; gracias por tu alegría al encontrarme, por el amor y todo lo innombrable que hemos compartido en el día en que se alaba a Dios. ¡Hasta luego! Le besé la frente, me di la vuelta y a mi espalda sentí cerrarse aquella mágica puerta de hierro. Caminé secándome las lágrimas, pero sonriendo, contenta de haber tenido la bendita oportunidad de compartir con todas esas mujeres maravillosas y hospitalarias que con humildad y tanta generosidad nos recibieron, alimentaron y cuidaron de nosotros. ¡Que Dios bendiga a tolos los beduinos del mundo!

Mi suegra me cedió el asiento de enfrente, y junto a las niñas le contaban a mi esposo sobre mi maravilloso encuentro con Fathiya. En una ciudad a mitad de camino esperamos más tiempo por un cambio de grúa, caía la noche, las niñas, mi suegra y mis cuñadas dormían apretadas en el asiento de atrás, mi esposo manejaba en silencio y yo aún estaba con el pecho repleto de emociones que me conmovían al punto de continuar sonriendo con los ojos aguados. Entonces mi esposo me dice; “Y luego me preguntas que por qué te quiero.” Cerré los ojos y para cuando los abrí ya estábamos llegando a Bengasi. Esa noche me fui a la cama con la certeza de que Fathiya y yo habíamos cumplido con uno de esos acuerdos de amor que los seres hacemos cuando en forma de alma recorremos los mundos espirituales. Y convencida de ello exclame para mí;  ¡Allahu Akbar! Que quiere decir, Dios es grande.

*El nombre Fathiya significa victoria.


De regreso a Bengasi...
 A las primeras tres fotos las he titulado, las fotos Shufis (Shufti / Shufty):
Shufi significa “mira” y si se dan cuenta el anciano de Jalabiya blanca viene sólo a eso… a mirar. Se acerca, pegunta qué ha pasado y sigue su camino. ¡Qué mucho nos hemos reído con esta foto secuencia de Shufi!

 





Acá mi esposo, como cartel cinematográfico de la versión árabe de James Bond. ¡Jaja!


 
 

Posando en el puente Wadi Al Kuf...

El Puente Wadi Al Kuf es un puente situado a 20 km al oeste de Al Bayda, Libia. Es el segundo puente más alto de África con longitud total de 477m. Fue diseñado por el italiano Riccardo Morandi ingeniero civil.