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jueves, 20 de marzo de 2014

Sebou


 

Nunca me ha gustado ser la primera en llegar a ninguna parte, incluido el trabajo (cuando trabajaba fuera de casa, claro), pero mucho menos si se trata de una fiesta. En Puerto Rico si llegas a una fiesta antes de la hora especificada te encontraras con la dueña de casa en rolos, batiéndose contra el reloj en plena faena entre la limpieza del baño y los calderos en la cocina. Aun así, y no creo que haya boricua que me desmienta, si llegas a las “en punto” te tocará esperar en la marquesina sentada junto a la mesa donde ya han colocado las bandejas de sandwichitos de mezcla, mientras la dueña de casa y “anfitriona” te grita desde la ventana del baño mientras se ducha; “¡Qué bueno que viniste! Voy ahora, estás en tu casa.” Y tal cual, te engulles dos o tres sandwichitos mientras te toca recibir a las vecinas, que no conoces pero que una por una te van entregando su colaboración; la bola de queso crema con piña y jamonilla, el Cielito Lindo y el antipasto de atún con galletitas Ritz. “¡Pasen! ¡Siéntense! Ella se está bañando, viene ahora.” Dices, mientras sonríes con las muelas de atrás. ¡Ay diooo!

En fin, que un compañero de trabajo de mi esposo, libio pero de madre egipcia nos había invitado a la ceremonia del Sebou de Salah, su primer hijo varón. La celebración del Sebou, que significa literalmente ‘séptimo’, es una tradición pagana muy antigua de tiempos faraónicos celebrada por familias egipcias de cualquier nivel social y religión, donde al cumplirse el séptimo día de vida se presenta en sociedad al nuevo integrante de la familia. La misma se ha ido modificando con el tiempo, sobre todo por las familias musulmanas y cristianas pero a través de la ceremonia se sigue celebrando que el niño haya sobrevivido los primeros siete días de vida en este mundo y su madre al parto. A pesar del gran contenido supersticioso el ritual se sigue realizando con la intención de proteger al niño de espíritus malignos, desearle salud, despertar en él coraje y fortaleza para su tránsito por esta vida, e instruirlo al oído sobre la obediencia a Dios y a sus padres junto con la lealtad a su familia. Recuerdo el entusiasmo de mi esposo. Dijo que conociéndome, sabía que disfrutaría la experiencia de conocer de cerca una tradición tan significativa para los descendientes egipcios aquí en Libia y en cualquier parte del mundo. No se equivocó, realmente me divertí de lo lindo y culturalmente hablando fue todo un deleite.

Regalo en mano llegamos a la residencia, jamás pude conocer propiamente al compañero de trabajo de mi esposo, pues tan pronto me bajé del auto como había varios hombres en la entrada, uno de ellos abrió la puerta de hierro y sin mirarme a la cara me hizo señas para que entrara a la propiedad. Miré a mi esposo con reserva, pues reconozco que aún se me hace pesado eso de que nunca podemos compartir juntos en actividades sociales, él me indicó que entrara con un movimiento de cabeza, sin pronunciar palabra como de costumbre cuando estamos en público, y yo comencé a recorrer el largo pasillo tipo  ‘al fresco’ de muro sólido y sobrio a la izquierda y cuidadas jardineras a la derecha. Caminé hasta el fondo donde se divisaba una puerta de madera grande, de esas macizas que te advierten que entraras a un aposento respetable. Antes de que tocara el timbre una mujer joven, rolliza, sonriente y de pañuelo al estilo turco cubriéndole el cabello (así se cubren para cocinar y asear la casa) me abrió la ‘puerta. ¿Aziza? –preguntó sonriente y con ojos brillantes y alegres-. Asentí con la cabeza y proseguí con el tradicional saludo, “As Salam Aleikum” acompañado de una sonrisa algo nerviosa. ”Wa Aleikum Salam” – contestó la mujer mientras procedíamos al intercambio de los cuatro besos y las bendiciones. Me dijo su nombre, el cual lamentablemente ya he olvidado, y preguntó si yo hablaba árabe. Con la vergüenza habitual le dije que no, entonces me tomó del brazo como se toman las amigas por estos lares, y mientras atravesábamos el salón principal me pidió que no me preocupara, que ella hablaba un poco de inglés porque lo había aprendido en la universidad. Era una casa grande de espacios amplios y techos altos, de colores sobrios y como de costumbre; ventanas cerradas y poca iluminación. Mientras atravesábamos el salón principal, ella me hablaba de alguna cosa y yo me desplazaba más que con mis pasos, con la mirada. No tardaron en alcanzarnos los aromas y los usuales ruidos de la cocina, llegaban junto con las voces de mujeres que debían estar tan ajetreadas como las anfitrionas puertorriqueñas, con la diferencia que aquí en Libia las familias son tan numerosas que todo lo referente a la comida se trabaja en equipo, más aun en ocasión de un festejo. Le comenté que olía rico y ella sonrió mientras me apretaba y me frotaba el brazo mostrándome empatía. Al fondo había una pared en cristal, las cortinas estaban corridas, así que alcancé a ver una especie de patio interior que conectaba con otra estructura de puertas grandes, a dos hojas. Antes de que llegáramos al final me señaló una puerta a nuestra derecha, era un salón pequeño donde había una mujer mayor sentada; me indicó que podía ponerme cómoda y esperar hasta que el salón de la actividad estuviese listo. Ni modo, era la primera invitada en llegar, no hablaba árabe y no conocía a nadie. Entregué el regalo para el pequeño Salah  y fui presentada a la señora que resultó ser la matriarca de la familia. A pesar de que le advirtieron que yo no hablaba árabe la mujer inició  conversación conmigo. Aunque ni idea de lo que decía, proyectaba un semblante agradable, y no dudo que sea mujer de conversaciones amenas. Es en esos momentos donde más reciento las limitaciones idiomáticas. ¡De lo que me pierdo!

No habían pasado ni cinco minutos cuando otra mujer  bastante parecida a la que me había recibido entró con la bandeja del té. También de sonrisa amplia, de besos y atenciones. “Sisters!” Exclamaba la anfitriona mientras otras hermanas iban entrando a saludar vestidas de pañuelos y delantales olorosos a especias y con las mejillas coloradas aun calientes por los fogones. Ya luego llegaron tías y primas, se aproximaban parlanchinas y al llegar a la puerta y toparse conmigo sentada tomando el té se extrañaban, supongo que no esperaban una invitada ajena a la familia en horas tan tempranas. Entonces alguna de las ya presente aclaraba o tal vez sea más adecuado decir que advertía; ¡Ameriquiyah! Me imagino que seguido también venía lo de que no hablo árabe, sólo inglés y que soy la esposa de un compañero de trabajo del hermano y todo lo demás. Entonces sonreían, se acercaban, me besaban y continuaban chachareando mientras se deshacían de las “abayas” y los “hijab”, una que otra por estar llamativamente maquillada llegaba en “niqab”, vestimenta que confieso no me deja de impresionar. Como de costumbre se inició el interrogatorio, la entrevista a la “Ameriquiyah” que no perdió oportunidad para aclarar sin lugar a dudas que aunque su pasaporte es estadounidense, su identidad cultural la identifica como puertorriqueña. Es el momento donde mi padre me ha recomendado andar con un mapa de bolsillo donde pueda señalar a Puerto Rico, porque casi siempre aunque diga Caribe me preguntan si está cerca de México o Brasil. ¡No! Estamos cerca de Cuba, justo después de Haití y República Dominicana, “The Shining Star of the Caribbean” ¡Ohhhhhh! Exclaman mientras los rostros no logran transmitirme que estén seguras de la ubicación exacta. En fin, es un libreto de una escena que se repite cada vez que aparezco en sociedad. Que vengo de muy lejos, que mi primer idioma es el español, que cuando me preguntan si me gusta vivir en Libia contesto que me gusta estar con mi esposo y que la curiosidad por saber cómo nos conocimos y la reacción  de mi familia al respecto, dan pie a todo tipo de preguntas. Hay ocasiones en que la situación puede resultar abrumadora y siempre ando rogando a que alguien o algo nos interrumpan. Esta vez mis suplicas fueron escuchadas, y de qué manera; aun me queda cargo de conciencia. Justo cuando se formuló la pregunta sobre mi conversión al islam y si hacia mis cinco oraciones diarias, un sonido plano, seco y solido nos obligó a voltear el rostro en dirección a la matriarca y mi anfitriona. ¡Qué pescosá! Galleta, bofetada, cachetada o como le quieran llamar. La madre había golpeado a la hija porque ésta, riéndose junto con una prima le dijo que ya le habían explicado quien era yo y por qué no hablaba árabe más de mil veces. Todas las mujeres se reían a carcajadas incluida la agredida, pero yo no podía cerrar la boca, ni disimular la impresión. ”Es que ella olvida todo muy rápido y repite o pregunta lo mismo una y otra vez.” Me explicó ojos alegres aun riéndose. ”Pero te pegó fuerte.” Le comenté. “No te preocupes, siempre lo hace con todas nosotras cuando se enoja.” ¡Madre mía! Agraciadamente no pudimos retomar la conversación pues ya había caído la noche, eran muchas las mujeres reunidas y seguían llegando, así que se nos pidió que dejásemos las carteras en el salón interior y pasáramos al salón de actividades ubicado en el patio.

Se abrieron las puertas del salón alfombrado donde ya habían encendido el acondicionador de aire, pues estábamos en pleno verano con temperaturas fluctuantes entre 100 y 113 grados, nos quitamos los zapatos y nos fuimos acomodando en los cojines de espaldas contra la pared. Era increíble la cantidad de mujeres y niños que en menos de 15 minutos llenaron el salón. Encendieron el equipo de música con temas infantiles y los niños correteaban y bailaban mientras las mujeres se invitaban unas a otras a sentarse entre conocidas. Yo me había ubicado en el fondo, pero dos de las hermanas de la casa me tomaron del brazo y me dijeron que me sentara junto a la silla que habían traído especialmente para la madre de Salah, el bebé homenajeado, porque se supone yo era la invitada de su esposo y ella hablaba buen inglés. Así mismo fue, conversamos muchísimos entre las interrupciones de las invitadas que llegaban a saludarla y a entregar los regalos. “¿Tú también lloras cuando tu esposo se va al desierto a trabajar?” Me preguntó Oom Salah. Confieso que me sorprendió su pregunta. “Sí, aun no me acostumbro y tal vez nunca me acostumbraré a sus largas ausencias.” –Contesté- “¿También viven sobre la casa de su familia como mi esposo y yo?”. Preguntó. “Sí, vivimos en el segundo piso de la casa familiar.” “¿Te acostumbras?” Preguntó nuevamente Oom Salah. “Estoy en medio del proceso de adaptación. ¿Tú trabajas?” Le pregunté yo. “Sí, soy tecnóloga en un laboratorio médico.” “¡Qué bien! Al menos tú trabajas.” Comenté sonriendo.

Parece que se había regado lo de la “Ameriquiyah”, porque la mayoría de las mujeres me observaban desde lejos y comentaban, cuando se cruzaban nuestras miradas me sonreían  y una que otra se acercaba e intentaba iniciar conversación, pero el factor idioma en definitivas no ayudó a pasar de un saludo y uno que otro cumplido. Como le digo a mi esposo; sé que no es conmigo, pero estoy segura que es de mí. Llegaron bandejas de té, luego los entremeses en platillos individuales; lo tradicional aquí en Libia es un jugo, un guineo maduro, “Safijas” que son las empanadas árabes, los Kubbeh que son croquetas de trigo, kuftas que son albóndigas de res o cordero y así por el estilo. A mi lado se sentó una prima de Oom Salah que hablaba un poco de inglés y cargaba en brazos un niño con el que surgió una gran afinidad. Inquieto con la madre y tan pronto le pedí autorización para cargarlo el chico y yo nos amigamos de una forma que a la familia de Oom Salah le sorprendió y por momentos parecía avergonzar un poco a la madre que no quería causarme molestias. Ciertamente parecía yo la nana del pequeño. Finalmente llegó el momento de la cena y entraron todas las mujeres de casa, esta vez impecablemente arregladas, cargando inmensas bandejas redondas donde se acomodaba la fuente principal de arroz blanco con nueces, canela y pasas, y los trozos de cordero en salsa coronando el arroz en compañía de las papas y las zanahorias. De acompañantes había berenjena, tomates, papas y pimientos rellenos unos de carne molida de res y otros de picadillo de vegetales, ensalada de lechuga y tomates con aceitunas y pepinos. No faltó el pan, el “Hummus”, ni el “Baba ghanoush”. También ofrecieron “Labneh” y por supuesto los “Mkhelal Lifet”, o sea, los nabos y zanahorias al vinagre. Una bandeja por cada 6 mujeres que en total sumábamos aproximadamente 60, en el piso sobre la alfombra, cucharas en manos demarcando la porción de comida ubicada frente a cada una en la bandeja común. Y si pensaron que esto fue mucho comer les comento que hubo espacio para un café negro cargado, acompañado de bombones de chocolates rellenos y dulces de repostería siria. Comí de todo menos cordero, nunca me ha gustado. Aun así disfruté como todas ellas, que lucían abastecidas, divertidas y continuaban tan parlanchinas como al principio.

Ya serían las 9:00pm cuando recordé que había dejado el celular en la cartera, así que decidí regresar al salón dentro de la casa para verificar si mi esposo me había llamado. Cuando él está en la ciudad es el encargado de buscar a una de sus hermanas al trabajo. Desde que me puse de pies las mujeres de la casa apenas me permitieron dar pasos, preguntándome si necesitaba algo, que si quería ir al baño, en fin, todas muy atentas. Expliqué que necesitaba mi  cartera porque ya era tarde y de seguro mi esposo me había estado llamando. Algunas de las “sisters” me escoltaron en procesión hasta el interior de la casa, me preguntaban si me estaba divirtiendo, si había comido bien, estaban contentas y no encontraban que más hacer para consentirme. Mi celular mostraba cinco llamadas perdidas de mi esposo, tal y como imaginaba la hermana lo llamaba desesperada. De inmediato y aun con mi esposo en la línea, les comuniqué a las chicas que debía irme, cosa que no permitieron porque justo era el momento de la tan esperada ceremonia del Sebou. No fue necesario darle explicaciones a mi esposo, quien había escuchado la algarabía rogando que me quedará un rato más, que no me perdiera la ceremonia.

De vuelta al salón, cartera al hombro y celular en mano, una de las tías traía al pequeño Salah en una canastilla, mientras otras rociaban sal por los alrededores. Se lo entregaron a la madre, quien lo coloco sobre una mesa redonda en el medio del salón, mientras otras mujeres de la familia repartían velas blancas encendidas a todos los presentes incluidos los niños. Seguido entro la abuela del niño, la de la mano ligera, la egipcia, acompañada por una de sus hermanas. Al ser éstas las más ancianas de la familia le correspondió dar inicio a la ceremonia indicando a Oom Salah que debía dar siete vueltas alrededor de su hijo, sin tocarlo. Seguido las ancianas tomaron un mortero de bronce y comenzaron a caminar alrededor del niño haciéndolo sonar fuertemente prácticamente en los oídos del pequeño Salah mientras pronunciaban palabras que simulaban una especie de letanía. A los pocos minutos se acercaron todas las presentes y sosteniendo las velas encendidas comenzaron a rondar al pequeño Salah que había abierto los ojos y lucia medio aturdido. Una mujer que había iniciado el ‘ululeo’ me haló del brazo para integrarme a las rondas, donde mujeres y niños “ululaban”, cantaban y danzaban en honor al pequeño Salah, celebrando el comienzo de su paso por esta vida.

 
 
 
La música lo inundo todo y mi teléfono no paraba de sonar, debía irme, pero mi deseo era el de continuar allí danzando entre mujeres adornadas, alegres y divertidas que representan esa cara femenina del Medio Oriente que nunca cubrirán los medios occidentales porque sólo interesan propagar la imagen de una mujer oprimida, triste y mancillada, que también existe, pero no es una representación justa cuando se trata de imponer como absoluta. Quería quedarme allí entre velas, contoneando el cuerpo al son de ritmos nuevos, escuchando voces en jergas incomprensibles y experimentando el júbilo ancestral y eterno por la vida; ese que indistinto a credos religiosos, razas, nacionalidades o idiomas, se impone en la conciencia del espíritu encarnado y permanece de diversas maneras en todas las sociedades. Esa noche desde que me monté en el auto hasta que cerré los ojos ya en la cama, no paré de hablar. Parecía una niña acabada de llegar de paseo, queriéndole contar todo a sus padres. “Sabía que lo disfrutarías” Dijo mi esposo sonriendo y me escuchó hasta que el sueño lo venció. Es lindo ver como él siempre comparte mis alegrías y hoy escribiendo este relato, reviviendo ese día, sólo puedo sentirme afortunada, bendecida y agradecida.

 

 

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

 

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sábado, 1 de marzo de 2014

Pişmaniye pa' enamorar


Ayer en la tarde mi marido me sorprendió con un dulce maravilloso, de esos que se usan pa' enamorar. Ya saben que la delicia de estas tierras son los dulces turcos y sirios, así que por ahí viene el asunto. Se llama Pişmaniye, un dulce turco hecho de harina tostada con mantequilla y azúcar caramelizada y polvoreado con pistacho molido. La textura es un poco parecida al algodón de azúcar, pero muchísimo más suave, en forma de hilachas que se deshacen en la boca. Según leí en Internet, hay versiones de origen persa (Pashmak) y chino, esta última versión se conoce como “Barba de dragón”. Aún en Turquía el nombre varía según la provincia y se le puede conseguir bajo los siguientes nombres; tel helva, çekme helva, tel tel, tepme helva y keten helva. De repente tal vez se pueda comprar a través de alguna página de Internet. De todas maneras, si alguna vez visitan Turquía,
no se olviden de probar el delicioso Pismaniye. ¡Delicioso!


                                                         
Confección industrializada de Pismaniye :




 

miércoles, 12 de febrero de 2014

¿Cómo es un día en la vida de Aziza?


Un día de verano saliendo del mercado.
 
¿Cómo es un día en la vida de Aziza? Pregunta Betania Vila (República Dominicana) en Los Relatos de Aziza, versión Facebook.

Mi vida ahora es sumamente simple, pues en este país no hay muchas oportunidades para hacer vida social, aquí soy ama de casa y una mujer no sale a la calle si no está acompañada de su marido. Así que el desarrollo de mis días depende de si Marido está en casa o en el desierto. Si está en casa nos levantamos entre 10:00am y  11:00am. Él hace el café y yo el resto del desayuno. Si hay alguna diligencia que hacer en la ciudad partimos justo después del desayuno porque entre 2:00pm a 4:00pm es el tiempo destinado al almuerzo y gran parte de los comercios cierran, ya luego operan hasta las 9:00pm o 10:00pm dependiendo de la actividad comercial. Si no hay diligencias pendientes, cada uno en su computadora verifica las noticias, los correos electrónicos, el Facebook, los blogs y en mi caso también verifico y gestiono asuntos de la tienda online, Aziza’s Treasure. Ya luego voy haciendo quehaceres de la casa y planificando el almuerzo, mi esposo también busca que hacer en la casa, alguna cosa que limpiar, organizar o reparar. Preparo el almuerzo, comemos juntos, luego vemos un poco de televisión y casi siempre me tomo una siesta. Mi esposo prepara té  para los dos y yo me siento a escribir, porque aparte del blog tengo otro proyecto entre manos. Llegada las 5:00pm si mi esposo no tiene que llevar a sus hermanas solteras de compras o a alguna cita médica, nos vamos a caminar al malecón de Bengasi, otras veces visitamos a cualquiera de sus hermanas casadas que viven en el mismo barrio, nos vamos de compra a cualquier mercado o visitamos a una familia palestina en el centro de la ciudad, donde sinceramente nos sentimos como en casa. Ya luego regresamos, en lo que mi esposo busca a una de sus hermanas solteras en el trabajo como a eso de las 9:00pm, yo voy preparando alguna cena ligera, o calentando los restos del almuerzo, lo espero, cenamos juntos, yo limpio la cocina y a ver TV, a conectarme Vía Skype con mi familia en Puerto Rico y conversar un poco con mis primos y amistades en Facebook si es de esas noches en que no tengo mucho sueño.
Si es viernes, mi esposo se prepara y se va a la mezquita, almuerzo sola porque el acostumbra ir de la mezquita a casa de una de sus hermanas y almorzar con ellos. Luego en la tarde esperamos la visita de las cuatro sobrinas y muchas veces cenamos con ellas. Los sábados puede que salgamos a comer fuera, de paseo a alguna ciudad en ruinas, o de compras. Entre jueves y sábado surge una que otra invitación a alguna boda y dependiendo del ánimo y del tipo de relación decidimos si vamos o no. Ya domingo aquí es inicio de semana, como un lunes en occidente. Si Marido está en el desierto duermo de día y me levanto a eso de las 4:00pm, como, escribo, veo TV, limpio, manejo la tienda y hablo con Habibi como a eso de las 7:00am antes de acostarme a dormir. Debe ser psicológico pero durmiendo el día siento que el tiempo se va rápido y la espera de su llegada es más llevadera; subterfugios psicológicos de cuando se extraña a alguien con toda el alma.

jueves, 30 de enero de 2014

De racismo, xenofobia y otros demonios...

http://www.aevindugas.com/
Foto de Aevin Dugas

 
-¿Es verdad que tu hermano se casó con una americana?

-Sí. Es cierto.

-Pero me contaron que es negra.

-¿Quién te dijo eso?

-Un amigo de nuestra familia que es libio.

-Pues no sé de dónde se sacó eso porque la esposa de mi hermano es del color nuestro. Ella no es negra, es normal como nosotros, parece palestina o libia. Si no habla pasa como árabe.

Le dije a mi esposo que lo que su hermana ha debido contestar, es que soy una negra retinta, de tono casi azul, que fácilmente pasó como somalí, que traigo un arete colgando de la nariz y que uso “hijab” incluso cuando estoy en casa porque ahí escondo el afro de 1,22 m de diámetro que Allah me dio.


Lamentablemente el racismo está latente en todas las sociedades. En esta conversación sobre mi persona podemos ver que las partes envueltas son igualmente racistas. Y estamos en Libia, África… Hello!!!

Originalmente cuando corrió el comentario de que el hijo de esta familia se casaba con una extranjera de nacionalidad estadounidense, o americana como erróneamente se refieren internacionalmente a los estadounidenses como si el resto del otro lado del mundo no existiéramos, pensaron en la típica mujer de tez blanca, ojos claros y cabello rubio. Pero la que llegó a Al-Kwayfiya, Bengasi, Libia, directito desde Fátima, Vega Alta, Puerto Rico no tiene nada que ver con el estereotipo de Barbie. ¡Que decepción!


No todos fueron invitados a la boda, porque que tu único hijo se te case con una extranjera, no árabe y no musulmana no es como para botar la casa por la ventana. Así que quienes no tuvieron la suerte de asistir al evento más esperado por la comunidad palestina del barrio y tampoco ha conseguido coincidir con la “ameriquiya” en algún funeral o en el mercado se deleita en el chismorreo  de quienes corriendo la misma desventura han recogido uno que otro dato suelto y se han armado su propia historia. O sea, la mujer no habla árabe, es “ameriquiya”, pero blanca y rubia no es. Para eso se hubiese casado con una de aquí. Tanta revuelta para traer desde tan lejos a una mujer que si no habla parece libia; puro capricho, no se sabe qué le vio. ¡Rebelde! ¡Pobre los padres! Ya saben que mi esposo es palestino con documentación egipcia y yo, puertorriqueña con documentación estadounidense. ¡Vaya pareja! Que lo ideal es palestinos con palestinas y libios con libias, porque hasta siendo árabe-musulmana no es suficiente para quienes por primera opción nupcial han de tener a los primos hermanos. ¡Que insurrecto el palestino este!


Los libios provienen de etnias como los imazighen, o sea, bereberes, sobre todo de los tuareg que poseen aportes raciales tanto de árabe como de negro y los badawi, es decir, beduinos. Además repito, estamos en África y Libia tiene Significativa población negra producto del mestizaje a consecuencia de ser durante muchas décadas, el país africano con mayor cantidad de inmigrantes provenientes de todo el continente. Aun así, hay una tendencia contradictoria en colocar imágenes de niños blancos y rubios a la hora de promocionar productos o servicios dirigidos a la población infantil.
Imágenes libias de hace 12.000 años en las tumbas egipcias. Las tribus Lebu.
Imágenes libias de hace 12.000 años en las tumbas egipcias. Las tribus Lebu.
 
 
 
 

Por otro lado, “Ella no es negra. Es normal como nosotros”. ¿Entonces debo entender que a diferencia de los palestinos, o personas de tez clara en general, los negros son anormales? ¿Nacer negro es equivalente a nacer con alguna anomalía, discapacidad o defecto? Increíble que en pleno siglo XXI aún existan personas que sigan creyendo en jerarquías raciales, en la inferioridad intelectual, social y moral de quienes no poseen determinados rasgos físicos o características genéticas. Sorprendente cuando se trata de personas religiosas, pero inconcebible cuando esa actitud discriminatoria hacia otras razas y ese rechazo al extranjero vienen de parte de gente culta, profesional, estudiada. ¡Crezcamos!

http://www.kooltouractiva.com/kooltouractiva/tour/tour-istiando/326-el-mural-tres-razas.html
                  Sí, soy negra, también blanca, indígena y nunca mencionan lo de árabe que nos llega directo tanto por los españoles como por los esclavos africanos… ¡Soy puertorriqueña y me encanta!

Artículo relacionado -  http://freepages.genealogy.rootsweb.ancestry.com/~poncepr/etnias.html
 
 

 
 
 



 

 

 




 



 

 

 

 

 

 

 
 



 
    




domingo, 12 de enero de 2014

De Susa a Fathiya



Fue la primera vez en toda mi vida que realmente no supe qué ponerme para ir a la playa. Siempre he estado gorda, pero eso nunca ha sido impedimento para vestir traje de baño como hacen las mujeres en cualquier parte del mundo, y por supuesto que no me refiero al tanga ni al bikini, pero estoy acostumbrada a caminar por la arena destapada de piernas, muslos, brazos y pecho sin que esto constituya una perversidad. De hecho, ya por aquello de los cuarenta años cumplidos me había comprado un modelito recatado; ya saben, la minifalda y camisa larga de manguillos anchos sin escote frontal. Ahora que lo recuerdo, no sé en qué pensaba aquel 24 de abril del 2013, cuando por primera vez rumbo a Libia, a último momento, lo eché por uno de los huecos de la maleta. ¡Caribeña tenía que ser!


Bueno, pues me puse mi recatado outfit de playa y mi esposo que entra al cuarto y me mira con cara de “la hora que es y no te has vestido”. Antes de que abriera la boca le pregunté si así estaba bien y al tiro contestó riéndose; “Sí, estás bien si lo que quieres es ser viuda.” ¿Viuda por qué? Pregunté yo, y contestó que vestida como iba en un país como Libia daba pie a que cualquier hombre me faltase el respeto y él tener que defenderme, aunque esto significara pelearse hasta que uno de los dos perdiese la vida por honor. Esto no es Turquía, dijo. ¡Taman! Contesté. Que me cubro enseguida; pantalón largo, ancho y oscuro de algodón, túnica tipo kurti hasta mitad de muslo en azul celeste, gafas de sol, de las grandotas y por supuesto hijab cubriendo cabeza y cuello.


Mientras bajaba las escaleras mi esposo me comentaba que con nosotros viajarían su madre y una de sus hermanas solteras, que en el otro auto iría una de las hermanas casadas, con su esposo y las dos nenas. O sea, que si no perdía la vida en una afrenta callejera, quienes lo mataban al verme mostrando las carnes hubiese sido su propia familia.


¿Y a cuál playa vamos? Pregunté. “Vamos a Susa, una playa que está a casi tres horas de distancia. Queda en el área de Al Bayda, donde ya has estado, más allá de las ruinas de Cirene que tanto te gustaron.” ¿Pero por qué tan lejos si todo Bengasi y la ruta hasta Al Bayda es costa mediterránea? Pregunté. “Es que Susa es realmente bonita, y es la que más nos gusta a la familia, a ti también te gustará. ¡Ya verás! ¡Ah Aziza! Recuerda que a los mayores de la familia siempre se les cede el asiento de enfrente, es una cuestión de respeto y cortesía.” ¡Taman! Contesté, que significa ‘Ok’ en lengua turca pero que es de común usanza aquí.  Así fue como se me inflamó mi rodilla derecha tras 3 horas de viaje al noreste de Libia sin parar. Mi cuñada, gafas y audífonos puestos sin abrir la boca, mi suegra hablando sin respiro, aunque ninguno de los dos hijos le contestara; mi esposo manejando pendiente al carro del cuñado y de vez en cuando echándome una miradita por el espejo retrovisor, yo con un dolor en toda la pierna a punto de abrir la puerta y tirarme a rodar, pero sin atreverme a hablar.


No habíamos salido tan temprano y el viaje estaba programado para regresar esa misma noche a Bengasi, una parada representaba menos tiempo de disfrute en Susa. Así que ni modo, a tararear las canciones que sonaban en la radio como si me las supiera y jugar con el viento como cuando era pequeña y mis padres nos llevaban a mi hermana Yazira y a mí de paseo. Bajábamos el cristal de la guagüita Toyota Corolla del 81’, sacábamos las manos a palma abierta y de pulseo con el viento todo el viaje hasta llegar a algún río en Ciales, a las charcas de Jayuya, al lago Guajataca en Quebradillas, a playa Los Tubos o Mar Chiquita en Manatí o hasta más lejos para llegar a isla Mata La Gata en La Parguera; a donde fuese que mis padres se antojaran de hacer turismo interno o visitar a parientes y amistades.


Transitábamos una recta de esas que te dan la impresión de que el camino no tiene fin y que por más que se maneje no se llega a ningún sitio, cuando noté que en medio de la carretera frente a las dos únicas estructuras existentes que parecían superpuestas en aquel paisaje desértico tipo tapiz, había una línea de peñones. Como si alguien hubiese intentado marcar la división entre dos carriles, el de ida y el de vuelta. Me estuvo curioso y le pregunté a mi esposo, quien me explicó que algunos comerciantes lo hacían para llamar la atención de los conductores, buscando que reduzcan la velocidad y se fijen en su mercancía. ¡Vaya estrategia publicitaria! Le comenté que me parecía algo peligroso y contestó que el peligro era algo muy común en Libia, que era necesario acostumbrarse.


Al poco rato la ruta nos mostraba un paisaje diferente, se comenzaban a apreciar los azules de mar y cielo fundidos en el firmamento. Íbamos descendiendo y veíamos como el mar se transformaba en una falda danzarina que con encajes de espuma adornaba un poblado. Mi esposo me dijo; “Por esto preferimos viajar más de tres horas. ¡Bienvenida a Susa!” De inmediato saqué mi celular y comencé a fotografiar casi por encima de mi cuñada quien tenía la ventana privilegiada. Entonces mi esposo recibió una llamada, hablaba en árabe, mi suegra se puso nerviosa y comenzó a llorar implorándole a Dios por el bienestar de su hija y la familia, mi cuñada enfadada le gritaba a la madre que por favor se controlará, mi esposo pegó la vuelta; su cuñado había tenido un accidente unos veinte minutos atrás.


Ya lo había dicho yo, que esos peñones podían costarle la vida a alguien. Gracias a Dios nadie salió herido pero el auto necesitaba ser transportado en grúa a Bengasi. Había unos hombres ayudando, mi esposo nos dijo que tomáramos nuestras pertenencias y entráramos a la casa aledaña al local comercial. Le pregunté que cómo íbamos a entrar a una casa extraña y me pidió que siguiera a su madre y a la hermana que había mujeres esperándonos para encargarse de nosotros. Un niño nos condujo.


Una vez frente a la puerta de hierro, el niño tocó una campana y nos abrieron otros niños. Había pequeños de todos los colores y tamaños, era una estructura muy pobre, el piso de la entrada estaba cubierto de alfombras espeluzadas y cojines desteñidos. Eran todas mujeres sentadas formando un círculo; se trataba de una familia beduina. De entre los niños salieron nuestras sobrinas, nos abrasaron llorosas, aún se podía sentir el ritmo frenético del corazón, tenían un tambor en el pecho y mi cuñada, la madre de las niñas se abrazó a llorar con mi suegra. En ese momento su hermana, la de las gafas grandes, me comentó que debía tranquilizarse porque estaba en su cuarto mes de gestación y esta vez tenía que ser el hijo varón que tanto añora cualquier familia árabe.


De inmediato nos invitaron a sentar, a ponernos cómodas, pero yo necesitaba estirar mis piernas, mi rodilla se sentía como si le hubiesen entrado a marronazos. Me seguían halando de brazos y presionándome los hombros para que me sentara, entonces expliqué en mi inglés con acento de Sofía Vergara que prefería estar un rato de pies, que me dolía la rodilla. Se produjo un silencio total, niños y mujeres me miraron como si fuese una extraterrestre y los que quedaban dentro de la casa encontraron motivos para asomarse, todos agolpados en la puerta de entrada. Yo miré a la única de mis dos cuñadas allí presentes que masticaba un poco el inglés, sí, la soltera de gafas grandes y cara montada, y ella resignada a hacer de intérprete aun cuando no tiene ganas, explicó a la multitud de mujeres y niños que yo no hablaba árabe. La mujer más vieja de la familia, la matriarca, le preguntó qué de dónde éramos, mi cuñada dijo, “nosotras palestinas y ella de América” y todas comenzaron a reír gritando; “¡Ameriquiya! ¡Ameriquiya!”, celebrando mi origen. En medio de las expresiones de asombro y la algarabía, le decía a mi cuñada que les explicara que era de Puerto Rico, un archipiélago en el mar… Ella a su vez hacía gestos con la mano y torcía la boca diciéndome que lo dejara así, que me olvidara, que causaría confusión. Finalmente me senté.


La matriarca exhibía los tatuajes característicos de las mujeres beduinas de Libia. Son tatuajes en áreas de la barbilla y la frente de tinta permanente que con el tiempo se torna color verduzco. También vestía una pintoresca Abaya y tenía todo el oro que cuerpo alguno podía llevar, eran prendas antiguas, ya sin brillo. La recuerdo obesa, de pocos dientes, piel tostada, ojos alegres, brillosos, de hablar y reír alto, de ademanes, gestos y palabra firme. Daba órdenes a todas las demás. Me presentó a cada una de sus doce hijas, a algunos de los casi vente nietos e hizo venir a la hija más joven que se casaba al día siguiente. La joven nos mostró los tatuajes de henna que se había hecho para la fiesta de esa noche, traía hermosas flores dibujadas en manos, brazos, piernas y pies.


Al menos a mí se me olvidó que habíamos llegado allí por un accidente, realmente me sentía como la invitada de honor en una gran fiesta de mujeres beduinas. Entonces la trajeron a ella, hicieron un espacio entre los cojines contra la pared y la sentaron. Se llamaba Fathiya, la hija, la hermana, la tía con parálisis cerebral y extremidades deformadas. Casi no pude hacer contacto visual con ella, apenas me miró se abalanzó sobre mí, metió su cabeza entre mi pecho y mi brazo izquierdo, justo en el corazón, y allí se aferró acunándose, dejándome a mí y a todos perplejos. Mis sobrinitas se reían y mi suegra me miró de una forma dulce y especial, como si fuese la única en entender. La matriarca comenzó a reírse a carcajadas celebrando, las demás la seguían, yo estaba sin palabras, me imagino que con cara pasmada y la mujer le pedía a mi cuñada que me tradujera. “¡Que te quiere! ¡Que le gustas! ¡Que la abraces!” La rodee con mis brazos y le pasaba la mano por su cabello crespo, corto, desarreglado. ¡Ay! No sé cómo explicarlo, pero fue algo intenso, un sentimiento sobrecogedor que logró tocar todas las fibras de mi ser. Yo sentí amor.


Una de las hermanas me la quitó de encima la acomodó en el espacio que le habían preparado y trajeron bandejas con melocotones, higos y dátiles. Fathiya no paraba de mirarme, de sonreír con todos sus dientes asomados. Fue cuando pude mirarla, mirarla bien, hasta la profundidad de sus ojos. Eran ojos grandes, un poco desorbitados, líquidos y brillantes, como si fueran dos lagos oscuros, portales a otra dimensión. Deje de escuchar a las mujeres y a los niños despeinados que jugaban contentos, indiferentes al acontecimiento. También había una niña muy pequeña, rubia y de piel tostada, me miraba con reserva y desconfianza, yo hablaba un idioma que posiblemente nunca había escuchado.  


Yo sólo quería continuar en contacto con el espíritu de Fathiya, el que según ellos yo le gustaba, me quería y al verme se metió en mi corazón. El resto interrumpía, nos estorbaban. Trajeron las bandejas de comida; arroz con nueces, y cordero estofado con papas. Llegaron canastas de pan y botellones de refrescos. Los niños sacaban bandejas para llevarle de comer a los hombres que esperaban por la grúa a orillas de la carretera. Por ser viernes el asunto de la grúa se dificultaba, pues como ya les he contado, el viernes es el día para congregarse en la mezquita, alabar a Dios y luego compartir en familia, no se trabaja.


Eso de comer sentada en el piso, con cuchara y de una bandeja comunal aún me cuesta, pero no me quedó otro remedio, tenía hambre y todos miraban esperando que fuese la primera en probar, y supongo yo, decir si me gustaba o no. Miré a mis cuñadas y a mi suegra porque ellas ya van conociendo mis manías, saben que no como cordero ni soporto su olor que, por cierto, estaba todo sobre el arroz. En nuestra casa mientras ellos se sientan en el piso de la cocina y comen con cuchara de la misma bandeja, a mí me sirven de todo en un plato individual y me sientan en una mesita que está en la misma cocina, así comemos juntos sin yo molerme las rodillas. Mi suegra me hizo el gesto de ¡Come! Y yo pues comí de una esquinita donde agraciadamente el arroz estaba seco y le majé una papita que no traía mucha salsa, un pedazo de pan y todos contentos.


Tan pronto recogieron las bandejas, Fathiya se arrastró hasta ubicarse justo frente a mí, como si hubiese estado esperando la oportunidad, me sorprendió con un manotazo que alcancé a interceptar en el aire. Quería jugar conmigo. Le soltaba la mano y venía el siguiente manotazo; su cara se deformaba de alegría. Los niños alrededor reían, Fathiya se movía frenética, aplaudía y soltaba carcajadas, mientras una de las hermanas le secaba las babas. Era todo un espectáculo. Así estuvimos mientras las mujeres de mi familia y las beduinas conversaban sobre el gran acontecimiento del día siguiente, la boda. Llegó una chica con la bandeja del té. Le pasó la bandeja a su madre, la mayor de las hijas de la matriarca, quien se ubicó frente a mí y me pidió especial atención. Con un talento y maestría admirables aquella mujer levantó la tetera estilo árabe (esas de cuello largo y boquilla angosta) y así desde lo más alto posible dejó caer el potente y sonoro chorro aromático de té, hasta el vasito de cristal transparente que esperaba quietito sobre la bandeja colocada en el suelo, y todo ello sin perderse ni una sola gota. ¡Bravo! Yo celebré y aplaudí su demostración como si hubiese presenciado el mejor de los espectáculos y Fathiya también aplaudía. Y así las dos, las más amigas, las más divertidas del grupo; éramos felices mientras la matriarca nos contemplaba y reía. “¡Mashallah! ¡Mashallah!” decía la mujer elevando sus brazos.

 

·         [Inshallah se traduce “si Dios quiere”, mientras que Mashallah es “lo que Dios ha querido”. Podría compararse a un “la gloria es de Dios” y comúnmente expresa alegría y satisfacción ante una persona o un suceso positivo. Por ejemplo: si una mujer aparece vestida de novia y se ve hermosa o nos muestra su título universitario, quienes la admiran y comparten su alegría expresaran; ¡Mashallah! Mashallah! Si un amigo nos invita a su casa y es hermosa; ¡Mashallah! ¡Mashallah! Si vemos un bebe encantador y tierno, ya saben, Mashallah…]

 

Habían pasado tres horas, cuando un niño entró corriendo, anunciando que el auto ya estaba sobre la grúa, que nuestros hombres nos esperaban. Me sentí triste. Comenzamos a despedirnos y aunque quería una foto de ese momento, no me atreví a pedirla, pues a la mayoría de estas mujeres no les agradan las fotos y preferí ser respetuosa y llevarme el recuerdo en mi corazón. Me sentí tan a gusto rodeada de aquellas mujeres que quizás al mirarnos unas con otras éramos tan diferentes, pero que allí, en aquel punto de algún lugar en aquel valle desértico del noreste de Libia, el destino nos había juntado. Ese viernes salí de Bengasi con la ilusión de llegar a Susa y regresé con la bendición de haber conocido a Fathiya, esa fue la voluntad de Dios. ¡Alhamdulillah! 


[Alhamdulillah es una expresión árabe que indica que estamos bien, que todo está bien y nos sobrecoge un sentimiento de agradecimiento a Dios en forma de alabanza.]


Me gusta pensar que Fathiya nos conocemos de otro tiempo, que la mano de Dios nos regaló la oportunidad de un rencuentro, que su espíritu reconoció de inmediato al mío y que al encontrarnos y al despedirnos, cuando Fathiya puso su carita en mi corazón me hablo profundo con ese lenguaje de latidos, esa transmisión de energía capaz de anudarme la garganta. Así abrazada y sintiendo sus pulsaciones le dije en el más absoluto e íntimo de los silencios; gracias por tu alegría al encontrarme, por el amor y todo lo innombrable que hemos compartido en el día en que se alaba a Dios. ¡Hasta luego! Le besé la frente, me di la vuelta y a mi espalda sentí cerrarse aquella mágica puerta de hierro. Caminé secándome las lágrimas, pero sonriendo, contenta de haber tenido la bendita oportunidad de compartir con todas esas mujeres maravillosas y hospitalarias que con humildad y tanta generosidad nos recibieron, alimentaron y cuidaron de nosotros. ¡Que Dios bendiga a tolos los beduinos del mundo!

Mi suegra me cedió el asiento de enfrente, y junto a las niñas le contaban a mi esposo sobre mi maravilloso encuentro con Fathiya. En una ciudad a mitad de camino esperamos más tiempo por un cambio de grúa, caía la noche, las niñas, mi suegra y mis cuñadas dormían apretadas en el asiento de atrás, mi esposo manejaba en silencio y yo aún estaba con el pecho repleto de emociones que me conmovían al punto de continuar sonriendo con los ojos aguados. Entonces mi esposo me dice; “Y luego me preguntas que por qué te quiero.” Cerré los ojos y para cuando los abrí ya estábamos llegando a Bengasi. Esa noche me fui a la cama con la certeza de que Fathiya y yo habíamos cumplido con uno de esos acuerdos de amor que los seres hacemos cuando en forma de alma recorremos los mundos espirituales. Y convencida de ello exclame para mí;  ¡Allahu Akbar! Que quiere decir, Dios es grande.

*El nombre Fathiya significa victoria.


De regreso a Bengasi...
 A las primeras tres fotos las he titulado, las fotos Shufis (Shufti / Shufty):
Shufi significa “mira” y si se dan cuenta el anciano de Jalabiya blanca viene sólo a eso… a mirar. Se acerca, pegunta qué ha pasado y sigue su camino. ¡Qué mucho nos hemos reído con esta foto secuencia de Shufi!

 





Acá mi esposo, como cartel cinematográfico de la versión árabe de James Bond. ¡Jaja!


 
 

Posando en el puente Wadi Al Kuf...

El Puente Wadi Al Kuf es un puente situado a 20 km al oeste de Al Bayda, Libia. Es el segundo puente más alto de África con longitud total de 477m. Fue diseñado por el italiano Riccardo Morandi ingeniero civil. 

viernes, 3 de enero de 2014

Nota para el mercado


Bueno, mi esposo continua en el desierto, se han agotado algunas provisiones y ésta es mi nota para el mercado. Para ellos debe parecer que la ha escrito un niño de primer grado, pero he sido yo con la ayuda de mi esposo desde el desierto y Google por supuesto. Está dirigida a mi suegra pero dice Omm Akram porque a los mayores se les llama con el nombre del hijo varón mayor, o sea, en este caso Madre de Akram, si nos refiriéramos al padre sería, Abu Akram. ¡Interesante! P.D.: Aclaré que fuese carne molida de vaca, para que no se confunda con la de camello.

 

sábado, 28 de diciembre de 2013

Entre hombres y mujeres...

 
 


Cuando vives en un país árabe-musulmán te das cuenta de la diferencia en la interacción entre hombres y mujeres según cada cultura. Mi esposo tiene 6 hermanas, tres casadas  y tres solteras, cuando estamos en la calle o en las tiendas he visto que cuando se cruza con alguna mujer siempre baja la vista o la cambia. Una vez fui de visita a  la casa de una amiga libia de una de mis cuñadas y el hijo de esta mujer por iniciativa propia entró al salón para servir de traductor. Muy amable el chico, tendría unos catorce años de edad. Mientras traducía proyectaba su emoción porque estaba practicando su inglés y había sido útil, pero su madre a cada momento le decía que no fuera mal educado y no me mirara directamente a la cara, que bajara la vista. Esto en contraste con la gran mayoría de hombres con los que te topas en el mercado, si vas sola te comen con la mirada, algunos  velan la oportunidad de que tu esposo no este mirando para hacerlo y si se dan cuenta que eres extranjera, la excitación en ellos pareciera ser mayor. Experimentar esto ayuda un poco a entender el porqué muchas mujeres musulmanas deciden cubrir sus rostros, sobre todo las casadas. Lo que no me parece justo y he leído que ha sido planteado por conocedores de El Corán y la ley islámica es que se juzgue a la mujer que no se cubre y se obvie el comportamiento impropio del hombre que mira de forma libidinosa y transgresora, porque ese también está faltando a Dios según la fe islámica.

Por estos lados la situación es tan fuerte que una cadena de televisión ha lanzado una campaña de concienciación donde valiéndose de una dramatización muestran un hombre que observa a una chica que aunque está correctamente vestida e incluso lleva “hijab” cubriendo su cabello, va caminando sola por la calle. El hombre la sigue de cerca piropeándola y haciéndole propuestas; entonces de repente la chica se voltea, lo encara y resulta ser que era su hermana menor. La forma de plantear el tema como un mal social puede parecer interesante o hasta extremo para nosotros los occidentales tomando en cuenta el hecho de que el asecho piropeado a la mujer es algo muy común en nuestros países e incluso confundido con el cortejo, aunque no necesariamente sea del agrado de todos. Ciertamente la interacción entre hombres y mujeres se da de forma distintiva en cada cultura y por estos lares veo que son muchas las ocasiones donde el comportamiento cultural roza significativamente con el religioso. Por otro lado me place ver como una sociedad que hasta ahora ha ganado la fama de ser una que oprime a la mujer, de a poco parece estarse encaminando a cierta transformación a beneficio de ésta. Y ojo, que lamentablemente la opresión, agresión, explotación y violencia en general contra la mujer es un mal que se da a índices elevados tanto en todo el continente americano como también en Europa y no es exclusivo de África, Asia y Oceanía o se limita a los países de la región del Medio Oriente o de religión musulmana. En conclusión, vemos una vez más cómo en cualquier parte del mundo el inculcar valores y la educación en general que se enseña en el hogar sigue siendo la base para la formación de personas de bien, para una mejor sociedad. Se aprende con el ejemplo y este comienza desde el hogar entre los hombres y mujeres de nuestra familia y comunidades.