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viernes, 21 de febrero de 2014

La llegada de Mapta -Martha-


 


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Después de casi dos años de espera viviendo un amor a distancia, pero no por ello menos real, ni válido, Martha llegaba a Bengasi desde su natal Lviv en Ucrania, ciudad también conocida como Leópolis o  Lemberg. Mohammad, además de ser el esposo de Martha también es el mejor amigo de mi marido, fue quien me representó en corte a la hora de documentarse mi matrimonio aquí en Libia y meses después mi esposo reciprocó la gestión siendo testigo del mismo proceso, pero oficiado por un Sheikh en el pequeño apartamento del centro de Bengasi donde vive la familia Shehabi. En el salón de visitas esperábamos las mujeres, junto a mí se encontraban la madre de Mohammad, sus tres hermanas y una de sus dos cuñadas. La madre pidió silencio para poder escuchar el pronunciamiento del Sheikh y sólo cuando se hubo apagado la melodiosa voz y se escucharon las risas y felicitaciones de los hombres allí presentes, nosotras desde la otra  habitación nos alegramos y ululamos. Era el inicio de todo el proceso que un palestino con residencia debe realizar para poder solicitar la entrada de su esposa extranjera ante las autoridades migratorias libias. El proceso fue considerablemente más largo que el nuestro y fueron muchas las veces que el prometido acá y la prometida allá solicitaban de amigos y familiares apoyo y sobre todo oración para que Dios interviniera, o como diría yo, para que los planes de Dios fueran cónsonos a los suyos. Martha y yo nos amigamos a través de Skype, los días en que mi esposo se marchaba al desierto solíamos contarnos en nuestro inglés de primeros auxilios nuestras alegrías y una que otra pena. También hacíamos  planes futuros y por tanto inciertos para juntarnos aquí en Libia, en Turquía, en Ucrania emprendiendo viaje hacia Polonia, o donde fuera. Con Mohammad la amistad había germinado desde mucho antes, cuando yo estaba aún en Puerto Rico y mi esposo me hablaba de él, más que como el mejor de sus amigos, como la sustitución inconsciente de ese hermano desaparecido que todos en su familia llevan encarnado de manera profunda en el mismo centro del corazón. A poco tiempo de mí llegada a Bengasi, y por otros motivos que no son tema de conversación en este momento, su familia se convirtió en una segunda familia para nosotros y así el hogar de los Shehabi es sin duda uno de esos lugares que nos gusta visitar frecuentemente donde nos sentimos queridos y aceptados.

-          ¿A qué hora llega Marta? Pregunté ya enroscada en la espalda de mi esposo y con la luz apagada.

-          A las 10:30am. ¡Insha Allah! Contestó mi esposo.

-          ¿A qué  hora te dijo Mohammad que debemos estar en el aeropuerto?

-          ¡Ja,ja! Me dijo a las 8:00am, pero le dije que era muy temprano, que con estar allí de 9:30 a 10:00am sería más que suficiente. Y riendo me dice, que esta tan emocionado que si por él fuera esta noche montaba una caseta en el estacionamiento del aeropuerto para esperar la llegada de su esposa.

-          Yo también estoy emocionada. Es lindo ver que otros también realizan sus sueños.

-          Para mí es como volver a vivir nuestra historia. Ese momento que nunca olvidaré.

-          ¡Te amo Habibi!

-          ¡Yo también te amo Habibty!

La alarma sonó a eso de las 8:00am, pero nos regodeamos tanto que no fue hasta las 9:50am que salimos de Al-Kwayfiya en dirección a Benina, agraciadamente vivimos a sólo 10 minutos del aeropuerto. Para entonces Mohammad había llamado varias veces, ya se encontraba en el aeropuerto junto a parte de su familia en esperas de su amada esposa.

-          Está tan nervioso que casi no puede hablar. Me comenta mi esposo mientras maneja.

-          ¿Y tú? ¿También lo estabas el día de mi llegada?

-          Estaba preocupado por tu seguridad. Mi madre venía a mi lado y si dije alguna palabra no lo recuerdo. Sólo pensaba que al fin estaríamos juntos, que te tendría conmigo para siempre.

-          ¿Llegaste temprano al aeropuerto como Mohammad?

-          ¡Jaja! No. Más o menos desde este punto de la ruta vi pasar el avión de Turkish Airlines y mi preocupación aumento, pensando todo lo que podría ocurrir si yo no llegaba a tiempo y tú te encontrases sola sin conocer a nadie, sin comprender, ni hablar el idioma, pensando tal vez que yo no llegaría. Aceleré la marcha.

En ese mismo momento el avión de Turkish Airlines que traía a Martha después de haber pernoctado una noche en Estambul atravesaba nuestro cielo en dirección al aeropuerto de Benina. Mi esposo y yo nos miramos incrédulos, muertos de la risa, y él como en Déjà Vu, pisó el acelerador. El estacionamiento estaba repleto, estacionamos lejísimos y caminamos una barbaridad a toda prisa. Bueno, para mí caminar media cuadra ya es toda una barbaridad. Ese día no vestía abaya, fui maquillada, de mahones, túnica larga a mitad de muslo, hijab por supuesto y tacones. A cada taconazo las cabezas de los hombres giraban sobre su eje buscando algo de piel al descubierto donde posar sus encandiladas pupilas, sobre todo los militares que suelen hacerlo sin reservas o pudor alguno. Mi esposo, quien siempre camina en frente de vez en cuando voltea y me reclama con la mirada, bien sea por los tacones, por el perfume o por el color en los labios. Siempre que se repite esta escena recuerdo al Chacal de aquel 25 de abril de 2013 en el autobús que me transportaba del terminal al avión en el aeropuerto de Atatürk. En la entrada nos topamos con Yusuf, o José como le llamo en español y él siempre sonríe. Es el padre de Mohammad. Allí también estaba Ahmed y Mahmoud, dos de sus otros hijos. Entramos todos al área de espera, que es la misma por donde entran los pasajeros después de pasar por la inspección de documentos y es también el área designada para reclamar el equipaje. En los nueve meses que llevo residiendo en este país ya mi esposo me ha recibido en dos ocasiones, así que esa era mi primera vez en el aeropuerto esperando la llegada de alguien, pude observar detalles sumamente interesantes que antes por el ajetreo escapaban a mi vista. Allí estaba la madre de Mohammad, acompañada de su nuera y una de sus nietas que aún no alcanza su primer año de edad. Nos dimos la retahíla de besos correspondientes e intercambiamos las consabidas bendiciones. Su nombre es Faisa, pero por tradición a la mujer que es madre se le nombra como madre del hijo varón mayor, por ejemplo, Oom Mahmoud, o sea, Madre de Mahmoud. Estaba radiante, contenta, ansiosa, como estábamos todos, incluso mi esposo.

-          ¿Mama está contenta? Le pregunté en inglés.

-          Sí, mucho. La alegría de mi hijo es mi alegría. Nos abrazamos.

Mi esposo había subido al segundo piso para encontrarse con Mohammad, pero el ansioso esposo estaba dentro del avión buscando a su esposa escoltado por una oficial de seguridad del aeropuerto, amiga de la nuera de los Shehabi que nos acompañaba. En el caso de Martha esta drástica medida de seguridad aquí en Bengasi está más que justificada. Ya he contado sobre el asunto de la extrema xenofobia existente aquí en Libia, y a diferencia de mí, que todos comentan que si no abro la boca paso como una más, Martha es blanca, rubia, de ojos azules y tampoco habla árabe. Definitivamente toda una conmoción. Aunque quienes realmente se robaron el show, como decimos en Puerto Rico, fueron aquellas tres mujeres que de manera irreverente y arrolladora irrumpieron en aquella típica estampa de país musulmán desentonando por completo el solemne entorno. Ante mis ojos eran unas aparecidas. Sí, como en esas películas donde personas del tiempo actual se tele transportan y viajan al pasado. Imponentes, altas y provocadoras se abrieron paso entre la alborotosa multitud de espesas barbas y cabezas cubiertas que al verles enmudecieron al unísono. Hombres y mujeres detuvieron sus respectivas conversaciones y se voltearon para seguir con la mirada incrédula, asombrada y acusadora a aquellas tres mujeres que de manera desafiante exhibían sus largas y ondulantes melenas. Tenían pinta de rusas, quizás turcas, pero igual podían venir de cualquier parte de Europa. Eran blancas, altas, de ojos claros, calzaban botas de cuero y abrigos en piel, vestían mahones ceñidos al cuerpo y parecían estar entre las edades de 40 a 50 años de edad. Si estuviese en un aeropuerto de occidente tal vez sería una escena usual, pero estando de este lado del mundo debo confesar que a mi favor o en mi contra, si es que se trata de adjudicar algún tipo de valoración, yo me escandalicé tanto como el resto allí presente. ¡Haram! Deberían cubrirse, comentó la madre de Mohammad y yo asentí con un lánguido movimiento de cabeza mientras percibía toda la lujuria que emanaban aquellos hombres. Se habían convertido en chacales, tenían los ojos rojos, los colmillos asomados, listos para lanzarse sobre la presa. Sin duda alguna creo que estas mujeres tendrán muchos problemas, pensé en voz alta mientras Oom Mahmoud asentía con la cabeza.

De entre la multitud repuesta ya devuelta a la algarabía alcancé a ver a mi esposo que cargaba dos bultos negros, tras de él, venían Mohammad y Martha; él sonriendo de oreja a oreja aun nervioso, ella lucia azorada, miraba en todas direcciones con ojos bien abiertos. Mi esposo sin hablar me delegó el custodiar el equipaje de mano de Martha, mientras ella se confundía en un efusivo abrazo con su suegra y su concuñada. Se giró, sonrió y nos abrazamos. Mi esposo se los llevó de inmediato a recoger el equipaje, proceso caótico en este aeropuerto de Benina, donde a través de un hueco en la pared se observa cómo van descargando los contenedores y colocando el equipaje en la maltrecha correa eléctrica mientras están todos los pasajeros y acompañantes agolpados unos sobre otros sin espacio suficiente para retirar las maletas sin que en el proceso se pise, se golpee o se empuje a alguien. Por experiencia sabía que el asunto demoraría unos 30 o cuarenta cinco minutos así que me acomodé en una silla. Era tanta la gente que se hacía imposible ver más allá del grupo de personas que se tuviese de frente. A nuestro lado se estacionó una familia que estaba esperando la llegada de la madre, para otros, su abuela. Llego toda vestida de negro, bajita, gordita, sin casi poder caminar, ayudada de un bastón y de una de sus hijas.  Le cedí mi asiento, me lo agradeció, lo mismo su hija, me echaron las bendiciones correspondientes; según supe más tarde andaban por Estambul en un tratamiento médico.

Una vez maletas en mano, salimos muy contentos del aeropuerto, Mohammad había olvidado en dónde había estacionado, mi esposo y los hermanos hacían bromas al respecto, Martha seguía con el semblante desorientado. Los autos estaban estacionados en cualquier dirección, me parecía verlos unos sobre otros, caminábamos dentro de un gran laberinto de hojalata, el sol calentaba y se reflectaba entre los espejos retrovisores y las piezas de aluminio. Que lo sigan con nosotros para la casa, le gritaba Mohammad a mi esposo desde el otro lado de la doble hilera de autos que nos separaba. Mi esposo me preguntó si quería ir y demás está decir que accedí. Transitamos el camino de Benina a Bengasi en caravana, aunque en algún momento del trayecto vi el auto de José el padre de Mohammad rebasarnos a gran velocidad, ya luego Ahmed nos dio la señal de detenernos para que Mohammad y Martha viajaran con nosotros. Martha venía con un ramo de flores hermoso, sonreía, ya lucía un poco más relajada. Mohammad la miraba incrédulo y fascinado, le preguntaba si estaba cansada, si estaba contenta, si quería o necesitaba algo. Yo me voltee para poder conversarles desde el asiento de enfrente, mientras mi esposo buscaba la música perfecta para el momento. Nos reímos muchísimo cuando sonó una pieza instrumental de lo más romántica y comenté que podíamos iniciar un negocio dando servicio a parejas de recién casados; por un precio módico se les da compañía, protección, asesoría, transportación, arreglo floral, alguna bebida nacional (no alcohólica por supuesto), dulces árabes, música romántica, información turística durante el trayecto y se les deja en la puerta de la casa. Créanme que no es mala idea. Mohammad aprovechó el trayecto para que entre todos le orientásemos a Martha sobre lo que de este lado del mundo, y para una mujer, sobre todo extranjera es o no es correcto, lo permitido y lo prohibido, lo debido e indebido, o sea, lo “halal” y lo “haram” en la sociedad libia-musulmana contemporánea. No faltó el tema de las agresiones sexuales, la violencia y la inseguridad e inestabilidad en general que se vive en el país. Aunque nuestra intensión no fue la de hacerla sentir abrumada entregándole una gran lista llena de “noes”, creo que lo logramos. De haberlo planificado no nos hubiese salido tan bien. Aun así su esposo le tomó dulcemente la mano y tras respirar profundo y exhalar casi en forma de suspiro, le dejó claro que a pesar de todo, lo importante es que ella tenga una buena experiencia, que disfrute.

Ya estábamos todos en la casa, como de costumbre descalzos, mujeres en un salón y los hombres en otro. Buscábamos conversación, que no es lo mismo vía Skype que estar frente a frente. En cierto momento me dio la impresión de que Martha no comprendía todo lo que le decíamos y le pregunté directamente. Me contestó que su primer idioma era el ucraniano, que también hablaba ruso, pero que su ingles quizás no era tan bueno, que debíamos hablarle despacio. Sin duda alguna estábamos todos en el mismo barco, con un inglés masticado pero que nos ha servido para a pesar de las diferencias culturales amigarnos y vivir eso que para muchos suena tan inalcanzable y utópico; la hermandad de los pueblos. Mohammad entraba y salía del salón, por eso mantuvimos nuestras cabelleras cubiertas, seguía preguntándole a su esposa si necesitaba algo, si estaba cansada, le advertía que dentro de poco se serviría un desayuno fuerte pues ya picaban las 12:00pm pero aquí no se almuerza hasta casi las 3:00pm. Entonces le propuse a nuestro amigo que se hiciera una excepción y que le consultara a la madre si era posible que tomáramos el desayuno todos juntos en el salón grande, porque  ya se había hecho en alguna otra ocasión y que si las mujeres de la casa no tienen ningún inconveniente así todos podíamos compartir sin necesidad de que él estuviese corriendo de un salón a otro atendiendo a mi esposo y por otro lado pendiente a su esposa.  Marta me miró sonriente, en total acuerdo, comentándome que para nosotras es lo más normal. Pero, la posibilidad de que mi propuesta fuera aceptada dependía del grado de familiaridad entre los presentes. Agraciadamente ni Mohammad, ni su familia tuvieron reparos en que nos uniéramos mujeres y hombres a desayunar en el salón grande. Como dijo Oom Mahmoud, ustedes ya son parte de esta familia.

Nos sentamos todos en el suelo alfombrado, las hermanas de Mohammad comenzaron a traer las bandejas con pan fresco sin levadura, aceite de oliva, aceitunas moradas, los tomates, los pepinos, las tortillas de huevo, el hummus y la bebida de yogurt. Martha miraba la escena y con una voz serena le preguntó a Mohammad…

-          ¿No hay mesa? Preguntó Martha a su esposo con voz sosegada.

-          No. Contestó Mohammad mirando a mi esposo como quien presagia una gracia.

-          ¿Y si tienen que escribir?

-          Los árabes no escribimos. Reímos todos menos Martha.

-          ¿Y si los niños tienen que hacer deberes escolares?

-          En esta casa no viven niños. Reímos nuevamente mientras Martha no salía de la impresión.

-          Martha, ellos son árabes están acostumbrados a hacer todo en el piso. Comente de lo más divertida mientras mi esposo me miraba sorprendido por mis palabras y Mohammad reía con todas las ganas.

-          ¡Ok! ¿Qué quieres decir con eso? Me preguntó mi esposo riendo pero sin salir de la sorpresa.

-          Pues lo que he visto. ¿O me vas a decir que no es cierto? Le riposté.

-          ¡Claro! Y los sonidos guturales de nuestra fonética es porque crecemos junto con los corderos.

Reíamos mientras Martha nos miraba picar el pan con las manos, untarlo en el aceite de oliva, pinchar entre los dedos y el pan un pedazo de tortilla y llevarlo a la boca sin necesidad de ni un solo cubierto. Se nos unieron los padres de Mohammad, las hermanas, Mahmoud y la esposa. Martha se acomodó por un extremo y comió con modestia. José me invitaba a probar las aceitunas que él había preparado en agua de sal, haciendo hincapiés en que las había preparado él y no su esposa. Yo me saboreaba las aceitunas, disimulaba mi incomodidad de comer sentada en el piso y lo complicado que se me hacía picar la tortilla sin traérmela entera enredada entre el pan y los dedos. Martha comía como pajarito y en silencio. Se veía muy bonita en su hijab azul turquesa, con su presencia delicada, aquellos ojos azules claros, su voz suave, la buena vibra que irradiaba. Oom Mahmoud le daba la bienvenida al hogar diciéndole que aunque es un edificio deteriorado y un apartamento pequeño, también era suyo. Y yo que vivo agradecida de la hospitalidad de los Shehabi añadí que ciertamente era un edificio deteriorado y un apartamento pequeño pero repleto de amor para todo el que entraba en él. Comimos al son de una conversación  amena, compartiendo la alegría de nuestro querido amigo Mohammad y su esposa Martha, quien nos sorprendió a todos con regalitos y chocolates traídos según dijo, con mucho amor desde su tierra. Nos despedimos quedando pendientes para la celebración del matrimonio esa misma semana. Mi esposo y yo nos regresamos a Al-Kwayfiya emocionados, contentos, satisfechos y agradeciendo a Dios que nuestros amigos también lograran finalmente estar juntos y disfrutar de su amor.
 

domingo, 12 de enero de 2014

De Susa a Fathiya



Fue la primera vez en toda mi vida que realmente no supe qué ponerme para ir a la playa. Siempre he estado gorda, pero eso nunca ha sido impedimento para vestir traje de baño como hacen las mujeres en cualquier parte del mundo, y por supuesto que no me refiero al tanga ni al bikini, pero estoy acostumbrada a caminar por la arena destapada de piernas, muslos, brazos y pecho sin que esto constituya una perversidad. De hecho, ya por aquello de los cuarenta años cumplidos me había comprado un modelito recatado; ya saben, la minifalda y camisa larga de manguillos anchos sin escote frontal. Ahora que lo recuerdo, no sé en qué pensaba aquel 24 de abril del 2013, cuando por primera vez rumbo a Libia, a último momento, lo eché por uno de los huecos de la maleta. ¡Caribeña tenía que ser!


Bueno, pues me puse mi recatado outfit de playa y mi esposo que entra al cuarto y me mira con cara de “la hora que es y no te has vestido”. Antes de que abriera la boca le pregunté si así estaba bien y al tiro contestó riéndose; “Sí, estás bien si lo que quieres es ser viuda.” ¿Viuda por qué? Pregunté yo, y contestó que vestida como iba en un país como Libia daba pie a que cualquier hombre me faltase el respeto y él tener que defenderme, aunque esto significara pelearse hasta que uno de los dos perdiese la vida por honor. Esto no es Turquía, dijo. ¡Taman! Contesté. Que me cubro enseguida; pantalón largo, ancho y oscuro de algodón, túnica tipo kurti hasta mitad de muslo en azul celeste, gafas de sol, de las grandotas y por supuesto hijab cubriendo cabeza y cuello.


Mientras bajaba las escaleras mi esposo me comentaba que con nosotros viajarían su madre y una de sus hermanas solteras, que en el otro auto iría una de las hermanas casadas, con su esposo y las dos nenas. O sea, que si no perdía la vida en una afrenta callejera, quienes lo mataban al verme mostrando las carnes hubiese sido su propia familia.


¿Y a cuál playa vamos? Pregunté. “Vamos a Susa, una playa que está a casi tres horas de distancia. Queda en el área de Al Bayda, donde ya has estado, más allá de las ruinas de Cirene que tanto te gustaron.” ¿Pero por qué tan lejos si todo Bengasi y la ruta hasta Al Bayda es costa mediterránea? Pregunté. “Es que Susa es realmente bonita, y es la que más nos gusta a la familia, a ti también te gustará. ¡Ya verás! ¡Ah Aziza! Recuerda que a los mayores de la familia siempre se les cede el asiento de enfrente, es una cuestión de respeto y cortesía.” ¡Taman! Contesté, que significa ‘Ok’ en lengua turca pero que es de común usanza aquí.  Así fue como se me inflamó mi rodilla derecha tras 3 horas de viaje al noreste de Libia sin parar. Mi cuñada, gafas y audífonos puestos sin abrir la boca, mi suegra hablando sin respiro, aunque ninguno de los dos hijos le contestara; mi esposo manejando pendiente al carro del cuñado y de vez en cuando echándome una miradita por el espejo retrovisor, yo con un dolor en toda la pierna a punto de abrir la puerta y tirarme a rodar, pero sin atreverme a hablar.


No habíamos salido tan temprano y el viaje estaba programado para regresar esa misma noche a Bengasi, una parada representaba menos tiempo de disfrute en Susa. Así que ni modo, a tararear las canciones que sonaban en la radio como si me las supiera y jugar con el viento como cuando era pequeña y mis padres nos llevaban a mi hermana Yazira y a mí de paseo. Bajábamos el cristal de la guagüita Toyota Corolla del 81’, sacábamos las manos a palma abierta y de pulseo con el viento todo el viaje hasta llegar a algún río en Ciales, a las charcas de Jayuya, al lago Guajataca en Quebradillas, a playa Los Tubos o Mar Chiquita en Manatí o hasta más lejos para llegar a isla Mata La Gata en La Parguera; a donde fuese que mis padres se antojaran de hacer turismo interno o visitar a parientes y amistades.


Transitábamos una recta de esas que te dan la impresión de que el camino no tiene fin y que por más que se maneje no se llega a ningún sitio, cuando noté que en medio de la carretera frente a las dos únicas estructuras existentes que parecían superpuestas en aquel paisaje desértico tipo tapiz, había una línea de peñones. Como si alguien hubiese intentado marcar la división entre dos carriles, el de ida y el de vuelta. Me estuvo curioso y le pregunté a mi esposo, quien me explicó que algunos comerciantes lo hacían para llamar la atención de los conductores, buscando que reduzcan la velocidad y se fijen en su mercancía. ¡Vaya estrategia publicitaria! Le comenté que me parecía algo peligroso y contestó que el peligro era algo muy común en Libia, que era necesario acostumbrarse.


Al poco rato la ruta nos mostraba un paisaje diferente, se comenzaban a apreciar los azules de mar y cielo fundidos en el firmamento. Íbamos descendiendo y veíamos como el mar se transformaba en una falda danzarina que con encajes de espuma adornaba un poblado. Mi esposo me dijo; “Por esto preferimos viajar más de tres horas. ¡Bienvenida a Susa!” De inmediato saqué mi celular y comencé a fotografiar casi por encima de mi cuñada quien tenía la ventana privilegiada. Entonces mi esposo recibió una llamada, hablaba en árabe, mi suegra se puso nerviosa y comenzó a llorar implorándole a Dios por el bienestar de su hija y la familia, mi cuñada enfadada le gritaba a la madre que por favor se controlará, mi esposo pegó la vuelta; su cuñado había tenido un accidente unos veinte minutos atrás.


Ya lo había dicho yo, que esos peñones podían costarle la vida a alguien. Gracias a Dios nadie salió herido pero el auto necesitaba ser transportado en grúa a Bengasi. Había unos hombres ayudando, mi esposo nos dijo que tomáramos nuestras pertenencias y entráramos a la casa aledaña al local comercial. Le pregunté que cómo íbamos a entrar a una casa extraña y me pidió que siguiera a su madre y a la hermana que había mujeres esperándonos para encargarse de nosotros. Un niño nos condujo.


Una vez frente a la puerta de hierro, el niño tocó una campana y nos abrieron otros niños. Había pequeños de todos los colores y tamaños, era una estructura muy pobre, el piso de la entrada estaba cubierto de alfombras espeluzadas y cojines desteñidos. Eran todas mujeres sentadas formando un círculo; se trataba de una familia beduina. De entre los niños salieron nuestras sobrinas, nos abrasaron llorosas, aún se podía sentir el ritmo frenético del corazón, tenían un tambor en el pecho y mi cuñada, la madre de las niñas se abrazó a llorar con mi suegra. En ese momento su hermana, la de las gafas grandes, me comentó que debía tranquilizarse porque estaba en su cuarto mes de gestación y esta vez tenía que ser el hijo varón que tanto añora cualquier familia árabe.


De inmediato nos invitaron a sentar, a ponernos cómodas, pero yo necesitaba estirar mis piernas, mi rodilla se sentía como si le hubiesen entrado a marronazos. Me seguían halando de brazos y presionándome los hombros para que me sentara, entonces expliqué en mi inglés con acento de Sofía Vergara que prefería estar un rato de pies, que me dolía la rodilla. Se produjo un silencio total, niños y mujeres me miraron como si fuese una extraterrestre y los que quedaban dentro de la casa encontraron motivos para asomarse, todos agolpados en la puerta de entrada. Yo miré a la única de mis dos cuñadas allí presentes que masticaba un poco el inglés, sí, la soltera de gafas grandes y cara montada, y ella resignada a hacer de intérprete aun cuando no tiene ganas, explicó a la multitud de mujeres y niños que yo no hablaba árabe. La mujer más vieja de la familia, la matriarca, le preguntó qué de dónde éramos, mi cuñada dijo, “nosotras palestinas y ella de América” y todas comenzaron a reír gritando; “¡Ameriquiya! ¡Ameriquiya!”, celebrando mi origen. En medio de las expresiones de asombro y la algarabía, le decía a mi cuñada que les explicara que era de Puerto Rico, un archipiélago en el mar… Ella a su vez hacía gestos con la mano y torcía la boca diciéndome que lo dejara así, que me olvidara, que causaría confusión. Finalmente me senté.


La matriarca exhibía los tatuajes característicos de las mujeres beduinas de Libia. Son tatuajes en áreas de la barbilla y la frente de tinta permanente que con el tiempo se torna color verduzco. También vestía una pintoresca Abaya y tenía todo el oro que cuerpo alguno podía llevar, eran prendas antiguas, ya sin brillo. La recuerdo obesa, de pocos dientes, piel tostada, ojos alegres, brillosos, de hablar y reír alto, de ademanes, gestos y palabra firme. Daba órdenes a todas las demás. Me presentó a cada una de sus doce hijas, a algunos de los casi vente nietos e hizo venir a la hija más joven que se casaba al día siguiente. La joven nos mostró los tatuajes de henna que se había hecho para la fiesta de esa noche, traía hermosas flores dibujadas en manos, brazos, piernas y pies.


Al menos a mí se me olvidó que habíamos llegado allí por un accidente, realmente me sentía como la invitada de honor en una gran fiesta de mujeres beduinas. Entonces la trajeron a ella, hicieron un espacio entre los cojines contra la pared y la sentaron. Se llamaba Fathiya, la hija, la hermana, la tía con parálisis cerebral y extremidades deformadas. Casi no pude hacer contacto visual con ella, apenas me miró se abalanzó sobre mí, metió su cabeza entre mi pecho y mi brazo izquierdo, justo en el corazón, y allí se aferró acunándose, dejándome a mí y a todos perplejos. Mis sobrinitas se reían y mi suegra me miró de una forma dulce y especial, como si fuese la única en entender. La matriarca comenzó a reírse a carcajadas celebrando, las demás la seguían, yo estaba sin palabras, me imagino que con cara pasmada y la mujer le pedía a mi cuñada que me tradujera. “¡Que te quiere! ¡Que le gustas! ¡Que la abraces!” La rodee con mis brazos y le pasaba la mano por su cabello crespo, corto, desarreglado. ¡Ay! No sé cómo explicarlo, pero fue algo intenso, un sentimiento sobrecogedor que logró tocar todas las fibras de mi ser. Yo sentí amor.


Una de las hermanas me la quitó de encima la acomodó en el espacio que le habían preparado y trajeron bandejas con melocotones, higos y dátiles. Fathiya no paraba de mirarme, de sonreír con todos sus dientes asomados. Fue cuando pude mirarla, mirarla bien, hasta la profundidad de sus ojos. Eran ojos grandes, un poco desorbitados, líquidos y brillantes, como si fueran dos lagos oscuros, portales a otra dimensión. Deje de escuchar a las mujeres y a los niños despeinados que jugaban contentos, indiferentes al acontecimiento. También había una niña muy pequeña, rubia y de piel tostada, me miraba con reserva y desconfianza, yo hablaba un idioma que posiblemente nunca había escuchado.  


Yo sólo quería continuar en contacto con el espíritu de Fathiya, el que según ellos yo le gustaba, me quería y al verme se metió en mi corazón. El resto interrumpía, nos estorbaban. Trajeron las bandejas de comida; arroz con nueces, y cordero estofado con papas. Llegaron canastas de pan y botellones de refrescos. Los niños sacaban bandejas para llevarle de comer a los hombres que esperaban por la grúa a orillas de la carretera. Por ser viernes el asunto de la grúa se dificultaba, pues como ya les he contado, el viernes es el día para congregarse en la mezquita, alabar a Dios y luego compartir en familia, no se trabaja.


Eso de comer sentada en el piso, con cuchara y de una bandeja comunal aún me cuesta, pero no me quedó otro remedio, tenía hambre y todos miraban esperando que fuese la primera en probar, y supongo yo, decir si me gustaba o no. Miré a mis cuñadas y a mi suegra porque ellas ya van conociendo mis manías, saben que no como cordero ni soporto su olor que, por cierto, estaba todo sobre el arroz. En nuestra casa mientras ellos se sientan en el piso de la cocina y comen con cuchara de la misma bandeja, a mí me sirven de todo en un plato individual y me sientan en una mesita que está en la misma cocina, así comemos juntos sin yo molerme las rodillas. Mi suegra me hizo el gesto de ¡Come! Y yo pues comí de una esquinita donde agraciadamente el arroz estaba seco y le majé una papita que no traía mucha salsa, un pedazo de pan y todos contentos.


Tan pronto recogieron las bandejas, Fathiya se arrastró hasta ubicarse justo frente a mí, como si hubiese estado esperando la oportunidad, me sorprendió con un manotazo que alcancé a interceptar en el aire. Quería jugar conmigo. Le soltaba la mano y venía el siguiente manotazo; su cara se deformaba de alegría. Los niños alrededor reían, Fathiya se movía frenética, aplaudía y soltaba carcajadas, mientras una de las hermanas le secaba las babas. Era todo un espectáculo. Así estuvimos mientras las mujeres de mi familia y las beduinas conversaban sobre el gran acontecimiento del día siguiente, la boda. Llegó una chica con la bandeja del té. Le pasó la bandeja a su madre, la mayor de las hijas de la matriarca, quien se ubicó frente a mí y me pidió especial atención. Con un talento y maestría admirables aquella mujer levantó la tetera estilo árabe (esas de cuello largo y boquilla angosta) y así desde lo más alto posible dejó caer el potente y sonoro chorro aromático de té, hasta el vasito de cristal transparente que esperaba quietito sobre la bandeja colocada en el suelo, y todo ello sin perderse ni una sola gota. ¡Bravo! Yo celebré y aplaudí su demostración como si hubiese presenciado el mejor de los espectáculos y Fathiya también aplaudía. Y así las dos, las más amigas, las más divertidas del grupo; éramos felices mientras la matriarca nos contemplaba y reía. “¡Mashallah! ¡Mashallah!” decía la mujer elevando sus brazos.

 

·         [Inshallah se traduce “si Dios quiere”, mientras que Mashallah es “lo que Dios ha querido”. Podría compararse a un “la gloria es de Dios” y comúnmente expresa alegría y satisfacción ante una persona o un suceso positivo. Por ejemplo: si una mujer aparece vestida de novia y se ve hermosa o nos muestra su título universitario, quienes la admiran y comparten su alegría expresaran; ¡Mashallah! Mashallah! Si un amigo nos invita a su casa y es hermosa; ¡Mashallah! ¡Mashallah! Si vemos un bebe encantador y tierno, ya saben, Mashallah…]

 

Habían pasado tres horas, cuando un niño entró corriendo, anunciando que el auto ya estaba sobre la grúa, que nuestros hombres nos esperaban. Me sentí triste. Comenzamos a despedirnos y aunque quería una foto de ese momento, no me atreví a pedirla, pues a la mayoría de estas mujeres no les agradan las fotos y preferí ser respetuosa y llevarme el recuerdo en mi corazón. Me sentí tan a gusto rodeada de aquellas mujeres que quizás al mirarnos unas con otras éramos tan diferentes, pero que allí, en aquel punto de algún lugar en aquel valle desértico del noreste de Libia, el destino nos había juntado. Ese viernes salí de Bengasi con la ilusión de llegar a Susa y regresé con la bendición de haber conocido a Fathiya, esa fue la voluntad de Dios. ¡Alhamdulillah! 


[Alhamdulillah es una expresión árabe que indica que estamos bien, que todo está bien y nos sobrecoge un sentimiento de agradecimiento a Dios en forma de alabanza.]


Me gusta pensar que Fathiya nos conocemos de otro tiempo, que la mano de Dios nos regaló la oportunidad de un rencuentro, que su espíritu reconoció de inmediato al mío y que al encontrarnos y al despedirnos, cuando Fathiya puso su carita en mi corazón me hablo profundo con ese lenguaje de latidos, esa transmisión de energía capaz de anudarme la garganta. Así abrazada y sintiendo sus pulsaciones le dije en el más absoluto e íntimo de los silencios; gracias por tu alegría al encontrarme, por el amor y todo lo innombrable que hemos compartido en el día en que se alaba a Dios. ¡Hasta luego! Le besé la frente, me di la vuelta y a mi espalda sentí cerrarse aquella mágica puerta de hierro. Caminé secándome las lágrimas, pero sonriendo, contenta de haber tenido la bendita oportunidad de compartir con todas esas mujeres maravillosas y hospitalarias que con humildad y tanta generosidad nos recibieron, alimentaron y cuidaron de nosotros. ¡Que Dios bendiga a tolos los beduinos del mundo!

Mi suegra me cedió el asiento de enfrente, y junto a las niñas le contaban a mi esposo sobre mi maravilloso encuentro con Fathiya. En una ciudad a mitad de camino esperamos más tiempo por un cambio de grúa, caía la noche, las niñas, mi suegra y mis cuñadas dormían apretadas en el asiento de atrás, mi esposo manejaba en silencio y yo aún estaba con el pecho repleto de emociones que me conmovían al punto de continuar sonriendo con los ojos aguados. Entonces mi esposo me dice; “Y luego me preguntas que por qué te quiero.” Cerré los ojos y para cuando los abrí ya estábamos llegando a Bengasi. Esa noche me fui a la cama con la certeza de que Fathiya y yo habíamos cumplido con uno de esos acuerdos de amor que los seres hacemos cuando en forma de alma recorremos los mundos espirituales. Y convencida de ello exclame para mí;  ¡Allahu Akbar! Que quiere decir, Dios es grande.

*El nombre Fathiya significa victoria.


De regreso a Bengasi...
 A las primeras tres fotos las he titulado, las fotos Shufis (Shufti / Shufty):
Shufi significa “mira” y si se dan cuenta el anciano de Jalabiya blanca viene sólo a eso… a mirar. Se acerca, pegunta qué ha pasado y sigue su camino. ¡Qué mucho nos hemos reído con esta foto secuencia de Shufi!

 





Acá mi esposo, como cartel cinematográfico de la versión árabe de James Bond. ¡Jaja!


 
 

Posando en el puente Wadi Al Kuf...

El Puente Wadi Al Kuf es un puente situado a 20 km al oeste de Al Bayda, Libia. Es el segundo puente más alto de África con longitud total de 477m. Fue diseñado por el italiano Riccardo Morandi ingeniero civil. 

martes, 7 de enero de 2014

Las rondas de mi suegra

 

 
Antes me costaba ver como mi suegra tan pronto le abría la puerta se disparaba por toda la casa revisándolo todo, cerrando ventanas y demás. Ahora con una sonrisa contemplo su figura diminuta envuelta en paños largos recorriendo todos los rincones de la casa, realizando rondas que un poco mitigan mis días de soledad. Así  va abriendo las tapas de las cacerolas sobre la estufa para ver qué he cocinado y si ya he comido, verificando la temperatura de mi habitación y si está muy frío ajusta los respiraderos de las cortinas de madera y verifica con cuantos cobertores he dormido. Mientras, va diciendo cosas en árabe que apenas entiendo, pero hoy ha hablado de todo. Abrió los tarros de especias y según las probaba metiéndoles el dedo me decía sus nombres en árabe. La canela, la vainilla, la nuez moscada, el pimentón, el jengibre, la pimienta, el curry, el cárdamo, y el comino que según ella evita el vómito y otros males estomacales. Me ha preguntado por mi familia y quiere que la próxima vez que les vea por Skype les salude de su parte. Algo me comentó sobre la granizada que cayó en la madrugada, entendí que anda como yo, contando los días para que su hijo regrese a casa, dice que faltan 7 días, yo digo que faltan ocho. En el cuarto encontró una camisa de mi esposo de la que duermo aferrada para recordarlo a través de su olor, y ella sin saberlo ha hecho lo mismo. La tomó, la olió profundo y se la llevó a la cara apretándola y diciendo cosas que transmitían ternura. Se le aguaron los ojitos y apretaba la camisa contra su pecho. Dice que le está orando a Dios para que en algún momento yo salga embarazada, porque ella perdió dos embarazos, como yo en el pasado, pero al final tuvo ocho hijos. Que cómo está mi presión arterial, si me estoy tomando los medicamentos y si necesito algo, que lo escriba, que le avise y que me prepare que con tanta lluvia esta noche hará mucho frío. Ella todo en árabe, yo en inglés y como subterfugio de ambas, las señas. Pero hoy mi suegra hasta un dibujo ha hecho tratando de decirme algo que lamentablemente no pude comprender. Se frustró y le pasó la raya a su obra de arte, me abrazó, me apretó bien duro los cachetes, sonrió, me dio 4 besos y en un graciosísimo español me dijo; “¡Adiós! ¡Hasta mañana Habiba!” Aquí les comparto el dibujito de mi suegra querida, esa de diminuta y siempre envuelta figura, de ojos pequeñitos y dulces que te hablan del amor que llena su alma sin necesidad de palabras.