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sábado, 24 de enero de 2015

Matrimonio por poder o “proxy marriage”


*El siguiente artículo aunque puede servir de orientación general sobre el tema de los “matrimonios por poder”, está dirigido a matrimonios multiculturales, específicamente para mujeres occidentales interesadas en contraer matrimonio con hombres de países orientales, de religión musulmana, como lo son las mujeres de habla hispana integrantes del grupo “Me enamoré de un musulmán” (MEDUM) en Facebook.

 




El matrimonio por poder (proxy marriage) tiene lugar cuando una pareja quiere contraer matrimonio pero por varias razones se encuentra cada persona en lugares distintos y uno de ellos no puede estar presente al momento del casamiento. Cuando ambos contrayentes están ausentes, se conoce como "double-proxy marriage”. Uno y otro son válidos pero no son recursos legales existentes en todos los países o estados.

Parte del proceso consta en autorizar mediante poder legal a una persona que represente al contrayente ausente. Todos los documentos a presentarse en corte deben estar debidamente notariados. Para más información sobre las particularidades del proceso debe consultar con las autoridades pertinentes en su jurisdicción.

Las leyes matrimoniales varían según el país y en el caso de Estados Unidos de Norteamérica, hay variaciones entre estados; por tanto el primer paso para las parejas interesadas debe ser consultar el código civil y la ley de matrimonio de sus respectivos países, a fin de conocer de buena tinta si el recurso legal está disponible, sus requisitos y condiciones, en fin, todo los pormenores del proceso según la jurisdicción correspondiente.

Esta consulta debe complementarse con una visita a la corte de familia o tribunal de primera instancia donde se atienden los casos civiles. Es imprescindible acudir al foro correcto, esto le asegura que recibe la debida orientación que un paso tan importante y trascendental como el matrimonio amerita.

 

En el caso de Puerto Rico se debe consultar el CODIGO CIVIL DE PUERTO RICO, 1930- PARTE III- MATRIMONIO - CAPITULO 29 -NATURALEZA DEL MATRIMONIO: Ley de Matrimonio mediante mandado con poder especial. Ley Núm. 64 de 5 de  mayo de 1945, según enmendada. Enlace: http://www.lexjuris.com/LEXLEX%5Clexcodigoc%5Clexmatrimonio.htm

 

Una vez la pareja conversa sobre “los pros y los contras” de efectuar el matrimonio por poder en sus respectivos países, deben ponerse de acuerdo en dónde se efectuará el matrimonio.

Si las intenciones del contrayente que es occidental es la de eventualmente realizar una petición de residencia permanente para su cónyuge extranjero, antes de proceder con los tramites del matrimonio, aconsejo se consulte la validez del mismo en el departamento de inmigración de su país, pues en ocasiones existen ciertas limitaciones o condiciones para con los “matrimonios por poder”. Este paso es indispensable para no perder tiempo, esfuerzos y dinero, porque tanto el matrimonio por poder como el proceso migratorio conllevan un costo económico que hay que tomar en cuenta.

 

Para el Departamento de Inmigración de los Estados Unidos de Norte América y sus territorios, incluido el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, el “matrimonio por poder”, “Matrimonio mediante mandado por poder especial” o “Proxy Marriage” es válido, pero precisa evidenciarse la consumación del mismo a través de la convivencia matrimonial.

Es decir, se puede contraer “matrimonio por poder”, una vez los contrayentes hayan convivido como matrimonio en el extranjero, el conyugue que es residente permanente o ciudadano estadounidense puede reclamar a su cónyuge ante las autoridades migratorias.

Sin embargo el “matrimonio por poder” no es válido cuando tras casarse el contrayente estadounidense reclama al esposo sin nunca haber convivido como tal. Recuerden que incluso para la “visa fiancé” se necesita evidenciar que la pareja se ha conocido personalmente.  

 

En el caso de Estados Unidos de Norte América y sus territorios, incluido el Estado Libre Asociado de Puerto Rico se debe consultar con el Departamento de Seguridad Nacional en los siguientes enlaces:

Marriage and Marital Union for Naturalization:


Página principal en español: http://www.uscis.gov/es

 

En caso de que se decida efectuar el matrimonio en un país musulmán, se debe investigar si el mismo exige como requisito de ley que ambos contrayentes sean musulmanes. No es la norma pero se da en algunos países donde el islam es la religión predominante.

Un ejemplo de ello lo es Libia, donde se exige la certificación a pesar de que el islam permite a un hombre musulmán el contraer matrimonio con una mujer de religión cristiana o judía (conocidas como las religiones del libro o abrahámicas); más no con mujeres ateas o practicantes de religiones paganas y politeístas.

De ser así, la mujer occidental interesada en casarse mediante “matrimonio por poder” en un país musulmán con el requisito antes descrito, deberá presentar un documento donde algún “imam” o “sheikh” en su país certifique que es de religión musulmana o ha sido conversa al islam.

Insisto en que toda mujer enamorada de un musulmán, con planes de comprometerse y eventualmente contraer matrimonio y establecerse en algún país occidental debe consultar la entidad migratoria de su país. No basta con las experiencias y sugerencias de amigas y conocidas en condiciones similares, cada caso tiene sus particularidades y cada país sus leyes matrimoniales y migratorias. Vaya a la segura, evite errores que le costaran tiempo, esfuerzo y dinero.

Investigue si el país de su prometido, nacionalidad y documentos de viaje lo hacen admisible y elegible para obtener la residencia permanente en el país que interesan residir o si por el contrario, el país de origen de su prometido está incluido en “la lista negra” de países de los cuales es sumamente difícil, por no decir imposible obtener una visa para entrar legalmente a su país.

Recuerde que el terrorismo y la “islamofobia” han provocado que muchos países occidentales hayan endurecido sus leyes migratorias y sean mucho más rigurosos al establecer la elegibilidad de los solicitantes provenientes de países árabes y musulmanes.

Conocemos casos de mujeres occidentales que han demorado hasta 7 años o más para lograr que sus esposos reciban visa para emigrar a sus países. Cada año les rechazan el caso y es necesario volver a iniciar el proceso con todo lo que conlleva; lo antes dicho, se pierde tiempo, dinero, e ilusiones.

Todos estos son factores a tomar en cuenta al decidir comprometerse en una relación con un extranjero, sobre todo si es árabe y musulmán. Lo importante, después de saber que el compromiso de amor es verdadero y se fundamenta en hechos y no sólo en palabras y promesas -más si es a distancia- es orientarse correctamente.

Cuidado con oficinas fantasmas que ofrecen orientación y gestión con asuntos migratorios, se prestan para el timo y fraude de la manera más inescrupulosa. También se dan casos de abogados de inmigración que a pesar de conocer la dificultad real de muchos procesos le proyectan al cliente un panorama excesivamente optimista con el único fin de asegurar sus honorarios. Por eso aconsejo orientarse directamente con el departamento o ministerio de inmigración de su país y si decide contratar los servicios de algún profesional, que sea por recomendación de alguna persona de confianza.

Las residentes y ciudadanas estadounidenses cuentan con diferentes recursos legales para reclamar al cónyuge  extranjero, pero no todas son convenientes para todos los casos, hay que ver las particularidades de cada uno y de acuerdo a la información fidedigna, tomar la mejor decisión.

 

Residentes permanentes y ciudadanos de los Estados Unidos de Norteamérica y sus territorios, incluido el Estado Libre Asociado de Puerto Rico pueden consultar el siguiente enlace: http://travel.state.gov/content/visas/english/immigrate/types/family/fiance.html

 

 

El amar es una decisión y quienes la toman con suficiente madurez emocional deben mantener los pies en la tierra, ubicados en tiempo y espacio, sobre todo a la hora de contraer matrimonio y mucho más si se trata de un matrimonio multicultural, con un cónyuge extranjero de costumbres, idioma y religión diferente a la propia.  

 

Es conveniente que como mujer te hagas las siguientes preguntas y las contestes con la mayor sinceridad posible, sobre todo si aún estás a cargo de la crianza de tus hijos y toda decisión que tomes les afectará directamente a ellos:

 

¿Estás dispuesta a casarte a pesar de todos los inconvenientes y sacrificios que en ocasiones conlleva una relación a distancia durante el proceso migratorio? Entiéndase, largos periodos de separación, espera, el costo económico del proceso y gastos de viajes durante el tiempo de tramitación.

 

¿El prometido cuenta con los recursos económicos para costear todos esos gastos del proceso migratorio, incluida la boda o necesitará de tu ayuda económica?

 

Si él no cuenta con los recursos económicos, ¿los tienes tú y estás dispuesta a correr con todos los gastos?

 

¿De no ser posible que tu prometido o esposo obtenga la visa estás en condiciones de radicarte sola o con tus hijos –de ser el caso- por tiempo indefinido o para siempre en el país de tu amado? Recuerda que no todos los países árabes y musulmanes son como la vida que proyectan las películas cuando muestran lugares como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Arabia Saudita. En su mayoría si no se es adinerado, la vida es sumamente difícil y sacrificada. Debes tomar en cuenta que en muchos países en regiones como el Norte de África, el Oriente Medio y otros países asiáticos se viven una constante inestabilidad política y económica, además de los confrontamientos de índole religiosa y el terrorismo; los conflictos bélicos siempre son una probabilidad.   

 
Espero que esta información al menos pueda señalar el camino, de quienes estén contemplando la posibilidad de comprometerse en matrimonio con un extranjero, sobre todo si es árabe y de religión musulmana.

Aunque no siempre el panorama se vislumbra tan alentador como el corazón lo anhela, uno no se debe dar por vencido sin antes orientarse adecuadamente. El tomar decisiones fundadas en hechos reales, nos da cierta tranquilidad de consciencia al saber que se hace lo correcto de acuerdo a las circunstancia, y esto, independiente del desenlace.

© 2013-2015. Los Relatos de Aziza. Todos los derechos reservados.

martes, 29 de abril de 2014

Sahra: más que un microcuento

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                               Sarah

Ese día, caminando por el malecón decidió no luchar más contra el deseo de aventurarse hasta las inmensas rocas, donde se le había advertido que no debía llegar. 

Antes le habían dicho lo mismo sobre su sueño de atravesar el desierto, arca de peligros inciertos. Aun así surcó las dunas de arena y conoció el polvo rojo que todo lo impregna y huele a leyendas.  

Así que bajó  las escaleras y por primera vez sintió la efervescencia de las olas del Mediterráneo bañando su rostro. Sonreía, mientras la brisa marina ondeaba su “hijab” como la más insigne bandera de paz.

Daritza Rodríguez-Arroyo  (Martes, 22 de abril de 2014. Bengasi, Libia)
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Relato: Sarah más que un microcuento

Ahora me queda todo muy claro. Ha debido ser que la esencia de alguna de ellas -de la más aguzada- andaba merodeando en el justo momento en que mi amiga Iris Miranda (poeta puertorriqueña) me invitaba a participar de “100 palabras por la paz”. 
¡Claro! No fueron mis palabras, fueron las de ella, portavoz de las voces de miles de migrantes que el desierto y el mar han silenciado. No digo que haya sido tanto como una psicografía, pero ciertamente al momento de escribir, vi la imagen de una mujer del desierto, de tez tostada, envuelta en telas negras, como las mujeres migrantes de Sudan, Nigeria, Somalia y otras tantas tierras africanas; mujeres que atraviesan el desierto del Sahara y luego el Mar Mediterráneo, arriesgando sus vida con el único propósito de vivir con dignidad.

Entonces esta mujer toda rostro y telas fue mi inspiración; mi piel fue receptiva al toque sutil que transmitió la historia de su travesía, de esa fuerza interna argamasa de sueños, esperanza y voluntad férrea que la sostuvo en medio de tanta inclemencia y que finalmente, independientemente de lograr llegar o no a su destino, la llevó a reconciliarse consigo misma. 

Sé que debió perdonarse por lo dejado atrás, pero igualmente complacerse en el vencimiento de sus temores, que también eran los del resto y siempre le parecieron más grandes que los propios. 

Me habló sobre lo vivido a cada paso y sobre su vista siempre puesta en el horizonte; entonces sonrió como pocas veces lo había hecho en el trascurso de su vida, debió solicitar que cerrara mis ojos, porque así lo hice. Se acercó y al oído me contó en susurros sobre su día en el malecón de Bengasi, allí donde en medio del caos, por primera vez fue libre y experimentó la paz.
Abrí los ojos y escribí.
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Entonces les cuento:

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En día martes le envié el microcuento a Iris y el jueves fui al mercado con mi esposo, le pedí que paseáramos por la calle Omar Al-Mukhtār en el barrio italiano del centro de Bengasi, una de mis favoritas porque además de la mezquita Atik, que es la más antigua de la ciudad, también hay varias librerías pequeñas en las que me gusta entrar a acariciar y ojear libros aunque no pueda leerlos por estar escritos en árabe.  

Allí también hay una tienda africana que siempre me ha llamado la atención porque se especializa en la venta de artesanías y artículos antiguos de decoración. Las veces que había estado por la zona, la tienda permanecía cerrada y mi esposo me había comentado que daba la casualidad que siempre íbamos en las horas de almuerzo.


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Esta vez vi la puerta abierta y corrí, temía que se cerrara antes de poder atravesarla.



Es un lugar mágico lleno de pinturas, réplicas de puertas árabes que cuando las abres resultan ser espejos que reflejan tu rostro, figuras, lámparas, cofres, baúles, faroles, vasijas, bandejas, ropas tradicionales… No hubo pieza que no toqué con asombro y curiosidad, que no oliera imaginando el entorno y las manos que la crearon. Mi esposo me seguía de cerca pero en silencio y el vendedor grandote con piel de ébano -que parecía una pieza más-  también me seguía con la mirada desde el fondo del local, tras la caja registradora rodeado de todo aquel arte que contaba historias de cualquier parte de Libia y toda África. 

Descubrí un tonel repleto de chucherías y me puse a curiosear, metiendo la mano, rebuscando con la insistencia de quien instintivamente sabe que dará con algo. Mis dedos tantearon una superficie algo tostada y rugosa, entonces halé un poco para ver de qué se trataba y allí estaba ella con su rostro tostado, pintado de desierto, con su mirada  convertida en una llama lánguida que desde las lamparillas de sus ojos aún cargados de sueños dice que no ha perdido la esperanza. 

Confieso que al principio no la reconocí, pero la quería. ¿Bekam Hada? Preguntó mi esposo. $35.00 LYD, contestó el vendedor. Pero recordamos que andábamos con el dinero contado para las compras del día, porque aquí en Libia todo se paga en efectivo y es preferible no andar con mucha cantidad en los bolsillos. Mi esposo me prometió que regresaríamos el sábado. De regresó al auto alcancé a ver el mar y la gente caminando por el malecón y fue en ese mismo momento en que comprendí lo que desde hace días venía ocurriendo, ahora todo tenía sentido. 

“¡Habibi! Era ella.” Exclamé emocionada. “¿Quién?” Preguntó mi esposo. “La mujer del desierto, la del microcuento. La máscara de cuero en la tienda africana, es la misma cara de la mujer que vi mientras escribía. ¿Recuerdas que te lo conté?” Mi esposo se quedó pensativo, “volvemos el sábado” dijo sin aventurarse en "mis fantasías".
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Y así fue, el sábado después del almuerzo volvimos al barrio italiano, cruzamos la plaza de la libertad Maydan al-Huriya frente a la mezquita y la antigua casa alcaldía. De lejos volví a ver la puerta de la tienda abierta, aligeré el paso y entré cruzando dedos en ambas manos. Estaba justo donde la dejé, sobre el montón de chucherías en el tonel del fondo.  La tomé en mis manos, sonreí y me la llevé al pecho como se hace con la gente que uno se alegra de volver a ver, miré a mi esposo y este a su vez miró al vendedor, que también permanecía en el mismo rincón donde lo habíamos dejado. 

¿Bekam Hada? Preguntó mi esposo. $35.00 LYD, contestó el vendedor. Comenzó el habitual regateo y al final la compramos por $25.00 LYD, aunque para mí tiene un valor incalculable que nada tiene que ver con dinero. Ahora la mujer del desierto, Ṣaḥrā, siempre está presente cuando escribo, junto al derviche turco y la bandera de Puerto Rico.

Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
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martes, 25 de marzo de 2014

jueves, 20 de marzo de 2014

Sebou


 

Nunca me ha gustado ser la primera en llegar a ninguna parte, incluido el trabajo (cuando trabajaba fuera de casa, claro), pero mucho menos si se trata de una fiesta. En Puerto Rico si llegas a una fiesta antes de la hora especificada te encontraras con la dueña de casa en rolos, batiéndose contra el reloj en plena faena entre la limpieza del baño y los calderos en la cocina. Aun así, y no creo que haya boricua que me desmienta, si llegas a las “en punto” te tocará esperar en la marquesina sentada junto a la mesa donde ya han colocado las bandejas de sandwichitos de mezcla, mientras la dueña de casa y “anfitriona” te grita desde la ventana del baño mientras se ducha; “¡Qué bueno que viniste! Voy ahora, estás en tu casa.” Y tal cual, te engulles dos o tres sandwichitos mientras te toca recibir a las vecinas, que no conoces pero que una por una te van entregando su colaboración; la bola de queso crema con piña y jamonilla, el Cielito Lindo y el antipasto de atún con galletitas Ritz. “¡Pasen! ¡Siéntense! Ella se está bañando, viene ahora.” Dices, mientras sonríes con las muelas de atrás. ¡Ay diooo!

En fin, que un compañero de trabajo de mi esposo, libio pero de madre egipcia nos había invitado a la ceremonia del Sebou de Salah, su primer hijo varón. La celebración del Sebou, que significa literalmente ‘séptimo’, es una tradición pagana muy antigua de tiempos faraónicos celebrada por familias egipcias de cualquier nivel social y religión, donde al cumplirse el séptimo día de vida se presenta en sociedad al nuevo integrante de la familia. La misma se ha ido modificando con el tiempo, sobre todo por las familias musulmanas y cristianas pero a través de la ceremonia se sigue celebrando que el niño haya sobrevivido los primeros siete días de vida en este mundo y su madre al parto. A pesar del gran contenido supersticioso el ritual se sigue realizando con la intención de proteger al niño de espíritus malignos, desearle salud, despertar en él coraje y fortaleza para su tránsito por esta vida, e instruirlo al oído sobre la obediencia a Dios y a sus padres junto con la lealtad a su familia. Recuerdo el entusiasmo de mi esposo. Dijo que conociéndome, sabía que disfrutaría la experiencia de conocer de cerca una tradición tan significativa para los descendientes egipcios aquí en Libia y en cualquier parte del mundo. No se equivocó, realmente me divertí de lo lindo y culturalmente hablando fue todo un deleite.

Regalo en mano llegamos a la residencia, jamás pude conocer propiamente al compañero de trabajo de mi esposo, pues tan pronto me bajé del auto como había varios hombres en la entrada, uno de ellos abrió la puerta de hierro y sin mirarme a la cara me hizo señas para que entrara a la propiedad. Miré a mi esposo con reserva, pues reconozco que aún se me hace pesado eso de que nunca podemos compartir juntos en actividades sociales, él me indicó que entrara con un movimiento de cabeza, sin pronunciar palabra como de costumbre cuando estamos en público, y yo comencé a recorrer el largo pasillo tipo  ‘al fresco’ de muro sólido y sobrio a la izquierda y cuidadas jardineras a la derecha. Caminé hasta el fondo donde se divisaba una puerta de madera grande, de esas macizas que te advierten que entraras a un aposento respetable. Antes de que tocara el timbre una mujer joven, rolliza, sonriente y de pañuelo al estilo turco cubriéndole el cabello (así se cubren para cocinar y asear la casa) me abrió la ‘puerta. ¿Aziza? –preguntó sonriente y con ojos brillantes y alegres-. Asentí con la cabeza y proseguí con el tradicional saludo, “As Salam Aleikum” acompañado de una sonrisa algo nerviosa. ”Wa Aleikum Salam” – contestó la mujer mientras procedíamos al intercambio de los cuatro besos y las bendiciones. Me dijo su nombre, el cual lamentablemente ya he olvidado, y preguntó si yo hablaba árabe. Con la vergüenza habitual le dije que no, entonces me tomó del brazo como se toman las amigas por estos lares, y mientras atravesábamos el salón principal me pidió que no me preocupara, que ella hablaba un poco de inglés porque lo había aprendido en la universidad. Era una casa grande de espacios amplios y techos altos, de colores sobrios y como de costumbre; ventanas cerradas y poca iluminación. Mientras atravesábamos el salón principal, ella me hablaba de alguna cosa y yo me desplazaba más que con mis pasos, con la mirada. No tardaron en alcanzarnos los aromas y los usuales ruidos de la cocina, llegaban junto con las voces de mujeres que debían estar tan ajetreadas como las anfitrionas puertorriqueñas, con la diferencia que aquí en Libia las familias son tan numerosas que todo lo referente a la comida se trabaja en equipo, más aun en ocasión de un festejo. Le comenté que olía rico y ella sonrió mientras me apretaba y me frotaba el brazo mostrándome empatía. Al fondo había una pared en cristal, las cortinas estaban corridas, así que alcancé a ver una especie de patio interior que conectaba con otra estructura de puertas grandes, a dos hojas. Antes de que llegáramos al final me señaló una puerta a nuestra derecha, era un salón pequeño donde había una mujer mayor sentada; me indicó que podía ponerme cómoda y esperar hasta que el salón de la actividad estuviese listo. Ni modo, era la primera invitada en llegar, no hablaba árabe y no conocía a nadie. Entregué el regalo para el pequeño Salah  y fui presentada a la señora que resultó ser la matriarca de la familia. A pesar de que le advirtieron que yo no hablaba árabe la mujer inició  conversación conmigo. Aunque ni idea de lo que decía, proyectaba un semblante agradable, y no dudo que sea mujer de conversaciones amenas. Es en esos momentos donde más reciento las limitaciones idiomáticas. ¡De lo que me pierdo!

No habían pasado ni cinco minutos cuando otra mujer  bastante parecida a la que me había recibido entró con la bandeja del té. También de sonrisa amplia, de besos y atenciones. “Sisters!” Exclamaba la anfitriona mientras otras hermanas iban entrando a saludar vestidas de pañuelos y delantales olorosos a especias y con las mejillas coloradas aun calientes por los fogones. Ya luego llegaron tías y primas, se aproximaban parlanchinas y al llegar a la puerta y toparse conmigo sentada tomando el té se extrañaban, supongo que no esperaban una invitada ajena a la familia en horas tan tempranas. Entonces alguna de las ya presente aclaraba o tal vez sea más adecuado decir que advertía; ¡Ameriquiyah! Me imagino que seguido también venía lo de que no hablo árabe, sólo inglés y que soy la esposa de un compañero de trabajo del hermano y todo lo demás. Entonces sonreían, se acercaban, me besaban y continuaban chachareando mientras se deshacían de las “abayas” y los “hijab”, una que otra por estar llamativamente maquillada llegaba en “niqab”, vestimenta que confieso no me deja de impresionar. Como de costumbre se inició el interrogatorio, la entrevista a la “Ameriquiyah” que no perdió oportunidad para aclarar sin lugar a dudas que aunque su pasaporte es estadounidense, su identidad cultural la identifica como puertorriqueña. Es el momento donde mi padre me ha recomendado andar con un mapa de bolsillo donde pueda señalar a Puerto Rico, porque casi siempre aunque diga Caribe me preguntan si está cerca de México o Brasil. ¡No! Estamos cerca de Cuba, justo después de Haití y República Dominicana, “The Shining Star of the Caribbean” ¡Ohhhhhh! Exclaman mientras los rostros no logran transmitirme que estén seguras de la ubicación exacta. En fin, es un libreto de una escena que se repite cada vez que aparezco en sociedad. Que vengo de muy lejos, que mi primer idioma es el español, que cuando me preguntan si me gusta vivir en Libia contesto que me gusta estar con mi esposo y que la curiosidad por saber cómo nos conocimos y la reacción  de mi familia al respecto, dan pie a todo tipo de preguntas. Hay ocasiones en que la situación puede resultar abrumadora y siempre ando rogando a que alguien o algo nos interrumpan. Esta vez mis suplicas fueron escuchadas, y de qué manera; aun me queda cargo de conciencia. Justo cuando se formuló la pregunta sobre mi conversión al islam y si hacia mis cinco oraciones diarias, un sonido plano, seco y solido nos obligó a voltear el rostro en dirección a la matriarca y mi anfitriona. ¡Qué pescosá! Galleta, bofetada, cachetada o como le quieran llamar. La madre había golpeado a la hija porque ésta, riéndose junto con una prima le dijo que ya le habían explicado quien era yo y por qué no hablaba árabe más de mil veces. Todas las mujeres se reían a carcajadas incluida la agredida, pero yo no podía cerrar la boca, ni disimular la impresión. ”Es que ella olvida todo muy rápido y repite o pregunta lo mismo una y otra vez.” Me explicó ojos alegres aun riéndose. ”Pero te pegó fuerte.” Le comenté. “No te preocupes, siempre lo hace con todas nosotras cuando se enoja.” ¡Madre mía! Agraciadamente no pudimos retomar la conversación pues ya había caído la noche, eran muchas las mujeres reunidas y seguían llegando, así que se nos pidió que dejásemos las carteras en el salón interior y pasáramos al salón de actividades ubicado en el patio.

Se abrieron las puertas del salón alfombrado donde ya habían encendido el acondicionador de aire, pues estábamos en pleno verano con temperaturas fluctuantes entre 100 y 113 grados, nos quitamos los zapatos y nos fuimos acomodando en los cojines de espaldas contra la pared. Era increíble la cantidad de mujeres y niños que en menos de 15 minutos llenaron el salón. Encendieron el equipo de música con temas infantiles y los niños correteaban y bailaban mientras las mujeres se invitaban unas a otras a sentarse entre conocidas. Yo me había ubicado en el fondo, pero dos de las hermanas de la casa me tomaron del brazo y me dijeron que me sentara junto a la silla que habían traído especialmente para la madre de Salah, el bebé homenajeado, porque se supone yo era la invitada de su esposo y ella hablaba buen inglés. Así mismo fue, conversamos muchísimos entre las interrupciones de las invitadas que llegaban a saludarla y a entregar los regalos. “¿Tú también lloras cuando tu esposo se va al desierto a trabajar?” Me preguntó Oom Salah. Confieso que me sorprendió su pregunta. “Sí, aun no me acostumbro y tal vez nunca me acostumbraré a sus largas ausencias.” –Contesté- “¿También viven sobre la casa de su familia como mi esposo y yo?”. Preguntó. “Sí, vivimos en el segundo piso de la casa familiar.” “¿Te acostumbras?” Preguntó nuevamente Oom Salah. “Estoy en medio del proceso de adaptación. ¿Tú trabajas?” Le pregunté yo. “Sí, soy tecnóloga en un laboratorio médico.” “¡Qué bien! Al menos tú trabajas.” Comenté sonriendo.

Parece que se había regado lo de la “Ameriquiyah”, porque la mayoría de las mujeres me observaban desde lejos y comentaban, cuando se cruzaban nuestras miradas me sonreían  y una que otra se acercaba e intentaba iniciar conversación, pero el factor idioma en definitivas no ayudó a pasar de un saludo y uno que otro cumplido. Como le digo a mi esposo; sé que no es conmigo, pero estoy segura que es de mí. Llegaron bandejas de té, luego los entremeses en platillos individuales; lo tradicional aquí en Libia es un jugo, un guineo maduro, “Safijas” que son las empanadas árabes, los Kubbeh que son croquetas de trigo, kuftas que son albóndigas de res o cordero y así por el estilo. A mi lado se sentó una prima de Oom Salah que hablaba un poco de inglés y cargaba en brazos un niño con el que surgió una gran afinidad. Inquieto con la madre y tan pronto le pedí autorización para cargarlo el chico y yo nos amigamos de una forma que a la familia de Oom Salah le sorprendió y por momentos parecía avergonzar un poco a la madre que no quería causarme molestias. Ciertamente parecía yo la nana del pequeño. Finalmente llegó el momento de la cena y entraron todas las mujeres de casa, esta vez impecablemente arregladas, cargando inmensas bandejas redondas donde se acomodaba la fuente principal de arroz blanco con nueces, canela y pasas, y los trozos de cordero en salsa coronando el arroz en compañía de las papas y las zanahorias. De acompañantes había berenjena, tomates, papas y pimientos rellenos unos de carne molida de res y otros de picadillo de vegetales, ensalada de lechuga y tomates con aceitunas y pepinos. No faltó el pan, el “Hummus”, ni el “Baba ghanoush”. También ofrecieron “Labneh” y por supuesto los “Mkhelal Lifet”, o sea, los nabos y zanahorias al vinagre. Una bandeja por cada 6 mujeres que en total sumábamos aproximadamente 60, en el piso sobre la alfombra, cucharas en manos demarcando la porción de comida ubicada frente a cada una en la bandeja común. Y si pensaron que esto fue mucho comer les comento que hubo espacio para un café negro cargado, acompañado de bombones de chocolates rellenos y dulces de repostería siria. Comí de todo menos cordero, nunca me ha gustado. Aun así disfruté como todas ellas, que lucían abastecidas, divertidas y continuaban tan parlanchinas como al principio.

Ya serían las 9:00pm cuando recordé que había dejado el celular en la cartera, así que decidí regresar al salón dentro de la casa para verificar si mi esposo me había llamado. Cuando él está en la ciudad es el encargado de buscar a una de sus hermanas al trabajo. Desde que me puse de pies las mujeres de la casa apenas me permitieron dar pasos, preguntándome si necesitaba algo, que si quería ir al baño, en fin, todas muy atentas. Expliqué que necesitaba mi  cartera porque ya era tarde y de seguro mi esposo me había estado llamando. Algunas de las “sisters” me escoltaron en procesión hasta el interior de la casa, me preguntaban si me estaba divirtiendo, si había comido bien, estaban contentas y no encontraban que más hacer para consentirme. Mi celular mostraba cinco llamadas perdidas de mi esposo, tal y como imaginaba la hermana lo llamaba desesperada. De inmediato y aun con mi esposo en la línea, les comuniqué a las chicas que debía irme, cosa que no permitieron porque justo era el momento de la tan esperada ceremonia del Sebou. No fue necesario darle explicaciones a mi esposo, quien había escuchado la algarabía rogando que me quedará un rato más, que no me perdiera la ceremonia.

De vuelta al salón, cartera al hombro y celular en mano, una de las tías traía al pequeño Salah en una canastilla, mientras otras rociaban sal por los alrededores. Se lo entregaron a la madre, quien lo coloco sobre una mesa redonda en el medio del salón, mientras otras mujeres de la familia repartían velas blancas encendidas a todos los presentes incluidos los niños. Seguido entro la abuela del niño, la de la mano ligera, la egipcia, acompañada por una de sus hermanas. Al ser éstas las más ancianas de la familia le correspondió dar inicio a la ceremonia indicando a Oom Salah que debía dar siete vueltas alrededor de su hijo, sin tocarlo. Seguido las ancianas tomaron un mortero de bronce y comenzaron a caminar alrededor del niño haciéndolo sonar fuertemente prácticamente en los oídos del pequeño Salah mientras pronunciaban palabras que simulaban una especie de letanía. A los pocos minutos se acercaron todas las presentes y sosteniendo las velas encendidas comenzaron a rondar al pequeño Salah que había abierto los ojos y lucia medio aturdido. Una mujer que había iniciado el ‘ululeo’ me haló del brazo para integrarme a las rondas, donde mujeres y niños “ululaban”, cantaban y danzaban en honor al pequeño Salah, celebrando el comienzo de su paso por esta vida.

 
 
 
La música lo inundo todo y mi teléfono no paraba de sonar, debía irme, pero mi deseo era el de continuar allí danzando entre mujeres adornadas, alegres y divertidas que representan esa cara femenina del Medio Oriente que nunca cubrirán los medios occidentales porque sólo interesan propagar la imagen de una mujer oprimida, triste y mancillada, que también existe, pero no es una representación justa cuando se trata de imponer como absoluta. Quería quedarme allí entre velas, contoneando el cuerpo al son de ritmos nuevos, escuchando voces en jergas incomprensibles y experimentando el júbilo ancestral y eterno por la vida; ese que indistinto a credos religiosos, razas, nacionalidades o idiomas, se impone en la conciencia del espíritu encarnado y permanece de diversas maneras en todas las sociedades. Esa noche desde que me monté en el auto hasta que cerré los ojos ya en la cama, no paré de hablar. Parecía una niña acabada de llegar de paseo, queriéndole contar todo a sus padres. “Sabía que lo disfrutarías” Dijo mi esposo sonriendo y me escuchó hasta que el sueño lo venció. Es lindo ver como él siempre comparte mis alegrías y hoy escribiendo este relato, reviviendo ese día, sólo puedo sentirme afortunada, bendecida y agradecida.

 

 

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

 

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sábado, 11 de enero de 2014

Entre el hijab y yo...

 

Una seguidora del blog en el ‘Fan Page’ de Facebook me pregunta si cuando viajo a Puerto Rico uso hijab y si mi esposo no se molesta en ocasión de alguna fotografía donde salga con el cabello descubierto. Ésta fue mi contestación:
-          Estás poniendo el dedo en la llaga. Te cuento, lo comencé a usar después de la conversión al Islam, El Sagrado Corán es muy claro en cuanto a cubrirse, pero lo hice en gran medida porque sabía que vendría a vivir a Libia por tiempo indefinido, claro que jamás pensé que Libia fuera tan inflexible en cuanto a vestimenta y otros asuntos que impactan de forma directa la vida y la participación o desarrollo profesional y social de la mujer. La postura de mi esposo siempre ha sido la de no obligarme, darme tiempo y espacio para tomar mis propias decisiones, en cuanto al hijab se mantuvo en esa postura pero siempre me advirtió que en Libia no había oportunidad a elegir, aquí es necesario. Las amigas que hice durante el año que asistí a la mezquita Al-Faruq en Vega Alta, puertorriqueñas conversas al islam, me ayudaron mucho y saben lo difícil que se me hizo el asunto de usar hijab.
 
-          Al llegar a Libia me di cuenta que, como he mencionado otras veces, más allá  del sentido religioso el uso del hijab está enraizado en la tradición cultural, es el código de vestimenta que se toma como decente y apropiado y por cuestión de seguridad, respeto y otras razones, me di cuenta que no era ni asunto, ni lugar para plantar bandera, no llevarlo es como salir desnuda a la calle, así de fuerte. Además ya le ha costado bastante a mi esposo el atreverse a casarse con una extranjera y todas las implicaciones y consecuencias que en muchas ocasiones eso tiene entre familiares, amigos, comunidad y en general. Cuando me fui de vacaciones a Puerto Rico le planteé a mi esposo el asunto de vestir o no vestir hijab, y él como siempre me dijo, “Confío en que eres lo suficientemente sabia como para tomar la mejor decisión.”  Él no viajaría conmigo y quería comprar regalos para mi familia y estando en el Mall le pedí que me comprara hijabs para combinarlos con la ropa que empacaría. Me preguntó si estaba segura y contesté que estaba segura en querer intentarlo. Entonces me dijo, ya sabes cómo es aquí con la cuestión de las fotos, solo te voy a pedir que si te vas a fotografiar uses tu hijab. Así lo hice, aunque hay algunas fotos donde estaba en casa con mi familia y salgo con el cabello descubierto.
 
-          De camino paré cuatro días para conocer la ciudad de Estambul en Turquía y allí solo lo use para entrar a la Mezquita Azul. Me hospedé en un hotel pequeño de empleados todos varones, muy amables y atentos. Eran turcos y sirios muy conversadores y en esos tres días, antes de la despedida, logramos un poco amigarnos, nunca olvidaré cuando la mañana del cuarto día, subí al salón comedor a desayunar vestida con hijab negro y purpura, de primera intención no me conocieron, entonces expliqué que soy puertorriqueña pero que ese día regresaba a casa en Libia donde vivo con mi esposo y su familia que son palestinos y musulmanes. El maletero y el de servicio al cliente tuvieron igual reacción. Para ellos era dos mujeres en una. Bromeando les comento; “el ‘check in’ lo hizo Daritza Rodríguez-Arroyo, el ‘Check out’ lo va a firmar Aziza Abushiera.”  Vaya que se rieron. Mi esposo vio todas las fotos del viaje, las disfrutó y no criticó ninguna, pero hace unos días, la noche de fin de año, ya estando él de vuelta en el desierto y yo preparándome para despedir el 2013 con mi familia en Puerto Rico vía Skype,  me tomé unas fotos con el pelo suelto y me escribió desde el desierto diciendo; “Habibty, ya no estás de vacaciones y en tu Facebook tienes contactos de nuestras amistades y familiares en Libia, recuerda que eres mi esposa y lo que eso significa en esta sociedad.” Las retiré de mi perfil privado de inmediato. Así es la cosa. Para mí, este no es ni el asunto, ni el lugar para plantar bandera. Mira lo que has provocado con tus preguntas… un relato. ¡Shukran por eso!
 
 
 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Tape Vs. Destape



Mi querida amiga Diana Laureano de Puerto Rico, pregunta qué pienso sobre esta foto que muestra de manera gráfica el asunto del tape de la mujer musulmana versus el destape de la mujer occidental. Y yo solo puedo decir que todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande.


Por ejemplo, en Puerto Rico y muchos otros países puede suceder que la mujer que viste con recato y no muestra para nada su cuerpo sea blanco de burlas y rechazo por no responder a la imagen "sexy" y atractiva que la moda, las grandes corporaciones y los medios de comunicación promueven, sobre todo si se trata de una mujer joven. Hasta tus tías te dicen; " ¡Ja! Si yo tuviera tu edad, esas piernas y ese muslaje, no usaría pantalones. ¡A mostrar esos jamones!"


Incluso hay hombres (no todos, antes de que me caigan chinches) que gustan de exhibir el cuerpo de sus novias o esposas para que otros hombres vean ‘la clase de hembra’, 'el mujerón’, ‘la potranca’ que han conquistado y a quien llenos de orgullo llaman, ‘la mujer mía’. Claro que la cosa cambia si se trata de su propia madre, su hermana o su hija (a esas que se vistan sin enseñar). 


Pero, ciertamente  al hombre que gusta de exhibir una mujer 'sexy', con ropa que marque o muestre su cuerpo esto le hace sentir orgulloso y le brinda cierta satisfacción, por otra parte algunas mujeres comparten ese orgullo, muchas de ellas crecieron pensando que de eso se trata ser bonitas, que ser deseada es equivalente a ser amada y que la exposición es sinónimo de valoración.

En estos países árabes-musulmanes sucede todo lo contrario y las razones pueden ser tanto religiosas como culturales. Los padres le inculcan a la mujer desde niña que su cuerpo es valioso, que no todo el mundo es merecedor de poder apreciarlo, que la gente deberá admirarla por su personalidad, sentimientos, inteligencia y capacidades; sobre todo el hombre que la pretenda en matrimonio, pues se interesará por el honor y el prestigio del que goce su familia y por lo tanto del de ella como persona y mujer. 


No todas las mujeres árabes-musulmanas cubren sus rostros, pero la gran mayoría, solteras o casadas se aseguran de evitar que la ropa marque la figura o deje la piel al descubierto. Guardan sus atributos físicos para el hombre que las despose y cuando digo atributos físicos me refiero a cabello, rostro maquillado, todo lo que implique embellecimiento del cuerpo y lo haga atractivo a la vista. 


La gran mayoría de las mujeres con las que he hablado en este país, que además de su cuerpo tapan su rostro y manos me han dicho que lo han hecho por decisión propia, porque es una expresión de respeto a sí mismas, que con ello expresan que son mujeres decentes y sobre todo fieles a ellas, a su esposo y a su religión. También representa un alto para cualquier hombre que se acerque con malas intenciones y a su vez dan buen ejemplo a sus hijas y mujeres jóvenes de la familia (también  están las que lo hacen por requerimiento de sus padres, hermanos y esposos).



Como tema aparte, les cuento que siempre me ha llamado la atención como en películas y en todo tipo de artículos insisten en estereotipar a la mujer árabe-musulmana como una mujer de rostro afligido, pretendiendo propagar la imagen injustamente generalizada de un estado perene de desesperanza y opresión. Antes de vivir en este país miraba las fotos en Internet y decía, "es que de ese lado debe haber mujeres con motivos para sonreír" y efectivamente, ha sido grata la oportunidad de constatar que no me equivocaba. Y con esto no digo que no exista la opresión, el maltrato y la desigualdad de oportunidades hacia el sexo femenino, que si bien se da a nivel mundial por estos lados suele ser mucho más agresivo, pero créanme también hay mujeres que sonríen, que se sienten amadas, respetadas y protegidas por su esposo y todos los varones de su familia; tal y como ordena la religión (aunque personalmente  difiero en algunos puntos), muy al contrario de lo que se puede llegar a ver por tradición.


Retomando el tema de la vestimenta y vinculándolo al comentario anterior les cuento que recién llegada a Libia fui invitada a una boda de alta sociedad, la misma se celebró en un salón muy elegante y como ya saben, las celebraciones se dan con hombres separados de las mujeres, en salones apartes. Todas las mujeres llegamos vestidas de abayas negras y con el cabello cubierto por el hijab, otras llegaban vistiendo niqab, donde todo el cuerpo queda cubierto, incluido los ojos. 


Del recibidor pasaban al tocador donde contaban con todas las facilidades para poder despojarse de los vestidos tradicionales y para mi gran sorpresa, quedar en sus vestidos de fiesta. No pude disimular mi asombro y las observaba a todas con ojos desorbitados y boca abierta, maravillada por completo. En las bodas, que ya he contado que son los eventos sociales más importantes, las mujeres árabes utilizan trajes elegantes y coquetos, muestran sus atributos físicos, llevan peinados hermosos muy elaborados, maquillajes exóticos y ni hablar de la cantidad de joyas de oro y piedras preciosas que ostentan, según su poder adquisitivo claro está, bueno corrijo, del marido. 


Fue un deleite ver a estas mujeres, las mismas que se me cruzan un día cualquiera en el mercado con vestimenta recatada, conservadora y actitud modesta; riendo a carcajadas, exhibiéndose por todo el salón a paso coqueto y en ocasiones contoneando su cuerpo al ritmo de la  música tradicional de las bodas libias; con trajes que fácilmente podrían ser usados para caminar por la alfombra roja, con peinados, piel y maquillaje de diosas mitológicas y como si fuera poco, tacones y joyas que dejarían a la más vanidosa de las occidentales sin aliento y arrancándose los pelos. 


De no ser por la comida, la música y el hecho de que en el salón éramos todas mujeres, les juro que pasaría por una celebración como en cualquier país occidental. Así que me  reafirmo en mi opinión inicial sobre el tape y el destape; todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande. Nada, que si de extremos se trata con el asunto de la vestimenta yo prefiero como dicen los estadounidenses, "a happy medium".


* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

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jueves, 1 de agosto de 2013

Vivirme la vida


Un amigo de Puerto Rico me pregunta que cómo me divierto ahora que vivo en Libia.

Quienes me conocen saben que mi salida favorita siempre fue la típica salida de ‘Cine y Cena’. Bueno aquí en Libia no hay cines y los restaurantes, casas de té (no hay bares o pub’s porque es un país musulmán y el alcohol es ilegal) y cualquier otro lugar de reunión público son solo para hombres. Los restaurantes más costosos advierten que cuentan con un salón familiar, que estará cubierto de cortinas para que ningún hombre de la calle o sentado en el salón principal pueda ver las mujeres de la familia. Las diversiones aquí se dividen entre las de hombres y las permitidas o bien vistas para mujeres. Las mujeres se divierten comprando, siempre van acompañadas de sus esposos y ellos te compran todo lo que necesitas o quieres de acuerdo a su presupuesto; disfrutan comprar de todo, alimentos en el supermercado, vegetales, frutas y artículos para el hogar en los mercados populares, maquillajes, joyería fina (mucho oro), ropa, también van al salón de belleza, a tatuarse diseños con henna e incluso algunas van al gimnasio (exclusivo para mujeres). He visto mujeres solas, pero no es muy común, además ese no es mi caso porque la familia palestina de mi esposo es bastante tradicional.

 La otra diversión es asistir a bodas. Aquí el matrimonio es el evento más importante en la vida de cualquier persona (tanto para mujeres como para hombres) y su familia. Se celebran muchos matrimonios y por todo lo alto. Cuando son familias adineradas son eventos que nunca olvidaras y si son pobres tampoco porque incluso con limitaciones económicas la familia y los vecinos cierran la calle y muchas celebraciones, las más humildes, duran varios días. Siempre las mujeres en un salón y los hombres en otro. Los libios, palestinos y árabes en general disfrutan visitar las casas de sus familiares y amigos; también es todo un acontecimiento con protocolo y todo, y más vale ir con hambre porque en una visita de una hora o dos, se sirve comida y bebida (tipo refrigerios y entremeses) de tres a cuatro veces. Si los lazos familiares son bastante cercanos, por ejemplo visitar a mis cuñadas, después que yo mantenga mi cabello cubierto con mi ‘hijab’ y vista mi ‘abaya’ (vestimenta larga) todos podemos estar en el mismo salón, si la visita es a una familia amiga, pues hombres en un salón de visitas y mujeres en otro, las casas y apartamentos cumplen con estas especificaciones de sala familiar y salón o salones de visitas.
 
En mi caso, salgo cuando mi esposo está en la ciudad, vamos a caminar 2 millas cuatro días a la semana (ves todas las parejas caminando, puede que la mujer que va caminando sola por el área de ejercicios es porque su esposo o algún hombre de la familia la está esperando en el auto estacionado en un área cercana, que sea una mujer soltera o viuda sin familiares cercanos del sexo masculino). Mi esposo y yo también vamos de compra, de visita a casa de sus hermanas y familias amigas y también hacemos turismo interno. Aquí en Libia hay ruinas antiguas de tiempos en que griegos y romanos anduvieron por estos lares, él es geólogo de profesión y yo una aventurera, así que este es un paseo que ambos disfrutamos mucho (Cirene city). También hay valles rodeados de montañas rocosas con cuevas donde antes vivían comunidades enteras y ahora son un espacio para que familias y parejas hagan pasadías (Wadi Al-Kuf). Además la compañía de mi esposo ya de por si es una diversión, nosotros conversamos mucho, gracias a Dios a pesar de nuestras diferencias culturales, de pensar y ver el mundo y la vida con cabeza y ojos diferentes, somos muy afines. Tenemos conversaciones interesantes que yo disfruto muchísimo y además nos reímos en cantidad, de nosotros mismos, de las cosas que nos pasan, nos reímos de todo lo que podamos reírnos y esto es algo que ambos apreciamos. Y bueno, cuando mi esposo se va por un mes a trabajar en el desierto, como ahora, pues no salgo, él compra todo lo necesario para que su familia en el primer piso no tenga que salir y a mí me deja también abastecida de todo lo que se pueda necesitar durante un mes, en caso de emergencia se llama a los esposos de las cuñadas casadas que viven cerca. Así paso un mes en la casa, escribiendo mi blog, volví  a escribir columnas de opinión para distintos medios, atendiendo mi tienda ‘online’ de túnicas y pashminas indias, hablo con mi familia por Skype todos los días y en el Facebook me mantengo en contacto y al día con mi otro mundo, ustedes. También tengo un TV con dos satélites conectados para ver canales de casi todo el mundo. Estoy disfrutando y aprendiendo mucho de esta experiencia, digamos que mi diversión favorita en cualquier parte del mundo, es vivirme la vida.
 
 
* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
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