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sábado, 14 de septiembre de 2013

Tape Vs. Destape



Mi querida amiga Diana Laureano de Puerto Rico, pregunta qué pienso sobre esta foto que muestra de manera gráfica el asunto del tape de la mujer musulmana versus el destape de la mujer occidental. Y yo solo puedo decir que todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande.


Por ejemplo, en Puerto Rico y muchos otros países puede suceder que la mujer que viste con recato y no muestra para nada su cuerpo sea blanco de burlas y rechazo por no responder a la imagen "sexy" y atractiva que la moda, las grandes corporaciones y los medios de comunicación promueven, sobre todo si se trata de una mujer joven. Hasta tus tías te dicen; " ¡Ja! Si yo tuviera tu edad, esas piernas y ese muslaje, no usaría pantalones. ¡A mostrar esos jamones!"


Incluso hay hombres (no todos, antes de que me caigan chinches) que gustan de exhibir el cuerpo de sus novias o esposas para que otros hombres vean ‘la clase de hembra’, 'el mujerón’, ‘la potranca’ que han conquistado y a quien llenos de orgullo llaman, ‘la mujer mía’. Claro que la cosa cambia si se trata de su propia madre, su hermana o su hija (a esas que se vistan sin enseñar). 


Pero, ciertamente  al hombre que gusta de exhibir una mujer 'sexy', con ropa que marque o muestre su cuerpo esto le hace sentir orgulloso y le brinda cierta satisfacción, por otra parte algunas mujeres comparten ese orgullo, muchas de ellas crecieron pensando que de eso se trata ser bonitas, que ser deseada es equivalente a ser amada y que la exposición es sinónimo de valoración.

En estos países árabes-musulmanes sucede todo lo contrario y las razones pueden ser tanto religiosas como culturales. Los padres le inculcan a la mujer desde niña que su cuerpo es valioso, que no todo el mundo es merecedor de poder apreciarlo, que la gente deberá admirarla por su personalidad, sentimientos, inteligencia y capacidades; sobre todo el hombre que la pretenda en matrimonio, pues se interesará por el honor y el prestigio del que goce su familia y por lo tanto del de ella como persona y mujer. 


No todas las mujeres árabes-musulmanas cubren sus rostros, pero la gran mayoría, solteras o casadas se aseguran de evitar que la ropa marque la figura o deje la piel al descubierto. Guardan sus atributos físicos para el hombre que las despose y cuando digo atributos físicos me refiero a cabello, rostro maquillado, todo lo que implique embellecimiento del cuerpo y lo haga atractivo a la vista. 


La gran mayoría de las mujeres con las que he hablado en este país, que además de su cuerpo tapan su rostro y manos me han dicho que lo han hecho por decisión propia, porque es una expresión de respeto a sí mismas, que con ello expresan que son mujeres decentes y sobre todo fieles a ellas, a su esposo y a su religión. También representa un alto para cualquier hombre que se acerque con malas intenciones y a su vez dan buen ejemplo a sus hijas y mujeres jóvenes de la familia (también  están las que lo hacen por requerimiento de sus padres, hermanos y esposos).



Como tema aparte, les cuento que siempre me ha llamado la atención como en películas y en todo tipo de artículos insisten en estereotipar a la mujer árabe-musulmana como una mujer de rostro afligido, pretendiendo propagar la imagen injustamente generalizada de un estado perene de desesperanza y opresión. Antes de vivir en este país miraba las fotos en Internet y decía, "es que de ese lado debe haber mujeres con motivos para sonreír" y efectivamente, ha sido grata la oportunidad de constatar que no me equivocaba. Y con esto no digo que no exista la opresión, el maltrato y la desigualdad de oportunidades hacia el sexo femenino, que si bien se da a nivel mundial por estos lados suele ser mucho más agresivo, pero créanme también hay mujeres que sonríen, que se sienten amadas, respetadas y protegidas por su esposo y todos los varones de su familia; tal y como ordena la religión (aunque personalmente  difiero en algunos puntos), muy al contrario de lo que se puede llegar a ver por tradición.


Retomando el tema de la vestimenta y vinculándolo al comentario anterior les cuento que recién llegada a Libia fui invitada a una boda de alta sociedad, la misma se celebró en un salón muy elegante y como ya saben, las celebraciones se dan con hombres separados de las mujeres, en salones apartes. Todas las mujeres llegamos vestidas de abayas negras y con el cabello cubierto por el hijab, otras llegaban vistiendo niqab, donde todo el cuerpo queda cubierto, incluido los ojos. 


Del recibidor pasaban al tocador donde contaban con todas las facilidades para poder despojarse de los vestidos tradicionales y para mi gran sorpresa, quedar en sus vestidos de fiesta. No pude disimular mi asombro y las observaba a todas con ojos desorbitados y boca abierta, maravillada por completo. En las bodas, que ya he contado que son los eventos sociales más importantes, las mujeres árabes utilizan trajes elegantes y coquetos, muestran sus atributos físicos, llevan peinados hermosos muy elaborados, maquillajes exóticos y ni hablar de la cantidad de joyas de oro y piedras preciosas que ostentan, según su poder adquisitivo claro está, bueno corrijo, del marido. 


Fue un deleite ver a estas mujeres, las mismas que se me cruzan un día cualquiera en el mercado con vestimenta recatada, conservadora y actitud modesta; riendo a carcajadas, exhibiéndose por todo el salón a paso coqueto y en ocasiones contoneando su cuerpo al ritmo de la  música tradicional de las bodas libias; con trajes que fácilmente podrían ser usados para caminar por la alfombra roja, con peinados, piel y maquillaje de diosas mitológicas y como si fuera poco, tacones y joyas que dejarían a la más vanidosa de las occidentales sin aliento y arrancándose los pelos. 


De no ser por la comida, la música y el hecho de que en el salón éramos todas mujeres, les juro que pasaría por una celebración como en cualquier país occidental. Así que me  reafirmo en mi opinión inicial sobre el tape y el destape; todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande. Nada, que si de extremos se trata con el asunto de la vestimenta yo prefiero como dicen los estadounidenses, "a happy medium".


* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

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miércoles, 15 de mayo de 2013

Las Munacabát: El primer encuentro

Foto tomada de: http://www.islamswomen.com/



Audio relato: Las Munacabat: http://www.goear.com/listen/d604c9b/las-munacabat-primer-encuentro-daritza-rodriguez-arroyo

He visto tres, no son muchas porque aquí no son tan comunes como en Arabia Saudita, pero las he visto y las he tenido muy cerca, tan cerca como para lograr atisbar el sutil parpadeo de sus ojos a través de la traslucida tela que los cubre. La primera se me apareció en el aeropuerto de Estambul, lo hizo cuando menos la esperaba, aunque siendo sincera debo admitir que hacía tiempo que no pensaba en ellas, las había olvidado. 

Me encontraba agotadísima tras aproximadamente 21 horas entre aeropuertos, vuelos y trasbordos, no había logrado dormir bien y la emoción de finalmente encontrarme con mi esposo tras 17 meses de espera comenzaba a apoderarse de mí. ¿Qué digo de mí? De todos mis sentidos. Una vez logré ubicar la puerta de abordaje hacia Bengasi, recordé que era mi última oportunidad para refrescarme, maquillar mi cara en un intento por lucir fresca y radiante, y tal y como me pidió mi esposo, cubrirme. Cuando le planteé sobre mi decisión de viajar sin el ‘hijab’ hasta llegar a Bengasi, fue muy enfático en que debía usarlo desde el aeropuerto de Estambul. La intención era tratar de pasar desapercibida, algo que entendíamos posible gracias a mis facciones latinas con -según él- trasuntos arábicos. Debía evitar ser reconocida como una mujer extranjera que viajaba sola a Libia, sobre todo ante la mirada de los hombres. 


Cuando salí del tocador, ya con el rol de mujer y esposa musulmana asumido desde mi vestimenta, me percaté que la sala de espera se encontraba desolada, a través de los cristales vi que  los últimos pasajeros estaban prestos a abordar el autobús que atravesaría la pista para trasladarnos hasta nuestro avión. Bolso en mano aligeré el paso mientras mostraba mi pase de abordaje e intentaba asegurarme que mi cabello, el cuello y el pecho estuviesen apropiadamente cubiertos. 

El autobús estaba repleto, ya no quedaban asientos disponibles, apenas conseguí ubicarme de pies frente a la puerta, cerca de uno de los postes metálicos donde pude sujetarme mientras aseguraba mi bolso y apretaba una maleta pequeña entre las piernas. Se cerró la puerta y confieso que estaba un poco ansiosa, por primera vez en todo el viaje. ¡Era todo tan diferente! 

Estábamos todos tan apretados los unos con los otros, que podíamos oler tanto nuestro sudor como el aliento. Observé a mí alrededor, eran todos hombres, a excepción de dos mujeres que viajaban en compañía de sus esposos; no sé si eran ideas mías pero me pareció que todos me miraban, incluidas ellas. Entonces una de ellas sonrió y yo contesté con otra sonrisa, la mujer le susurró algo a su esposo y él me miró sin expresión alguna. En ese punto ya no sabía si ellos me miraban a mí porque yo los miraba a ellos, o si simplemente todos nos mirábamos porque teníamos ojos y estábamos a bordo del mismo autobús sin nada más que hacer.
Justo cuando pensaba que iniciaríamos marcha, porque ya todos nos habíamos escudriñado con la vista, alguien gritó desde afuera y yo supuse que se trataba de algún pasajero de último momento. Pensé que sería un hombre más, de seguro uno con barba espesa, rostro siempre serio y su ‘taqiyah’ bien puesto. Fue cuando se abrió la puerta y entonces apareció ella, así de manera tan impensada, apareció ante mis ojos toda negra, oscura y contradictoriamente iluminada. Su imagen provocó que desaparecieran todos a nuestro alrededor, en ese instante era sólo ella que venía hacia mí elevada, desplazándose en el aire. Sí, como una aparición mística. ¿Por qué no? 

El viento agitaba todas sus capas, sus paños, su velo pero era imposible verla a pesar de que era igualmente imposible dejar de mirarla. Las había visto en Internet, en documentales, en películas, y en la televisión cuando pasaban noticias de algún país islámico, pero como dije, las había olvidado. Quedé eclipsada, totalmente fascinada. Para cuando me vine a dar cuenta ya había sucedido, se me había aparecido la primera de las Munacabát y ahora que el autobús por fin arrancaba y todos nos tambaleábamos de un lado para otro la tenía muy cerca, tanto que alcancé a verle sus pestañas revoloteando como vívidas alas de mariposa dentro de la oscura malla.

 
Ya no era tan grande, ni tan luminosa, debía tener aproximadamente un poco más de cinco pies de altura y a pesar de todas esas telas se distinguía la silueta de una mujer delgada y delicada. ¡Un niño! ¿De dónde había salido el niño? Era apenas un bebé, como mucho debía tener unos cuatro meses de nacido. Ella lo traía en brazos pero mi embeleso había sido tal que no lo había visto. Tampoco había visto al padre del niño que para no decepcionar tenía una barba espesa y cara seria. Cuando descubrí su mirada fija sobre mí, me asusté, sentí como si me hubiesen descubierto husmeando en casa ajena. Mi primera reacción fue mirar para otro lado, ahora eran mis ojos los que movían sus alas buscando desesperadamente posarse en otro lugar. Para cuando mis ojos intentaron un regreso tímido, ya el chacal estaba frente a mí, con su mirada roja, encandilada, como quien ha descubierto una presa en medio del desierto. 

El chacal sostuvo la mirada como para que no quedase duda alguna, mirada que incomodaba, que trasgredía, que en sí misma era un acto. Y mi segunda reacción fue mirarla a ella, que aunque no parecía seguía estando allí, de cuerpo presente. Para mi sorpresa ella tenía su cabeza vuelta hacia él, al parecer lo miraba, sabía que era un depredador, creo que también me miró a mí y bajo su cabeza como acostumbrada y una vez más resignada. Se encendieron unas bocinas, transmitieron un mensaje en turco y luego en árabe, las personas comenzaron a moverse a afirmar sus bolsos en las manos y el padre del niño continuaba mirando, en un movimiento brusco tomó a la mujer de la mano, la afirmo lo más posible contra él y sin dejar de mirarme se preparaba a bajar del autobús. 

Cuando finalmente la máquina se detuvo y abrió sus puertas, el padre del niño me sonrió cínicamente y bajó antes que todos del atestado autobús. Caminamos en grupo hasta las escaleras del avión, yo lo hacía mucho más lento, para no alcanzarlos, para no coincidir; el padre del niño llevaba consigo los bolsos y al chacal, la madre cargaba al niño y todo su misterio. 

Yo, observaba como se alejaban y la figura envuelta en paños negros tomó forma de cometa; se impulsaba y volaba hasta que la imagen de los tres se disipó  entre el fuerte viento, entre los idiomas que yo no entendía y la presencia de aquella gran ave hueca que me llevaría surcando los aires del Mediterráneo hasta la costa noreste de África, hasta los brazos de mi amado. 

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
 
 

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