jueves, 13 de febrero de 2020

Si hay que esperar, esperemos en Granada.




Ya habían transcurrido dos semanas y permaneciamos en Becerril de La Sierra sin tener noticias de los trámites para poder entrar a Libia. Hacía tiempo que se habían enviado todos los documentos a las autoridades pertinentes y aunque mi esposo intentaba disimular su ansiedad, se le notaba devorado por la incertidumbre.

Agraciadamente Madrid es una ciudad que no aburre y el poder transportarse tan rápidamente a lugares tan emblemáticos como Segovia y Toledo, la hacen aún más conveniente. Estás en el centro o en cualquier barrio nuevo de Madrid y en un paseo llegas a una de estas ciudades o pueblitos que te transportan al pasado.
Pero aún así el tiempo se hizo mucho y de Libia no contestaban. 

Estábamos tan cerca y tan lejos del retorno a la familia, de cumplir nuestra promesa, de intercambiar esos abrazos capaces de pegar corazones que se han partido en dos y de que con las lágrimas echadas a correr o contenidas durante cinco años, florecieran sonrisas y volviesemos, todos, a mirar la vida -aunque fuese por varios meses- sin resentimientos, sin reparos, porque ha válido el tiempo, la distancia, la pena y la esperanza que sostiene y alimenta.

La vida late por sí misma, pero nos cuesta comprenderlo y aunque lo hiciéramos, igual nos encapricharíamos en que fuesen los latidos de nuestro corazón los que marquen cada paso. Había que moverse.

Llamé a Diana, que un tiempo atrás nos había invitado a conocer Granada, una ciudad única en Andalucía, ciudad de ensueño donde tiene la dicha de vivir ya hace varios años. Ella leía Los relatos de Aziza, creo desde mi llegada a Libia y en ocasión de un viaje a su natal Puerto Rico, nos juntamos en uno de mis restaurantes y puntos de encuentro favoritos, el café griego del amigo Theodoros Ladias, en la calle Loiza, en Santurce.

España siempre había encabezado la lista de países a visitar y mi mayor interés era justo Andalucía; se lo dije. Aceptamos su invitación de inmediato y con intención de a corto plazo. Además ya saben, pisar España y dar con el hermano desaparecido era el mayor pendiente de Hani desde su salida de Libia. Junto a algún día regresar a Libia, volver a España y buscar a su hermano era una de las dos promesas echas a sus padres, palestinos radicados en Libia.

Compramos los billetes de autobús, serían 4 horas con una parada de 30 minutos. Dejamos la Sierra de Guadarrama en taxi muy temprano en la mañana, la hora pico en Madrid. En Google Map dimos con un "trastero" (espacios de almacenaje para alquiler) al que le pedimos al taxista que nos acercara y allí dejamos varias de las siete maletas llenas de regalos para su familia, que mi marido estuvo juntando todo este tiempo. Era el primer día de trabajo como taxista y no sé si por ser de la sierra, pero ese taxista fue uno de los pocos madrileños que realmente nos ofreció un trato amable. Al punto, de despedirnos con un abrazo al dejarnos en la estación, después de varias vicisitudes, por las cuales demoró más y no quiso cobrar extra.

Estábamos cansados, algo aturdidos, pero aliviados de andar con sólo dos maletas en lugar de siete. Faltaba bastante para abordar, así que nos acomodamos a contemplar en HD a través de los cristales de Estación Sur , la Avenida de América.
Allí estuvimos un buen rato, conversando de todo lo que nos había pasado. Le pregunté a Hani sobre lo último que conversó con su hermano. Lo noté triste, contrariado, no contestó. Respeté su silencio, él decidió caminar. 

Entonces, llegó esta joven de vestimenta propiamente islámica, que traía un coche y en él a una bebé hermosa. Era Palestina, radicada en Granada, de esposo sirio; a quien esperaba porque viajarían en autobús hasta el aeropuerto de Barajas con Turquía como destino turístico.
Así que yo le hablé de lo mágica que es Estambul y ella, me contó lo encantadora que es Granada. "Te vas a enamorar de sólo verla", dijo. Ya luego llegó su esposo, por lo que tertuliamos a lo árabe, hombres a un lado y mujeres a otro.

Fue un viaje largo, algo incómodo el autobús, pero de haber ido en avión nos hubiésemos perdido los millones de olivos que pueblan la ruta que lleva a Granada y ni hablar de cómo los cortijos andaluces la engalanan.

Sería un poco más de las 10:00 p.m. cuando entramos a la ciudad. Y mejor momento no pudo ser. Granada estaba tan linda y pintoresca, tan contenta, de tarasca y feria. Eran las fiestas del Corpus Christi, quizás la celebración más grande en Granada, a la que definitivamente luego, habra que dedicarle tiempo aparte.

La gente caminaba en pareja o en grupos,   muchos de ellos vestidos al estilo flamenco y según nos acercabamos al centro se crecían las guirnaldas de luces, los farolillos y nuestro encantamiento. No, no es mentira ni alarde, de Granada te enamoras a primera vista; y doy fe de ello.

Nos bajamos del taxi donde Diana nos había dicho que le marcaramos, porque tan pronto llegasemos a Plaza Del Carmen, según ella, ya estaríamos a sólo pasos de de su piso.

"¡Ay que linda está la plaza!", exclamé tan pronto cruzamos, y ya estando en ella, giramos sobre nuestros ejes para poder admirar tal preciosura a 360 grados. Al volver al mismo punto donde estábamos reconocí a nuestra anfitriona; "¡Diana!"
Nos abrazamos y después de explicarnos un poco sobre el Corpus Christi nos adentramos a una de las calles más sabrosas del centro de Granada, porque es que nuestra amiga vive, nada más y nada menos, que en un piso de la calle Navas.

Si hay que esperar, esperemos en Granada.

Continuará...

domingo, 12 de enero de 2020

Becerril de La Sierra, al fresco.



Ese día habíamos decidido pasar la tarde en el pueblo. Mi cuñado, se había ido a trabajar y nos venía bien levantarnos tarde, bajar a pies desde la montaña y ser parte del pálpito del corazón de Becerril de La Sierra.

No recuerdo la hora exacta, gran inconveniente en España por los horarios de las comidas, pero recuerdo haber emprendido camino en actitud relajada, sin ajoros, ni pendientes, de paseo.

Desde San Carlos, si pudiésemos ver el panorama desde una toma aérea, veríamos una maraña de callejuelas interconectadas que para el visitante, a diferencia del ojo lugareño, abruma. Y no fue la primera vez que bajamos al pueblo a pies, ya conocíamos la sensación de estar dentro de un laberinto, sin extrañar tener que retornar a lo que lucía como la ruta principal o darnos cuenta que tras mucho caminar, entre subir y bajar, habíamos llegado al mismo sitio.

Don Hani con el andar y desandar no tiene problemas, además lo hace a prisa. Yo no, son varias mis condiciones de salud relacionadas a los pies y las piernas que me impiden caminar como una gacela. ¡Ya quisiera

Así que antes de decir que en la cultura árabe la mujer es "condenada" a siempre caminar detrás del hombre en franca declaración de menosprecio y que por eso don Hani va adelante y Aziza detrás; recuerde el dato que acabo de compartir. Algunas veces me toma del brazo y me ayuda, si ve que realmente lo necesito, otras no; sobre todo si soy quien le pide que siga adelante, que lo alcanzo o que yo me adelanto porque en lo que llego, a él le da para ir y volver varias veces.

En esa ocasión nos sirvió de mucho fijarnos en las casas, recordar una estructura que nos llamase mucho la atención era una señal, una marca en el camino, especialmente si la misma hacía esquina.
Según vas bajando se va perdiendo de vista el horizonte -que si la memoria no me falla- se avista un gran valle enmarcado en hileras de montañas, pero yo, de pupilas caribeñas, miraba siempre por encima, con los pies en puntas, esperando poder divisar a lo más lejos algún pedazo de mar. Nunca antes, hasta hoy que escribo este relato a seis meses de nuestro regreso, se me había ocurrido preguntarle a don Hani si en esos momentos sus pupilas esperaban atisbar las dunas de arena de su desierto.

Llegamos a la ruta principal (M-623), donde están las paradas de autobuses, de allí caminamos hasta la entrada del pueblo, donde ubica la fuente de agua, el nombre en letras grandes y su escudo en un mosaico de azulejos que da la bienvenida. De ida o de regreso, el lugar, siempre es punto de descanso.

Para , se camina bastante, pero aún estando en los meses entre junio y julio, con las olas de calor atacando gran parte de España, en la Sierra de Guadarrama se está a gusto y se disfruta "al fresco".

La otra sentada se da en pleno Paseo de San Sebastián, entre el hotel Las Gaselas (donde aprovechaba a usar el baño) y el Colegio Público Juan Ramón Jiménez. A lo largo de todo el Paseo hay un jardín con bancos y también acomoda un área para juegos donde los niños de la urbanización pasan las tardes.

En ese Paseo nos sentamos recién llegados, a degustar un bocata improvisado por el hambre que nos atacó estando cansados, cargando las bolsas con todo lo comprado en el supermercado Maxi. Se nos olvidó que había que subir hasta San Carlos sin auto, y queriendo probar de todo, de todo compramos.

Allí mismo cortamos transversalmente el baguette y lo rellenamos de jamón de pechuga de pavo y del único queso español que encontramos confeccionado con leche vacuna. Es que en España los quesos de cabra y oveja abundan.

¡Ya sé! "¿En España y comiendo jamón de pavo?" Bueno, don Hani es musulmán no importa las latitudes y longitudes, y aunque yo soy amante del buen queso, me repugna el sabor y olor de la carne, la leche y por tanto, los quesos de cabras y ovejas. Tampoco hubo vino en nuestro pícnic, porque mi marido no consume alcohol, aunque en el viaje yo sí probé los deliciosos tintos de verano. ¡No faltaba más! Pero yo feliz, que en España también la variedad de jugos y refrescos sin azúcar es para no quejarse.

Lo pasamos lindo ese día; comíamos nuestro bocata al aire libre, sin pensar en el tiempo, disfrutando de un lugar de vistas, rostros, sonidos y olores diferentes. Así como cuando ante el ajetreo constante, en medio de las presiones cotidianas, a uno le entran ganas de desaparecer, irse muy lejos, a donde nadie lo conozca, desconectarse; a respirar otro aire. ¿A quién no le ha pasado?

A ambos lados del Paseo hay residencias, unas en las que se persive la vida cotidiana, otras a las que se les nota esa dejadez física propia de los resintos de actividad temporal. No recuerdo si les he comentado antes, que soy de imaginar o inventar vidas (historias) a personas desconocidas que llaman mi atención, pero también a casas abandonadas, más aún si son antiguas o a cualquier lugar que me inspire; pues el escenario era ideal para ello, además del buen pan y el buen queso. ¿Qué más se puede pedir?

Esa vez no nos detuvimos, no había un bocata de por medio y queríamos llegar a unos bares y restaurantes ubicados cerca del ayuntamiento. Ése día Don Hani me llevaba del brazo, caminaba a mi ritmo y ahora que escribiendo lo recuerdo, me he puesto sentimental. No somos perfectos, pero nos queremos mucho. ¡Tantos escenarios juntos! Agradezco a Dios porque "Habibi" apareció en mi vida cuando más sola me sentía. ¡Somos tan diferentes! Y aún así, ya vamos para 9 años tomados de la mano. ¡Compañeros! Entre tantas cosas!

Era domingo, y ya saben, los lugares, especialmente los pueblos vibran diferentes en los días de asueto; hasta las personas. Así que no dimos con el tropel de niños saliendo del colegio ni con el grupo de madres que van comentando la faena diaria a toda prisa antes de que toquen la campana. De éstas, siempre me llamaron la atención las musulmanas, según mi cuñado, en su mayoría marroquíes. Un grupo puede que fuera muy callado, en absoluto silencio, pero el otro ya desde calle arriba o calle abajo venía muy alborotado, conversando en voz alta, contando algo de forma enérgica como si al compartirlo lo revivieran o estuviesen peleando (muy de árabes) y en el mejor de los casos; riendo con muchas ganas. Me gustaba encontrarmelas, pero ese día no fue el caso.

Cambiamos de acera justo frente a la Pastelería DomCa, buen lugar para desayunar, de hecho, allí desayunamos con mi cuñado recién llegados a Becerril de La Sierra desde el aeropuerto. Allí también perdí mi cardigan color turquesa y no me lo voy a callar; allí trabaja la mesera más antipática de todo Becerril, tan ruda como los "muchos, casi todos" meseros de Madrid Capital.

Ése día hasta la frutería de Aysar estaba cerrada; la mejor fruta y los mejores vegetales de Becerril, es lo que se dice. Antes, en ocasión del encuentro cercano del segundo tipo con la mesera malcriada de DomCa, mi cuñado nos había recomendado la frutería de los marroquíes; "cuando vengas, dile que eres el hermano del palestino", le dijo a don Hani. Cosa que olvidamos por completo y ya era tarde porque como dije, en Maxi habíamos comprado todo. Pero, fue culpa de aquella invención maravillosa que ostentan antes de pasar a la caja registradora. Una máquina donde prensas las naranjas dulces (chinas) y sellas tú mismo el litro de zumo (jugo natural) que te llevas a casa. ¡Claro! Esa máquina nos apantalló y nos olvidamos de Aysar.

Sinceramente no recuerdo si el caballero que nos atendió cuando pasamos a saludar era el dueño de la frutería o el empleado, pero no olvido su rostro, su esencia; fue una conversación muy parecida a la que sostuvimos con la mesera venezolana en el Centro Comercial Parquesur en Leganés. ¿Se acuerdan?  Palabras que tocan hasta las lágrimas y marcan. El marroquí a punto de llanto decía; "ya no soy de allá ni de acá, pero en mi corazón partido soy de ambos lados". ¡Benditos sean los inmigrantes!

Hacía hambre y ya casi llegábamos a los restaurantes, aligeramos el paso hasta entrar por la calle Alfonso XII y darnos cuentas que los restaurantes estaban cerrados y los bares se limitaban a las bebidas sin siquiera unas tapas. ¡Se los dije! En España hay que andar tomando en cuenta los horarios de comida. Bueno, nos faltaban 2 horas para poder cenar así que allí nos quedamos sentados al fresco, tomando zumos y refrescos haciendo tiempo.

Estábamos sentados de frente al Ayuntamiento y la Plaza de La Constitución. Las familias llegaban con sus niños, los adultos bebían, algunos fumaban y conversaban tan a gusto, mientras los niños jugaban fútbol, corrían o simplemente se paseaban en grupos. Estaba el ambiente muy relajado.

Observamos como jóvenes musulmanas caminaban muy ataviadas de ropa muy elegante. Según pasaban por nuestra mesa se dirigían a uno de los restaurantes. Nos dio la impresión de que en alguno de ellos, quizás con salon de actividades se celebraba alguna fiesta de compromiso. ¡Qué telas! ¡Qué maquillajes! Siempre admiro la elegancia característica en muchas de las mujeres árabes sean cristianas, judías o musulmanas.

Del otro lado teníamos un grupo que aparentaba estar de visita en Becerril, desconozco si de fin de semana visitando familiares o vacasionando para luego regresarse a Madrid.

Muy cerquita, dos hombres árabes conversaban y uno le ordenaba un zumo de naranja a su hija; ellos tomaron té. La niña me observaba y yo le sonreía sin atreverme a hablar.

Olvidé contarles del mesero, un joven simpaticon que lo primero que hizo fue preguntarme de dónde éramos, él contentísimo de atender viajeros de lugares tan lejanos. Entre vuelta y vuelta se detenía a conversar, pero siempre pendiente al jefe por aquello de evitar problemas. Llegó la esposa, una mexicana chulísima criada en Texas, de inmediato la trajo a nuestra mesa para presentarla y que habláramos. ¡Qué pintoresca la estampa y éramos parte de ella!

Faltando unos 40 minutos para la hora de la cena nos animamos a explorar el resto del pueblito y cruzando de una acera a la otra escuchábamos como marchaba la vida entre las casas y los apartamentos más humildes, los que en nada tenían que ver con las residencias de San Carlos o las del Paseo de San Sebastián. Se escuchaban fragmentos de conversaciónes cotidianas, los ruidos de las cocinas con sus trastes y el afán de quienes preparan la cena, una canción romántica se escapaba por alguna ventana de las casas que ubican en un pequeño cerro urbano y lo que nunca falta, el noticiero.

La ruta que tomamos nos llevo a bordear la Parroquia de San Andres y llegando al frente pudimos observar como el sacerdote despedía a los feligreses de cada domingo, su familia. ¡Qué de señoras elegantes! En un momento nos confundimos con el grupo que intentaba cruzar la calle y al tropezar de miradas todos sonreían.

Nos sentamos un ratito en la Plaza de Bellas Vistas, donde irónicamente no te sientes del todo seguro y no hay mucho que ver porque a diferencia de la calle principal, en esa zona, la estética aparentemente no es lo primordial.

Diez minutos para la cena, hora de regresar al restaurante e ir pidiendo el menú. Quedaba una mesa libre y el mesero nos acomodó de inmediato.

Nos leyó lo que había disponible y ordenamos de todo, como si con ello desquitasemos las dos horas de espera.
Que si la ensaladilla, que si las patatas (papas) bravas, que el filete bien cocido con más patatas de acompañante, el café y el postre. Comimos tantas patatas que al recibir el postre tenía miedo que llegasen confitadas. ¡Me muero!

Terminó de caer la noche, ya no quedaban casi niños en la plaza. Hacía frío en la sierra y la ventisca nos indicó que era hora de pedir la cuenta y emprender rumbo hasta San Carlos. Caminamos tomados de la mano y cuando el frío apretó ya ascendiendo, caminamos abracetados. Fue el mejor día en Becerril de La Sierra, un pueblo chico en la Sierra de Guadarrama a unos aproximados 50 minutos del Centro de Madrid; para algunos lugar para vacacionar y tomarse un respiro de la ciudad, para otros es donde hacen su vida, donde han encontrado un lugar al que llaman hogar. Para nosotros un punto de encuentro, de reconectar, de cerrar ciclos y aunque no pensaba hablar de ello, allí esperábamos con toda la esperanza del mundo la autorización para regresar a Libia, el permiso de entrada.

Continúara...






miércoles, 14 de agosto de 2019

Una, dos y tres ventanas cerradas


Era día de seguir conociendo, pero evitando el tráfico y el tumulto del área metropolitana de Madrid, así que rondando las 2:30 p.m., hora de la comida según la costumbre española, nos aventuramos a llegar hasta El Escorial. 

De inmediato se nos aclaró que lo que para unos son dos pueblos vecinos, El Escorial y San Lorenzo de El Escorial, para otros simplemente es El Escorial arriba y El Escorial abajo.

Así que a poco más de 29 millas de Madrid capital, justo en las laderas madrileñas del Monte Abantos en la Sierra de Guadarrama, se encuentra el pintoresco pueblo de San Lorenzo de El Escorial y su vecino El Escorial abajo.

Abajo ubica el complejo de El Monasterio Real de San Lorenzo de El Escorial que fue construido entre los años 1563 y 1584 por el rey Felipe II (el prudente). Además de monasterio el complejo cuenta con un Palacio real una basílica, un panteón, una biblioteca, jardines y un colegio. El mismo es Patrimonio de la Humanidad y un punto de interés turístico de los más visitados en toda España.

Mientras que arriba, el casco urbano de San Lorenzo de El Escorial, que es una belleza, ubica a unos 3280.84 pies de altura, desde donde se contempla en todo su esplendor el Monasterio Real.

Desde abajo, desde el atrio delantero del Monasterio, San Lorenzo se ve bonito. Hay unas escalinatas que invitan a dejar el auto cerca del parque Adolfo Suárez (después de detenerse en el paseo a admirar el Jardín de los Frailes, por supuesto) y subir a pies. La subida te da una sensación de conquista y victoria, sensación curiosa viniendo de una caribeña en suelo español, pero fuera de asuntos históricos y políticos,  supongo que esa sensación de subir y llegar, es algo que los alpinistas pondrían explicar mejor.

Si la memoria no me falla, se cruza la Calle Florida Blanca y se llega a dos plazas ubicadas en distintos niveles, de la Plaza Jacinto Benavente entre escaleras y fuentes, se llega a la Plaza San Lorenzo que te recibe llenita de árboles y gente, de bancos, mesas y sombrillas. Que te abraza con el aroma de las pastelerías y confiterías adyacentes y te envuelve con un repertorio de sonidos e imagenes que a cada paso te proponen vida.

Habían grupos de amigos y familias enteras que han subido hasta el pueblo a comer, porque hay que ver cómo los españoles disfrutan sus comidas, yo diría que se lo toman muy en serio, no se las saltan y si es fin de semana, las celebran; parejas de enamorados que toman  cerveza o un tinto de verano mientras se comen con la vista y se acarician; las amigas que se ponen al día porque han quedado después de una semana de largas jornadas de trabajo, los niños que corren, juegan y ríen mientras comparten golosinas. Y claro los turistas, tomando fotos, queriendo documentarlo todo para luego recordar, que según se crece se hace tan necesario.

Creo que me detuve en medio de la placita San Lorenzo, debí girar en mi propio eje un par de veces comiéndome todo con la vista, asimilando imágenes, sonidos y olores; procesandolo todo, almacenandolo, haciéndolo mío. Era tan bonito, por un momento pensé que me había metido en una estampa. ¿Será real este momento? Me preguntaba. Era una explosión de vida que acontecía a mi alrededor y yo era parte de esa corriente de energía. Mis sentidos se agudizaron y los colores fueron más intensos, al igual los sonidos, destacándose el correr del agua en las fuentes, las risas de los niños, la música de los bares cercanos y el contacto entre platillos y cubiertos desde las mesas al fresco.

Dejé de girar cuando la vi a ella en la ventana de un segundo piso. Tendría unos 75 años, tal vez un poco menos. Observa la plaza desde arriba, contemplaba la estampa de la cual yo era parte desde su palco, pero sin emoción alguna. Era pues una representación a la cual ella acudía todos los fines de semanas y posiblemente a diario; mientras que yo estaba allí por única vez en la vida. ¿Quién sabe? Para mí era todo una maravilla, incluso ella que apareció de repente deteniendome por completo, atrapandome. Pero ella permanecía en calma, hasta que se elevaba. Miraba a lo lejos como de seguro miraba Don Felipe el progreso de su obra desde su silla en las montañas.

Claro, ya sus ojos no se detienen en la plaza, ella mira sobre todo, a lo lejos, yo la veo, pero ella si mira ya no ve; sus ojos se abren más allá de los árboles, de las cúpulas de la basílica, de los jardines y el valle, ella se embelesa y sueña donde comienza el horizonte, porque ve continuidad, donde la mayoría ve un final.

Así es, puede que mire la plaza, que sepa que, como siempre, desborda en gente, puede incluso que me mire a mí, pero es incapaz de verme; fue lo que pensé.

Esta vez, no me atreví a inventarle una vida, es a lo que juego cada vez que veo gente a través de las ventanas, pero con ella no quise, me inspiró consideración. Tal vez fue su rostro sin expresión, su presencia tan taciturna, pero no quise molestarla. Sabía que debía dejar de mirarla. Lo intenté más no podía.

Si no tuviese escrúpulos, ya hubiese tenido una foto de ella en la ventana. Lo confieso, ella pasó a importarme más que la plaza y todos los personajes que compartían escena conmigo en la tanda de aquella tarde. Quería tenerla conmigo en una foto y mirarla cuántas veces quisiera recordarla y así poder inventarle una, dos o todas las vidas que se me ocurriesen, pero no era lo correcto así que luché conmigo misma y desistí de tomarle la foto. También sentí miedo, miedo de que ella aunque estuviese en pleno vuelo distante, más allá del valle, estuviese receptiva, escuchando lo que yo pensaba, lo que otros hablaban y que al momento de que yo osara con presionar y tomar la foto, de inmediato me encontrara yo con su vista fija en la pantalla de mi móvil, mirándome a los ojos. Yo siempre creo que esas cosas pueden pasar y ante esa posibilidad, me he frenado en ocasiones.

Entonces cuando había desistido de todo lo que me pasó por la mente, cuando ya me iba a dar media vuelta, cuando el olor de las palomitas de maíz confitadas me traían de vuelta, vi un brazo muy largo y delgado, sostenerse del de ella. Como si la ventana quedase junto a una cama donde alguien muy viejo y enfermo la reclamaba.

Ella de inmediato cerró la ventana, a mí mi esposo y mi cuñado me hablaron, pude moverme pero mi mente andaba en una gestión urgente. ¿De quién era ese brazo? ¿Qué relación les une? Ella no quiere estar aquí. Me detuve, había prometido no inventarle una vida.

Me invitaron a la heladería Los Valencianos, me senté y disfruté mi helado mientras observaba a una mujer muy guapa de pañoleta puesta al cuello, gafas de sol, pamela blanca y vestido azul de lunares blanco. Sus labios, como debía ser, eran muy rojos y cerrando el portón principal de su edificio se abría paso calle abajo entre los turistas y lugareños que con las temperaturas de junio que van subiendo, en ciudades y pueblos colman las heladerías. Me preguntaron algo, me interrumpieron, a ella tampoco pude inventarle una vida. ¿Se vino al pueblo a pasar el fin de semana? ¿Se encontrará con amigas o tendrá un amante? Nunca sabremos.

De regreso volvimos por la calle Duque de Medinaceli, hasta la calle Del Rey. La ventana permanecía cerrada, ella no estaba. Crucé la calle, me volví a parar en el mismo punto de la plaza donde había estado antes y tomé la foto de una, dos y tres ventanas cerradas.



martes, 30 de julio de 2019

Cuatro de Ochenta 4/80




"¡Oye Dari! Dile a Hani que en lo posible no traiga regalos que digan Puerto Rico o tengan impresa la bandera. Es que aquí en Madrid los puertorriqueños no tienen buena fama. Son muy de pandillas, delincuencia y drogas. Imagínate, viven todos en un barrio muy malo llamado "El Bronx". No te sientas mal, pero tenía que decírtelo. ¡Haló! ¿Estás ahí? ¿Me escuchas?... "


Nunca antes había comprendido con tanta precisión la popular expresión "como balde de agua fría". De hecho, aún intentó en vano identificar los sentimientos que me arroparon en ese momento. Claro que hubo tristeza y decepción, pero fue mucho más y estoy convencida, de que cualquier palabra, a tales fines, se quedará corta. Cuando le dije a mi esposo vi su rostro apagarse y supe que así también debió oscurecer el mío minutos antes. No voy a mentir, la emoción del viaje mermó en ambos.

Así que aún perplejos e incrédulos abordamos el avión y en lo que Hani se tomó un café y yo me leí las dos primeras páginas de 'La última noche del Rais' de Yasmina Khadra, llegamos a República Dominicana. Era sólo una conexión, pero tuvimos que realizar en aduana todo el trámite de entrada al país, para así poder reclamar el equipaje y abordar el siguiente avión a Madrid.

Mi esposo no conoce República Dominicana y tampoco a los dominicanos, más allá de mi opinión, por supuesto. Pero yo, a mis 10 años de edad acompañé a mis abuelos paternos a la boda de una hija, que tras unas vacaciones en Quisqueya La Bella se enamoró de un santiagueño y no quiso regresar a Puerto Rico. Luego a mis 17, me fui de misionera laica con Obras Misionales Pontificias (O.M.P.) y en dos meses de verano me recorrí una buena parte del hermano país. 

Para ese tiempo conocí una estudiante de medicina. Ella, dominicana, haciendo su residenciaen la sala de emergencias del Hospital Robert Rid Cabral (el Angelita), y yo, 'boricua', vuelta un ocho de voluntaria en medio de una huelga de médicos. Aquéllo era un caos, nadie me decía qué tenía que hacer y reconocía que entorpecía las labores, pero en medio de todo, la chica sonrió y se ocupó de mí.

Yo tampoco quería regresarme a Puerto Rico, digamos que de forma natural y en orden divino, me había quedado claro que ser monja no estaba en mi destino. Además me esperaba la universidad y para ser honesta, en ese entonces dudaba de poder lograrlo. Así que, ¿por qué no? Un año sabático me ayudaría a poner mis pensamientos en orden. 

Por éso, cuando me echaron del hogar El Buen Samaritano por haberle descubierto la basurilla bajo la alfombra a la directora, lo primero que cruzó por mi mente fue tomar un taxi al hospital, rogando que la estudiante de medicina me diera posada hasta fin de mes. Ya luego vería cómo contarle a mis padres todo lo ocurrido.

Es una gran amistad de muchísimo cariño, respeto y agradecimiento la que conservamos la Dra. Mayra Ivelisse Acosta y yo, por cierto, hoy día una renombrada psiquiatra tanto en su natal República Dominicana como a nivel internacional. Y así también con otros tantos dominicanos que he conocido con el pasar del tiempo en mis pasados recurrentes viajes, pero sobre todo aquí en Puerto Rico, durante 20 años de trabajo en la industria turística. 

Entonces, ¿qué puede saber mi esposo sobre los dominicanos por referencia? Todo bueno. Pero como no se debe tocar por oído ajeno, el dominicano que yo conozco y del que puedo hablar no pierde oportunidad para mostrarse tal cual, porque espontaneidad le sobra.

No hacemos más que pisar aduana dominicana y el olor a café recién colao nos da la bienvenida. ¿Lo mejor? Que contrario a otros aeropuertos, donde los viajeros ahora somos tratados como potenciales narcotraficantes o terroristas, en República Dominicana nos recibieron con indiscutible hospitalidad, incluso entre risas.

Bueno, mejor les comparto el "screenshot" de cuando les conté lo que pasó ése día.


Ya rumbo a España en un vuelo de Iberia atestado de dominicanos residentes en Madrid e intentando disfrutar la pésima comida que ofrece la aerolínea en dicho vuelo (cuentan que las comidas y el servicio son mejores al volar desde otro punto de partida), ambos nos miramos y quedó claro que seguíamos dando cabeza al asunto de la mala reputación de los boricuas en terreno madrileño. ¡Joder!

- Hani, me siento tan mal con éso que nos dijeron. 

- Yo también, Dari. Pero aquí algo no me cuadra algo no está bien.

- ¿Cómo que?

- Yo he estado pensando en esto todo el viaje y no tiene sentido que, por ejemplo, un puertorriqueño dado al bajo mundo y la delincuencia, que seguramente no trabaja, venga a vivir a España, al otro lado del mundo a pasar todo un proceso migratorio, cuando por ciudadanía estadounidense en Puerto Rico y en  Estados Unidos les dan todo sin tener que trabajar. Simplemente no tiene sentido.

- Pues no. No lo tiene. Además lo que siempre he sabido es que el puertorriqueño viene a España de vacaciones o intercambio estudiantil. Te digo más, en un tiempo quien no podía pagarse los estudios de medicina en Puerto Rico, se iba a República Dominicana, Mexico o España. Es la primera vez en mi vida que escucho una cosa como esa.

- ¿Hay muchos puertorriqueños viviendo en España?

- Bueno sí los hay, pero no creo que conformen propiamente una comunidad notoria de inmigrantes.

- ¡Ya veremos!

Ya en Madrid se pronunció una disculpa por el mal sabor de la llamada y mi esposo aprovechó para exponer sus argumentos en contra. Fue entonces una conversación que quedó pendiente y pendiente también quedé yo de la reacción de la gente que nos presentaban al notar o saber que éramos una pareja que los visitaba desde Puerto Rico.

La realidad es que los españoles de la elegante  Madrid duermen poco y viven muy de prisa como para interesarse por saber desde dónde se les visita. Pero tuvimos oportunidad de compartir una mesa alborotada en mariscos, con personas extraordinarias con quienes lo pasamos encantadoramente bien. 

No lo niego, fue la primera vez en mi vida que temí ser discriminada y rechazada por mi origen. ¡Que terrible sensación!

Es que recordé las anécdotas que Hani y su amigo Mohammed cuentan sobre lo dura que fue su niñez, adolescencia e incluso la adultez como palestinos viviendo en Libia y se me estrujaba el corazón. Recordaba también el acoso a los niños sirios de nuestro edificio en Al-Salmani, Bengasi y se me hacía un nudo en la garganta. Sí, confieso que sentí miedo y supuse que mi sentir era el mismo que sienten tantos inmigrantes al rededor del mundo, el mismo miedo de cualquier persona que arbitrariamente sea declarada diferente.  

¡Dios! El miedo al rechazo es sin duda uno de los más perturbadores. Es un sentimiento que daña al instante, es en sí mismo un inmerecido pre-juicio, un castigo y por demás una gran injusticia. 

Recuerdo haber ido al baño y a mi regreso lo único que escuché, fueron planes de comensales entusiasmados por visitar nuestro Puerto Rico; mientras un árabe palestino, mostraba con el pecho hinchado de orgullo los vídeos de hermosos paisajes de nuestra isla, que ha tomado con su 'dron', mientras repetía una y otra vez, en Puerto Rico tienen una casa, son más que bienvenidos.

Y una vez más, mi esposo parecía haberlo resuelto todo. Me compuse, disfruté muchísimo del almuerzo, la compañía y entendí que a pesar de llevar años en una cruzada muy personal contra el miedo, en esa ocasión me había tomado desprevenida.


Una vez recobré la confianza que nunca debí perder, me dediqué a conocer más sobre Madrid y los madrileños. 

¡Que de lugares, arquitectura e historia! 
¡Que mucho se come! 
¡Que viva el tapeo! 
Así te sirvan muy apurados, con el mal humor que delata el exceso de trabajo y el cansancio.

Este otro día en particular mi objetivo como viajera gastronómica y amante de la gastrocultura era, probar los churros con chocolate de la famosa Chocolatería San Ginés, cafetería que lleva122 años abierta en el Centro de Madrid y por supuesto, tapear en el Mercado de San Miguel.

Mientras, mi esposo sólo quería recorrer calles y recordar cuando de niño toda la familia visitaba a su hermano, quien estudiaba en Madrid. Recuerdo que al llegar a La puerta del sol, allí en el Kilómetro Cero, entre manteros de ébano y a la vista del Oso y el Madroño, lo vi irse en un viaje a 33 años de distancia. Me dediqué a contemplarlo en silencio, guardaba distancia, sabía que aunque compartíamos físicamente en un mismo lugar, nuestros ojos no veían lo mismo. 

Yo permanecía en el ahora de ese momento, él buscaba con sus ojos un ayer que hasta entonces lo había marcado y que finalmente en ese momento se le volvía a presentar como magia, como una realidad alternativa, posibilitando lo que por muchos años creyó si no imposible, improbable. Yo sólo debía procurar estar allí cerquita a su regreso. 









Una vez ubicado el piso donde Hani recordaba haberse hospedado y tras sacar varias fotos que mostraría a sus hermanas, caminamos hacia Plaza Mayor y el Mercado San Miguel. ¡Que delicia! Es que aunque no tengas hambre, igual querrás comer. Aconsejo pasearse bastante por sus pasillos e irse deteniendo mostrador por mostrador a fin de decidir con cuál tapa se da el gustazo. Con suerte podrá sentarse, pero no importa, las tapas estarán sabrosas encuentre mesa o no. 

Ya tenía mis croquetas y brochetas de mariscos cuando me acerqué a un mostrador para comprar mi bebida y entonces escucho al chico rubio de ojos claros decirle al cliente que atiende;

- Es que me tienes más cara de puertorriqueño, que de mexicano.

- La pegasté, soy de padre mexicano y madre boricua, criado en Estados Unidos. 

Le aclaró el joven mientras se alejaba y yo me acercaba.

- ¿Y cómo se supone luzca un puertorriqueño? Le pregunté.

-¿Disculpe?

- ¿Que cómo se supone luzca un puertorriqueño?

- Así como usted.

Yo sonreí y el dependiente lo intento.

- ¿Eres puertorriqueña entonces?

-Sí. ¡Oye! ¿Es cierto que los puertorriqueños tenemos tan mala fama aquí en España? ¿Qué nos toman por delincuentes y personas muy bajas?

El jóven lució sorprendido por mis preguntas y así a ceño fruncido me preguntó quién me había dicho éso. Le comenté que habían sido unos amigos y por último me preguntó si eran madrileños. Asentí, mientras el movía su cabeza de lado a lado, en desaprobación total.

- Según cuentan hasta un barrio dominado por pandillas tenemos llamado 'El Bronx'.

Tenían que ver su cara.

- Quien le dijo éso, si es cierto que vive en Madrid, vive en la burbuja de su piso y está falto de cultura. 

- No creo.

- Que no se entera de nada. Acercate que te explico. No son puertorriqueños, de quienes te hablan, son dominicanos. Y hay una gran diferencia, aquí el puertorriqueño viene mayormente de turismo, comen y beben mucho, compran de todo y dan propinas; otros vienen a estudiar y uno que otro puede que se quede a vivir aquí. El dominicano es inmigrante, llega y legal o ilegal se queda. Aquí los que tienen mala reputación son los dominicanos, colombianos, ahora que tenemos muchos centroamericanos y los de siempre, ya sabes, los gitanos y marroquíes. 

- He visto muchos venezolanos también.

- Mira, no tantos pero ésos vienen a trabajar.

- ¿Y los demás? ¿A qué vienen?

- Bueno yo lo veo así; 80 dominicanos viven en un barrio y de esos 80, 4 están en pandillas y venden drogas. Desgraciadamente los noticieros hablaran de los 4 dominicanos delincuentes, pero no dirán que son cuatro, diran 'los dominicanos' y así lo repetirá todo el mundo.

- La verdad me he estado sintiendo muy mal desde que llegué a España.

- No, no. Con ustedes los puertorriqueños no hay problemas. Es con los otros latinos. ¿Te sientes mejor?

- La verdad no. Sigo siendo latina.

A este punto, después de traducirle la conversación a mi esposo mientras comía mis tapas con una Coca Cola Zero, ya no sentía miedo al rechazo, pero igual todo el asunto me seguía doliendo y pareciendo de lo más injusto que le puede pasar a persona alguna.

- Ya sabía yo, que no tenía sentido que los puertorriqueños viniesen a España cuando pueden irse a Florida o Nueva York, tienen 50 estados si no quieren vivir en Puerto Rico. Dijo mi esposo.

- ¿Aclarar esto te alivia?

- No. Yo sé lo que es vivir el discrimen por racismo.

-Esto es pura xenofobia. 

Además de Madrid visitamos ciudades donde los españoles fueron mucho más simpáticos y atentos. Incluso algunos al notar acentos diferente hasta nos preguntaban de dónde éramos y se tomaban el tiempo de conversar, por cierto en Granada, hasta te soltaba alguna broma. Ciertamente el ambiente en la sierra madrileña de Guadarrama y ciudades como Segovia, Toledo, Ávila y Granada, fue mucho más cálido que en la capital. Cuestión de idiosincrasia, aunque no me gusta generalizar.

De vuelta a Madrid, despidiéndonos de España nos tocó viajar con un taxista peruano y otro chileno. Les pregunté cuánto llevaban viviendo en España y cómo había sido su proceso de adaptación.

Ambos a su manera, resaltaron la suerte de no ser colombianos o dominicanos y más o menos coincidían con lo que había dicho el jóven de El Mercado San Miguel.

- El hombre dominicano que llega a España, en su mayoría no le gusta trabajar. La mujer dominicana si es trabajadora y prefiere casarse con un español porque además de darle la residencia, la ayuda financieramente.

Los hombres colombianos mueven la droga y las mujeres trabajan la prostitución.  

Les comenté que estaban generalizando y no era justo porque seguramente por unos cuantos estaban pagando todos y que finalmente para muchos españoles, como estadounidenses, todos éramos latinos sin establecer diferencias. 

El peruano me dijo, "yo siempre aclaro que soy casado con una española y con ciudadanía española hace muchísimos años". El chileno era mucho más joven, humilde y me aclaró que su madre era española y que siempre vivió entre ambos países, que nunca había tenido problemas. Lo que noté en el caso de ambos es que no le prestaban atención a la cuestión del discrimen por racismo. No sé si se desvinculaban de su origen latinoamericano por no verse parte de ése todo o  como mecanismo de defensa.

En fin, a mí este asunto del racismo y la xenofobia nunca me había tocado tan de cerca, es decir, en mi piel. Y reconozco que me afectó como nunca pensé. Primero me dolió como puertorriqueña, luego por los dominicanos y claro en general, como latinoamericana. 

Una vez dije que yo era como Roberto Carlos, que quería tener un millón de amigos (y así más fuerte poder cantar 😂) y realmente no consivo el rechazo, el discrimen de ningún tipo, pero por raza y nacionalidad mucho menos. Realmente la diversidad nos aporta, nos crece. 

Que nadie dude, el discrimen racial tiene unos efectos psicosociales y logra desmoralizar a quien lo sufre, no es algo que podamos minimizar o despachar con indiferencia.

Como les había comentado, dudé sobre escribir y compartir este relato.  Más que todo, por no herir a nadie, además del cariño y respeto que siento por mis amigos dominicanos, colombianos y latinoamericanos en general; pero por otro lado, fue algo que realmente ocurrió, que me pegó, no deja de ser lamentable y desafortunado, pero que por lo mismo, tal vez al conversarlo nos puede llevar a la reflexión y , ¿ por que no? transformarlo en algo positivo, de aporte.

Sería sencillo abrir un discurso condenando el racismo y la xenofobia, pero desde aquella llamada en el aeropuerto Luis Muñoz Marín y sobre todo, después de mis conversaciones al respecto en España , entiendo  mi enfoque va más por la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene, ante el mundo en representación de su gente. 

Y aunque uno desmienta a través del buen comportamiento, aquellos 4 de 80 de la nacionalidad que sean nos dañan aún más que el xenófobo o racista que de manera directa o solapada, en esa cotidianeidad subestimada, nos agrede, nos desmoraliza hasta vulnerabilizarnos robandonos así derechos, oportunidades de crecimiento y desarrollo, la motivación para actuar, la capacidad de soñar, de creer, reír  y finalmente, de vivir.

Hoy voy por esos 4 de 80 y por cada persona que me lea. Cuando no te comportas y vives a la altura, con conciencia, dignidad, en ley y orden. y procurando los mejores estándares de convivencia, le puedes llegar a arruinar la vida a mucha gente de bien, a tu propia gente que es decente, trabajadora de buena voluntad y que no merecen vivir avergonzada, con miedo, condenada al más vil de los desprecios. 

Con el corazón en la mano espero que mi relato no ofenda, que mis hermanos dominicanos, colombianos y de toda latinoamerica puedan comprender el propósito de mi escrito. Como señalé varias veces, me dolió y me duele en el alma, porque me consta que hay puertorriqueños en otras jurisdicciones que simplemente, no son un orgullo para su gente y en otras tantas ocasiones, nos han hecho bajar la cabeza. 

Próximamente estaré compartiendo con ustedes algo de información sobre la situación de la comunidad dominicana en España, más que nada en el distrito de Tetuán, Madrid. Una comunidad trabajadora que a pesar de los pesares vive orgullosa de sus orígenes; además veremos como la criminalización de sectores humildes tiene un propósito de mucho beneficio económico para la empresa privada y el mismo gobierno. ¡Un gran abrazo! 💕

Les dejo este dato: 
En España hay 178,151 dominicanos; la mayoría de ellos en Madrid y son mujeres