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lunes, 4 de noviembre de 2013

Lo tengo TODO…



Mis disculpas a todos los que me enviaron mensajes reclamando que no he publicado relatos desde hace un mes.  Habibi me regaló un viaje a Puerto Rico para que ya no extrañara tanto a mi familia, los amigos y la rica comida caribeña, de paso dijo que así se queda más tranquilo en el desierto, sabiendo que no estoy tan sola y que me estoy divirtiendo. Me lo comunicó el sábado 5 de octubre y ya el martes 8, tempranito en la mañana estaba montada en el avión con todos los regalitos que envió para mi familia. Las únicas que sabían sobre mi regreso a Puerto Rico eran mi hermana y una de mis mejores amigas, quien sería la persona encargada de recogerme en el aeropuerto para trasladarme de Carolina a Vega Alta un miércoles a eso de las 11:00am. Después de un agotador viaje que entre vuelos y conexiones se demoró más de 25 horas, debo decir que la hazaña bien valió la pena. Fue una gran sorpresa para mi familia y el resto de los amigos, pero en especial para mi padre y mi madre; muy emotivo momento que jamás olvidaremos. Ya llevo 28 días disfrutando de mi tierra y mi gente, hablando español, comiendo mofongo, amarillitos fritos, aguacates, viandas y todo lo que tanto extrañé durante los pasados seis meses. Ahora lo extraño demasiado a él, a mi esposo y cuento los días para poder abrazarlo.

¿Saben? Este viaje ha estado repleto de reflexiones... Es curioso como ahora asimilo un intenso desprendimiento y desapego (más que nunca) a las cosas materiales y a los lugares.  Antes había un apartamento al que llamaba “mi casa”, una guagua (camioneta), un trabajo, seguros médico, de enfermedades catastróficas y hasta de vida. Antes necesitaba un armario grande para mi ropa, mis zapatos, mis libros, mis recuerdos y todas esas “cosas” que uno va coleccionando y atesorando para poseer  lo que uno cree se trata de “sentido de pertenencia” en la vida. Ahora, Libia no es el país de mi esposo (es palestino) y tampoco es el mío, la casa en la que vivimos es de mi suegro, aquí en Puerto Rico la casa a la que vengo es la de mis padres, mi ropa y mis zapatos pueden estar aquí, como del otro lado del mundo o en una maleta, incluso siento que ya no importa vestir esto o aquello, si se quedó o si por no tener a la mano hay que comprar y si luego no cabe, entonces se deja. Al dejar la casa en Bengasi se vació toda la alacena y la nevera, antes de dar la espalda observé mi cocina, se veía como cuando nueva; vacía, como si nunca se hubiese estrenado. Entonces le prometí que a mi regreso lo primero que haríamos mi esposo y yo sería visitar el mercado para llenarla de vida nuevamente con los colores de las frutas y los vegetales, el olor del café en las mañanas, el sonido de la tetera anunciado que el agua está lista para el té, el aroma del pan egipcio calentándose en el horno y el ruido de mi licuadora a cualquier hora advirtiendo que pronto comeremos postre...

Siento que ahora puedo estar en cualquier sitio, sin pertenecer del todo a uno en específico y que el lugar al que realmente pertenezco no lo define una bandera, un idioma, un pasaporte o cierta vestimenta, que por encima de mi identidad, el amor y el orgullo nacional, yo pertenezco a donde está la gente a la que amo y con quienes disfruto compartir mi vida con todo lo bueno o no tan bueno que toda ella implica y sin importar las latitudes y longitudes donde se dan los abrazos, las lágrimas y las sonrisas.… Y es ahora cuando no tengo nada, que descubro que lo tengo TODO.

[Daritza (Aziza) Rodríguez-Arroyo]

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