lunes, 31 de marzo de 2014

La onda expansiva del palpitar cotidiano en Libia


 
3:30am - Bengasi, Libia:

Todo en calma gracias a Dios. La casa donde vivo ubica en un área residencial "segura". Estamos bien. Pero la explosión ocurrida hace exactamente 30 minutos debió ser en áreas cercanas al barrio porque llegó a zarandear la estructura, al parecer como parte de  la onda expansiva. Ya sé lo desagradable e impresionante que se siente cuando ocurre una explosión de gran magnitud, se experimenta cierto vacío en los oídos y esa onda es capaz de, literalmente, estremecerte el corazón. Aquí es de madrugada, día martes, supongo que en la mañana ya se sabrá que ha ocurrido. Espero en Dios que no hayan heridos o fallecidos, sobre todo entre civiles. Actualmente al parecer todo está en calma y yo continúo con mis tareas cotidianas, a pesar del horario. Aunque no lo crean y parezca tan irracional, así es la vida aquí. No se sale a la calle a ver qué pasó, ni siquiera se asoma uno a la ventana, simplemente se pasa el susto o la impresión, se le ruega a Dios por protección y misericordia y se sigue en lo suyo, en lo que sea que se esté haciendo. Andar preguntando no es aconsejable, aunque sepas que ésta vez, lo que escuchaste no fueron los chamaquitos del barrio -en dialecto boricua- jugando con un siquitraque.

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
 

martes, 25 de marzo de 2014

jueves, 20 de marzo de 2014

Sebou


 

Nunca me ha gustado ser la primera en llegar a ninguna parte, incluido el trabajo (cuando trabajaba fuera de casa, claro), pero mucho menos si se trata de una fiesta. En Puerto Rico si llegas a una fiesta antes de la hora especificada te encontraras con la dueña de casa en rolos, batiéndose contra el reloj en plena faena entre la limpieza del baño y los calderos en la cocina. Aun así, y no creo que haya boricua que me desmienta, si llegas a las “en punto” te tocará esperar en la marquesina sentada junto a la mesa donde ya han colocado las bandejas de sandwichitos de mezcla, mientras la dueña de casa y “anfitriona” te grita desde la ventana del baño mientras se ducha; “¡Qué bueno que viniste! Voy ahora, estás en tu casa.” Y tal cual, te engulles dos o tres sandwichitos mientras te toca recibir a las vecinas, que no conoces pero que una por una te van entregando su colaboración; la bola de queso crema con piña y jamonilla, el Cielito Lindo y el antipasto de atún con galletitas Ritz. “¡Pasen! ¡Siéntense! Ella se está bañando, viene ahora.” Dices, mientras sonríes con las muelas de atrás. ¡Ay diooo!

En fin, que un compañero de trabajo de mi esposo, libio pero de madre egipcia nos había invitado a la ceremonia del Sebou de Salah, su primer hijo varón. La celebración del Sebou, que significa literalmente ‘séptimo’, es una tradición pagana muy antigua de tiempos faraónicos celebrada por familias egipcias de cualquier nivel social y religión, donde al cumplirse el séptimo día de vida se presenta en sociedad al nuevo integrante de la familia. La misma se ha ido modificando con el tiempo, sobre todo por las familias musulmanas y cristianas pero a través de la ceremonia se sigue celebrando que el niño haya sobrevivido los primeros siete días de vida en este mundo y su madre al parto. A pesar del gran contenido supersticioso el ritual se sigue realizando con la intención de proteger al niño de espíritus malignos, desearle salud, despertar en él coraje y fortaleza para su tránsito por esta vida, e instruirlo al oído sobre la obediencia a Dios y a sus padres junto con la lealtad a su familia. Recuerdo el entusiasmo de mi esposo. Dijo que conociéndome, sabía que disfrutaría la experiencia de conocer de cerca una tradición tan significativa para los descendientes egipcios aquí en Libia y en cualquier parte del mundo. No se equivocó, realmente me divertí de lo lindo y culturalmente hablando fue todo un deleite.

Regalo en mano llegamos a la residencia, jamás pude conocer propiamente al compañero de trabajo de mi esposo, pues tan pronto me bajé del auto como había varios hombres en la entrada, uno de ellos abrió la puerta de hierro y sin mirarme a la cara me hizo señas para que entrara a la propiedad. Miré a mi esposo con reserva, pues reconozco que aún se me hace pesado eso de que nunca podemos compartir juntos en actividades sociales, él me indicó que entrara con un movimiento de cabeza, sin pronunciar palabra como de costumbre cuando estamos en público, y yo comencé a recorrer el largo pasillo tipo  ‘al fresco’ de muro sólido y sobrio a la izquierda y cuidadas jardineras a la derecha. Caminé hasta el fondo donde se divisaba una puerta de madera grande, de esas macizas que te advierten que entraras a un aposento respetable. Antes de que tocara el timbre una mujer joven, rolliza, sonriente y de pañuelo al estilo turco cubriéndole el cabello (así se cubren para cocinar y asear la casa) me abrió la ‘puerta. ¿Aziza? –preguntó sonriente y con ojos brillantes y alegres-. Asentí con la cabeza y proseguí con el tradicional saludo, “As Salam Aleikum” acompañado de una sonrisa algo nerviosa. ”Wa Aleikum Salam” – contestó la mujer mientras procedíamos al intercambio de los cuatro besos y las bendiciones. Me dijo su nombre, el cual lamentablemente ya he olvidado, y preguntó si yo hablaba árabe. Con la vergüenza habitual le dije que no, entonces me tomó del brazo como se toman las amigas por estos lares, y mientras atravesábamos el salón principal me pidió que no me preocupara, que ella hablaba un poco de inglés porque lo había aprendido en la universidad. Era una casa grande de espacios amplios y techos altos, de colores sobrios y como de costumbre; ventanas cerradas y poca iluminación. Mientras atravesábamos el salón principal, ella me hablaba de alguna cosa y yo me desplazaba más que con mis pasos, con la mirada. No tardaron en alcanzarnos los aromas y los usuales ruidos de la cocina, llegaban junto con las voces de mujeres que debían estar tan ajetreadas como las anfitrionas puertorriqueñas, con la diferencia que aquí en Libia las familias son tan numerosas que todo lo referente a la comida se trabaja en equipo, más aun en ocasión de un festejo. Le comenté que olía rico y ella sonrió mientras me apretaba y me frotaba el brazo mostrándome empatía. Al fondo había una pared en cristal, las cortinas estaban corridas, así que alcancé a ver una especie de patio interior que conectaba con otra estructura de puertas grandes, a dos hojas. Antes de que llegáramos al final me señaló una puerta a nuestra derecha, era un salón pequeño donde había una mujer mayor sentada; me indicó que podía ponerme cómoda y esperar hasta que el salón de la actividad estuviese listo. Ni modo, era la primera invitada en llegar, no hablaba árabe y no conocía a nadie. Entregué el regalo para el pequeño Salah  y fui presentada a la señora que resultó ser la matriarca de la familia. A pesar de que le advirtieron que yo no hablaba árabe la mujer inició  conversación conmigo. Aunque ni idea de lo que decía, proyectaba un semblante agradable, y no dudo que sea mujer de conversaciones amenas. Es en esos momentos donde más reciento las limitaciones idiomáticas. ¡De lo que me pierdo!

No habían pasado ni cinco minutos cuando otra mujer  bastante parecida a la que me había recibido entró con la bandeja del té. También de sonrisa amplia, de besos y atenciones. “Sisters!” Exclamaba la anfitriona mientras otras hermanas iban entrando a saludar vestidas de pañuelos y delantales olorosos a especias y con las mejillas coloradas aun calientes por los fogones. Ya luego llegaron tías y primas, se aproximaban parlanchinas y al llegar a la puerta y toparse conmigo sentada tomando el té se extrañaban, supongo que no esperaban una invitada ajena a la familia en horas tan tempranas. Entonces alguna de las ya presente aclaraba o tal vez sea más adecuado decir que advertía; ¡Ameriquiyah! Me imagino que seguido también venía lo de que no hablo árabe, sólo inglés y que soy la esposa de un compañero de trabajo del hermano y todo lo demás. Entonces sonreían, se acercaban, me besaban y continuaban chachareando mientras se deshacían de las “abayas” y los “hijab”, una que otra por estar llamativamente maquillada llegaba en “niqab”, vestimenta que confieso no me deja de impresionar. Como de costumbre se inició el interrogatorio, la entrevista a la “Ameriquiyah” que no perdió oportunidad para aclarar sin lugar a dudas que aunque su pasaporte es estadounidense, su identidad cultural la identifica como puertorriqueña. Es el momento donde mi padre me ha recomendado andar con un mapa de bolsillo donde pueda señalar a Puerto Rico, porque casi siempre aunque diga Caribe me preguntan si está cerca de México o Brasil. ¡No! Estamos cerca de Cuba, justo después de Haití y República Dominicana, “The Shining Star of the Caribbean” ¡Ohhhhhh! Exclaman mientras los rostros no logran transmitirme que estén seguras de la ubicación exacta. En fin, es un libreto de una escena que se repite cada vez que aparezco en sociedad. Que vengo de muy lejos, que mi primer idioma es el español, que cuando me preguntan si me gusta vivir en Libia contesto que me gusta estar con mi esposo y que la curiosidad por saber cómo nos conocimos y la reacción  de mi familia al respecto, dan pie a todo tipo de preguntas. Hay ocasiones en que la situación puede resultar abrumadora y siempre ando rogando a que alguien o algo nos interrumpan. Esta vez mis suplicas fueron escuchadas, y de qué manera; aun me queda cargo de conciencia. Justo cuando se formuló la pregunta sobre mi conversión al islam y si hacia mis cinco oraciones diarias, un sonido plano, seco y solido nos obligó a voltear el rostro en dirección a la matriarca y mi anfitriona. ¡Qué pescosá! Galleta, bofetada, cachetada o como le quieran llamar. La madre había golpeado a la hija porque ésta, riéndose junto con una prima le dijo que ya le habían explicado quien era yo y por qué no hablaba árabe más de mil veces. Todas las mujeres se reían a carcajadas incluida la agredida, pero yo no podía cerrar la boca, ni disimular la impresión. ”Es que ella olvida todo muy rápido y repite o pregunta lo mismo una y otra vez.” Me explicó ojos alegres aun riéndose. ”Pero te pegó fuerte.” Le comenté. “No te preocupes, siempre lo hace con todas nosotras cuando se enoja.” ¡Madre mía! Agraciadamente no pudimos retomar la conversación pues ya había caído la noche, eran muchas las mujeres reunidas y seguían llegando, así que se nos pidió que dejásemos las carteras en el salón interior y pasáramos al salón de actividades ubicado en el patio.

Se abrieron las puertas del salón alfombrado donde ya habían encendido el acondicionador de aire, pues estábamos en pleno verano con temperaturas fluctuantes entre 100 y 113 grados, nos quitamos los zapatos y nos fuimos acomodando en los cojines de espaldas contra la pared. Era increíble la cantidad de mujeres y niños que en menos de 15 minutos llenaron el salón. Encendieron el equipo de música con temas infantiles y los niños correteaban y bailaban mientras las mujeres se invitaban unas a otras a sentarse entre conocidas. Yo me había ubicado en el fondo, pero dos de las hermanas de la casa me tomaron del brazo y me dijeron que me sentara junto a la silla que habían traído especialmente para la madre de Salah, el bebé homenajeado, porque se supone yo era la invitada de su esposo y ella hablaba buen inglés. Así mismo fue, conversamos muchísimos entre las interrupciones de las invitadas que llegaban a saludarla y a entregar los regalos. “¿Tú también lloras cuando tu esposo se va al desierto a trabajar?” Me preguntó Oom Salah. Confieso que me sorprendió su pregunta. “Sí, aun no me acostumbro y tal vez nunca me acostumbraré a sus largas ausencias.” –Contesté- “¿También viven sobre la casa de su familia como mi esposo y yo?”. Preguntó. “Sí, vivimos en el segundo piso de la casa familiar.” “¿Te acostumbras?” Preguntó nuevamente Oom Salah. “Estoy en medio del proceso de adaptación. ¿Tú trabajas?” Le pregunté yo. “Sí, soy tecnóloga en un laboratorio médico.” “¡Qué bien! Al menos tú trabajas.” Comenté sonriendo.

Parece que se había regado lo de la “Ameriquiyah”, porque la mayoría de las mujeres me observaban desde lejos y comentaban, cuando se cruzaban nuestras miradas me sonreían  y una que otra se acercaba e intentaba iniciar conversación, pero el factor idioma en definitivas no ayudó a pasar de un saludo y uno que otro cumplido. Como le digo a mi esposo; sé que no es conmigo, pero estoy segura que es de mí. Llegaron bandejas de té, luego los entremeses en platillos individuales; lo tradicional aquí en Libia es un jugo, un guineo maduro, “Safijas” que son las empanadas árabes, los Kubbeh que son croquetas de trigo, kuftas que son albóndigas de res o cordero y así por el estilo. A mi lado se sentó una prima de Oom Salah que hablaba un poco de inglés y cargaba en brazos un niño con el que surgió una gran afinidad. Inquieto con la madre y tan pronto le pedí autorización para cargarlo el chico y yo nos amigamos de una forma que a la familia de Oom Salah le sorprendió y por momentos parecía avergonzar un poco a la madre que no quería causarme molestias. Ciertamente parecía yo la nana del pequeño. Finalmente llegó el momento de la cena y entraron todas las mujeres de casa, esta vez impecablemente arregladas, cargando inmensas bandejas redondas donde se acomodaba la fuente principal de arroz blanco con nueces, canela y pasas, y los trozos de cordero en salsa coronando el arroz en compañía de las papas y las zanahorias. De acompañantes había berenjena, tomates, papas y pimientos rellenos unos de carne molida de res y otros de picadillo de vegetales, ensalada de lechuga y tomates con aceitunas y pepinos. No faltó el pan, el “Hummus”, ni el “Baba ghanoush”. También ofrecieron “Labneh” y por supuesto los “Mkhelal Lifet”, o sea, los nabos y zanahorias al vinagre. Una bandeja por cada 6 mujeres que en total sumábamos aproximadamente 60, en el piso sobre la alfombra, cucharas en manos demarcando la porción de comida ubicada frente a cada una en la bandeja común. Y si pensaron que esto fue mucho comer les comento que hubo espacio para un café negro cargado, acompañado de bombones de chocolates rellenos y dulces de repostería siria. Comí de todo menos cordero, nunca me ha gustado. Aun así disfruté como todas ellas, que lucían abastecidas, divertidas y continuaban tan parlanchinas como al principio.

Ya serían las 9:00pm cuando recordé que había dejado el celular en la cartera, así que decidí regresar al salón dentro de la casa para verificar si mi esposo me había llamado. Cuando él está en la ciudad es el encargado de buscar a una de sus hermanas al trabajo. Desde que me puse de pies las mujeres de la casa apenas me permitieron dar pasos, preguntándome si necesitaba algo, que si quería ir al baño, en fin, todas muy atentas. Expliqué que necesitaba mi  cartera porque ya era tarde y de seguro mi esposo me había estado llamando. Algunas de las “sisters” me escoltaron en procesión hasta el interior de la casa, me preguntaban si me estaba divirtiendo, si había comido bien, estaban contentas y no encontraban que más hacer para consentirme. Mi celular mostraba cinco llamadas perdidas de mi esposo, tal y como imaginaba la hermana lo llamaba desesperada. De inmediato y aun con mi esposo en la línea, les comuniqué a las chicas que debía irme, cosa que no permitieron porque justo era el momento de la tan esperada ceremonia del Sebou. No fue necesario darle explicaciones a mi esposo, quien había escuchado la algarabía rogando que me quedará un rato más, que no me perdiera la ceremonia.

De vuelta al salón, cartera al hombro y celular en mano, una de las tías traía al pequeño Salah en una canastilla, mientras otras rociaban sal por los alrededores. Se lo entregaron a la madre, quien lo coloco sobre una mesa redonda en el medio del salón, mientras otras mujeres de la familia repartían velas blancas encendidas a todos los presentes incluidos los niños. Seguido entro la abuela del niño, la de la mano ligera, la egipcia, acompañada por una de sus hermanas. Al ser éstas las más ancianas de la familia le correspondió dar inicio a la ceremonia indicando a Oom Salah que debía dar siete vueltas alrededor de su hijo, sin tocarlo. Seguido las ancianas tomaron un mortero de bronce y comenzaron a caminar alrededor del niño haciéndolo sonar fuertemente prácticamente en los oídos del pequeño Salah mientras pronunciaban palabras que simulaban una especie de letanía. A los pocos minutos se acercaron todas las presentes y sosteniendo las velas encendidas comenzaron a rondar al pequeño Salah que había abierto los ojos y lucia medio aturdido. Una mujer que había iniciado el ‘ululeo’ me haló del brazo para integrarme a las rondas, donde mujeres y niños “ululaban”, cantaban y danzaban en honor al pequeño Salah, celebrando el comienzo de su paso por esta vida.

 
 
 
La música lo inundo todo y mi teléfono no paraba de sonar, debía irme, pero mi deseo era el de continuar allí danzando entre mujeres adornadas, alegres y divertidas que representan esa cara femenina del Medio Oriente que nunca cubrirán los medios occidentales porque sólo interesan propagar la imagen de una mujer oprimida, triste y mancillada, que también existe, pero no es una representación justa cuando se trata de imponer como absoluta. Quería quedarme allí entre velas, contoneando el cuerpo al son de ritmos nuevos, escuchando voces en jergas incomprensibles y experimentando el júbilo ancestral y eterno por la vida; ese que indistinto a credos religiosos, razas, nacionalidades o idiomas, se impone en la conciencia del espíritu encarnado y permanece de diversas maneras en todas las sociedades. Esa noche desde que me monté en el auto hasta que cerré los ojos ya en la cama, no paré de hablar. Parecía una niña acabada de llegar de paseo, queriéndole contar todo a sus padres. “Sabía que lo disfrutarías” Dijo mi esposo sonriendo y me escuchó hasta que el sueño lo venció. Es lindo ver como él siempre comparte mis alegrías y hoy escribiendo este relato, reviviendo ese día, sólo puedo sentirme afortunada, bendecida y agradecida.

 

 

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

 

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jueves, 13 de marzo de 2014

sábado, 1 de marzo de 2014

Pişmaniye pa' enamorar


Ayer en la tarde mi marido me sorprendió con un dulce maravilloso, de esos que se usan pa' enamorar. Ya saben que la delicia de estas tierras son los dulces turcos y sirios, así que por ahí viene el asunto. Se llama Pişmaniye, un dulce turco hecho de harina tostada con mantequilla y azúcar caramelizada y polvoreado con pistacho molido. La textura es un poco parecida al algodón de azúcar, pero muchísimo más suave, en forma de hilachas que se deshacen en la boca. Según leí en Internet, hay versiones de origen persa (Pashmak) y chino, esta última versión se conoce como “Barba de dragón”. Aún en Turquía el nombre varía según la provincia y se le puede conseguir bajo los siguientes nombres; tel helva, çekme helva, tel tel, tepme helva y keten helva. De repente tal vez se pueda comprar a través de alguna página de Internet. De todas maneras, si alguna vez visitan Turquía,
no se olviden de probar el delicioso Pismaniye. ¡Delicioso!


                                                         
Confección industrializada de Pismaniye :




 

viernes, 21 de febrero de 2014

La llegada de Mapta -Martha-


 


abstract blue eyes animals human textures fantasy art yellow eyes ...
Después de casi dos años de espera viviendo un amor a distancia, pero no por ello menos real, ni válido, Martha llegaba a Bengasi desde su natal Lviv en Ucrania, ciudad también conocida como Leópolis o  Lemberg. Mohammad, además de ser el esposo de Martha también es el mejor amigo de mi marido, fue quien me representó en corte a la hora de documentarse mi matrimonio aquí en Libia y meses después mi esposo reciprocó la gestión siendo testigo del mismo proceso, pero oficiado por un Sheikh en el pequeño apartamento del centro de Bengasi donde vive la familia Shehabi. En el salón de visitas esperábamos las mujeres, junto a mí se encontraban la madre de Mohammad, sus tres hermanas y una de sus dos cuñadas. La madre pidió silencio para poder escuchar el pronunciamiento del Sheikh y sólo cuando se hubo apagado la melodiosa voz y se escucharon las risas y felicitaciones de los hombres allí presentes, nosotras desde la otra  habitación nos alegramos y ululamos. Era el inicio de todo el proceso que un palestino con residencia debe realizar para poder solicitar la entrada de su esposa extranjera ante las autoridades migratorias libias. El proceso fue considerablemente más largo que el nuestro y fueron muchas las veces que el prometido acá y la prometida allá solicitaban de amigos y familiares apoyo y sobre todo oración para que Dios interviniera, o como diría yo, para que los planes de Dios fueran cónsonos a los suyos. Martha y yo nos amigamos a través de Skype, los días en que mi esposo se marchaba al desierto solíamos contarnos en nuestro inglés de primeros auxilios nuestras alegrías y una que otra pena. También hacíamos  planes futuros y por tanto inciertos para juntarnos aquí en Libia, en Turquía, en Ucrania emprendiendo viaje hacia Polonia, o donde fuera. Con Mohammad la amistad había germinado desde mucho antes, cuando yo estaba aún en Puerto Rico y mi esposo me hablaba de él, más que como el mejor de sus amigos, como la sustitución inconsciente de ese hermano desaparecido que todos en su familia llevan encarnado de manera profunda en el mismo centro del corazón. A poco tiempo de mí llegada a Bengasi, y por otros motivos que no son tema de conversación en este momento, su familia se convirtió en una segunda familia para nosotros y así el hogar de los Shehabi es sin duda uno de esos lugares que nos gusta visitar frecuentemente donde nos sentimos queridos y aceptados.

-          ¿A qué hora llega Marta? Pregunté ya enroscada en la espalda de mi esposo y con la luz apagada.

-          A las 10:30am. ¡Insha Allah! Contestó mi esposo.

-          ¿A qué  hora te dijo Mohammad que debemos estar en el aeropuerto?

-          ¡Ja,ja! Me dijo a las 8:00am, pero le dije que era muy temprano, que con estar allí de 9:30 a 10:00am sería más que suficiente. Y riendo me dice, que esta tan emocionado que si por él fuera esta noche montaba una caseta en el estacionamiento del aeropuerto para esperar la llegada de su esposa.

-          Yo también estoy emocionada. Es lindo ver que otros también realizan sus sueños.

-          Para mí es como volver a vivir nuestra historia. Ese momento que nunca olvidaré.

-          ¡Te amo Habibi!

-          ¡Yo también te amo Habibty!

La alarma sonó a eso de las 8:00am, pero nos regodeamos tanto que no fue hasta las 9:50am que salimos de Al-Kwayfiya en dirección a Benina, agraciadamente vivimos a sólo 10 minutos del aeropuerto. Para entonces Mohammad había llamado varias veces, ya se encontraba en el aeropuerto junto a parte de su familia en esperas de su amada esposa.

-          Está tan nervioso que casi no puede hablar. Me comenta mi esposo mientras maneja.

-          ¿Y tú? ¿También lo estabas el día de mi llegada?

-          Estaba preocupado por tu seguridad. Mi madre venía a mi lado y si dije alguna palabra no lo recuerdo. Sólo pensaba que al fin estaríamos juntos, que te tendría conmigo para siempre.

-          ¿Llegaste temprano al aeropuerto como Mohammad?

-          ¡Jaja! No. Más o menos desde este punto de la ruta vi pasar el avión de Turkish Airlines y mi preocupación aumento, pensando todo lo que podría ocurrir si yo no llegaba a tiempo y tú te encontrases sola sin conocer a nadie, sin comprender, ni hablar el idioma, pensando tal vez que yo no llegaría. Aceleré la marcha.

En ese mismo momento el avión de Turkish Airlines que traía a Martha después de haber pernoctado una noche en Estambul atravesaba nuestro cielo en dirección al aeropuerto de Benina. Mi esposo y yo nos miramos incrédulos, muertos de la risa, y él como en Déjà Vu, pisó el acelerador. El estacionamiento estaba repleto, estacionamos lejísimos y caminamos una barbaridad a toda prisa. Bueno, para mí caminar media cuadra ya es toda una barbaridad. Ese día no vestía abaya, fui maquillada, de mahones, túnica larga a mitad de muslo, hijab por supuesto y tacones. A cada taconazo las cabezas de los hombres giraban sobre su eje buscando algo de piel al descubierto donde posar sus encandiladas pupilas, sobre todo los militares que suelen hacerlo sin reservas o pudor alguno. Mi esposo, quien siempre camina en frente de vez en cuando voltea y me reclama con la mirada, bien sea por los tacones, por el perfume o por el color en los labios. Siempre que se repite esta escena recuerdo al Chacal de aquel 25 de abril de 2013 en el autobús que me transportaba del terminal al avión en el aeropuerto de Atatürk. En la entrada nos topamos con Yusuf, o José como le llamo en español y él siempre sonríe. Es el padre de Mohammad. Allí también estaba Ahmed y Mahmoud, dos de sus otros hijos. Entramos todos al área de espera, que es la misma por donde entran los pasajeros después de pasar por la inspección de documentos y es también el área designada para reclamar el equipaje. En los nueve meses que llevo residiendo en este país ya mi esposo me ha recibido en dos ocasiones, así que esa era mi primera vez en el aeropuerto esperando la llegada de alguien, pude observar detalles sumamente interesantes que antes por el ajetreo escapaban a mi vista. Allí estaba la madre de Mohammad, acompañada de su nuera y una de sus nietas que aún no alcanza su primer año de edad. Nos dimos la retahíla de besos correspondientes e intercambiamos las consabidas bendiciones. Su nombre es Faisa, pero por tradición a la mujer que es madre se le nombra como madre del hijo varón mayor, por ejemplo, Oom Mahmoud, o sea, Madre de Mahmoud. Estaba radiante, contenta, ansiosa, como estábamos todos, incluso mi esposo.

-          ¿Mama está contenta? Le pregunté en inglés.

-          Sí, mucho. La alegría de mi hijo es mi alegría. Nos abrazamos.

Mi esposo había subido al segundo piso para encontrarse con Mohammad, pero el ansioso esposo estaba dentro del avión buscando a su esposa escoltado por una oficial de seguridad del aeropuerto, amiga de la nuera de los Shehabi que nos acompañaba. En el caso de Martha esta drástica medida de seguridad aquí en Bengasi está más que justificada. Ya he contado sobre el asunto de la extrema xenofobia existente aquí en Libia, y a diferencia de mí, que todos comentan que si no abro la boca paso como una más, Martha es blanca, rubia, de ojos azules y tampoco habla árabe. Definitivamente toda una conmoción. Aunque quienes realmente se robaron el show, como decimos en Puerto Rico, fueron aquellas tres mujeres que de manera irreverente y arrolladora irrumpieron en aquella típica estampa de país musulmán desentonando por completo el solemne entorno. Ante mis ojos eran unas aparecidas. Sí, como en esas películas donde personas del tiempo actual se tele transportan y viajan al pasado. Imponentes, altas y provocadoras se abrieron paso entre la alborotosa multitud de espesas barbas y cabezas cubiertas que al verles enmudecieron al unísono. Hombres y mujeres detuvieron sus respectivas conversaciones y se voltearon para seguir con la mirada incrédula, asombrada y acusadora a aquellas tres mujeres que de manera desafiante exhibían sus largas y ondulantes melenas. Tenían pinta de rusas, quizás turcas, pero igual podían venir de cualquier parte de Europa. Eran blancas, altas, de ojos claros, calzaban botas de cuero y abrigos en piel, vestían mahones ceñidos al cuerpo y parecían estar entre las edades de 40 a 50 años de edad. Si estuviese en un aeropuerto de occidente tal vez sería una escena usual, pero estando de este lado del mundo debo confesar que a mi favor o en mi contra, si es que se trata de adjudicar algún tipo de valoración, yo me escandalicé tanto como el resto allí presente. ¡Haram! Deberían cubrirse, comentó la madre de Mohammad y yo asentí con un lánguido movimiento de cabeza mientras percibía toda la lujuria que emanaban aquellos hombres. Se habían convertido en chacales, tenían los ojos rojos, los colmillos asomados, listos para lanzarse sobre la presa. Sin duda alguna creo que estas mujeres tendrán muchos problemas, pensé en voz alta mientras Oom Mahmoud asentía con la cabeza.

De entre la multitud repuesta ya devuelta a la algarabía alcancé a ver a mi esposo que cargaba dos bultos negros, tras de él, venían Mohammad y Martha; él sonriendo de oreja a oreja aun nervioso, ella lucia azorada, miraba en todas direcciones con ojos bien abiertos. Mi esposo sin hablar me delegó el custodiar el equipaje de mano de Martha, mientras ella se confundía en un efusivo abrazo con su suegra y su concuñada. Se giró, sonrió y nos abrazamos. Mi esposo se los llevó de inmediato a recoger el equipaje, proceso caótico en este aeropuerto de Benina, donde a través de un hueco en la pared se observa cómo van descargando los contenedores y colocando el equipaje en la maltrecha correa eléctrica mientras están todos los pasajeros y acompañantes agolpados unos sobre otros sin espacio suficiente para retirar las maletas sin que en el proceso se pise, se golpee o se empuje a alguien. Por experiencia sabía que el asunto demoraría unos 30 o cuarenta cinco minutos así que me acomodé en una silla. Era tanta la gente que se hacía imposible ver más allá del grupo de personas que se tuviese de frente. A nuestro lado se estacionó una familia que estaba esperando la llegada de la madre, para otros, su abuela. Llego toda vestida de negro, bajita, gordita, sin casi poder caminar, ayudada de un bastón y de una de sus hijas.  Le cedí mi asiento, me lo agradeció, lo mismo su hija, me echaron las bendiciones correspondientes; según supe más tarde andaban por Estambul en un tratamiento médico.

Una vez maletas en mano, salimos muy contentos del aeropuerto, Mohammad había olvidado en dónde había estacionado, mi esposo y los hermanos hacían bromas al respecto, Martha seguía con el semblante desorientado. Los autos estaban estacionados en cualquier dirección, me parecía verlos unos sobre otros, caminábamos dentro de un gran laberinto de hojalata, el sol calentaba y se reflectaba entre los espejos retrovisores y las piezas de aluminio. Que lo sigan con nosotros para la casa, le gritaba Mohammad a mi esposo desde el otro lado de la doble hilera de autos que nos separaba. Mi esposo me preguntó si quería ir y demás está decir que accedí. Transitamos el camino de Benina a Bengasi en caravana, aunque en algún momento del trayecto vi el auto de José el padre de Mohammad rebasarnos a gran velocidad, ya luego Ahmed nos dio la señal de detenernos para que Mohammad y Martha viajaran con nosotros. Martha venía con un ramo de flores hermoso, sonreía, ya lucía un poco más relajada. Mohammad la miraba incrédulo y fascinado, le preguntaba si estaba cansada, si estaba contenta, si quería o necesitaba algo. Yo me voltee para poder conversarles desde el asiento de enfrente, mientras mi esposo buscaba la música perfecta para el momento. Nos reímos muchísimo cuando sonó una pieza instrumental de lo más romántica y comenté que podíamos iniciar un negocio dando servicio a parejas de recién casados; por un precio módico se les da compañía, protección, asesoría, transportación, arreglo floral, alguna bebida nacional (no alcohólica por supuesto), dulces árabes, música romántica, información turística durante el trayecto y se les deja en la puerta de la casa. Créanme que no es mala idea. Mohammad aprovechó el trayecto para que entre todos le orientásemos a Martha sobre lo que de este lado del mundo, y para una mujer, sobre todo extranjera es o no es correcto, lo permitido y lo prohibido, lo debido e indebido, o sea, lo “halal” y lo “haram” en la sociedad libia-musulmana contemporánea. No faltó el tema de las agresiones sexuales, la violencia y la inseguridad e inestabilidad en general que se vive en el país. Aunque nuestra intensión no fue la de hacerla sentir abrumada entregándole una gran lista llena de “noes”, creo que lo logramos. De haberlo planificado no nos hubiese salido tan bien. Aun así su esposo le tomó dulcemente la mano y tras respirar profundo y exhalar casi en forma de suspiro, le dejó claro que a pesar de todo, lo importante es que ella tenga una buena experiencia, que disfrute.

Ya estábamos todos en la casa, como de costumbre descalzos, mujeres en un salón y los hombres en otro. Buscábamos conversación, que no es lo mismo vía Skype que estar frente a frente. En cierto momento me dio la impresión de que Martha no comprendía todo lo que le decíamos y le pregunté directamente. Me contestó que su primer idioma era el ucraniano, que también hablaba ruso, pero que su ingles quizás no era tan bueno, que debíamos hablarle despacio. Sin duda alguna estábamos todos en el mismo barco, con un inglés masticado pero que nos ha servido para a pesar de las diferencias culturales amigarnos y vivir eso que para muchos suena tan inalcanzable y utópico; la hermandad de los pueblos. Mohammad entraba y salía del salón, por eso mantuvimos nuestras cabelleras cubiertas, seguía preguntándole a su esposa si necesitaba algo, si estaba cansada, le advertía que dentro de poco se serviría un desayuno fuerte pues ya picaban las 12:00pm pero aquí no se almuerza hasta casi las 3:00pm. Entonces le propuse a nuestro amigo que se hiciera una excepción y que le consultara a la madre si era posible que tomáramos el desayuno todos juntos en el salón grande, porque  ya se había hecho en alguna otra ocasión y que si las mujeres de la casa no tienen ningún inconveniente así todos podíamos compartir sin necesidad de que él estuviese corriendo de un salón a otro atendiendo a mi esposo y por otro lado pendiente a su esposa.  Marta me miró sonriente, en total acuerdo, comentándome que para nosotras es lo más normal. Pero, la posibilidad de que mi propuesta fuera aceptada dependía del grado de familiaridad entre los presentes. Agraciadamente ni Mohammad, ni su familia tuvieron reparos en que nos uniéramos mujeres y hombres a desayunar en el salón grande. Como dijo Oom Mahmoud, ustedes ya son parte de esta familia.

Nos sentamos todos en el suelo alfombrado, las hermanas de Mohammad comenzaron a traer las bandejas con pan fresco sin levadura, aceite de oliva, aceitunas moradas, los tomates, los pepinos, las tortillas de huevo, el hummus y la bebida de yogurt. Martha miraba la escena y con una voz serena le preguntó a Mohammad…

-          ¿No hay mesa? Preguntó Martha a su esposo con voz sosegada.

-          No. Contestó Mohammad mirando a mi esposo como quien presagia una gracia.

-          ¿Y si tienen que escribir?

-          Los árabes no escribimos. Reímos todos menos Martha.

-          ¿Y si los niños tienen que hacer deberes escolares?

-          En esta casa no viven niños. Reímos nuevamente mientras Martha no salía de la impresión.

-          Martha, ellos son árabes están acostumbrados a hacer todo en el piso. Comente de lo más divertida mientras mi esposo me miraba sorprendido por mis palabras y Mohammad reía con todas las ganas.

-          ¡Ok! ¿Qué quieres decir con eso? Me preguntó mi esposo riendo pero sin salir de la sorpresa.

-          Pues lo que he visto. ¿O me vas a decir que no es cierto? Le riposté.

-          ¡Claro! Y los sonidos guturales de nuestra fonética es porque crecemos junto con los corderos.

Reíamos mientras Martha nos miraba picar el pan con las manos, untarlo en el aceite de oliva, pinchar entre los dedos y el pan un pedazo de tortilla y llevarlo a la boca sin necesidad de ni un solo cubierto. Se nos unieron los padres de Mohammad, las hermanas, Mahmoud y la esposa. Martha se acomodó por un extremo y comió con modestia. José me invitaba a probar las aceitunas que él había preparado en agua de sal, haciendo hincapiés en que las había preparado él y no su esposa. Yo me saboreaba las aceitunas, disimulaba mi incomodidad de comer sentada en el piso y lo complicado que se me hacía picar la tortilla sin traérmela entera enredada entre el pan y los dedos. Martha comía como pajarito y en silencio. Se veía muy bonita en su hijab azul turquesa, con su presencia delicada, aquellos ojos azules claros, su voz suave, la buena vibra que irradiaba. Oom Mahmoud le daba la bienvenida al hogar diciéndole que aunque es un edificio deteriorado y un apartamento pequeño, también era suyo. Y yo que vivo agradecida de la hospitalidad de los Shehabi añadí que ciertamente era un edificio deteriorado y un apartamento pequeño pero repleto de amor para todo el que entraba en él. Comimos al son de una conversación  amena, compartiendo la alegría de nuestro querido amigo Mohammad y su esposa Martha, quien nos sorprendió a todos con regalitos y chocolates traídos según dijo, con mucho amor desde su tierra. Nos despedimos quedando pendientes para la celebración del matrimonio esa misma semana. Mi esposo y yo nos regresamos a Al-Kwayfiya emocionados, contentos, satisfechos y agradeciendo a Dios que nuestros amigos también lograran finalmente estar juntos y disfrutar de su amor.
 

miércoles, 12 de febrero de 2014

¿Cómo es un día en la vida de Aziza?


Un día de verano saliendo del mercado.
 
¿Cómo es un día en la vida de Aziza? Pregunta Betania Vila (República Dominicana) en Los Relatos de Aziza, versión Facebook.

Mi vida ahora es sumamente simple, pues en este país no hay muchas oportunidades para hacer vida social, aquí soy ama de casa y una mujer no sale a la calle si no está acompañada de su marido. Así que el desarrollo de mis días depende de si Marido está en casa o en el desierto. Si está en casa nos levantamos entre 10:00am y  11:00am. Él hace el café y yo el resto del desayuno. Si hay alguna diligencia que hacer en la ciudad partimos justo después del desayuno porque entre 2:00pm a 4:00pm es el tiempo destinado al almuerzo y gran parte de los comercios cierran, ya luego operan hasta las 9:00pm o 10:00pm dependiendo de la actividad comercial. Si no hay diligencias pendientes, cada uno en su computadora verifica las noticias, los correos electrónicos, el Facebook, los blogs y en mi caso también verifico y gestiono asuntos de la tienda online, Aziza’s Treasure. Ya luego voy haciendo quehaceres de la casa y planificando el almuerzo, mi esposo también busca que hacer en la casa, alguna cosa que limpiar, organizar o reparar. Preparo el almuerzo, comemos juntos, luego vemos un poco de televisión y casi siempre me tomo una siesta. Mi esposo prepara té  para los dos y yo me siento a escribir, porque aparte del blog tengo otro proyecto entre manos. Llegada las 5:00pm si mi esposo no tiene que llevar a sus hermanas solteras de compras o a alguna cita médica, nos vamos a caminar al malecón de Bengasi, otras veces visitamos a cualquiera de sus hermanas casadas que viven en el mismo barrio, nos vamos de compra a cualquier mercado o visitamos a una familia palestina en el centro de la ciudad, donde sinceramente nos sentimos como en casa. Ya luego regresamos, en lo que mi esposo busca a una de sus hermanas solteras en el trabajo como a eso de las 9:00pm, yo voy preparando alguna cena ligera, o calentando los restos del almuerzo, lo espero, cenamos juntos, yo limpio la cocina y a ver TV, a conectarme Vía Skype con mi familia en Puerto Rico y conversar un poco con mis primos y amistades en Facebook si es de esas noches en que no tengo mucho sueño.
Si es viernes, mi esposo se prepara y se va a la mezquita, almuerzo sola porque el acostumbra ir de la mezquita a casa de una de sus hermanas y almorzar con ellos. Luego en la tarde esperamos la visita de las cuatro sobrinas y muchas veces cenamos con ellas. Los sábados puede que salgamos a comer fuera, de paseo a alguna ciudad en ruinas, o de compras. Entre jueves y sábado surge una que otra invitación a alguna boda y dependiendo del ánimo y del tipo de relación decidimos si vamos o no. Ya domingo aquí es inicio de semana, como un lunes en occidente. Si Marido está en el desierto duermo de día y me levanto a eso de las 4:00pm, como, escribo, veo TV, limpio, manejo la tienda y hablo con Habibi como a eso de las 7:00am antes de acostarme a dormir. Debe ser psicológico pero durmiendo el día siento que el tiempo se va rápido y la espera de su llegada es más llevadera; subterfugios psicológicos de cuando se extraña a alguien con toda el alma.