lunes, 30 de septiembre de 2013

Ventanas cerradas...

Hay dos cosas a las que me ha costado acostumbrarme, una es el asunto este de vivir a ventanas cerradas y la otra es la cotidianidad silente y recatada que caracteriza a la familia de mi esposo. Imagínense, soy natural de Vega Alta, un pueblo pequeño en la costa norte de Puerto Rico. La mayor parte de mi infancia y adolescencia transcurrió en el campo, en el barrio Candelaria, sector Cibuco (en honor al río que escribe su nombre con letra dorada), que un día de buenas a primeras pasó a llamarse sector Fátima en veneración a la Virgen de Fátima y su capilla, pues si hay algo que distingue a mi barrio es ese fervor católico. La capilla también servía de convento a las hermanas de La Inmaculada Concepción, allí llegábamos los niños del barrio cada sábado de mañana a tomar el catecismo y a cantar con Sor Carmen, la que más recuerdo de todas las monjitas.

El asunto es que la casa de mis padres es la última del barrio, donde termina la carretera y no colinda con la casa de ningún otro vecino en ‘un verja con verja’. Allí crecí disfrutando de espacios abiertos, de dos cuerdas de terreno que dejan boca abierta a todo el que llega, con el arrullo de una tímida quebrada que en tiempos de lluvia se revela por aquello de recordarnos que la naturaleza es tan poderosa como maravillosa. La casa donde he pasado el mayor tiempo de mi vida tiene más metros cuadrados en balcones que en habitaciones, es una casa de ventanas y puertas siempre abiertas, tanto en el sentido más literal de la acotación como en el más simbólico. En nuestra casa no se conoce lo que es privacidad, pues es la casa de nosotros, y agraciadamente del resto de la familia, vecinos, amigos y del que llegue porque la ciudad y el pueblo lo sofoca. Llegan hasta casa de Santa y Edwin donde se toman lo mismo un café o un jugo de limón, que una taza de leche y jengibre si es que les ha cogido la noche echando cuentos y chistes con Papi descamisado desde su hamaca y Mami que aunque siempre con agenda cargada saca tiempo para recibir a todo el que llega y consentir a sus dos nietas.

En casa nos reímos a carcajadas y a gritos, como todas las Arroyo, si estamos en el segundo piso y necesitamos algo del primero nos pegamos un grito. En ocasión de fiesta, los carros se enfilan desde el balcón hasta el inicio de la “jalda”. Y durante el fin de semana si estabas a tus anchas en pantalones cortos y camisilla viendo la tele en el sofá del balcón y llegó visita o un carro repleto de desconocidos perdidos en busca de la salida para Vega Baja, la vuelta al pueblo o la carretera hasta Corozal, te tapas el "muslaje" con el primer cojín que encuentres y descalza o en chanclas te acercas hasta el carro y das todas las directrices necesarias; que si no fuera por la facha te montabas en la guagua y los escoltabas. Pero te regresas al sofá y como es sábado o domingo sin pudor ninguno y con el portón abierto te acomodas y sigues de asueto.

Aquí después de mostrarme la serpiente higiénica y ponerme la barra de Lux en la mano. ¿Se acuerdan? Lo primero que se me dijo a manera de regla inquebrantable fue que por nada del mundo se abren las ventanas. Sí, así como lo leen. Ya he hablado de esto antes y los que me han seguido relato tras relato aquí en el blog de Blogger o en la página de Facebook desde mi llegada a Libia saben lo mucho que me ha costado y las veces que me he metido en líos por desobedecer. Al principio cuando más envuelta me encontraba en la cocina quedaba pegada del techo porque sin verla ni sentirla subir las escaleras mi suegra se aparecía, de kaftan floreado y hijab en la cocina. Entraba con gesto de indignación regañándome en árabe toda alterada, elevando los brazos al cielo, y yo lo único que entendía era las veces que decía ¡Yah Allah! ¡Yah Allah! Y se iba directo a la ventana a cerrarla. ¡Bendito! Luego me preguntaba en su graciosísimo intento de español, ¿Mucho calor Aziza? ¿Mucho Calor? Y ya más calmada, o no sé si en vías de resignación me propinaba par de compasivas palmaditas en la espalda, se sonreía amorosa, como ha sido desde siempre y se marchaba murmurando en el tono gutural tan característico de la lengua árabe pero con la sutileza del acento palestino. Cuando no era la suegra, era alguna cuñada que tocaba a la puerta y yo la abría toda despistada olvidando que tenía alguna ventana abierta y entonces me decían con una paciencia fingida en un inglés mucho más pobre que el mío;  ”Aziza, Clous de guindou. Never open guindou eguein, other man can si yu”. Sí, la razón para vivir a ventanas cerradas es para que ningún hombre que por casualidad se encuentre trepado en alguna azotea o escondido tras alguna cortina, te pueda ver desde alguna otra casa. Aquí las casas en su mayoría son de 2, 3 y hasta 4 pisos; un piso por cada hijo varón casado. Y según cuentan está el ligón que hace orilla, pero nunca será culpa de quien con la excusa de que Dios le dio ojos y de casualidad mirando a lontananza se topó con la ventana abierta. ¡No! Será culpa de la mujer que se deja ver a través de la ventana, que si estaba correctamente vestida aun así será tildada de indecente (غير محتشم) pero que si se le llegó a ver algo de cabello o piel entonces la llamaran puta (عاهره).
 
Ya lo he entendido y lo respeto, pero al principio le cuestionaba a mi esposo alegando que vivimos en un segundo piso, que del lado de la casa en el que se encuentra nuestra habitación una de las ventanas da para el patio lleno de árboles frondosos y que la otra da para un terreno baldío cubierto de rocas. ¡Que no! Que las ventanas no se abren. ¿Y si las abro pero me cubro con abaya y hijab como Allah manda? Que no, que no hay  porque darle de qué hablar a los vecinos, enfadar a sus padres y dar mayores motivos de reparos a sus tres hermanas solteras. Pero cuando mi esposo se va 30 o 40 días a trabajar al Sáhara, confieso que he abierto las ventanas, pero solo un poquitín, tarde en la noche y en la más absoluta oscuridad. ¡Coño! Es verdad que vengo de un país tropical, pero las temperaturas que se alcanzan en Libia entre mayo y septiembre son incomparables. Las casas almacenan el calor de todo el día y en las noches aunque suele refrescar un poco el voltaje eléctrico se debilita, los enseres no funcionan como deberían, y se desconecta el acondicionador de aire para evitar que se dañe. ¿Qué te queda? Dormir en el sauna, sentirte como lechoncito… ¡Ay perdón! Como corderito al horno. He abierto las ventanas y en cada llamada me pregunta y yo queriendo mentir, no he podido. ¡Que me ahogo! ¡Que me asfixio! ¡Que así no puedo! Una cosa es leerlo y otra es sudarlo. Agraciadamente ha llegado octubre, y en el proceso del cambio climático llevamos una semana sin prender el acondicionador de aire y usando un abanico que según me cuenta mi esposo, ya entrando el mes de diciembre no lo necesitaremos. Hace unas cuantas madrugadas atrás escuché lluvia, pero le resté importancia pensé que estaba soñando y seguí durmiendo y es que además este mes comienza la limitada y anhelada temporada de 4 meses de lluvia. El resto se nos va en Siroco, tormentas de arena y ese calor húmedo que te sofoca, te debilita y si no eres de aquí te puede dar con despojarte de todos los paños, tirarte por una ventana y salir corriendo hasta zambullirte en el Mediterráneo. ¡La gota gorda!
 
Las veces que he contado sobre las ventanas he tenido la sensación de que no he logrado transmitir la crudeza del asunto. ¡Tan dramática que estoy hoy! Así que al pie de este relato les comparto fotos reales de las ventanas que me protegen de ser tildada de indecente entre otras cosas y con ello preservo el honor de mi esposo y su familia. Así es aquí, donde vivo ahora. Nada, que cuando pueda visitar mi isla querida y volver a la casa de mis padres allá en Fátima, voy a asomar la cara por cuanta ventana encuentre, me voy a trepar a dormir una noche a contar estrellas en el techo y sobre todo, voy a hablar alto y a reírme a carcajadas, con Mami, mi hermana, mis primas y con las tías que me hacen tanta falta.

Como debe ser...
 
 




 
 
 
 
 


Si se quiere filtrar luz y un poco de aire...
 
 
 
 
 
 
 
 

Como yo la abro...















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sábado, 14 de septiembre de 2013

Tape Vs. Destape



Mi querida amiga Diana Laureano de Puerto Rico, pregunta qué pienso sobre esta foto que muestra de manera gráfica el asunto del tape de la mujer musulmana versus el destape de la mujer occidental. Y yo solo puedo decir que todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande.


Por ejemplo, en Puerto Rico y muchos otros países puede suceder que la mujer que viste con recato y no muestra para nada su cuerpo sea blanco de burlas y rechazo por no responder a la imagen "sexy" y atractiva que la moda, las grandes corporaciones y los medios de comunicación promueven, sobre todo si se trata de una mujer joven. Hasta tus tías te dicen; " ¡Ja! Si yo tuviera tu edad, esas piernas y ese muslaje, no usaría pantalones. ¡A mostrar esos jamones!"


Incluso hay hombres (no todos, antes de que me caigan chinches) que gustan de exhibir el cuerpo de sus novias o esposas para que otros hombres vean ‘la clase de hembra’, 'el mujerón’, ‘la potranca’ que han conquistado y a quien llenos de orgullo llaman, ‘la mujer mía’. Claro que la cosa cambia si se trata de su propia madre, su hermana o su hija (a esas que se vistan sin enseñar). 


Pero, ciertamente  al hombre que gusta de exhibir una mujer 'sexy', con ropa que marque o muestre su cuerpo esto le hace sentir orgulloso y le brinda cierta satisfacción, por otra parte algunas mujeres comparten ese orgullo, muchas de ellas crecieron pensando que de eso se trata ser bonitas, que ser deseada es equivalente a ser amada y que la exposición es sinónimo de valoración.

En estos países árabes-musulmanes sucede todo lo contrario y las razones pueden ser tanto religiosas como culturales. Los padres le inculcan a la mujer desde niña que su cuerpo es valioso, que no todo el mundo es merecedor de poder apreciarlo, que la gente deberá admirarla por su personalidad, sentimientos, inteligencia y capacidades; sobre todo el hombre que la pretenda en matrimonio, pues se interesará por el honor y el prestigio del que goce su familia y por lo tanto del de ella como persona y mujer. 


No todas las mujeres árabes-musulmanas cubren sus rostros, pero la gran mayoría, solteras o casadas se aseguran de evitar que la ropa marque la figura o deje la piel al descubierto. Guardan sus atributos físicos para el hombre que las despose y cuando digo atributos físicos me refiero a cabello, rostro maquillado, todo lo que implique embellecimiento del cuerpo y lo haga atractivo a la vista. 


La gran mayoría de las mujeres con las que he hablado en este país, que además de su cuerpo tapan su rostro y manos me han dicho que lo han hecho por decisión propia, porque es una expresión de respeto a sí mismas, que con ello expresan que son mujeres decentes y sobre todo fieles a ellas, a su esposo y a su religión. También representa un alto para cualquier hombre que se acerque con malas intenciones y a su vez dan buen ejemplo a sus hijas y mujeres jóvenes de la familia (también  están las que lo hacen por requerimiento de sus padres, hermanos y esposos).



Como tema aparte, les cuento que siempre me ha llamado la atención como en películas y en todo tipo de artículos insisten en estereotipar a la mujer árabe-musulmana como una mujer de rostro afligido, pretendiendo propagar la imagen injustamente generalizada de un estado perene de desesperanza y opresión. Antes de vivir en este país miraba las fotos en Internet y decía, "es que de ese lado debe haber mujeres con motivos para sonreír" y efectivamente, ha sido grata la oportunidad de constatar que no me equivocaba. Y con esto no digo que no exista la opresión, el maltrato y la desigualdad de oportunidades hacia el sexo femenino, que si bien se da a nivel mundial por estos lados suele ser mucho más agresivo, pero créanme también hay mujeres que sonríen, que se sienten amadas, respetadas y protegidas por su esposo y todos los varones de su familia; tal y como ordena la religión (aunque personalmente  difiero en algunos puntos), muy al contrario de lo que se puede llegar a ver por tradición.


Retomando el tema de la vestimenta y vinculándolo al comentario anterior les cuento que recién llegada a Libia fui invitada a una boda de alta sociedad, la misma se celebró en un salón muy elegante y como ya saben, las celebraciones se dan con hombres separados de las mujeres, en salones apartes. Todas las mujeres llegamos vestidas de abayas negras y con el cabello cubierto por el hijab, otras llegaban vistiendo niqab, donde todo el cuerpo queda cubierto, incluido los ojos. 


Del recibidor pasaban al tocador donde contaban con todas las facilidades para poder despojarse de los vestidos tradicionales y para mi gran sorpresa, quedar en sus vestidos de fiesta. No pude disimular mi asombro y las observaba a todas con ojos desorbitados y boca abierta, maravillada por completo. En las bodas, que ya he contado que son los eventos sociales más importantes, las mujeres árabes utilizan trajes elegantes y coquetos, muestran sus atributos físicos, llevan peinados hermosos muy elaborados, maquillajes exóticos y ni hablar de la cantidad de joyas de oro y piedras preciosas que ostentan, según su poder adquisitivo claro está, bueno corrijo, del marido. 


Fue un deleite ver a estas mujeres, las mismas que se me cruzan un día cualquiera en el mercado con vestimenta recatada, conservadora y actitud modesta; riendo a carcajadas, exhibiéndose por todo el salón a paso coqueto y en ocasiones contoneando su cuerpo al ritmo de la  música tradicional de las bodas libias; con trajes que fácilmente podrían ser usados para caminar por la alfombra roja, con peinados, piel y maquillaje de diosas mitológicas y como si fuera poco, tacones y joyas que dejarían a la más vanidosa de las occidentales sin aliento y arrancándose los pelos. 


De no ser por la comida, la música y el hecho de que en el salón éramos todas mujeres, les juro que pasaría por una celebración como en cualquier país occidental. Así que me  reafirmo en mi opinión inicial sobre el tape y el destape; todo depende del cristal con que se mire y entre la latitud y longitud por donde se ande. Nada, que si de extremos se trata con el asunto de la vestimenta yo prefiero como dicen los estadounidenses, "a happy medium".


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martes, 13 de agosto de 2013

Tengo una amiga en Bengasi

Hospital Al Marwa, Bengasi, Libia
 

Tengo una amiga aquí en Bengasi. Nos conocimos hará cosa de un mes en una de las salas de espera del hospital Al Marwa. Mi esposo me llevó porque desde hace tiempo me aqueja un dolor discontinuo en el costado izquierdo de mi abdomen y en Puerto Rico no hubo sonograma, colonoscopía, ni tomografía que diese con la causa del mismo. El doctor fue recomendado por una de mis cuñadas casadas porque aparte de haberla intervenido quirúrgicamente y seguir viva para contarlo, el galeno habla inglés; según me cuentan conseguir ambas cosas en un médico no es muy común por aquí. La cita era para las 5:00pm pero una vez más el tráfico pesado en las vías de acceso a la ciudad nos había superado. Cuando mi esposo dobló a la izquierda para acceder al estacionamiento me pareció reconocer el lugar, habíamos pasado por allí muchísimas veces pero nunca me había percatado que aquel edificio tan inusualmente horizontal y estrecho era un hospital. Entramos y mi esposo, como de costumbre, va con la cara más tesa y seria que se pueda uno imaginar. Habla con una recepcionista,  que por cierto aparentaba ser muy joven y tenía una cara muy bonita. Ella señala las escaleras, mi esposo le agradece  sin perder el rigor,  nos dirigimos al segundo piso, él va delante y yo detrás, habla con otra recepcionista que también resultó ser joven y bonita. Ésta confronta serias dificultades para entender mi nombre y ni hablar de mis apellidos. Ya nos ha sucedido antes y mi esposo no tiene mucha paciencia, le repitió unas tres veces mi nombre, pero como siempre,  lo hace deprisa como si olvidara que al principio a él también le costó y que por muy graciosa y romántica que sea la historia de la elección de mi nombre árabe, acá entre nos, yo creo que la dificultad al momento de pronunciar mi nombre de pila jugó un papel importantísimo para que hoy día aquí se me llame Aziza. El asunto es que la joven se dio por vencida y le pasó la lista de pacientes para que él mismo señalara mi nombre que al momento de coordinar la cita se anotó transliterado al árabe. ¡Vaya! ¡Vaya!

Atravesamos un pasillo y llegamos a un área bastante amplia dividida en varios salones abiertos que hacían de salas de espera. El lugar en general tenía muy buena pinta, ordenado, limpio, decorado, se lo comenté  a mi esposo y en voz muy baja acercándose a mi oído me susurró que estábamos en un hospital privado. Coloqué cara de ¡Oh! Me quedé parada mirando todo a 360 grados. Entonces me topé con la mirada de, ¡Apúrate! de mi esposo. Tocó una de las puertas, la chica (otra joven bonita) que abrió me miró, sonrió amablemente y señaló el último de los salones. De lejos mi esposo atisbó un asiento libre y me indicó que esperara sentada y que cuando me llamaran antes de entrar a la consulta le hiciera señas para él entrar conmigo. ¿Pero y dónde estarás tú? Sin mediar palabra me señalo el primero de los salones; no me había dado cuenta que aunque abiertos, como de costumbre los primeros dos salones de espera eran para hombres y que los del fondo para mujeres (otra cara de ¡Oh!). Atravesé ambos salones como en pasarela, y no lo digo porque caminase yo con estilo coqueto o refinado, si no por las miradas auscultadoras de todas aquellas mujeres conservadoramente ataviadas en impecables ‘abayas’ negras y sus coloridos ‘hijabs’. Curiosamente ese día no vestía yo de ‘abaya’, pero mal vestida no estaba, porque si hay alguien que se asegura al 101% de esos menesteres, ese es “Habibi”. Llevaba yo un pantalón negro tipo palazzo y una túnica tipo ‘kurti’ del mismo color, bastante ancha y de sutil bordado floral de tonos pasteles en cuello, mangas y ruedo a nivel de las caderas. Mis zapatos también eran negros, de taco ancho y recatado, el hijab de ese día era uno que me gusta mucho en contraste de tonos tornasoles de azules y verde similares a los del bordado en la túnica. Ese día cuando mi esposo entró al cuarto y me vio sonrió y me dijo que me veía muy elegante, dice que prefiere la mujer elegante a la sexy, y que los maquillajes deben ser para resaltar con sutileza los atributos naturales y no para simular mascaras carnavalescas donde las mujeres escondan su verdadero rostro. Así que por mi apariencia no era, no. Me senté en la única silla disponible al momento, justo la que quedaba al fondo del último salón, de frente a quienes llegaban, con vista casi panorámica de todo el piso donde una sala parecía estar la una dentro de la otra.

Las miradas de pupilas estetoscopicas me siguieron hasta que me acomodé en la silla y a pesar de haber subido la vista en casual e ingenua confrontación, la mayoría de las mujeres no claudicó. Sin pudor  ninguno continuaron examinándome y sin darme cuenta yo también había comenzado a hacer lo mismo con ellas. De hecho creo que lo hacía desde el primer momento, desde que me percaté que todas las empleadas eran jóvenes y bonitas como si fuera un requisito inquebrantable a la hora del reclutamiento de personal en aquel hospital, desde que noté que las mujeres en la sala de espera estaban muy bien vestidas y arregladas; creo que todos lo hemos hecho desde aquella ocasión con la Munacabát y el chacal en el autobús del aeropuerto de Estambul. ¿Recuerdan aquel primer relato? Bueno, pues he llegado a la conclusión de que aunque algunos destaquen la similitud de mis rasgos faciales con los de las mujeres de estas tierras, por más que me ciña a su código de vestimenta y evite el que se me pueda identificar como extranjera hay una fuerza instintiva poderosísima que les advierte, me identifica y me delata. La realidad es que nunca he podido pasar desapercibida. Me ha quedado más que claro que existe un lenguaje universal, muy de humanos que se basa en el manejo de la mirada y si hasta ahora me llena de intriga el modo en que se me mira, la intriga es aún mayor cuando pienso en el modo en que yo les he estado mirando a ellos durante estos cuatro meses.

Nunca he tenido una noción del tiempo confiable, así que no sé cuánto tiempo pasó hasta que la vi entrar al salón acompañada de quien supuse era su madre. Recuerdo una sonrisa, como  a manera de saludo, pero no puedo precisar quien sonrió primero, si lo hizo ella o fui yo. Seguí a esta chica con la vista hasta que se sentó, como anteriormente habían hecho todas conmigo. Se sentaron en la hilera de sillas contra la pared a mi derecha. La madre como era de esperarse vestía abaya y hijab, pero ella mujer joven, tal vez entre los 30 y 40,  de tez oscura venía maquillada, vestía unos mahones (jeans) azules ceñidos al cuerpo, una chaqueta encantadora color mostaza de mangas largas que le cubría hasta mitad de muslo, la blusa interior tenía cuello alto y era de un color marrón claro al igual que el hijab y las botas de tacones que le habían marcado el paso desde que había entrado al salón. Esto último según los códigos de buen comportamiento no es bien visto; las mujeres no deben llamar la atención, su vestimenta y presencia en general debe responder a la modestia y el recato. Cuando una mujer utiliza maquillaje cargado, vestido que delinee o resalte la figura de su cuerpo, perfumes fuertes, accesorios rimbombantes o simplemente taconee al caminar, es porque en lugar de modestia exhala vanidad y busca llamar la atención de las personas hacia su físico y no hacia su personalidad o las bondades de su corazón y en el más reprochable de los casos, busca llamar la atención de los hombres, como en abierta oferta.

A mi esta chica me simpatizaba y mientras todas las mujeres aguardaban su turno en solemne silencio, ella conversaba por su teléfono celular y dentro de su conversación se asombraba, se reía, ciertamente lo disfrutaba. El ‘ringtone’ de su teléfono era una musiquita árabe tipo ‘pop’ pegajosa y bailable. A su madre parecía no importarle, pero las demás mujeres también la miraban y ella, miraba “pa’ lante”. ¡Ja,ja! Toda ella era como un desafío no muy claro, pero viviente y andante. Me miró y volvimos a sonreír.  Su madre le preguntó algo, según intuí ella contestó como expresando desconocimiento sobre el asunto. Entonces la madre le preguntó a una de las mujeres en la hilera de asientos contra la pared a mi izquierda, al parecer nadie tenía una respuesta. La chica me sonrió nuevamente y me preguntó algo en árabe. Todas las mujeres del salón se voltearon a mirarme en espera de mi contestación. Las miré a todas, la miré a ella y supe que el tan temido momento de hablar con algún extraño sin tener la ayuda traductora de mi esposo o alguna de mis cuñadas había llegado. Admito que me puse nerviosa, que tardé mucho en reaccionar, tanto, que la chica volvió a repetir la pregunta y todas las mujeres esperaban por mi contestación. No sé cuánto tiempo pasó entre una cosa y la otra pero traté de recordar a toda prisa las palabras en árabe que tanto me hizo practicar mi esposo para cuando llegara este momento poder explicar a los demás que no hablo árabe y la verdad es que tenía todas las palabras confusas y agolpadas entre mi cerebro y mi lengua. Entonces se activó cierto mecanismo automático de manejo rápido de emergencias, las miré a todas, la miré a ella, mi boca se abrió y dije; “Sorry. I don’t speak Arabic.” Sí, en mi inglés de Sofía Vergara. Esta vez la cara de, ¡Oh! la pusieron ellas; algunas sonrieron, otras torcieron la boca y los ojos en un solo movimiento digno de ser fotografiado y ella me pareció que sonrió con total comprensión. Sin apenas poderme recuperar de tan embarazoso episodio, entró al salón otra mujer, y claro, como era yo la que justo le quedaba de frente me preguntó no sé qué cosa. Esta vez no me dio tiempo, ni de preocuparme o asustarme; se escuchó un coro al unísono de mujeres que dijeron; وقالت انها لا يتكلمون اللغة العربية, o sea, “Ella no habla árabe”. ¡Qué momento! Es que me dieron ganas de arroparme la cara con los retazos del hijab que me colgaban por el cuello.

 

Aquella sala de espera debió haber estado secretamente equipada de algún reproductor de sonido con amplificadores  integrados, porque la chica joven y bonita asistente del doctor se paró en la entrada y a diferencia del resto, a mí en lugar de por mi nombre se me llamó por señas. Sí, soy yo, la de nombre difícil e impronunciable que no habla árabe. Caminé sin mirar atrás y taconeando. ¡Carajo! Cuando estoy a punto de entrar me acordé de marido que ya venía a toda prisa a mi encuentro. ¿La consulta? Todo bien, según lo poco que mi esposo y yo entendimos de la ventrílocua pronunciación en inglés de nuestro médico estelar, es que apenas abría la boca cuando hablaba y juro que nunca le alcancé a ver los dientes. Pero muy profesional y agradable; ordenó análisis de sangre y orina y una tomografía con contraste como último recurso exploratorio. Salimos a toda prisa para el laboratorio ubicado en el primer piso, y cuando justo nos disponíamos a abandonar el hospital la chica “desafío viviente” se nos cruzó junto con la madre y nos volvimos a sonreír mientras ella levantando un poco la mano decía adiós.

 


Habrían pasado unas tres semanas, qué sé yo. Estábamos en el supermercado del único propiamente llamado Mall en Bengasi, mientras mi esposo hacia la fila para pagar la compra, yo mariposeaba con la vista sobre la gente, artículos y revistas. Escuché risas y conversación amena, era un grupo de mujeres joviales, aparentemente conocidas entre ellas, parecían haberse encontrado en otra de las filas del cajero. Sí que se la estaban pasando bien, yo las miraba y sonreía como si su alegría fuera contagiosa. Eran cinco o seis, todas de lo más maquilladas, vestidas de forma recatada pero en colores claros y además lucían modernas. Y de repente la vi, allí estaba, era una de ellas. Al parecer yo no puede ocultar mi alegría y una de las mujeres alcanzo a verme, las demás,  curiosas todas se voltearon a ver que tanto miraba la otra y allí estaba yo, de frente con una sonrisa de cuarto creciente, de oreja a oreja, feliz de haberme topado por accidente con una persona conocida, y zarandeaba la mano derecha de un lado a otro diciendo ¡Hola! Saludando de lo más efusiva, como si me hubiese encontrado con una amiga. Ellas estaban un poco confundidas, no sabían exactamente a quien saludaba hasta que mi amiga, la chica “desafío viviente” del hospital frunciendo el ceño me clavo una vista de esas tipo “zoom binocular”  y es verdad que tardó un poco, pero yo creo que me reconoció. Sí, debió acordarse de mí, porque un poco pasmada sonrió y tímidamente devolvió el saludo con la mano. Muy alegre y satisfecha yo tocaba insistentemente el hombro de mi esposo para llamar su atención y le digo; ¡Mira, mira! Mira quién está allí. Señalando el grupo de mujeres y él mira con su acostumbrada rigidez, ellas todas bajan la mirada (a hombres extraños no se les sostiene la mirada), se voltean y comienzan a cuchichear. Mi esposo al no conocer a ninguna me pregunta que a quién he visto. Y le digo, pues a ella, a la chica que conocí el otro día en el hospital. Algo confundido me pregunta, ¿La conoces? Y yo  caigo en cuenta, voy recogiendo la luna cuarto creciente que tenía dibujada en los labios y le digo, conocerla así de conocerla no, pero es la primera vez que me encuentro con alguien que ya había visto en esta ciudad. Las mujeres salieron del supermercado, unas hacia el estacionamiento y la chica “desafío viviente” junto con otra, entraron a la tienda de cosméticos que queda frente a la salida del supermercado. Salieron de allí sin mirar atrás. Una vez en el auto, de camino hacia la casa sin que hubiésemos entablado conversación previa mi esposo me miró y con un tono tierno que de verdad me conmovió me preguntó. ¿Aziza, hay veces en que te sientes sola verdad? Y yo, mirándolo en un tono nostálgico le contesté; No es que me sienta sola, porque te tengo a ti y soy feliz, es que hay momentos en los que extraño mucho a mis amigas.



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jueves, 1 de agosto de 2013

Vivirme la vida


Un amigo de Puerto Rico me pregunta que cómo me divierto ahora que vivo en Libia.

Quienes me conocen saben que mi salida favorita siempre fue la típica salida de ‘Cine y Cena’. Bueno aquí en Libia no hay cines y los restaurantes, casas de té (no hay bares o pub’s porque es un país musulmán y el alcohol es ilegal) y cualquier otro lugar de reunión público son solo para hombres. Los restaurantes más costosos advierten que cuentan con un salón familiar, que estará cubierto de cortinas para que ningún hombre de la calle o sentado en el salón principal pueda ver las mujeres de la familia. Las diversiones aquí se dividen entre las de hombres y las permitidas o bien vistas para mujeres. Las mujeres se divierten comprando, siempre van acompañadas de sus esposos y ellos te compran todo lo que necesitas o quieres de acuerdo a su presupuesto; disfrutan comprar de todo, alimentos en el supermercado, vegetales, frutas y artículos para el hogar en los mercados populares, maquillajes, joyería fina (mucho oro), ropa, también van al salón de belleza, a tatuarse diseños con henna e incluso algunas van al gimnasio (exclusivo para mujeres). He visto mujeres solas, pero no es muy común, además ese no es mi caso porque la familia palestina de mi esposo es bastante tradicional.

 La otra diversión es asistir a bodas. Aquí el matrimonio es el evento más importante en la vida de cualquier persona (tanto para mujeres como para hombres) y su familia. Se celebran muchos matrimonios y por todo lo alto. Cuando son familias adineradas son eventos que nunca olvidaras y si son pobres tampoco porque incluso con limitaciones económicas la familia y los vecinos cierran la calle y muchas celebraciones, las más humildes, duran varios días. Siempre las mujeres en un salón y los hombres en otro. Los libios, palestinos y árabes en general disfrutan visitar las casas de sus familiares y amigos; también es todo un acontecimiento con protocolo y todo, y más vale ir con hambre porque en una visita de una hora o dos, se sirve comida y bebida (tipo refrigerios y entremeses) de tres a cuatro veces. Si los lazos familiares son bastante cercanos, por ejemplo visitar a mis cuñadas, después que yo mantenga mi cabello cubierto con mi ‘hijab’ y vista mi ‘abaya’ (vestimenta larga) todos podemos estar en el mismo salón, si la visita es a una familia amiga, pues hombres en un salón de visitas y mujeres en otro, las casas y apartamentos cumplen con estas especificaciones de sala familiar y salón o salones de visitas.
 
En mi caso, salgo cuando mi esposo está en la ciudad, vamos a caminar 2 millas cuatro días a la semana (ves todas las parejas caminando, puede que la mujer que va caminando sola por el área de ejercicios es porque su esposo o algún hombre de la familia la está esperando en el auto estacionado en un área cercana, que sea una mujer soltera o viuda sin familiares cercanos del sexo masculino). Mi esposo y yo también vamos de compra, de visita a casa de sus hermanas y familias amigas y también hacemos turismo interno. Aquí en Libia hay ruinas antiguas de tiempos en que griegos y romanos anduvieron por estos lares, él es geólogo de profesión y yo una aventurera, así que este es un paseo que ambos disfrutamos mucho (Cirene city). También hay valles rodeados de montañas rocosas con cuevas donde antes vivían comunidades enteras y ahora son un espacio para que familias y parejas hagan pasadías (Wadi Al-Kuf). Además la compañía de mi esposo ya de por si es una diversión, nosotros conversamos mucho, gracias a Dios a pesar de nuestras diferencias culturales, de pensar y ver el mundo y la vida con cabeza y ojos diferentes, somos muy afines. Tenemos conversaciones interesantes que yo disfruto muchísimo y además nos reímos en cantidad, de nosotros mismos, de las cosas que nos pasan, nos reímos de todo lo que podamos reírnos y esto es algo que ambos apreciamos. Y bueno, cuando mi esposo se va por un mes a trabajar en el desierto, como ahora, pues no salgo, él compra todo lo necesario para que su familia en el primer piso no tenga que salir y a mí me deja también abastecida de todo lo que se pueda necesitar durante un mes, en caso de emergencia se llama a los esposos de las cuñadas casadas que viven cerca. Así paso un mes en la casa, escribiendo mi blog, volví  a escribir columnas de opinión para distintos medios, atendiendo mi tienda ‘online’ de túnicas y pashminas indias, hablo con mi familia por Skype todos los días y en el Facebook me mantengo en contacto y al día con mi otro mundo, ustedes. También tengo un TV con dos satélites conectados para ver canales de casi todo el mundo. Estoy disfrutando y aprendiendo mucho de esta experiencia, digamos que mi diversión favorita en cualquier parte del mundo, es vivirme la vida.
 
 
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viernes, 19 de julio de 2013

Más boricua que una pelota de mofongo con chicharrón



 
 
He leído en la prensa las aclaraciones que el cantante Marc Anthony ha dado sobre su nacionalidad a ese sector de la ciudadanía estadounidense que en estos días lo hizo objeto de una oleada de comentarios racistas y xenofóbicos demostrando así su ignorancia sobre el origen del cantante, además de exponer un vergonzoso desconocimiento sobre la relación política existente entre Estados Unidos y Puerto Rico desde la ocupación de 1898; relación por la cual más tarde se le otorga a los puertorriqueños y a toda persona nacida en el territorio la ciudadanía estadounidense. También me he dado a la tarea de leer en las redes sociales las diferentes reacciones que el incidente ha generado y me ha llamado la atención el punto que traen algunos, sobre si los puertorriqueños debemos estar aclarando nuestra nacionalidad una y otra vez, sobre todo en momentos donde se nos podría estar cuestionando con fines discriminatorios. El cantante, nacido y criado en la ciudad de Nueva York, de padres puertorriqueños, se declaró más estadounidense que el ‘Apple Pie’, pero también dijo sentirse más puertorriqueño que nunca. Esa es su realidad y tiene derecho a expresarla según la vive, y aunque para algunos estas expresiones puedan sonar contradictorias, hasta cierto punto puedo comprender su sentir, aunque no así el compartirlo; pues mis padres también son puertorriqueños, pero yo a diferencia del cantante soy nacida y criada en Puerto Rico.


La discusión de este asunto tan controversial me lleva a compartir una anécdota sobre mi propia situación viviendo aquí en Libia donde todos me presentan como la esposa “americana”, en total referencia a Estados Unidos de Norte América. En una ocasión acompañé a mi suegra y mis seis cuñadas a un velatorio y la impresión que me dio fue de que estaban en espera de mi llegada, todos curiosos, más que la novedad como si fuese yo la atracción de la noche sobre el dolor de la viuda y las hijas del difunto. Al parecer una chica no se aguantó la curiosidad y vino directo donde una de mis cuñadas a preguntarle de dónde era yo. Entendí cuando mi cuñada contestó que era de Estados Unidos, que era americana y aun no comprendo por qué la chica sonrió y le comentó que su familia era muy afortunada de tener una ‘americana’ entre ellos (este es un tema aparte). Más tarde le aclaré a mi cuñada que si soy americana es porque nací en América pero que no soy estadounidense, que yo soy nacida y criada en Puerto Rico. Ella me contestó que mi pasaporte me identificaba como ciudadana norteamericana, que además la probabilidad de que alguien en Bengasi supiera dónde queda Puerto Rico es mínima y que para ella es muy complicado estar explicando la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. Indudablemente mi cuñada tiene razón, pero yo tengo el corazón y la obligación, ahora cada vez que entiendo que están hablando de mi origen, interrumpo para que se traduzca del pobre inglés que habló al complicado árabe que ellos hablan; que yo soy de Puerto Rico una colonia de Estados Unidos en el Caribe y que el pasaporte estadounidense me identifica para efectos de una nacionalidad jurídica, pero no me identifica, ni me define en mi identidad nacional, es decir en mi condición y realidad tanto social como cultural. Lo del corazón no creo que tenga que explicarlo, pero con lo de la ‘obligación’ me refiero al deber de explicar la verdad, la realidad de nuestra tierra, que no somos un país independiente, que no se ha permitido y que lamentablemente un gran sector de nuestro pueblo tampoco lo ha querido. Otra oportunidad que tengo para educar y concienciar con mis ‘aclaraciones’ es cuando me hablan en inglés; les pido que me hablen despacio porque aparte de la dificultad que supone el acento árabe, mi primer idioma es el español, porque soy de Puerto Rico. Entonces ya surgen las preguntas interesantes sobre nuestra historia y nuestra patria que tanto me gusta contestar desde mi punto de vista. Explicar la realidad de Puerto Rico y los puertorriqueños tanto a norteamericanos y árabes como a personas de cualquier nacionalidad u origen, para mí siempre será una oportunidad de reafirmar mi verdadera identidad y de contar lo que gran parte de los puertorriqueños prefieren obviar. Nada, que Marc Anthony se declara más estadounidense que el “Apple Pie” allá en Estados Unidos y yo más boricua que una pelota de mofongo con chicharrón desde aquí, Bengasi, Libia. Pero que conste, me encanta el ‘Apple Pie’ con helado de vainilla porque al final de cuentas como dice el cantautor iraní, nacionalizado británico, Sami Yusuf en su canción ‘Promesas olvidadas’ somos una sola HUMANIDAD compartiendo una misma TIERRA, un mismo TIEMPO Los valores universales que nos unen son más poderosos que la incompatibilidad que suponen nuestras nacionalidades.

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
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domingo, 7 de julio de 2013

Women in Saudi Arabia may now ride bicycles and even motorbikes...


Hoy, la psicóloga puertorriqueña MercedesRodríguez López compartió esta foto de ‘Women's Rights News’ en Facebook con la siguiente leyenda:
 
“Women in Saudi Arabia may now ride bicycles and even motorbikes -- but only under very tight restrictions. (a) only in parks and playgrounds; (b) only for "recreation" and not for transportation; (c) only in complete hijab; (d) only in the company of her husband or responsible male relative; and (d) only with avoidance of public places "crowded with men" (to avoid being harassed and to avoid creating a distraction that may cause accidents. Good times!”



Foto tomada de: Women's Rights News (https://www.facebook.com/photo.php?fbid=558191054223295&set=a.204542062921531.45848.184599864915751&type=1&theater)




La Dra. Rodríguez López sostiene y cito: “La violencia de género (en contra de las mujeres por ser mujeres) es la amenaza más grave y consistente a la dignidad y a la vida que acompaña a las mujeres en todo el mundo. Desmontar esa violencia histórica requiere de una educación "nueva" multisectorial extraordinaria - que apoye la vida, el respeto, el amor sin violencia y los derechos humanos de hombres y mujeres.”
    
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Insha Allah este sea solo el comienzo para las mujeres de Arabia Saudita y tantos otros países del mundo donde las mujeres intentan salir adelante. En relación a la imagen y noticia que da pie al relato de hoy les comento que aquí en Bengasi, Libia salgo a caminar cuatro veces por semana, pero en compañía de mi esposo, como lo hace la mayoría. Vamos a un proyecto turístico que la guerra impidió se finalizara y ahora es un terreno baldío donde dentro de sus 3 millas a la redonda ha quedado un lago y lamentablemente una inmensa conglomeración de basura, hasta donde tengo entendido el lugar es conocido como ‘Juliana’. Esto en plena ciudad, entre vías bastante transitadas a cualquier hora del día. Siempre llegamos entre 6:00 y 7:00pm (aun con luz solar). Veo que a algunas mujeres los esposos las esperan en el auto y otras caminan solas. Todas vamos de ‘abayas’ (túnica larga y ancha, preferiblemente de color negro con la que la mujer cubre su ropa para salir a la calle evitando así llamar la atención de los hombres hacia los contornos de su cuerpo), y por supuesto que todas cubrimos nuestro cabello con el ‘hijab’, que es el paño que cubre cabello y cuello, mas no el rostro. Aquí se ven mujeres en ‘niqab’ o ‘burkas’ (vestidos que cubren el rostro y las manos), pero no son tan comunes como en Arabia Saudita y Yemen, países donde la mujer sufre más restricciones. Aquí en Libia he visto mujeres manejando, tienen sus propios autos y van de compras, a sus citas médicas, a la universidad, a sus trabajo o a visitar a sus familiares y amigas; son las menos. Claro que el visitar un restaurante o cafetería no es común, porque son lugares donde solo van los hombres; la mujer debe comer en su casa, a menos que aguarde en el auto mientras el esposo, el padre o cualquier otro miembro masculino de la familia compre la comida, o la lleve a un restaurante que especifique que cuenta con salón familiar.
 
Este tema de la vestimenta y restricciones de la mujer en países musulmanes es bastante extenso y complejo, no es un asunto netamente religioso, hay mucho de tradición en todo esto, mucho que tiene que ver con el comportamiento social. Una de las razones de mayor peso para que la mujer se cubra y no salga sola a la calle, mas no la única, es el asunto de seguridad; las mujeres corren el riesgo constante de ser atacadas sexualmente (violencia de género). Una vez buscaba información en Internet sobre si el cubrir el rostro y las manos se exigía en el Corán y tras haber descubierto que no (es una decisión voluntaria) me topé con un foro de discusión donde un forista citaba un erudito islámico que había lanzado la pregunta sobre si la mujer que no cubriese su rostro y manos debía ser castigada por llamar la atención y provocar la mirada lasciva de los hombres, o si por el contrario el castigo entonces debía ser para todo hombre que a la menor oportunidad mira de forma lasciva a las mujeres constituyendo esto una verdadera falta según el Islam y por ende una agresión a la mujer. ¡Interesante punto de vista de este señor! P.D. Dra. Mercedes Rodríguez López, como siempre, gracias por compartir tan interesantes temas provocando la conversación y la reflexión de tantos.
 
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jueves, 4 de julio de 2013

Burkinis


¡Saludos lectores! Una amiga me hace las siguientes preguntas y consideré que tal vez algunos de los seguidores de Los Relatos de Aziza les interese conocer las respuestas.

MLC: -¿Usan traje de baño las mujeres allá en algún momento de sus vidas? Y digo traje de baño como el nuestro. ¿Para qué van al salón de belleza si no muestran su pelo a casi nadie? Yo estaría feliz de no peinarme en semanas. ¡Ah! Muchas bendiciones por el esposo q te mando Alla pero más bendiciones y paciencia para él… ¡Jajaja! ¿Cómo es que se escribe? Bueno ahí te la tiro como lo siento....AHSHA ALLA.

DRA: -Bueno, se escribe ‘Allah’, que es la traducción de Dios o God (inglés) al árabe (recordemos que tanto judíos, cristianos y musulmanes creen en el mismo Dios). ‘Insha Allah’ significa; Si Dios quiere, Si Dios permite, Con el favor de Dios (todas esas frases que nosotros también decimos pero en español. Algunas personas lo escriben diferente, porque como pasa con todas las palabras árabes, lo que se hace al sustituir el alfabeto de ellos (símbolos) por los nuestros es una transliteración, que no es otra cosa que escribir según se escucha. Así que aunque muchas palabras han adoptado una manera estándar de transliteración, no te extrañes si las encuentras escritas de otra forma; por ejemplo, Incha Allah, InchaAllah, Inshaallah, etc. En cuanto a lo de la visita a los salones de belleza te cuento que se arreglan el cabello para bodas (que son en su mayoría eventos espectaculares), para reuniones o festejos familiares o religiosos en su casa o en salones de actividades donde están separadas de los hombres; además la mujer árabe procura estar atractiva ante los ojos de su esposo, único hombre al que se supone le muestre su belleza y demás atributos.
 

En cuanto a lo del uso de ‘trajes de baño’, en efecto es una pieza dentro del guardarropa de la mujer musulmana, pero no se asemeja en lo absoluto al que regularmente utilizamos las mujeres de occidente. En las tiendas ‘online’ se le encuentran bajo el nombre de “Burkini” (Burca + Bikini) y hasta donde tengo entendido es el único modelo aceptado dentro de la cultura árabe-musulmana a menos que decidas entrar a la piscina o a la playa con “abaya” (vestido largo y cubridor, regularmente en color negro de uso diario para salir a la calle)  o cualquier otra vestimenta que no se adhiera al cuerpo o se corra con el movimiento del cuerpo dentro del agua dejando expuesta la piel. Los trajes de baño que les muestro a continuación están diseñados con telas impermeables y flexibles que precisamente previenen o evitan ese tipo de inconvenientes. Lo más importante para las mujeres musulmanas tradicionales o religiosas es el recato y la modestia, y el ‘Burkini’ les permite disfrutar del mar o las piscinas con una vestimenta apropiada y en acuerdo a la fe religiosa que profesan.
                     
 
Pero no todos ven el “Burkini” con tan buenos ojos. He encontrado información en Internet sobre el rechazo que la vestimenta femenina-musulmana está confrontando en países europeos como Francia y Holanda. La situación es tan seria que en Francia han prohibido el uso del ‘hijab’ (paño con el que la mujer musulmana se cubre la cabeza, mas no el rostro) y las Burkas (vestimenta islámica que cubre a la mujer por completo, incluido el rostro y las manos). Mientras que en Holanda en algunos lugares se le prohíbe a la mujer musulmana vestir el Burkini. Entonces en este mundo que gira sin quelo podamos evitar; mientras unas defienden su derecho a mostrar sus cuerpos, otras defienden el derecho a cubrirlos; es una cuestión de criterio, de creencias, de libertad de elección. Y a mí se me ocurre lo siguiente; Si prohibiéramos el uso de bikinis y obligásemos el uso del burkini seguramente esto representaría para muchos una violación a sus derechos, a su libertad, lo tomarían como una imposición opresiva; entonces, ¿prohibir el uso del hijab, la burka y el burkini y de alguna manera imponer el bikini o estilo de vestimenta no islámico no es lo mismo, es decir, no representa una violación al derecho y libertad de elección, no es también una imposición opresiva? Yo aquí pensando.

 
 
Los diseñadores se han inspirado en la moda musulmana para que las mujeres cristianas también puedan disfrutar vistiendo con recato:

A la hora de ejercitarse las mujeres musulmanas cuentan con varias opciones:

 
 

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

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