martes, 13 de agosto de 2013

Tengo una amiga en Bengasi

Hospital Al Marwa, Bengasi, Libia
 

Tengo una amiga aquí en Bengasi. Nos conocimos hará cosa de un mes en una de las salas de espera del hospital Al Marwa. Mi esposo me llevó porque desde hace tiempo me aqueja un dolor discontinuo en el costado izquierdo de mi abdomen y en Puerto Rico no hubo sonograma, colonoscopía, ni tomografía que diese con la causa del mismo. El doctor fue recomendado por una de mis cuñadas casadas porque aparte de haberla intervenido quirúrgicamente y seguir viva para contarlo, el galeno habla inglés; según me cuentan conseguir ambas cosas en un médico no es muy común por aquí. La cita era para las 5:00pm pero una vez más el tráfico pesado en las vías de acceso a la ciudad nos había superado. Cuando mi esposo dobló a la izquierda para acceder al estacionamiento me pareció reconocer el lugar, habíamos pasado por allí muchísimas veces pero nunca me había percatado que aquel edificio tan inusualmente horizontal y estrecho era un hospital. Entramos y mi esposo, como de costumbre, va con la cara más tesa y seria que se pueda uno imaginar. Habla con una recepcionista,  que por cierto aparentaba ser muy joven y tenía una cara muy bonita. Ella señala las escaleras, mi esposo le agradece  sin perder el rigor,  nos dirigimos al segundo piso, él va delante y yo detrás, habla con otra recepcionista que también resultó ser joven y bonita. Ésta confronta serias dificultades para entender mi nombre y ni hablar de mis apellidos. Ya nos ha sucedido antes y mi esposo no tiene mucha paciencia, le repitió unas tres veces mi nombre, pero como siempre,  lo hace deprisa como si olvidara que al principio a él también le costó y que por muy graciosa y romántica que sea la historia de la elección de mi nombre árabe, acá entre nos, yo creo que la dificultad al momento de pronunciar mi nombre de pila jugó un papel importantísimo para que hoy día aquí se me llame Aziza. El asunto es que la joven se dio por vencida y le pasó la lista de pacientes para que él mismo señalara mi nombre que al momento de coordinar la cita se anotó transliterado al árabe. ¡Vaya! ¡Vaya!

Atravesamos un pasillo y llegamos a un área bastante amplia dividida en varios salones abiertos que hacían de salas de espera. El lugar en general tenía muy buena pinta, ordenado, limpio, decorado, se lo comenté  a mi esposo y en voz muy baja acercándose a mi oído me susurró que estábamos en un hospital privado. Coloqué cara de ¡Oh! Me quedé parada mirando todo a 360 grados. Entonces me topé con la mirada de, ¡Apúrate! de mi esposo. Tocó una de las puertas, la chica (otra joven bonita) que abrió me miró, sonrió amablemente y señaló el último de los salones. De lejos mi esposo atisbó un asiento libre y me indicó que esperara sentada y que cuando me llamaran antes de entrar a la consulta le hiciera señas para él entrar conmigo. ¿Pero y dónde estarás tú? Sin mediar palabra me señalo el primero de los salones; no me había dado cuenta que aunque abiertos, como de costumbre los primeros dos salones de espera eran para hombres y que los del fondo para mujeres (otra cara de ¡Oh!). Atravesé ambos salones como en pasarela, y no lo digo porque caminase yo con estilo coqueto o refinado, si no por las miradas auscultadoras de todas aquellas mujeres conservadoramente ataviadas en impecables ‘abayas’ negras y sus coloridos ‘hijabs’. Curiosamente ese día no vestía yo de ‘abaya’, pero mal vestida no estaba, porque si hay alguien que se asegura al 101% de esos menesteres, ese es “Habibi”. Llevaba yo un pantalón negro tipo palazzo y una túnica tipo ‘kurti’ del mismo color, bastante ancha y de sutil bordado floral de tonos pasteles en cuello, mangas y ruedo a nivel de las caderas. Mis zapatos también eran negros, de taco ancho y recatado, el hijab de ese día era uno que me gusta mucho en contraste de tonos tornasoles de azules y verde similares a los del bordado en la túnica. Ese día cuando mi esposo entró al cuarto y me vio sonrió y me dijo que me veía muy elegante, dice que prefiere la mujer elegante a la sexy, y que los maquillajes deben ser para resaltar con sutileza los atributos naturales y no para simular mascaras carnavalescas donde las mujeres escondan su verdadero rostro. Así que por mi apariencia no era, no. Me senté en la única silla disponible al momento, justo la que quedaba al fondo del último salón, de frente a quienes llegaban, con vista casi panorámica de todo el piso donde una sala parecía estar la una dentro de la otra.

Las miradas de pupilas estetoscopicas me siguieron hasta que me acomodé en la silla y a pesar de haber subido la vista en casual e ingenua confrontación, la mayoría de las mujeres no claudicó. Sin pudor  ninguno continuaron examinándome y sin darme cuenta yo también había comenzado a hacer lo mismo con ellas. De hecho creo que lo hacía desde el primer momento, desde que me percaté que todas las empleadas eran jóvenes y bonitas como si fuera un requisito inquebrantable a la hora del reclutamiento de personal en aquel hospital, desde que noté que las mujeres en la sala de espera estaban muy bien vestidas y arregladas; creo que todos lo hemos hecho desde aquella ocasión con la Munacabát y el chacal en el autobús del aeropuerto de Estambul. ¿Recuerdan aquel primer relato? Bueno, pues he llegado a la conclusión de que aunque algunos destaquen la similitud de mis rasgos faciales con los de las mujeres de estas tierras, por más que me ciña a su código de vestimenta y evite el que se me pueda identificar como extranjera hay una fuerza instintiva poderosísima que les advierte, me identifica y me delata. La realidad es que nunca he podido pasar desapercibida. Me ha quedado más que claro que existe un lenguaje universal, muy de humanos que se basa en el manejo de la mirada y si hasta ahora me llena de intriga el modo en que se me mira, la intriga es aún mayor cuando pienso en el modo en que yo les he estado mirando a ellos durante estos cuatro meses.

Nunca he tenido una noción del tiempo confiable, así que no sé cuánto tiempo pasó hasta que la vi entrar al salón acompañada de quien supuse era su madre. Recuerdo una sonrisa, como  a manera de saludo, pero no puedo precisar quien sonrió primero, si lo hizo ella o fui yo. Seguí a esta chica con la vista hasta que se sentó, como anteriormente habían hecho todas conmigo. Se sentaron en la hilera de sillas contra la pared a mi derecha. La madre como era de esperarse vestía abaya y hijab, pero ella mujer joven, tal vez entre los 30 y 40,  de tez oscura venía maquillada, vestía unos mahones (jeans) azules ceñidos al cuerpo, una chaqueta encantadora color mostaza de mangas largas que le cubría hasta mitad de muslo, la blusa interior tenía cuello alto y era de un color marrón claro al igual que el hijab y las botas de tacones que le habían marcado el paso desde que había entrado al salón. Esto último según los códigos de buen comportamiento no es bien visto; las mujeres no deben llamar la atención, su vestimenta y presencia en general debe responder a la modestia y el recato. Cuando una mujer utiliza maquillaje cargado, vestido que delinee o resalte la figura de su cuerpo, perfumes fuertes, accesorios rimbombantes o simplemente taconee al caminar, es porque en lugar de modestia exhala vanidad y busca llamar la atención de las personas hacia su físico y no hacia su personalidad o las bondades de su corazón y en el más reprochable de los casos, busca llamar la atención de los hombres, como en abierta oferta.

A mi esta chica me simpatizaba y mientras todas las mujeres aguardaban su turno en solemne silencio, ella conversaba por su teléfono celular y dentro de su conversación se asombraba, se reía, ciertamente lo disfrutaba. El ‘ringtone’ de su teléfono era una musiquita árabe tipo ‘pop’ pegajosa y bailable. A su madre parecía no importarle, pero las demás mujeres también la miraban y ella, miraba “pa’ lante”. ¡Ja,ja! Toda ella era como un desafío no muy claro, pero viviente y andante. Me miró y volvimos a sonreír.  Su madre le preguntó algo, según intuí ella contestó como expresando desconocimiento sobre el asunto. Entonces la madre le preguntó a una de las mujeres en la hilera de asientos contra la pared a mi izquierda, al parecer nadie tenía una respuesta. La chica me sonrió nuevamente y me preguntó algo en árabe. Todas las mujeres del salón se voltearon a mirarme en espera de mi contestación. Las miré a todas, la miré a ella y supe que el tan temido momento de hablar con algún extraño sin tener la ayuda traductora de mi esposo o alguna de mis cuñadas había llegado. Admito que me puse nerviosa, que tardé mucho en reaccionar, tanto, que la chica volvió a repetir la pregunta y todas las mujeres esperaban por mi contestación. No sé cuánto tiempo pasó entre una cosa y la otra pero traté de recordar a toda prisa las palabras en árabe que tanto me hizo practicar mi esposo para cuando llegara este momento poder explicar a los demás que no hablo árabe y la verdad es que tenía todas las palabras confusas y agolpadas entre mi cerebro y mi lengua. Entonces se activó cierto mecanismo automático de manejo rápido de emergencias, las miré a todas, la miré a ella, mi boca se abrió y dije; “Sorry. I don’t speak Arabic.” Sí, en mi inglés de Sofía Vergara. Esta vez la cara de, ¡Oh! la pusieron ellas; algunas sonrieron, otras torcieron la boca y los ojos en un solo movimiento digno de ser fotografiado y ella me pareció que sonrió con total comprensión. Sin apenas poderme recuperar de tan embarazoso episodio, entró al salón otra mujer, y claro, como era yo la que justo le quedaba de frente me preguntó no sé qué cosa. Esta vez no me dio tiempo, ni de preocuparme o asustarme; se escuchó un coro al unísono de mujeres que dijeron; وقالت انها لا يتكلمون اللغة العربية, o sea, “Ella no habla árabe”. ¡Qué momento! Es que me dieron ganas de arroparme la cara con los retazos del hijab que me colgaban por el cuello.

 

Aquella sala de espera debió haber estado secretamente equipada de algún reproductor de sonido con amplificadores  integrados, porque la chica joven y bonita asistente del doctor se paró en la entrada y a diferencia del resto, a mí en lugar de por mi nombre se me llamó por señas. Sí, soy yo, la de nombre difícil e impronunciable que no habla árabe. Caminé sin mirar atrás y taconeando. ¡Carajo! Cuando estoy a punto de entrar me acordé de marido que ya venía a toda prisa a mi encuentro. ¿La consulta? Todo bien, según lo poco que mi esposo y yo entendimos de la ventrílocua pronunciación en inglés de nuestro médico estelar, es que apenas abría la boca cuando hablaba y juro que nunca le alcancé a ver los dientes. Pero muy profesional y agradable; ordenó análisis de sangre y orina y una tomografía con contraste como último recurso exploratorio. Salimos a toda prisa para el laboratorio ubicado en el primer piso, y cuando justo nos disponíamos a abandonar el hospital la chica “desafío viviente” se nos cruzó junto con la madre y nos volvimos a sonreír mientras ella levantando un poco la mano decía adiós.

 


Habrían pasado unas tres semanas, qué sé yo. Estábamos en el supermercado del único propiamente llamado Mall en Bengasi, mientras mi esposo hacia la fila para pagar la compra, yo mariposeaba con la vista sobre la gente, artículos y revistas. Escuché risas y conversación amena, era un grupo de mujeres joviales, aparentemente conocidas entre ellas, parecían haberse encontrado en otra de las filas del cajero. Sí que se la estaban pasando bien, yo las miraba y sonreía como si su alegría fuera contagiosa. Eran cinco o seis, todas de lo más maquilladas, vestidas de forma recatada pero en colores claros y además lucían modernas. Y de repente la vi, allí estaba, era una de ellas. Al parecer yo no puede ocultar mi alegría y una de las mujeres alcanzo a verme, las demás,  curiosas todas se voltearon a ver que tanto miraba la otra y allí estaba yo, de frente con una sonrisa de cuarto creciente, de oreja a oreja, feliz de haberme topado por accidente con una persona conocida, y zarandeaba la mano derecha de un lado a otro diciendo ¡Hola! Saludando de lo más efusiva, como si me hubiese encontrado con una amiga. Ellas estaban un poco confundidas, no sabían exactamente a quien saludaba hasta que mi amiga, la chica “desafío viviente” del hospital frunciendo el ceño me clavo una vista de esas tipo “zoom binocular”  y es verdad que tardó un poco, pero yo creo que me reconoció. Sí, debió acordarse de mí, porque un poco pasmada sonrió y tímidamente devolvió el saludo con la mano. Muy alegre y satisfecha yo tocaba insistentemente el hombro de mi esposo para llamar su atención y le digo; ¡Mira, mira! Mira quién está allí. Señalando el grupo de mujeres y él mira con su acostumbrada rigidez, ellas todas bajan la mirada (a hombres extraños no se les sostiene la mirada), se voltean y comienzan a cuchichear. Mi esposo al no conocer a ninguna me pregunta que a quién he visto. Y le digo, pues a ella, a la chica que conocí el otro día en el hospital. Algo confundido me pregunta, ¿La conoces? Y yo  caigo en cuenta, voy recogiendo la luna cuarto creciente que tenía dibujada en los labios y le digo, conocerla así de conocerla no, pero es la primera vez que me encuentro con alguien que ya había visto en esta ciudad. Las mujeres salieron del supermercado, unas hacia el estacionamiento y la chica “desafío viviente” junto con otra, entraron a la tienda de cosméticos que queda frente a la salida del supermercado. Salieron de allí sin mirar atrás. Una vez en el auto, de camino hacia la casa sin que hubiésemos entablado conversación previa mi esposo me miró y con un tono tierno que de verdad me conmovió me preguntó. ¿Aziza, hay veces en que te sientes sola verdad? Y yo, mirándolo en un tono nostálgico le contesté; No es que me sienta sola, porque te tengo a ti y soy feliz, es que hay momentos en los que extraño mucho a mis amigas.



* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.



 

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jueves, 1 de agosto de 2013

Vivirme la vida


Un amigo de Puerto Rico me pregunta que cómo me divierto ahora que vivo en Libia.

Quienes me conocen saben que mi salida favorita siempre fue la típica salida de ‘Cine y Cena’. Bueno aquí en Libia no hay cines y los restaurantes, casas de té (no hay bares o pub’s porque es un país musulmán y el alcohol es ilegal) y cualquier otro lugar de reunión público son solo para hombres. Los restaurantes más costosos advierten que cuentan con un salón familiar, que estará cubierto de cortinas para que ningún hombre de la calle o sentado en el salón principal pueda ver las mujeres de la familia. Las diversiones aquí se dividen entre las de hombres y las permitidas o bien vistas para mujeres. Las mujeres se divierten comprando, siempre van acompañadas de sus esposos y ellos te compran todo lo que necesitas o quieres de acuerdo a su presupuesto; disfrutan comprar de todo, alimentos en el supermercado, vegetales, frutas y artículos para el hogar en los mercados populares, maquillajes, joyería fina (mucho oro), ropa, también van al salón de belleza, a tatuarse diseños con henna e incluso algunas van al gimnasio (exclusivo para mujeres). He visto mujeres solas, pero no es muy común, además ese no es mi caso porque la familia palestina de mi esposo es bastante tradicional.

 La otra diversión es asistir a bodas. Aquí el matrimonio es el evento más importante en la vida de cualquier persona (tanto para mujeres como para hombres) y su familia. Se celebran muchos matrimonios y por todo lo alto. Cuando son familias adineradas son eventos que nunca olvidaras y si son pobres tampoco porque incluso con limitaciones económicas la familia y los vecinos cierran la calle y muchas celebraciones, las más humildes, duran varios días. Siempre las mujeres en un salón y los hombres en otro. Los libios, palestinos y árabes en general disfrutan visitar las casas de sus familiares y amigos; también es todo un acontecimiento con protocolo y todo, y más vale ir con hambre porque en una visita de una hora o dos, se sirve comida y bebida (tipo refrigerios y entremeses) de tres a cuatro veces. Si los lazos familiares son bastante cercanos, por ejemplo visitar a mis cuñadas, después que yo mantenga mi cabello cubierto con mi ‘hijab’ y vista mi ‘abaya’ (vestimenta larga) todos podemos estar en el mismo salón, si la visita es a una familia amiga, pues hombres en un salón de visitas y mujeres en otro, las casas y apartamentos cumplen con estas especificaciones de sala familiar y salón o salones de visitas.
 
En mi caso, salgo cuando mi esposo está en la ciudad, vamos a caminar 2 millas cuatro días a la semana (ves todas las parejas caminando, puede que la mujer que va caminando sola por el área de ejercicios es porque su esposo o algún hombre de la familia la está esperando en el auto estacionado en un área cercana, que sea una mujer soltera o viuda sin familiares cercanos del sexo masculino). Mi esposo y yo también vamos de compra, de visita a casa de sus hermanas y familias amigas y también hacemos turismo interno. Aquí en Libia hay ruinas antiguas de tiempos en que griegos y romanos anduvieron por estos lares, él es geólogo de profesión y yo una aventurera, así que este es un paseo que ambos disfrutamos mucho (Cirene city). También hay valles rodeados de montañas rocosas con cuevas donde antes vivían comunidades enteras y ahora son un espacio para que familias y parejas hagan pasadías (Wadi Al-Kuf). Además la compañía de mi esposo ya de por si es una diversión, nosotros conversamos mucho, gracias a Dios a pesar de nuestras diferencias culturales, de pensar y ver el mundo y la vida con cabeza y ojos diferentes, somos muy afines. Tenemos conversaciones interesantes que yo disfruto muchísimo y además nos reímos en cantidad, de nosotros mismos, de las cosas que nos pasan, nos reímos de todo lo que podamos reírnos y esto es algo que ambos apreciamos. Y bueno, cuando mi esposo se va por un mes a trabajar en el desierto, como ahora, pues no salgo, él compra todo lo necesario para que su familia en el primer piso no tenga que salir y a mí me deja también abastecida de todo lo que se pueda necesitar durante un mes, en caso de emergencia se llama a los esposos de las cuñadas casadas que viven cerca. Así paso un mes en la casa, escribiendo mi blog, volví  a escribir columnas de opinión para distintos medios, atendiendo mi tienda ‘online’ de túnicas y pashminas indias, hablo con mi familia por Skype todos los días y en el Facebook me mantengo en contacto y al día con mi otro mundo, ustedes. También tengo un TV con dos satélites conectados para ver canales de casi todo el mundo. Estoy disfrutando y aprendiendo mucho de esta experiencia, digamos que mi diversión favorita en cualquier parte del mundo, es vivirme la vida.
 
 
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viernes, 19 de julio de 2013

Más boricua que una pelota de mofongo con chicharrón



 
 
He leído en la prensa las aclaraciones que el cantante Marc Anthony ha dado sobre su nacionalidad a ese sector de la ciudadanía estadounidense que en estos días lo hizo objeto de una oleada de comentarios racistas y xenofóbicos demostrando así su ignorancia sobre el origen del cantante, además de exponer un vergonzoso desconocimiento sobre la relación política existente entre Estados Unidos y Puerto Rico desde la ocupación de 1898; relación por la cual más tarde se le otorga a los puertorriqueños y a toda persona nacida en el territorio la ciudadanía estadounidense. También me he dado a la tarea de leer en las redes sociales las diferentes reacciones que el incidente ha generado y me ha llamado la atención el punto que traen algunos, sobre si los puertorriqueños debemos estar aclarando nuestra nacionalidad una y otra vez, sobre todo en momentos donde se nos podría estar cuestionando con fines discriminatorios. El cantante, nacido y criado en la ciudad de Nueva York, de padres puertorriqueños, se declaró más estadounidense que el ‘Apple Pie’, pero también dijo sentirse más puertorriqueño que nunca. Esa es su realidad y tiene derecho a expresarla según la vive, y aunque para algunos estas expresiones puedan sonar contradictorias, hasta cierto punto puedo comprender su sentir, aunque no así el compartirlo; pues mis padres también son puertorriqueños, pero yo a diferencia del cantante soy nacida y criada en Puerto Rico.


La discusión de este asunto tan controversial me lleva a compartir una anécdota sobre mi propia situación viviendo aquí en Libia donde todos me presentan como la esposa “americana”, en total referencia a Estados Unidos de Norte América. En una ocasión acompañé a mi suegra y mis seis cuñadas a un velatorio y la impresión que me dio fue de que estaban en espera de mi llegada, todos curiosos, más que la novedad como si fuese yo la atracción de la noche sobre el dolor de la viuda y las hijas del difunto. Al parecer una chica no se aguantó la curiosidad y vino directo donde una de mis cuñadas a preguntarle de dónde era yo. Entendí cuando mi cuñada contestó que era de Estados Unidos, que era americana y aun no comprendo por qué la chica sonrió y le comentó que su familia era muy afortunada de tener una ‘americana’ entre ellos (este es un tema aparte). Más tarde le aclaré a mi cuñada que si soy americana es porque nací en América pero que no soy estadounidense, que yo soy nacida y criada en Puerto Rico. Ella me contestó que mi pasaporte me identificaba como ciudadana norteamericana, que además la probabilidad de que alguien en Bengasi supiera dónde queda Puerto Rico es mínima y que para ella es muy complicado estar explicando la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. Indudablemente mi cuñada tiene razón, pero yo tengo el corazón y la obligación, ahora cada vez que entiendo que están hablando de mi origen, interrumpo para que se traduzca del pobre inglés que habló al complicado árabe que ellos hablan; que yo soy de Puerto Rico una colonia de Estados Unidos en el Caribe y que el pasaporte estadounidense me identifica para efectos de una nacionalidad jurídica, pero no me identifica, ni me define en mi identidad nacional, es decir en mi condición y realidad tanto social como cultural. Lo del corazón no creo que tenga que explicarlo, pero con lo de la ‘obligación’ me refiero al deber de explicar la verdad, la realidad de nuestra tierra, que no somos un país independiente, que no se ha permitido y que lamentablemente un gran sector de nuestro pueblo tampoco lo ha querido. Otra oportunidad que tengo para educar y concienciar con mis ‘aclaraciones’ es cuando me hablan en inglés; les pido que me hablen despacio porque aparte de la dificultad que supone el acento árabe, mi primer idioma es el español, porque soy de Puerto Rico. Entonces ya surgen las preguntas interesantes sobre nuestra historia y nuestra patria que tanto me gusta contestar desde mi punto de vista. Explicar la realidad de Puerto Rico y los puertorriqueños tanto a norteamericanos y árabes como a personas de cualquier nacionalidad u origen, para mí siempre será una oportunidad de reafirmar mi verdadera identidad y de contar lo que gran parte de los puertorriqueños prefieren obviar. Nada, que Marc Anthony se declara más estadounidense que el “Apple Pie” allá en Estados Unidos y yo más boricua que una pelota de mofongo con chicharrón desde aquí, Bengasi, Libia. Pero que conste, me encanta el ‘Apple Pie’ con helado de vainilla porque al final de cuentas como dice el cantautor iraní, nacionalizado británico, Sami Yusuf en su canción ‘Promesas olvidadas’ somos una sola HUMANIDAD compartiendo una misma TIERRA, un mismo TIEMPO ♥ Los valores universales que nos unen son más poderosos que la incompatibilidad que suponen nuestras nacionalidades.

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domingo, 7 de julio de 2013

Women in Saudi Arabia may now ride bicycles and even motorbikes...


Hoy, la psicóloga puertorriqueña MercedesRodríguez López compartió esta foto de ‘Women's Rights News’ en Facebook con la siguiente leyenda:
 
“Women in Saudi Arabia may now ride bicycles and even motorbikes -- but only under very tight restrictions. (a) only in parks and playgrounds; (b) only for "recreation" and not for transportation; (c) only in complete hijab; (d) only in the company of her husband or responsible male relative; and (d) only with avoidance of public places "crowded with men" (to avoid being harassed and to avoid creating a distraction that may cause accidents. Good times!”



Foto tomada de: Women's Rights News (https://www.facebook.com/photo.php?fbid=558191054223295&set=a.204542062921531.45848.184599864915751&type=1&theater)




La Dra. Rodríguez López sostiene y cito: “La violencia de género (en contra de las mujeres por ser mujeres) es la amenaza más grave y consistente a la dignidad y a la vida que acompaña a las mujeres en todo el mundo. Desmontar esa violencia histórica requiere de una educación "nueva" multisectorial extraordinaria - que apoye la vida, el respeto, el amor sin violencia y los derechos humanos de hombres y mujeres.”
    
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Insha Allah este sea solo el comienzo para las mujeres de Arabia Saudita y tantos otros países del mundo donde las mujeres intentan salir adelante. En relación a la imagen y noticia que da pie al relato de hoy les comento que aquí en Bengasi, Libia salgo a caminar cuatro veces por semana, pero en compañía de mi esposo, como lo hace la mayoría. Vamos a un proyecto turístico que la guerra impidió se finalizara y ahora es un terreno baldío donde dentro de sus 3 millas a la redonda ha quedado un lago y lamentablemente una inmensa conglomeración de basura, hasta donde tengo entendido el lugar es conocido como ‘Juliana’. Esto en plena ciudad, entre vías bastante transitadas a cualquier hora del día. Siempre llegamos entre 6:00 y 7:00pm (aun con luz solar). Veo que a algunas mujeres los esposos las esperan en el auto y otras caminan solas. Todas vamos de ‘abayas’ (túnica larga y ancha, preferiblemente de color negro con la que la mujer cubre su ropa para salir a la calle evitando así llamar la atención de los hombres hacia los contornos de su cuerpo), y por supuesto que todas cubrimos nuestro cabello con el ‘hijab’, que es el paño que cubre cabello y cuello, mas no el rostro. Aquí se ven mujeres en ‘niqab’ o ‘burkas’ (vestidos que cubren el rostro y las manos), pero no son tan comunes como en Arabia Saudita y Yemen, países donde la mujer sufre más restricciones. Aquí en Libia he visto mujeres manejando, tienen sus propios autos y van de compras, a sus citas médicas, a la universidad, a sus trabajo o a visitar a sus familiares y amigas; son las menos. Claro que el visitar un restaurante o cafetería no es común, porque son lugares donde solo van los hombres; la mujer debe comer en su casa, a menos que aguarde en el auto mientras el esposo, el padre o cualquier otro miembro masculino de la familia compre la comida, o la lleve a un restaurante que especifique que cuenta con salón familiar.
 
Este tema de la vestimenta y restricciones de la mujer en países musulmanes es bastante extenso y complejo, no es un asunto netamente religioso, hay mucho de tradición en todo esto, mucho que tiene que ver con el comportamiento social. Una de las razones de mayor peso para que la mujer se cubra y no salga sola a la calle, mas no la única, es el asunto de seguridad; las mujeres corren el riesgo constante de ser atacadas sexualmente (violencia de género). Una vez buscaba información en Internet sobre si el cubrir el rostro y las manos se exigía en el Corán y tras haber descubierto que no (es una decisión voluntaria) me topé con un foro de discusión donde un forista citaba un erudito islámico que había lanzado la pregunta sobre si la mujer que no cubriese su rostro y manos debía ser castigada por llamar la atención y provocar la mirada lasciva de los hombres, o si por el contrario el castigo entonces debía ser para todo hombre que a la menor oportunidad mira de forma lasciva a las mujeres constituyendo esto una verdadera falta según el Islam y por ende una agresión a la mujer. ¡Interesante punto de vista de este señor! P.D. Dra. Mercedes Rodríguez López, como siempre, gracias por compartir tan interesantes temas provocando la conversación y la reflexión de tantos.
 
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jueves, 4 de julio de 2013

Burkinis


¡Saludos lectores! Una amiga me hace las siguientes preguntas y consideré que tal vez algunos de los seguidores de Los Relatos de Aziza les interese conocer las respuestas.

MLC: -¿Usan traje de baño las mujeres allá en algún momento de sus vidas? Y digo traje de baño como el nuestro. ¿Para qué van al salón de belleza si no muestran su pelo a casi nadie? Yo estaría feliz de no peinarme en semanas. ¡Ah! Muchas bendiciones por el esposo q te mando Alla pero más bendiciones y paciencia para él… ¡Jajaja! ¿Cómo es que se escribe? Bueno ahí te la tiro como lo siento....AHSHA ALLA.

DRA: -Bueno, se escribe ‘Allah’, que es la traducción de Dios o God (inglés) al árabe (recordemos que tanto judíos, cristianos y musulmanes creen en el mismo Dios). ‘Insha Allah’ significa; Si Dios quiere, Si Dios permite, Con el favor de Dios (todas esas frases que nosotros también decimos pero en español. Algunas personas lo escriben diferente, porque como pasa con todas las palabras árabes, lo que se hace al sustituir el alfabeto de ellos (símbolos) por los nuestros es una transliteración, que no es otra cosa que escribir según se escucha. Así que aunque muchas palabras han adoptado una manera estándar de transliteración, no te extrañes si las encuentras escritas de otra forma; por ejemplo, Incha Allah, InchaAllah, Inshaallah, etc. En cuanto a lo de la visita a los salones de belleza te cuento que se arreglan el cabello para bodas (que son en su mayoría eventos espectaculares), para reuniones o festejos familiares o religiosos en su casa o en salones de actividades donde están separadas de los hombres; además la mujer árabe procura estar atractiva ante los ojos de su esposo, único hombre al que se supone le muestre su belleza y demás atributos.
 

En cuanto a lo del uso de ‘trajes de baño’, en efecto es una pieza dentro del guardarropa de la mujer musulmana, pero no se asemeja en lo absoluto al que regularmente utilizamos las mujeres de occidente. En las tiendas ‘online’ se le encuentran bajo el nombre de “Burkini” (Burca + Bikini) y hasta donde tengo entendido es el único modelo aceptado dentro de la cultura árabe-musulmana a menos que decidas entrar a la piscina o a la playa con “abaya” (vestido largo y cubridor, regularmente en color negro de uso diario para salir a la calle)  o cualquier otra vestimenta que no se adhiera al cuerpo o se corra con el movimiento del cuerpo dentro del agua dejando expuesta la piel. Los trajes de baño que les muestro a continuación están diseñados con telas impermeables y flexibles que precisamente previenen o evitan ese tipo de inconvenientes. Lo más importante para las mujeres musulmanas tradicionales o religiosas es el recato y la modestia, y el ‘Burkini’ les permite disfrutar del mar o las piscinas con una vestimenta apropiada y en acuerdo a la fe religiosa que profesan.
                     
 
Pero no todos ven el “Burkini” con tan buenos ojos. He encontrado información en Internet sobre el rechazo que la vestimenta femenina-musulmana está confrontando en países europeos como Francia y Holanda. La situación es tan seria que en Francia han prohibido el uso del ‘hijab’ (paño con el que la mujer musulmana se cubre la cabeza, mas no el rostro) y las Burkas (vestimenta islámica que cubre a la mujer por completo, incluido el rostro y las manos). Mientras que en Holanda en algunos lugares se le prohíbe a la mujer musulmana vestir el Burkini. Entonces en este mundo que gira sin quelo podamos evitar; mientras unas defienden su derecho a mostrar sus cuerpos, otras defienden el derecho a cubrirlos; es una cuestión de criterio, de creencias, de libertad de elección. Y a mí se me ocurre lo siguiente; Si prohibiéramos el uso de bikinis y obligásemos el uso del burkini seguramente esto representaría para muchos una violación a sus derechos, a su libertad, lo tomarían como una imposición opresiva; entonces, ¿prohibir el uso del hijab, la burka y el burkini y de alguna manera imponer el bikini o estilo de vestimenta no islámico no es lo mismo, es decir, no representa una violación al derecho y libertad de elección, no es también una imposición opresiva? Yo aquí pensando.

 
 
Los diseñadores se han inspirado en la moda musulmana para que las mujeres cristianas también puedan disfrutar vistiendo con recato:

A la hora de ejercitarse las mujeres musulmanas cuentan con varias opciones:

 
 

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domingo, 30 de junio de 2013

La Visita


Habíamos quedado para las 6:00pm, visitaríamos a nuestro amigo, otro palestino que vive con su familia en un apartamento en el centro de Bengasi. A parte de ser el mejor amigo de mi esposo, fue quien me representó en corte (wali) con motivo de la firma del "Nikah" o contrato matrimonial, que por cierto, fue a distancia y finalmente después de tanto tiempo tendría la oportunidad de conocerlo y agradecerle personalmente todo su apoyo. 

Estaba emocionada, además de conocerlo la visita representaba una excelente oportunidad para salir con mi esposo y pasar tiempo juntos fuera del entorno familiar, o sea, salida en plan de pareja. Además aquí en Libia, como ya he mencionado, no hay lugares de entretenimiento y diversión, sobre todo si se es mujer; así que visitar los familiares y amigos es la actividad social predilecta. 

En Puerto Rico durante mucho tiempo mi vida transcurrió entre el trabajo en los casinos, las terapias de Reiki que ofrecía en mi apartamento, la visita semanal a mis padres en el campo, y las salidas de tipo “cine y cena” con mis amigas o con mi ‘pana’ Patricio; pero eso de visitar casas nunca estuvo entre mis actividades. 

En lo que llevo viviendo en Bengasi he hecho cuatro visitas, la primera fue a una familia libia y las otras a familias palestinas; también he presenciado visitas en la casa de mis suegros y he asistido a una boda libia y a un velatorio de palestinos. Créanme que todo conlleva un protocolo y algunas veces, específicamente este asunto de las visitas, envuelve todo un ritual que más adelante en el relato podrán conocer.

Mientras intentaba colocarme el ‘hijab’ de la manera más correcta -arte en el que espero perfeccionarme antes de que expire mi residencia en Libia- timbró el celular de mi esposo; ya eran las 6:20pm y nos esperaban. Le pregunté si tendríamos oportunidad de compartir los tres juntos, o si por el contrario estaríamos en salones separados como se acostumbra; aquí las mujeres se reciben en un salón de visitas y los hombres en otro. Mientras me ayudaba a colocar el último alfiler que aseguraba la inmovilidad del pañuelo sobre mi cabeza mi esposo me contestó que lo desconocía, que cada familia decide cómo recibe sus visitas. 

Salimos de casa a toda prisa, no sin antes recibir la mirada escrutadora de mi esposo, que en cada ocasión de salida se asegura de que yo esté correcta y aceptablemente vestida (cubierta). -La próxima vez no uses un perfume tan fuerte. Dijo al tiempo que me abría la puerta del auto. ¿Ya les dije que el perfume fuerte se toma como un elemento contrario a la modestia que exigen las buenas maneras islámicas y el sector más moralista y conservador de la sociedad en países árabes? 

Recuerden el rol de las feromonas y el asunto de la deducción. Mujer respetable no anda despertando pasiones al caminar por la calle; ha de cuidarse en asuntos de fragancias, maquillaje, ropa ceñida o reveladora, taconeo y claro, cubrirse el cabello y el pecho, en fin, no debe llamar la atención. Todo eso se deja para el esposo o con motivo de alguna fiesta.

Vivimos en Al-Kwayfiya, así que para llegar al barrio de Al-Salmani en el centro de Bengasi tenemos que manejar de 20 o 30 minutos. Ya son dos meses viviendo aquí y confieso no tener el más mínimo sentido de dirección, sobre todo con el asunto de las rotondas, las que mi esposo dice que pusieron porque nadie respetaba los semáforos. Entonces para mí cada salida es como un paseo nuevo, lo observo todo como si fuese la primera vez; con esa expresión de ojos nuevos, de paisaje recién estrenado. De vez en cuando comento que es la primera vez que transitamos alguna avenida y mi esposo con voz de repetidor programado me aclara que es la misma de hace algunos días atrás, o peor aún, la misma de siempre. 

"Deberíamos comprar algo, no está bien llegar con las manos vacías. Puede ser frutas. ¿Te parece?"; Propuso mi esposo. Al escucharlo recordé mi niñez; antes en Puerto Rico era costumbre visitar a los familiares y amigos, y que Dios nos librase de llegar con las manos vacías. Mis padres siempre paraban en alguna panadería y  llegaban a casa de quien fuese con una libra de pan sobao’, otra de agua y una cajita surtida con dulces de repostería; donas, quesitos, tornillos, bizcochitos borrachos. ¡Qué recuerdos! "Las frutas están bien, pero preferiría los dulces árabes, son más finos y además me muero por comerlos". 

Dicho y hecho, allí estábamos en una dulcería siria frente a dunas y dunas de tostado hojaldre y otras masas rellenas de frescos trozos de pistachos y todo tipo de nueces y avellanas, bañados en la miel más pura y exquisita que he podido probar. El aroma era envolvente, hechizante; me hacía flotar entre las bandejas y traspasar el vidrio de las vitrinas. ¡Si fuera mosca u hormiga! Lo que fuese, con tal de poder estar allí revolcándome entre los aromas, texturas y sabores más dulces de estas tierras tan ajenas.

 
 
El encargado, caja abierta y guantes en manos, le preguntó a mi esposo cuántos dulces serían y de qué tipo. Mi esposo respondió algo que como de costumbre no entendí, pero noté que su rostro estaba mucho más serio de lo acostumbrado. Le pedí que incluyera unos bocaditos de pistacho que lucían mucho más amelcochados que el resto y el asintió con la cabeza sin ninguna otra expresión y con su cara tensa le solicitó al encargado que incluyera  mi selección. El encargado ahora sonriente y parlanchín preguntó algo, mi esposo contestó seco y tajante; entonces el encargado estiró su brazo gordo y peludo hacia mí, ofreciéndome probar el bocadito que tanto deseaba y por el cual tenía la boca hecha agua. 

No me vi, pero de seguro puse cara de niña complacida y feliz, de seguro le sonreí al encargado y justo cuando de manera espontánea me disponía a corresponder el gesto, miré a mi esposo como quien solicita aprobación. El asintió con un movimiento de cabeza, tan serio y parco como antes, y yo procedí a aceptar el dulce también como antes, como niña complacida y feliz, satisfecha. 

Más que cargarla, yo parecía estar escoltando la caja con gusto, como cuando llevas un tesoro y así con la boca aún llena, saboreándome la melcocha de miel y los pistachos le pregunté a mi esposo por qué estaba tan molesto. "Por la falta de respeto del vendedor sirio. No te quitaba los ojos de la cara, sobre todo después de darse cuenta que eres extranjera. Me miraba a mí y luego de reojo te miraba a ti"; dijo totalmente amargado. "No me di cuenta. Pero pienso que fue un gesto amable obsequiarme el dulce"; le comenté. "El respeto es más importante, sin respeto se anula la amabilidad"; ripostó. "¿A qué te refieres?", pregunté. "A que pudo ser amable y respetuoso a la misma vez, él es árabe, sabe que no debe dirigirte la palabra a ti en ningún momento, que no debe mirarte a la cara de forma tan insistente, todo lo debe tratar conmigo y que el dulce me lo debió dar a mí, para yo ponerlo en tu mano. ¿Comprendes?", finalizó. "Y sí, estando aquí, lo comprendo perfectamente", contesté.

Llegamos impuntuales a nuestra cita, pero dulces en manos. Con mucha dificultad subí las escaleras hasta el cuarto piso del viejo edificio; eran angostas, de escalones cortos con el mármol del piso y el pasa manos quebrados en algunos tramos, además de tropezarme con los zapatos y chancletas que cada residente había dejado frente a su puerta (a fin de aligerar su salida supongo), también tenía que lidiar con eso de no saber caminar con ‘abaya’ (vestido largo, preferiblemente en color negro con el cual la mayoría de las mujeres se cubren para salir) y andar pisándola a cada paso (otro arte que debo perfeccionar antes de partir). Mi esposo me miraba desde unos cuantos escalones más arriba y sonreía con una mezcla de lástima y comprensión.  

"¡Salam Aleikum!", dijo nuestro amigo al abrir la puerta. Mi esposo y él se abrazaron mientras se proferían palabras y frases de respeto, admiración y bendiciones en árabe, como dictan las buenas costumbres por estos lares. Yo apenas alcancé a contestar el saludo con un ‘Wa Aleikum Salam’ y estrechar su mano. Una chica de cabellos cubiertos, estatura mediana, tez blanca y ojos grandotes estiró su delgado brazo a fin de desviarme hacia la dirección contraria de donde vi desaparecer a mi esposo y a nuestro amigo. Se trataba de una de las hermanas; demás está decir que no volví a verlos durante el resto de la estancia. 

Pasamos a un salón de alfombra roja, de cojines y almohadones en combinación al ras del suelo (sí, los mismos de los cuales me cuesta tanto trabajo levantarme) y allí me esperaba la madre de nuestro amigo, otra de sus hermanas y una prima. También había varios niños; dos varoncitos de unos cinco o seis meses de nacidos, una niña que me miraba toda extrañada y otra que dormía  a ‘pata suelta’ en el medio del salón, como si ella fuese el centro del universo y toda la vida dentro del mismo estuviese en absoluto reposo. ¡Qué envidia!
 
Cuatro besos con la madre, alternando las mejillas, la de los ojos grandes me dio dos, las otras chicas no sé cuántas veces me besaron, perdí la cuenta; pero si creían que esa costumbre europea de besar dos veces en el saludo o en la despedida era excesiva, les cuento que en la cultura árabe van más lejos. Según me explicó una de mis cuñadas,  dos besos alternando mejillas si nos vemos todos los días y cuatro si nos  vemos muy poco o por primera vez. 

A la madre la había conocido en la celebración de mi matrimonio, celebración que fue una muy sencilla e íntima, sólo con los más allegados, pues que tu único hijo se te case con una extranjera, no árabe y no musulmana, no es motivo de mucha alegría y orgullo en ninguna familia árabe tradicional. La recuerdo como una invitada muy simpática, una de las únicas dos que hablaban inglés y con las que pude interactuar. 

Aquel día cubría su cabello, hoy estaba sentada conmigo, en su casa, de lo más relajada y mostrando su cabello corto. Me presentó a cada una de sus hijas y a sus nietos, preguntó por la familia de mi esposo y por mi familia en Puerto Rico, para entonces una de las chicas nos servía un platillo de nueces mixtas. La chica de los ojos grandes era la que más dominio del inglés tenía, ayudaba un poco a la madre en caso de que esta no encontrara las palabras y traducía a las demás si es que surgía alguna pregunta o querían comentarme alguna cosa. Muy simpáticas y atentas todas, y ésta no paraba de hablar mientras gesticulaba y zarandeaba a su hijo en brazos. Era un bebé hermoso, de esos hechos rollos que te dan deseos de apretar hasta que lloren. 

Pasaron la bandeja del té rojo, líquido preciado que reluce a través del vidrio transparente de los particulares vasitos (puede ser té rojo, verde con menta al estilo árabe o a lo turco); tras sumergidos los terroncitos de azúcar es divino escuchar el sonido que emiten las cucharillas que se deben agitar lentamente y en forma circular para que los aromas y sabores del té se resalten y hacerse desear (es de mis sonidos y momentos preferidos). Junto con el té se sirvieron unas galletitas rellenas de higos y dátiles, de textura suave y fresca. La madre me preguntó que si me acostumbraba, que si me gustaba  Libia. Contesté que aún estaba en pleno proceso de adaptación y que me gustaba estar con mi esposo. Ella me miró con compresión y me comentó que era palestina nacida en el Líbano, pero que cuando sus padres la casaron con uno de sus primos emigraron a Libia, porque en aquella época había trabajo. 

La chica de ojos grandes entregó el bebé a la madre y fue en busca de su álbum de boda, casarse es el acontecimiento más importante en la vida de estas personas y sólo es precedido por el  ‘hajj’, la peregrinación a la Meca que todo musulmán debe realizar al menos una vez en la vida, todo lo demás  es secundario.



Es difícil la vida en Libia, le dije a la madre, sobre todo si se es extranjero como todos nosotros y más aún siendo mujer. La madre asintió pero el “Adhan” (llamado a la oración) nos interrumpió y ella aprovechó que la hija me mostraba el álbum de bodas, se colocó su ‘hijab’ y allí en medio del salón de visitas entre el ruido del televisor de pantalla plana, las conversaciones a tres idiomas (la mímica es nuestro tercer idioma), los juegos de los nietos y el reposo de la niña que aún dormía, la mujer se dio a la oración mostrando su respeto y sumisión a Allah. 

"¿Ya tu esposo te enseño a orar?" preguntó Ojos Grandes. "En esas estamos", contesté evitando profundizar en el asunto. "¿Piensas regresar algún día a tu país?, fue su segunda pregunta. "Supongo que sí, allí está mi familia", contesté. "¿Te quieres llevar a tu esposo contigo?", tercera pregunta. "Sí, debe conocer a mi familia personalmente algún día", contesté ya un tanto atolondrada. "¿Si se va contigo, volverían a Libia?", continuó La entrevista. "Supongo que sí, aquí está su familia", concluí. 

Ojos Grandes dijo ser maestra de profesión, pero no me quedan dudas de que siempre quiso ser periodista o abogada, quizás oficial de aduanas. ¡Vaya interrogatorio! ¡Carajo! De repente una de las chicas se apuró en cerrar la puerta del salón y desde mi almohadón pude ver como la otra se asomaba desde la cocina esperando alguna orden o señal que le dejara saber que podía cruzar de un lado al otro. Habían llegado hombres a la casa; el padre de nuestro amigo acompañado de un hermano, otro hijo, un sobrino y algún otro pariente. Una de las chicas se cubrió el cabello, los recibió y trajo al padre al salón para que yo lo conociera; no sin antes cerciorarse de que yo estaba cubierta. 

"¡Salam Aleikum!", dijo el hombre a la vez que me dio la mano y me saludo con efusividad. Detrás de él, llegó la bandeja de las frutas, las copas de agua y unos bombones de chocolates. Yo seguía sentada al ras del suelo con aquel festín a mi alrededor. La madre me preguntó si mi esposo era buen marido, yo contesté que el mejor; ella sonrió y aseguró que era un hombre educado, de buenos sentimientos y que él y su hijo tenían la misma mentalidad, que por eso eran tan amigos. Ojos Grandes interrumpió y agregó que por lo mismo ambos habían decidido casarse con mujeres extranjeras. En el momento no sabía si el comentario era bueno o malo, pero recordé que nuestro amigo está comprometido con una ucraniana y que ahora son ellos quienes están en la incertidumbre, en la espera, en las oraciones, en la paciencia, viviendo ese amor a distancia que pocos entienden y respetan, pero que muchos juzgan y no le tienen confianza. 

"¿Quieres tener hijos? ¿Cuántos? ¿Has manejado un auto alguna vez? ¿Fuiste a la universidad? ¿A qué te dedicabas? ¿Cómo es eso de que anteriormente estuviste casada? ¿Tu esposo anterior era bueno contigo? ¿Sabes cocinar? ¿Te gusta estar en la casa haciendo los quehaceres y cuidando niños?... "

Escuché la voz de mi esposo, al parecer se despedía de los demás caballeros. De inmediato me puse de pies y comencé a besarlas a todas; dos, tres, cuatro veces, ya no sé cuantas. La niña centro del universo nunca despertó y la madre muy atenta y cariñosa me dijo que volviera cuando quisiera, que le pidiera a mi esposo que me llevara en otra ocasión, para un almuerzo. Ojos Grandes toda sonrisa y efusividad se despedía con evidentes ganas de más chachara, los demás niños jugaban y comían las frutas, mientras las otras dos chicas sonreían emocionadas por la novedad que para ellas representaba tener una extranjera no árabe de visita en el hogar. 

Me encontré con mi esposo  y nuestro amigo en el pasillo, volví a extenderle la mano, le agradecí toda la ayuda prestada, le comenté que su prometida me había contactado vía correo electrónico y le desee que Dios les permitiese estar juntos muy pronto, tal y como lo había hecho con nosotros. Nuestro amigo también nos invitó a repetir la visita, me dijo que esperaba que su prometida y yo nos convirtiésemos en buenas amigas, se despidió contento y esperanzado. 

Una vez se cerró la puerta nos colocamos nuestros zapatos y bajamos el espiral de escalones maltrechos a toda prisa, estábamos retrasados para recoger a una de mis cuñadas a la salida del trabajo en un salón de belleza al otro extremo de la ciudad.

"¿A quién le entregaste los dulces?, preguntó mi esposo mientras conducía. "¿Qué dulces? ¡Ay los dulces!", reaccioné llevándome las manos a la cabeza. "Tú los tenías en las manos. ¿Qué pasó?, preguntó preocupado. "Que ahora que caigo en cuenta recuerdo haber entrado con ellos, pero no sé a quién se los entregué o quién los cogió, pero lo más jodido de todo es que no me ofrecieron ni uno", comenté consternada. 

Mi esposo se echó a reír y me explicó que muy rara vez le ofrecen a la visita de lo mismo que ésta lleva, se considera de mal gusto, de poca clase; significa que en la casa hay escasez y que no había nada para ofrecer. Me quedé callada y él me miraba con ganas de seguir riendo, quizás sorprendido de que yo no argumentara. 

Entonces pensé; ¡Que Allah bendiga las manos del sirio que me obsequió aquel dulce! Que si no hubiese sido por su “irrespetuosa amabilidad” la puertorriqueña en Libia se quedaba con los deseos. Aunque para ser sincera y como diría mi amigo Patricio, me quedé “con gusto a poco”, así que para la próxima visita llegamos con frutas, pistachos o galletas, pero los dulces sirios de ahora en adelante son para comerlos nosotros en casa.


* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

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sábado, 8 de junio de 2013

El fuego de Bengasi



Estábamos todas las mujeres en el salón principal de la casa, echadas en los almohadones, charlando y comiendo semillas de calabaza y girasol mientras aguardábamos el regreso del servicio eléctrico con la esperanza de ver el segmento final de Arab Idol. El celular de una de mis cuñadas sonó y al atender la llamada su expresión fue de evidente preocupación, cuando se dispuso a ponernos al corriente lo único que puede entender fue la palabra Baba (Papá) un sinnúmero de ocasiones. También me preocupé porque mi suegro había salido en dirección al centro de Bengasi a buscar a una de mis cuñadas al trabajo. Como ya está bastante mayor y le falla la vista, procura irse temprano cuando aún la luz del sol alumbra la carretera y puede manejar su vieja camioneta Volvo un poco más relajado. De repente todos los celulares comenzaron a sonar y ante la conmoción de la noticia nadie se ocupó de traducir y yo por otro lado no encontraba el momento conveniente de solicitarlo. La segunda palabra que entendí fue ‘RPG’, sí así mismo, con sus siglas en inglés. De primera intención lo relacioné a los videojuegos, pero era evidente que esta vez no se refería a nada que pudiese divertir. A distancia se comenzaron a escuchar las detonaciones y poco después la sirena de las ambulancias. Otra de mis cuñadas (tengo seis) entró a la casa toda despavorida porque estando en el jardín jugando con los niños alcanzó a escuchar a los vecinos decir desde el otro lado del muro, que habían cerrado el paso hacia el centro de Bengasi a causa de un enfrentamiento a tiros (finalmente alguien traducía). Las demás intentaban llamar a los esposos o a la más pequeña de las hermanas que había llegado la noche anterior desde Sabha –ciudad del suroeste del país, a 460 kilómetros de Trípoli- para atenderse una condición médica en la  ciudad, pero la comunicación desde los teléfonos celulares había quedado interrumpida. Mi suegra se llevaba las manos a la cabeza y alzaba los brazos al cielo mientras le suplicaba a Allah que devolviera con bien a cada uno de los familiares.

Al rato llegó mi suegro muy conmocionado, se paró en medio del salón y exclamó algo que no entendí en voz alta. Se sentó en uno de los almohadones de esos que se usan en los salones de estar árabes y que quedan al ras del piso, a contar lo sucedido mientras todas las mujeres lo escuchaban atentas, pero esperando ansiosas la oportunidad de hacer preguntas y comentar. Se veía sofocado, cansado; con su rostro colorado y su poco cabello blanco todo alborotado. Una de mis cuñadas le alcanzó un vasito de té rojo y mientras Baba le pegaba sorbos, las mujeres aprovecharon la oportunidad de hablar todas a la vez; yo solo entendía cuando decían ‘RPG’ y Allah, sin encontrar, nuevamente, oportunidad para solicitar traducción.

El calor era insoportable. Linterna en mano subí las escaleras y me regresé a mi habitación. Aprovechando que estaba todo oscuro me dispuse a violar una de las más estrictas reglas de la casa y abrí una de las ventanas, la que da al jardín que está cubierto de árboles frutales y aromáticos, estampa irrepetible en este barrio y difícil de encontrar en esta ciudad costeña. Me recosté en la cama mientras intentaba establecer comunicación con mi esposo que tras un mes trabajando en el desierto aún no regresaba. Fue imposible escuchar su voz y contarle lo que estaba pasando, el servicio de comunicación celular seguía interrumpido. Me quedé dormida con la  brisa que entraba por la ventana y el eco confuso de las detonaciones lejanas. ¡Aziza! ¡Aziza! Me llamaban dos de mis cuñadas. _ ¡Cúbrete! Vamos al techo, al tercer piso, que desde allí se ve el fuego de Bengasi. Así, a oscuras tomé el primer pañuelo que encontré, me lo tiré sobre la cabeza y aguantándomelo con las manos alrededor del cuello las seguí. Ellas, expertas subiendo y bajando escaleras a oscuras, me guiaban a toda prisa. El mármol se sentía frio bajo la planta de mis pies, advirtiendo que en la azotea  el viento soplaba frio en franco contraste con la temperatura del interior. Los niños de la casa corrían y jugaban contentos sobre la azotea, como si fuera un parque, campo abierto, reían y gritaban, complacidos con los puntos de luces rojas que precedidos por las detonaciones cruzaban el firmamento; tan ingenuos, tan indiferentes. Mis cuñadas y yo nos subimos sobre bloques para poder elevarnos apoyadas contra la media pared que circunda la azotea y poder ver más allá del techo de las otras casas, del minarete de la mezquita más cercana; para poder contemplar lo que para nosotros era un espectáculo pirotécnico en 3D, pero que para muchos en Bengasi  eran las luces de la muerte y la desgracia que no cesan, que no acaban.

* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.





 





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