Estábamos todas las mujeres en el
salón principal de la casa, echadas en los almohadones, charlando y comiendo
semillas de calabaza y girasol mientras aguardábamos el regreso del servicio eléctrico
con la esperanza de ver el segmento final de Arab Idol. El celular de una de
mis cuñadas sonó y al atender la llamada su expresión fue de evidente preocupación,
cuando se dispuso a ponernos al corriente lo único que puede entender fue la
palabra Baba (Papá) un sinnúmero de ocasiones. También me preocupé porque mi suegro
había salido en dirección al centro de Bengasi a buscar a una de mis cuñadas al
trabajo. Como ya está bastante mayor y le falla la vista, procura irse temprano
cuando aún la luz del sol alumbra la carretera y puede manejar su vieja
camioneta Volvo un poco más relajado. De repente todos los celulares comenzaron
a sonar y ante la conmoción de la noticia nadie se ocupó de traducir y yo por
otro lado no encontraba el momento conveniente de solicitarlo. La segunda
palabra que entendí fue ‘RPG’, sí así mismo, con sus siglas en inglés. De
primera intención lo relacioné a los videojuegos, pero era evidente que esta
vez no se refería a nada que pudiese divertir. A distancia se comenzaron a
escuchar las detonaciones y poco después la sirena de las ambulancias. Otra de
mis cuñadas (tengo seis) entró a la casa toda despavorida porque estando en el jardín
jugando con los niños alcanzó a escuchar a los vecinos decir desde el otro lado
del muro, que habían cerrado el paso hacia el centro de Bengasi a causa de un enfrentamiento
a tiros (finalmente alguien traducía). Las demás intentaban llamar a los
esposos o a la más pequeña de las hermanas que había llegado la noche anterior
desde Sabha –ciudad del suroeste del país, a 460 kilómetros de Trípoli- para
atenderse una condición médica en la ciudad,
pero la comunicación desde los teléfonos celulares había quedado interrumpida.
Mi suegra se llevaba las manos a la cabeza y alzaba los brazos al cielo
mientras le suplicaba a Allah que devolviera con bien a cada uno de los familiares.
Al rato llegó mi suegro muy
conmocionado, se paró en medio del salón y exclamó algo que no entendí en voz
alta. Se sentó en uno de los almohadones de esos que se usan en los salones de
estar árabes y que quedan al ras del piso, a contar lo sucedido mientras todas
las mujeres lo escuchaban atentas, pero esperando ansiosas la oportunidad de
hacer preguntas y comentar. Se veía sofocado, cansado; con su rostro colorado y
su poco cabello blanco todo alborotado. Una de mis cuñadas le alcanzó un vasito
de té rojo y mientras Baba le pegaba sorbos, las mujeres aprovecharon la
oportunidad de hablar todas a la vez; yo solo entendía cuando decían ‘RPG’ y
Allah, sin encontrar, nuevamente, oportunidad para solicitar traducción.
El calor era insoportable. Linterna
en mano subí las escaleras y me regresé a mi habitación. Aprovechando que
estaba todo oscuro me dispuse a violar una de las más estrictas reglas de la
casa y abrí una de las ventanas, la que da al jardín que está cubierto de árboles
frutales y aromáticos, estampa irrepetible en este barrio y difícil de
encontrar en esta ciudad costeña. Me recosté en la cama mientras intentaba
establecer comunicación con mi esposo que tras un mes trabajando en el desierto
aún no regresaba. Fue imposible escuchar su voz y contarle lo que estaba
pasando, el servicio de comunicación celular seguía interrumpido. Me quedé
dormida con la brisa que entraba por la
ventana y el eco confuso de las detonaciones lejanas. ¡Aziza! ¡Aziza! Me llamaban
dos de mis cuñadas. _ ¡Cúbrete! Vamos al techo, al tercer piso, que desde allí se
ve el fuego de Bengasi. Así, a oscuras tomé el primer pañuelo que encontré, me
lo tiré sobre la cabeza y aguantándomelo con las manos alrededor del cuello las
seguí. Ellas, expertas subiendo y bajando escaleras a oscuras, me guiaban a
toda prisa. El mármol se sentía frio bajo la planta de mis pies, advirtiendo
que en la azotea el viento soplaba frio
en franco contraste con la temperatura del interior. Los niños de la casa corrían
y jugaban contentos sobre la azotea, como si fuera un parque, campo abierto, reían
y gritaban, complacidos con los puntos de luces rojas que precedidos por las
detonaciones cruzaban el firmamento; tan ingenuos, tan indiferentes. Mis cuñadas
y yo nos subimos sobre bloques para poder elevarnos apoyadas contra la media
pared que circunda la azotea y poder ver más allá del techo de las otras casas,
del minarete de la mezquita más cercana; para poder contemplar lo que para
nosotros era un espectáculo pirotécnico en 3D, pero que para muchos en Bengasi eran las luces de la muerte y la desgracia que
no cesan, que no acaban.
* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.
* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.



