viernes, 24 de julio de 2015

En jaima



- Que se casa el hijo del mejor amigo de mi cuñado Abu Waleed y han invitado a todas las mujeres de la familia. Mi madre ha dicho que vas con ella y que no aceptará negativas por respuesta. Dijo Marido.

- ¡Tamam! Le contesté.

 

¡Pal’ ululeo!

 

 

Dieron las 4:00 p.m. cuando mi suegra Halima venía del brazo de su hijo y acercándose a la puerta del asiento del pasajero me hizo señas para que no me bajara a saludarla, ya frente a mí, me acarició la cara y me preguntó cómo estaba.

 

Según la costumbre la madre siempre tiene la preferencia en todo por encima de la esposa, incluso para el asiento delantero del vehículo, a menos que entre los pasajeros haya un hombre de la familia, sobre todo si es el padre.

 

Fuera de estos casos la esposa tiene la preferencia sobre las otras mujeres a menos que se trate de hermanas o tías ancianas; los mayores siempre tienen preferencia, recordemos que en familias numerosas las tías no siempre son mayores y las hermanas no siempre son todas jóvenes. Otro dato a mencionar es que de encontrarse alguna mujer en el vehículo, el conductor no podrá transportar a ningún hombre que sea ajeno a la familia, así que eso de darle “pon” (un aventón) al “pana” (amigo) o al vecino, no procede.

 

Cuando insistí en cederle el asiento en muestra de respeto, me dijo que no era necesario y de inmediato abordó el auto. De su residencia a la de mi cuñada Haná hay apenas unas tres o cuatro calles así que tuvimos el tiempo justo de saludarnos y ella preguntarme por mis padres y mi hermana Yazira, siempre lo hace.

 

Mi cuñada Haná había ido por mi otra cuñada, Fatin y las niñas. Así que mi esposo decidió llevarnos directamente a la recepción nupcial, convenientemente a otras tres calles desde la casa de su hermana.

 

Al-Kwayfiya es un barrio costero a las afueras de Bengasi, básicamente es un poblado donde todos se conocen. Cuenta con su propio hospital  público con unidad cardiovascular, estación de policías, una de las cárceles más grandes de la región, farmacias, panaderías, carnicerías, colmado y todo tipo de comercio. De hecho desde que recrudeció la guerra en Bengasi los residentes de Al-Kwayfiya y barrios limítrofes evitan llegar hasta Bengasi, pues además de librarse del insoportable tráfico en la única ruta que provee entrada y salida a la ciudad, también evitan exponerse a quedar atrapados en áreas de combate o ser la víctima de una bala, misil o bomba perdida, sí porque aquí  todo ese tipo de desgraciadas situaciones se le atribuyen a accidentes, a proyectiles perdidos (hasta las bombas) y nadie se responsabiliza.

 

Además como último, es relevante mencionar que la población del barrio es de predominancia palestina. Casi todas las familias extranjeras, que como la familia de mi esposo han adquirido propiedades, lo han hecho bajo el padrinaje de influyentes clanes libios que de alguna manera y “hasta cierto punto” los protegen; los extranjeros no pueden comprar propiedades por sí solos.

 

Llegamos a una calle sin salida con dos casas inmensas y entre ellas un terreno abierto. Las casas, como la gran mayoría en Libia, grandes edificaciones de muros altos y paredes que del empañetado casi nunca pasan; aquí la compañía de pintura “Jotun” sobrevive por obra y gracia y muy poco por ventas y ganancias.

 

De la azotea de una de las casas cayendo en cascada hasta el primer piso colgaba una guirnalda gigantesca de luces intermitentes multicolores que debió ser instalada la noche del compromiso de la pareja; es la costumbre para que todos sepan que en la familia pronto hay boda. Sospecho que los novios son vecinos y aparentemente se han criado juntos.

 

Del grupo de niños que jugaban con pirotecnia en el terreno aledaño se acercaron dos, y después de contestar el saludo a mi esposo uno le informó que si éramos invitados a la boda, las mujeres debían entrar a la residencia contigua (la del novio, la no alumbrada en el exterior) y los hombres podían estacionarse y esperar la llegada de otros. Uno de los niños se acercó a abrirme la puerta, pero cuando me escuchó hablar con mi esposo en inglés se intimidó. Mi suegra le acarició el cabello y le preguntó a dónde deberíamos dirigirnos, el chiquillo sin dejar de mirarme nos indicó la entrada de la casa contigua, como ya había dicho.

 

¡Que sorpresa! ¡En “jaima” (carpa o tienda árabe)! La boda era en “jaima” y no en salón de visita o recepción, que muchas de estas casas tienen. Desde mi llegada a Libia siempre quise estar dentro de una, se usan con motivo de velorio o bodas y en mi caso ya había tenido oportunidad de ocupar una por velorio; pues cuando en el apartamento o casa no hay espacio para que las mujeres de la familia reciban las condolencias también se habilitan carpas como sucede con los hombres; pero “ululeo” en “jaima” nunca antes había tenido la oportunidad. ¡Tremendo!

 

Recuerdo que muchas veces en ocasión de acompañar a mi esposo a transportar a su hermana -la estilista- en horario nocturno, tuvimos que desviarnos porque más de una calle había sido clausurada por alguna “jaima” instalada. Cuando se trata de un velorio sólo se escuchan voces de hombres conversando lo mismo durante siete o nueve noches mientras toman pocillos de café negro sin azúcar y té con menta, mientras que entre sorbos e historias se fuman la vida que al difunto se le ha escapado.
 

Valga aclarar que el cuerpo del difunto se entierra a pocas horas de certificado el fallecimiento y realizar el rito mortuorio islámico, así que el acudir al velorio sin cuerpo presente, es una cuestión de compromiso social en muestra de respeto y estima a los familiares dolientes.

Si es una boda, la música estridente se escuchará  por varias cuadras.

En la entrada apilaban una cantidad inmensa de sillas de resina, de esas baratas que han invadido el planeta tierra y que son una amenaza para cualquier persona en sobre peso. Se erguían formando una alta muralla entre la entrada y el resto del espacio destinado a la gran “jaima”.

 

La jaima (carpa) tenía forma de “ele” y aunque éramos la segunda familia de mujeres en llegar, mesas y sillas estaban ya acomodadas, vestidas y decoradas, tan apiñadas que prácticamente era imposible caminar entre ellas a fin de elegir un buen asiento. Literalmente era necesario abrirse paso levantando silla tras silla, en ocasiones, dejando un desorden tras de sí, desorden que una de las chicas de la familia anfitriona con una sonrisa comprensiva y un poco avergonzada por la inevitable incomodidad se ocupaba de volver a acomodar.

 

Era una boda tradicional de barrio y esto representaba una gran oportunidad para mí, así que le sugerí a mi suegra que nos sentáramos al fondo y si era posible desde una de las esquinas, pues es un ángulo excelente, es más, infalible, si se desea tener dominio visual total de todo lo que acontezca en la actividad y sobre todo del comportamiento de la gente.

 

Aun estábamos atravesando el mar de resina verde gastado cuando las mujeres mayores de la casa vinieron al encuentro con mi suegra. En la comunidad árabe esto significa una cantidad incontable e besos, felicitaciones y bendiciones. Para cuando terminaban y miraban en mi dirección mi suegra decía con orgullo; "ella es la esposa de mi hijo Hani". Pero la verdaderamente orgullosa era yo, que  en ese momento sentía que todo se remontaba a los primeros dos meses después de mi llegada a Libia, como si nada se hubiese interrumpido entre nosotros.

 

En esta casa (la del novio), las guirnaldas de luces multicolores colgaban de los bordes de la ”jaima” y de los postes centrales colgaban grandes lámparas plásticas de luces claras. Esta vez a diferencia de las bodas de salones donde la música es en vivo, la misma estuvo a cargo de una mujer de “abaya” y “Hijab” que manejaba una consola de sonidos conectada a dos bocinas ubicadas a ambos lados de la tarima nupcial. ¡Ensordecedor!

 

La tarima, es otro elemento destacable en las bodas árabes, pero creo que en las libias literalmente, lo es todo y aunque etas familias son palestinas, el estar asentadas por dos y tres generaciones en este país “magrebí” las ha hecho adoptar muchas de las tradiciones culturales libias, como la de no escribir el nombre de la novia en la invitación de bodas para no ponerla en vergüenza. Yo aún no entiendo a qué se refieren con “ponerla en vergüenza” cuando la religión islámica no dice nada al respecto, todo lo contrario y en este caso el toparnos con la “R” mayúscula en sustitución del nombre fue algo que sorprendió a mi esposo, también palestino.

 

La tarima tendría unos dos o tres pies de alto cubierta de alfombras tan coloridas como la tela total de las “jaimas” típicas libias, hablo de amarillo subido, rojo encendido, blanco y azul Persia. El fondo fue forrado por cenefas de tules en colores pasteles y dos ornamentos de corte folclórico libio como el estilo de la decoración.

 

En el centro ubicaban dos sillones platinados tipo tronos, forrados en una tela aterciopelada color rojo con un diseño grabado en el centro del espaldar de colores vivos; destinados a los novios.

 

Las mesas vestían manteles satinados en tonos rojo escarlata y azul lapislázulis, en el centro una caja de chocolates finos y otra de dulces árabes, servilletas floreadas, vasitos desechables y sellados de agua destilada, refrescos, sorbetos, cubiertos, un platillo con encurtidos para acompañar la comida a la hora de la cena y una canasta de guineos maduros (bananas).

 

De inmediato comencé a sentirme contrariada, el calor era insoportable, sofocante y ya estaba toda sudada. Además la silla era de complexión débil y no podía sentarme cómodamente por temor a caer de ella.

 En cuestión de minutos ya picando las cinco de la tarde la “jaima” comenzó a llenarse, entraban grupos de mujeres divididos por familias, en cada uno féminas de cualquier edad desde infantes en brazos hasta ancianas tomadas de la mano, de toda complexión física, estatura, en diferentes tonos de pieles claras; unas de abaya y hijab, otras de niqab y solo las niñas y adolescentes sin cubrir.

 

Las mujeres de la familia anfitriona, que se mantenían trabajando, estaban todas sudadas, con los cabellos chorreados y el maquillaje de los ojos corrido al punto de dar la impresión de que se les andaba derritiendo la cara.

 

El sol castigaba, la temperatura asfixiaba pues en el mes de julio lo normal es que el sol se ponga a las siete y media de la tarde, algunas veces dan las ocho y aún se divisa el rubio.

 

Entre el mujerío, sus saludos, besos y bendiciones divisé a algunas de las mujeres de la familia Abushiera, a la que se supone que pertenezco. Tal y como  había adelantado mi suegra, sólo asistieron mis dos cuñadas casadas que residen en Al-Kwayfiya, (hay una tercera, la menor con apenas veinticinco años de edad, casada, con dos hijos y residente en la ciudad de Sabha a 12 horas de distancia, en pleno Sahara). Junto con Haná y Fatin, entraron nuestras sobrinas, Roaa, Ronda, Reem y Rowa, de entre 12 y 8 años.

 

Mis cuñadas llegaron de abayas y hijabs, las niñas modelaban hermosos vestidos de moda contemporánea, de corte adolescente, de medias de nilón de zapatillas de leves tacones en combinación con sus carteras de fiesta y joyería de fantasía. ¡Cuánto han crecido! Hace dos años y medio, su vestimenta de fiestas era tipo princesitas con tocados de cabello de corte infantil.

 

Mi suegra y yo estuvimos a punto de hacerles señales de humo a fin de que nos identificaran entre tanta mujer parlanchina, pero las niñas nos vieron y dieron el alerta a las madres. Yo había juntado dos mesas justo en la esquina derecha del fondo, pero mi cuñada Fatin de carácter bastante fuerte -como el resto de los Abushiera, incluido Marido- comenzó a acomodar a las niñas en una mesa ubicada frente a la nuestra y luego decidió hacer lo mismo con otra mesa aledaña.

 

Le aclaré que yo había juntado las mesas para estar todas juntas pero que si no le parecía, yo las separaba para que otra familia pudiese utilizarla y sentarse junto a nosotras. Al parecer lo pensó mejor, dejo las niñas en la mesa de enfrente pero acomodó su cartera y la de Haná en la mesa que les había separado. Hana saludó, pero de inmediato se fue a colaborar con las mujeres de la familia, pues allí no cabía una mujer más y ni ellas, ni los niños que servían de ujieres desmontando sillas daban a vasto.

 

 Observé que las mujeres pasadas de peso comenzaban a inquietarse por lo débiles de las sillas, miraban para todos lados dando la vida por otro tipo de silla. Yo quizás lo había disimulado bastante pero por nada del mundo estaba dispuesta a pasar de cuatro a cinco horas con las piernas encalambradas de tanto intentar mantener el equilibrio. Me levanté picando adelante y pedí una silla de madera, desde otra casa se me trajo la única disponible. ¡Ja,ja!

 

-¿A dónde vas Aziza? Preguntaron mi suegra y mi cuñada Fatin, porque siempre que andamos en lugares públicos o en presencia de extraños ellas suelen ser extremadamente protectoras, incluso las solteras, por mucho que no me acepten, en ese momento la prioridad ante la posibilidad de algún peligro o riesgo es proteger a la esposa extranjera del único hermano; incluso lo he podido experimentar por parte del padre de mi marido.

 

Recuerdo que en una boda de salón, la primera a la que fui invitada, necesité ir al baño y mi suegra me siguió sin que yo pudiese darme cuenta, tipo sombra y cuando recién encontré un hueco frente al espejo entre tanta mujer despojándose de su  hijab  y abaya, buscando retocar maquillaje y peinado, ella que me habla inesperadamente y yo tuve que afinar la vista porque entre tanta mujer de tacones y ella tan menudita se me hizo una aparición mística, como uno de esos seres guías que siempre andan cuidándonos la espalda y hablándonos desde la conciencia. ¿Nunca los han sentido o visto?

 

En otra ocasión, en la boda de Mohammad Shehabi y Martha la ucraniana, unas mujeres amigas de la familia me invitaron a bailar tomándome de la mano y mi suegra me tomó del brazo halándome del lado contrario buscando evitar que lograran convencerme de ir al centro del pequeño salón y contonearme de caderas y hombros como el resto, pero entonces una de ellas le fue directa y le preguntó por qué no me dejaba bailar si no había nada de malo en ello.

 

Mi suegra se sintió incomoda, según ella,  por la insolencia de que se le cuestionara siendo una mujer mayor y como "patada voladora", o "daga lanzada al cuello" mi suegra dijo a toda voz que yo estaba embarazada.

 

La mujer que me había estado halando del brazo, me soltó de inmediato, la madre de Mohamaad me preguntó si era cierto, pero yo aún estaba turulata con lo dicho por mi suegra y a la misma vez sabía que no podía desmentirla en público porque sería imperdonable hacerla quedar en vergüenza.

 

Creo que no había podido cerrar la boca o reaccionar de ninguna manera, porque una mujer de cabello castaño y ojos verdes me agitó suavemente de hombros, como para sacarme del "shock" y al oído me dijo en inglés; “Congratulations for your pregnancy Aziza”.

 

Esa era Mai Samy, la amiga palestina que tras 17 meses de conocernos y conversar por Internet, no había tenido la dicha de visitar hasta el día de ayer. Y así fui felicitada por todas las mujeres presentes, que me besaban y ululaban jubilosamente  en celebración de la nueva vida que por obra y gracia de la astuta de mi suegra, de repente y milagrosamente albergaba mi vientre.

 

Sabrán que tan pronto como mi suegra se retiró a orar a otro salón del apartamento, en un aparte con la madre de Mohammad y Mai les aclaré que yo no estaba embarazada y ellas se miraron estallando en risas pero sin enterar al resto. ¡Ay mi suegra!

 

Ya la Jaima estaba a desborde, niñas y niños comenzaban a comer las bananas y abrir los vasos de agua mientras las madres se abanicaban frenéticamente con unos bandejas desechables donde habían colocado los cubiertos y sorbetos. Todas estábamos sudadas y pegajosas dentro de nuestras abayas, jilbabs y hijabs.

 

Finalmente  llegó el impresionante momento del destape, uno de mis favoritos en las bodas árabes tradicionales. A falta de tocador se dio un desvestir colectivo donde abayas y pañoletas parecían volar sobre las cabezas de peinados exóticos o melenas sueltas, como si fuesen volantines de colores que se despliegan como parte de la celebración.

 

Se iban develando las figuras, los escotes atrevidos, sobre todo en las adolescentes o mujeres jóvenes entre los veinte y treinta años. Muchas conservaban los diseños florales tatuados en henna durante la celebración del “Eid” y la noche de la “Henna” que se celebra la noche anterior al día de la boda. También vi tatuajes temporales adornando piernas delgadas, espaldas desnudas y pechos brillantemente escarchados.

 

Maquillajes espectaculares, peinados sumamente elaborados, vestidos de no saber cuál elegir como favorito y melenas sedosas color azabache capaces de embrujar a toda mirada. Las mujeres mayores de treinta y cinco ya son más conservadoras y muchas modelan hijabs de fiestas con muchísima elegancia y estilo al igual que las abayas de gala y vestido conservadores pero distinguidos.

 

Bueno, pues entre tanta palestina, porque dudo mucho que hubiese libias a juzgar por las facciones y tonos de piel (ni una negra, amazigh o tuareg) esta mulata puertorriqueña, antillana, caribeña, latinoamericana y extranjera occidental hizo lo propio.

 

Me retiré mi hijab y liberé mi cabello rizado al natural, ese que llaman crespo, vivo, rebelde, afro, africano y nunca falta el que lo tilda de malo. No me importó la reacción de mis cuñadas, al punto que ni siquiera las miré a la cara, pero sé que mi suegra me observaba sorprendida, pues mientras viví en su casa siempre estuve de alisados, queratinas, secador y plancha.

 

Sentí su mano acariciándome el cabello, tal vez fue la primera vez en sentir la textura de un cabello rizado al natural, no lo sé. Sinceramente no vi que ninguna de las mujeres presentes me mirara despectivamente y miren que desde mi posición tenía el mejor dominio visual del perímetro. 

 

Pero claro, como siempre hay sus excepciones y para variar se trató de mi sobrina Ronda, que es la más traviesa rayando en la demasía, pero que por otro lado reconozco es la más espontánea y creativamente amorosa entre todas.

 

Ronda me miraba y se tapaba la boquita mientras reía y me señalaba como en sentido de burla, entonces velé una oportunidad y le dije al oído; “Shufi, Ronda, Khalto Aziza sudani” (Mira, Ronda, titi Aziza es sudanés), como le llama ella a todos los negros y como los palestinos llaman a cualquiera que realice trabajos domésticos. 

 

Ella puso cara de disgusto y yo me reía, y le dije; “Tío Hani tiene una esposa sudanés, tienes una tía sudanés”. Y la noté confusa, no sabía si reírse o molestarse.

 

Una vez les mostré una foto de una niña negra bellísima de cabello crespo y les pregunté qué les parecía y me contestaron que era negra y que el cabello era muy feo. Esa, se las tenía apuntadita.

 

Por otro lado, un día mi esposo me comentó que unas palestinas habían llamado a Fatin para preguntarle si era cierto que su hermano se había casado con una mujer negra y que Fatin indignada les  dijo que no, que eso no era cierto que yo era "normal" como ellas, las palestinas.

 

Y entonces le pregunté a mi esposo si debo entender que los seres humanos negros son "anormales". Mi esposo me dijo que el racismo y la xenofobia eran males no exclusivos de occidente y que lamentablemente los países árabes no era la excepción. Entonces le pregunté qué decía El Corán al respecto porque para mí su hermana había sido tan racista como sus amigas.

 

 

 
Me citó el Corán donde habla de la igualdad entre seres humanos, entonces yo preparé esta imagen y la convertí en foto de perfil de mi perfil de Facebook para la familia y conocidos en Libia. ¡Toma! De hecho este incidente, el no encontrar productos para cabellos rizados en un país africano como Libia donde hay un porcentaje alto de raza negra y la publicidad comercial repleta de bebes y personas de características caucásicas, me incentivaron a librarme de los químicos y aparatos de calor, dejar mi cabello crecer al natural, sumamente rizado y abundante como Dios lo diseño y creo para mí.

 

 



Lululululululu  Laiiiiii

 

¡Ululeo! Entra la novia envuelta en una capa blanca. Todas la mujeres de la familia y sus amigas la rodean, la besan, la abrazan, ululan, ríen, lloran, toman fotos, pues sólo las mujeres de la familia pueden tomar fotos y vídeos, y las presentes están bien pendientes de que ninguna otra mujer, de las ajenas saque su celular con intención de fotografiar o filmar.

 

El traje es hermoso, un “corset” repleto de brillantes y una campana en capas frondosas, todo resplandeciente en un blanco impecable.

 

Las chicas bailan con la novia que apenas puede moverse por lo exuberante del vestido.

 

Es el momento de las fotos, muchas poses artísticas dirigidas por la fotógrafa profesional -también de abaya y hijab- que estará a cargo del álbum de bodas que la novia atesorará para resto de vida y que en cada oportunidad mostrará orgullosa a sus amigas y cualquier mujer que la visite. Es la misma fotógrafa que ruega a Dios para que la carga de la decena de celulares y tabletas tras de ella, entorpeciéndole su labor se agote.

 

Mi cuñada Fatin me preguntó sobre mi ropa, me dijo que le gustaba y que si la había comprado aquí en Bengasi, le dije que el ajuar lo había comprado en Puerto Rico, y mi suegra comentó que el jilbab era de buen corte y buena calidad, entonces le dije que ese me lo había regalado mi esposo y mi cuñada agregó que evidentemente era de confección turca por la calidad de la tela. Mi suegra me pidió que le mostrara mi oro y me felicitó por el regalo de mi esposo.

 

Mi suegra no se despegó de mi lado, me observaba sin discreción y si yo la sorprendía me acariciaba el cabello y la cara, me tomaba de la mano, me preguntaba en español si hacía mucho calor y yo me sonreía porque me gusta su acento palestino cuando intenta comunicar alguna frase aprendida durante sus viajes a España a inicio de la década del noventa.

 

Las niñas conversaban y comían bananas; hasta las atrapé comentando sobre los vestidos de otras niñas. Mi cuñada Haná seguía de solidaria con el grupo de las derretidas. Y Fatin acabó con los dulces árabes de la cajita de nuestra mesa, eso sí continuamente me ofrecía pero le expliqué que yo con calor extremo no puedo comer pero “Col habibty, col” (come mi amor, come) le decía, imitando un comercial televisivo y ella se moría de la risa.

 

Mi suegra sacó una bolsita de lino blanco de su cartera y de un manojo de fotos antiguas sustrajo la foto en blanco y negro de un bebé hermoso con una carita que de inmediato me llenó de ternura. “¿Mama, quién es este bebé tan hermoso?” Este es Hani, tu esposo, cuando tenía apenas cuatro meses de nacido, acabado de traer de Egipto. ¡Importado! Diría Fatin.

 

Se me llenaron los ojos de lágrimas y a mi suegra también. No podía dejar de mirar la foto y acariciar la imagen como si en un acto sobrenatural estuviese yo acariciando la carita que sin importar los tiempos y los medios siempre me emociona.

 

Recordé la primera vez que vi su rostro en una foto de perfil en una red social, lo sentido entonces y lo sentido siempre es inexplicable en cualquier lengua humana y es la sensación que se repite cada vez que mientras yo escribo, él duerme a mi lado y de vez en cuando me volteo y lo contemplo, le acaricio el rostro, lo beso y le agradezco a Dios el haber escuchado tantas oraciones pronunciadas desde la soledad de mis noches y el que atendiese los más preciados anhelos de mi corazón de mujer. Se lo encomiendo a Dios, que con o sin mí, su corazón logre algún día experimentar la paz y vivir con alegría.

 

Sirvieron la cena, el menú tradicional de las bodas en Libia; arroz blanco con especias, nueces y pasas rubias, carne de res trozada bien condimentada, “shawarma” y empanadas árabes. Para ser sincera esta vez la sazón de la cocinera no le hizo los honores a la sabrosa comida árabe y fue la opinión generalizada de mis cuñadas y sobrinas.

 

Cuando terminé de comer se acercó Ronda obsequiándome un chocolate de los dos que le quedaban y se lo agradecí con un besito.

 

Entonces se encendió la fiesta, según terminaban de comer las mozas subían a la estrecha tarima y colocándose los hijabs como cintillos alrededor de las caderas danzaban en movimientos extremadamente sensuales y cadenciosos.

 


Me pareció que se retaban y competían y mientras sus cuerpos parecían estar poseídos por serpientes encantadas, luego las caderas entraban en total frenesí  mientras los cabellos se transformaban en brazos largos y sedosos que se movían seductoramente llevando el compás del resto del cuerpo.

 

Sin duda alguna un espectáculo exclusivo y alucinante, otro de mis momentos predilectos en las bodas árabes. Del otro lado del muro, los hombres comían, conversaban, los niños jugaban con la pirotecnia que incluyó harto fuegos artificiales y los jóvenes adultos, como de costumbre, dispararon balas al aire.

 

Lululululululu  Laiiiiii

 

¡Ululeo!

 

Ululeo intenso y el alerta para que todas las mujeres se cubrieran. Esta parte siempre me estresa pues es necesario apurarse a colocarse las abayas y los hijabs, pues el novio entrará escoltado por la comparsa de las mujeres de su familia que se lo entregaran a la novia. El por su parte una vez la tiene de frente, le susurrará palabras de amor, ambos sonreirán y es el momento donde te das cuenta si el matrimonio es arreglado o no, porque las sonrisas y miradas cómplices del amor y la ilusión pocas veces se han podido fingir, sobre todo en las mujeres. Él la besa en la frente y le coloca el oro que se entrega el día de la boda y con el que la desposada iniciará su nueva vida.

 

 

Comienza la segunda sesión de fotos, esta vez en pareja.

Me encantó contemplar el nerviosismo de los recién casados cuando a petición de la fotógrafa se les pedía que acercaran sus cuerpos, él abrazado a ella, desde la espalda con sus manos posadas en el blanco anacarado del "virgen" pecho de la esposa que no puede dejar de sonreír y comentar cosas sueltas; luego ella con su cabeza posada en el amplio y tibio pecho del hombre que desde esa noche cobijará sus sueños, él ahora besándole la frente tiernamente, en fin; estos esposos se eligieron, no son un matrimonio arreglado. Ella estaba risueña, conversadora, tan alegre y él me parecía tan conocido.

 

Volvimos a quedar sólo mujeres y ya daban las siete de la tarde, mi suegra se quería ir y me pidió que llamara a mi esposo, pero Fatin le dijo que era muy temprano que se fijara cómo el sol alumbraba. Entonces me tomó de la mano y así quedó durante mucho rato. Me preguntó si me estaba divirtiendo, le sonreí y le dije que sí, me apretó los cachetes y yo me le acerqué al oído y le di las gracias por quererme y por querer que su hijo fuese feliz, se le aguaron los ojitos, a mi también.

 

Vinieron unas mujeres a saludarla y ella no dudo en nuevamente presentarme como la esposa de su hijo, la noté como quien sabe que está haciendo lo que debe hacer y realmente se lo toma muy en serio.

 

Alerta para cubrirse nuevamente, entrará el padre del novio, nunca vi el padre de la novia.

 

El padre se abrazó a su hijo e intercambiaron palabras, era un hombre alto, fornido, elegante, de presencia y carácter. La novia le dio la mano y pronunció alguna palabra entre ellos, él se tocó el corazón en respuesta de que recibía el sentimiento expresado. Ella se acercó y le beso la mano derecha, mano que a su vez se llevó hasta su frente. Ésta es la manera de mostrar cariño y respeto a los padres y abuelos, se les besa la mano derecha y se lleva hasta la frente.

 

Cuando terminaron las fotos familiares las jóvenes volvieron a tarima y la música se escuchaba más alta que nunca, se armó el descontrol de todas esas mujeres danzando a ritmos acelerados, llegué a temer que la tarima cediera, pero no sucedió así agraciadamente. Desde las mesas las mujeres aplaudían incluida mi suegra y las esposas de los sobrinos adultos de mi esposo que habían llegado retrasadas, las también recién casadas, ellas observaban sin comentarios o reacción alguna. 

 

Había mujeres con tacones tan extremadamente altos que caminando entre mesas, sillas y un suelo del todo accidentado bajo las alfombras me recordaban el movimiento de las jorobas de los camellos según estos caminan entre las dunas. Y cuando justo me fijaba en ello una bocina de sonido se había desprendido del poste y había caído sobre la cabeza y espalda de una mujer que hasta entonces y a pesar de lo ensordecedor y molestoso de la música no se había movido de la mesa.

 

Sin terminar de afianzar la bocina al poste vi como una chica de unos posibles 17 años caí de boca desde uno de los escalones de la tarima al intentar bajarla, fue increíble ver -como en cámara lenta- sus gestos de temor según iba cayendo.

 

Cuando había caído la bocina fui yo la que le avisó a mi cuñada Fatin, luego volví alertar sobre la chica desbocada, pero luego fue ella quien me decía señalando, “shufi Aziza” y como en esos vídeos en red, donde muestran accidentes de pasarelas, vimos caer tres más, una chica tras otra.

 

Mi cuñada y las esposas de nuestros sobrinos estallaron en carcajadas y yo no podía creer el amasijo de tules, tacones y piernas que se revolcaban en los escalones dela tarima mientras las demás, aún en pies, bailaban y se reían de las accidentadas, que también se reían, a excepción de una que evidentemente adolorida cojeaba sin encontrar la gracia de las que se revolcaban de risa en el piso al punto de no poder afirmarse de las muchas manos que intentaron asistirlas pero que igualmente estaban contagiadas de risa.

 

Mi suegra comenzó a exigirnos a Fatin y a mí que llamáramos a mi esposo que ya no había sol y daban las ocho y media. Nos matamos llamando pero aparentemente no había señal.

 

Trajeron la gigantesca caja del bizcocho, que pican en la tarima mientras unas bailan, la fotógrafa intenta tomar sus fotos y como de ese bizcocho sólo come la familia de los festejados al día siguiente, una de las activistas en tarima sirvió un pedazo inmenso y con una sola cuchara fue ofreciendo degustadas a todas las bocas carmesí que la rodeaban.

 

Algunas invitadas habían comenzado a cubrirse para despedirse y ya muchas mesas estaban vacías con los restos de comida, refrescos y dulces, la pirotecnia fue eterna y la de la consola de sonido nunca detuvo la música ensordecedora.

 

¡Maya! ¡Maya! Que se pronuncia “maia” y significa agua, gritaba una joven. Me puse de pies y sólo vi que todas corrían hacia un punto cercano a la tarima. Había una mujer desmayada en una silla. Era la madre de la novia a quien se llevaron a rastras supongo a la casa de enfrente, mientras mi cuñada y las esposas de mis sobrinos volvían a reírse, mientras mi suegra compitiendo con la música tipo "boom box" me repetía en su gracioso español; ¡Mucho calor Aziza! ¡Mucho calor!

 

Las niñas nos avisaron que Marido estaba afuera junto con sus sobrinos y me comenta Marido una vez en el auto que si fuimos las ultimas en abandonar la “jaima” es porque nunca pudieron comunicarse para avisar que estaban a fuera, donde incluso el padre de mi esposo comió con los hombres pero se retiró temprano.

 

Me explicó que si el novio me parecía muy conocido era porque fue el chico que ayudó con nuestra mudanza y según me enteré estuvo ahorrando casi cinco años para entre una cosa y otra poder habilitar el segundo piso de la casa de sus padres y poder casarse. Sin trabajo, ahorros, casa y dinero para costear todo en estos países muy pocos se casan.

 

Mi esposo y yo nos regresamos contentos a casa, todo está fluyendo, siento que mi suegra está tratando de aprovechar el tiempo que nos queda, intentando recuperar el perdido, que aunque sabemos que no ha sido por su cuenta nos consta que lo ha sufrido.

 

¡Dios dirá! Felicidades a los novios y pronta recuperación a todas las accidentadas.

Ululeo intenso y en jaima… ¡Que experiencia!

 

© 2015. Daritza Rodríguez Arroyo. Todos los derechos.

viernes, 26 de junio de 2015

Shufiando: El pollero y sus pollitos


 
Me he tomado una foto que ha quedado de lo más sugerente y por ello se ha ganado el honor de figurar como foto de perfil en mi cuenta de Facebook. A la foto le he escrito “Adivinen que hago” como descripción y comenzando por la amiga lectora Virginia Jiménez todas han acertado que lo que hago es ejercitando la pupila para estar al tanto del acontecer de mi barrio; o sea averiguando o como diríamos en el árabe españolizado de “Los relatos de Aziza”, “shufiando”. Entonces Madelyn Fuentes de inmediato pregunta que qué vi y pensé que lo ideal era contarles a todos.

 

Quizás nada del otro mundo, tal vez el palpitar de la vida misma que suele transcurrir imperceptible vestido de cotidianidad.

 

El dueño de la pollera de la esquina -del que les he hablado otras veces y desde hoy nos referiremos a él como “el pollero”- estaba con su hija de unos aproximados 7 años a punto de abordar su carro, cuando sus otros dos hijos, con un poco de más edad, cruzaban la calle sin precaución y un auto casi los atropella.

El padre se puso furioso y todo nervioso le pegó un manotazo a la niña que nada tenía que ver con el asunto (pero era la de mayor proximidad) mientras le gritaba a los dos varones. La niña se sobaba el brazo sin llorar y los dos varones lloraban porque el hombre enfurecido y todo nervioso les ordenó entrar a la casa y no salir más. Le beso la cabeza a la niña y la montó en el caro.

Entonces una mujer (su esposa, por lo que he shufiado) se asomó por la ventana y le gritó alguna cosa al marido, el hombre se desmontó del carro y gritó; “¡Haya! ¡Haya!”. Que se pronuncia “jaia” y es equivalente al coloquial “Yala” (Iala) del árabe que significa “apúrense” o “vamos”.

Los "querubines" volvieron a la escena y el hombre, aún malhumorado, acomodo varios paquetes en el baúl y rezongándolos a toda voz y con la cara colorada los hizo montar en el asiento trasero mientras daba marcha al vehículo que vi desaparecerse doblando la esquina, justo frente a su pollera, donde pareció gritarle cualquier cosa al empleado flaco y barbudo de ojeras perpetuas que según mi opinión, sería el mensajero ideal si de mandar a buscar la muerte se tratase, pues todo lo hace en tres velocidades; ya saben, “lento, lentísimo y parao”.

  
 
 
 


Éste es el mismo hombre que un día les conté cruzó la calle en medio de una balacera para a buscar a esos dos chiquillos, que de mirarlos se les advierte lo desinquietos que son. Es decir, que si no infarta por cuenta de los hijos (Dios le dé larga vida), lo hará por cuenta de “barba lenta”, su único empleado, que de seguro conserva su trabajo porque han de estar emparentados. De no ser así,  ya lo hubiese remplazado por algún otro, que aunque también pase la tarde “texteando” desde su celular, al menos se ocupe de baldear el frente y ofrecer los pollos a todo paseante lleve “Shemagh” o “hijab”, antes de que con las altas temperaturas que se sufren en los veranos norteafricanos esos pollos se marinen en salmonella.

 


Por cierto, han pasado más de dos años y aún no comprendo cómo es que aquí venden los pollos sin refrigerar, en mostradores a la entrada de los locales, bajo el inclemente sol. Según me cuentan, nadie se enferma. Es una pena que por ser mujer y casada, no pueda hacerle la pregunta al pollero o a “barba lenta”, sería interesante conocer la explicación de los expertos libios.

Eso fue lo que vi hoy, “shufiando” por la ventana.

*Recuerden que el blog se alimenta de los comentarios de sus lectores, agradeceré comenten al pie de este relato.
 
©2015. Daritza Rodríguez-Arroyo. Los relatos de Aziza. Todos los derechos. 

domingo, 24 de mayo de 2015

Soltando al gordo: Un chisme cultural


Foto: americanbedu.com
 
 
Llámele chisme, bochinche o cotilleo, el asunto es que aunque se supone que no, lo cierto es que nos une, nos mueve y nos entretiene.

 

Vi caritas y nombres que nunca comentan, pero hoy lo hicieron. Yo misma que prefiero escribir hasta estuve coqueteando con la idea de un audio, lo ameritaba, pero ustedes, ustedes se botaron. Tremendas disertaciones exponiendo su filosofía personal de lo que es el chisme para cada una. ¡Y lo convincentes que se leían! ¡Tremendo! Hasta consenso hubo, que ya saben que entre puertorriqueños y latinos en general es un asunto difícil de lograr. ¡Increíble!

 

Bueno, no sé cuánta expectativa he creado afirmando que el chisme es gordo. ¡Tan revoltosa! Y quizás para las lectoras vinculadas a la cultura árabe no es cosa del otro mundo, pero a mí el tema, a pesar de que ya se cumplieron dos años de estar viviendo aquí, me impresiona tanto como de recién llegada. Y es que hasta ahora era una especie de leyenda urbana, nunca había tenido oportunidad de estar cara a cara con los implicados. Fue ponerle rostro a cientos de historias que corren de boca en boca.

 

Ya saben que ayer estuvimos de velorio por la inesperada muerte de la madre de uno de mis concuñados y les comento que “somos tan ‘distintamente iguales’ que la dinámica social del velorio poco difiere de la que acostumbramos en nuestros países latinoamericanos; bodas y velorios suscitan rencuentros entre familiares distanciados y en ocasiones desempolvan una que otra alfombra llena de “secretos familiares” que todos conocen, pero que cierta norma no escrita autoriza a comentarse a ras del suelo para que sólo los implicados no se enteren y sigan descansando en la duda.

 

Si la persona fallecida vivía fuera del país, el velorio tomará tres días, de lo contrario serán siete. Se presentan familiares, amigos, vecinos y conocidos a ofrecer sus condolencias, a acompañar en su dolor a esa persona que sufre la separación física de un ser amado, pero también se va a brindar consuelo, transmitir fortaleza y compartir esperanza.

 

Por lo regular las personas comienzan a llegar desde las 10:00 a.m. hasta las 11:00 p.m. y se les ofrece café negro, al estilo árabe, bien cargado y aromatizado con semillas de cardamomo, también se sirven dátiles con leche fresca y té, que puede ser rojo o verde.

 

Al igual que en las celebraciones, en los funerales mujeres y hombres permanecen segregados sin oportunidad de interactuar sobre todo si son extraños. En esta ocasión  los hombres entraban a la propiedad por el portón principal, pues les daba acceso directo al área del garaje donde habían armado una “jaima” o carpa grandísima donde contaban con todo lo necesario para estar cómodos el tiempo que decidan estar presentes.

 

Las mujeres entraban por el portón principal, atravesando el jardín hasta llegar a la puerta de entrada a la residencia, la misma carpa servía de cortina para evitar el acceso visual entre ambos sexos.

 

Mi esposo como hermano de la dueña de casa puede entrar a la residencia en cualquier momento, pero sin acercarse al salón de visitas donde se encuentran las mujeres. Esta vez, las mujeres fueron recibidas en el salón de visitas para hombres que está dentro de la residencia, es mucho más cómodo que el destinado a mujeres, porque al momento de diseñar el plano, mi cuñada le incluyó al salón de mujeres un baño privado quedando más agosto.

 

Mis sobrinas y cuñada vinieron a mi encuentro, estaban tranquilas, yo continué hasta el interior, donde alcancé a ver el salón de visitas con varias mujeres. Entré al dormitorio de las niñas, donde acomodé mi cartera, mi “Jiljab”, pero no mi “hijab” pues aunque estaría entre mujeres, si algún hombre relacionado a la familia, pero que no comparta vinculo de sangre entra, toda mujer que no sea su madre, esposa, hija, nieta o nuera, debe estar cubierta como el código social de vestimenta libia y musulmán lo entiende correcto y aceptable. Si mi concuñado entra debo tener el cabello cubierto, otro ejemplo puede ser el momento en que Marido me llamó para presentarme un primo de su padre.

 

Una vez estuve lista entré al salón donde se encontraban reunidas las mujeres, eran ocho en total, contando a mi cuñada. “As Salam Aleikum”, saludé al entrar. ”Wa Aleikum Salam!”, contestaron las mujeres mientras yo iniciaba el ritual de los besos, ya saben, cuatro beso a cada una de las presentes intercalando mejillas. ¡Agotador!

 

Me senté junto a mi cuñada, mientras las niñas entraban con bandejas de dátiles y vasitos de leche para ofrecerle a las mujeres que conversaban entre ellas de lo más animadas. Todas vestidas de negro de pies a cabeza; abayas, medias y hijab, algunas incluso con guantes. Nada de maquillaje o perfume, incluso algunas estaban sin prendas.

 

Mi cuñada me presentó, aunque ya todos saben que su único hermano se casó con una extranjera, claro no es lo mismo que te lo cuenten a tenerla de frente y poder dar fe de lo que sea necesario cuando, quizás en otro velorio alguien ponga el tema.

 

Saben que hablo un inglés de primera necesidad y un árabe de primeros auxilios, aun así, ya a veinticuatro meses de estar viviendo aquí, puedo comprender algunas palabras, frases y saber de qué va la conversación. Bueno, si ya hasta mis vecinas me ocupan para mensajería dentro del edificio. Así que entendí cuando interrogaban a mi cuñada Fatin, que es muy poco, casi nada, lo que puede comprender o hablar en inglés pero durante todo este tiempo nos hemos entendido.

 

Pude comprender cuando le preguntaban a Fatin por qué si llevo dos años en Libia no hablo árabe, es la pregunta de todos, y sin permitir que Fatin intentase traducir le pedí les dijera que su hermano, quien es un excelentísimo esposo, ha resultado pésimo maestro con muy poca o ninguna paciencia para enseñar. Todas rieron y una de ellas, la más delgadita de ojos azules dijo en inglés, que además el árabe era un idioma muy complicado, mi cuñada le dijo, que más complicado que el inglés imposible, entonces les aclaré que mi primer idioma es el español y todas se maravillaron, dos  de ellas a coro aseguraron que el español sí que era difícil y una que no había abierto la boca hasta entonces, comentó que no era tan difícil porque era parecido al italiano y en libia en tiempos de coloniaje se hablaba italiano y aún hoy día algunas palabras siguen en uso.

 

Es la dinámica de siempre, se abre la ronda de preguntas y respuestas, tipo entrevista, donde me siento como la invitada especial en el programa “Ahora podemos hablar”. Pero como lo que es igual no es ventaja, yo soy receptiva a las preguntas, contesto lo que deba y quiera, porque luego me toca a mí, pues comprendo que el interés en conocer de nuestras costumbres y estilos de vida tan “diferentemente iguales” es mutuo. En estos dos años, Sólo en dos ocasiones percibí que no había buena voluntad en el interés de mis interlocutoras y corté la comunicación de inmediato. La mala voluntad suele ser tan perceptible como la buena, y uno tiene el deber de ponerse a salvo, de no caer en juegos peligrosamente estúpidos. Si hay buena fe y el respeto mutuo permea a pesar de las diferencias, la diversidad siempre nutre en ambas direcciones.

 

En fin, que me tocó el turno y lo único que se me ocurrió para romper el hielo fue preguntar si todas eran palestinas. Resultó ser que había sirias, libias y por supuesto, palestinas. Cada una identificó su nacionalidad y la de los esposos, definitivamente era un festival de matrimonios multiculturales, mencionaron que los esposos eran unos libios, otros sirios y palestinos, pero la mujer sentada junto a mi cuñada no prestó atención al tema, al menos eso me pareció, y la delgadita de ojos azules, la que hablaba un poco de inglés, miraba a mi cuñada con insistencia. Entonces les pregunté directamente a ellas, bueno  esa era mi intención cuando a mitad de pregunta sentí como el dedo de mi cuñada me barrenaba el muslo izquierdo, la miré sin disimular mi asombro y confusión y ella me enfocó  como hacen los lentes fotográficos en “zoom”. ¡Quedé pa’ dentro! Como dice mi amigo Patricio, el chileno.

 

Fatin, mi cuñada, cambió el tema y una mujer sentada a mitad de salón le dijo a la que estaba sentada al extremo derecho -la palestina delgada de ojos azules- y a la sentada junto a mi cuñada (extremo izquierdo) que se despidieran, que volverían en la noche. Intercambiamos bendiciones y las tres palestinas salieron de la habitación sin hablarse, siendo las últimas en despedirse.

 

Marido andaba comparando algunas cosas que se necesitaban, así que mi cuñada y yo comenzamos a preparar el almuerzo, que se suele servir en privado, sólo los miembros de la familia, o con los que estén al momento si son pocos y bastante allegados, en cuyo caso se comerá con hombres y mujeres separados en sus respectivos lugares de reunión.

 

Estando en la cocina mi cuñada me pregunta si no me imagino por qué no me dejó preguntar en el salón de visitas. Le dije que no, pero que me dolía el muslo, nos reímos a carcajadas. “¿Te cuento?” pregunta con cara pícara y tono de chismorreo. Y yo que no puedo negar me mataba la curiosidad, divisé una bandeja de semillas en la pequeña mesa de cocina y…  ¡A comer semillas! Mi cuñada casi se desarma de la risa. Y es que como dato curioso cuando vean a las mujeres árabes reunidas comiendo semillas de girasol o calabazas, den por seguro que el chisme es gordo, gordísimo.

 

Pues resulta… y es aquí donde se confita el aspecto “cultural”  con el chisme o viceversa, que de nueve mujeres que estábamos presentes en el salón de visitas, todas casadas, tres son esposas de libios, otras tres de palestinos y dos de sirios.

 

Me cuenta mi cuñada que la mujer sentada a su lado y la de ojos azules al otro extremo, son esposas del mismo hombre. De momento me confundí y ella me especificó; la primera y la segunda esposa de un mismo hombre, palestino. Cuando procesé la información le pregunté por qué si todas son musulmanas evitaron el tema cuando se supone sea algo aceptado entre todas ellas. Me explicó mi cuñada y ya luego Marido me explicó con detenimiento, que efectivamente es algo religiosamente aceptado, pero no en lo que respecta a la idiosincrasia  de muchos pueblos arabizados e islamizados. Cierto que la religión permite, pero muchos países musulmanes lo han prohibido e incluso la misma religión toma en cuenta un sinnúmero de condiciones. “Entre palestinos no es muy común, así que no es del agrado de nadie reseñarlo.” Dijo Marido.

 

El chisme cultural…

 

Ellos son palestinos provenientes del Líbano, llegaron por las oportunidades de empleo no especializado que había disponible antes de la revolución libia. Se instalaron en Bengasi donde compraron un terreno y construyeron una casa de dos pisos, en el primero acomodaron la familia del hombre.

 

Para entonces el matrimonio tenía cuatro hijos y la mujer (la delgadita de ojos azules) se fue con ellos de viaje al Líbano a visitar la familia. Cuando llegó el momento de regresar llamó al esposo y le notificó que había decidido no regresar, pues Libia no era país para mujeres extranjeras, que estaba cansada de vivir con tantas restricciones y que prefería Líbano, donde además de tener familia era un país menos tradicional.

 

El hombre le dijo que regresara, que aquí en Libia tenían casa y trabajo y que no estaba dispuesto a regresar al Líbano a empezar en cero y viviendo de la caridad de los familiares de la mujer. La esposa  fue firme en su deseo de permanecer en Líbano, pero buscando la manera de presionarlo a fin de que accediera a regresarse al Líbano, le envió devuelta a Libia, sus cuatro hijos.

 

Cuenta mi cuñada que el hombre se estaba volviendo loco con los cuatro niños  a cargo y comenzó a llamar a la mujer sin descanso. Se manipulaban y presionaban por igual. Ya habían pasado ocho largos y desesperantes meses cuando el hombre llamó a la mujer con un ultimátum; “Si no regresas me caso, me busco una segunda esposa”. La mujer pensó que el hombre sólo buscaba ´presionarla como tantas veces, y no le creyó, pensando que pronto se reunirían en el Líbano.

 

Al cabo de un mes alguien  de la familia del esposo la llamó para ponerla sobre aviso; “tu esposo se ha comprometido en matrimonio”. Lo que antes había sido imposible en ocho meses, se logró en dos días, la mujer arribó a Libia a reclamar lo que entendía como suyo, es decir, casa, hijos y esposo. Pero ya era tarde, cuando llegó vio que su esposo había dividido el segundo piso en dos apartamentos y que había ropa tendida en uno de los balcones.

 

La mujer entró en cólera y las hermanas del esposo -quienes viven el primer piso- no le permitieron acceso al segundo, hasta que el esposo llegara. Una vez se dio el encuentro a puros gritos y reclamos, el esposo le confesó que se había casado, porque no podía hacerse cargo de cuatro hijos y además necesitaba una mujer.

 

La mujer exigió conocer a la segunda esposa y para evitar que la impresión fuese aún más fuerte, le confesaron que se trataba de la prima hermana del hombre, una con quien lo habían comprometido desde niño y que él había rechazado cuando la conoció a ella, la misma que años después la familia del hombre había ayudado a  instalarse en Libia junto a su familia, es decir los tíos del esposo (recuerden que entre árabes y musulmanes está aceptado el matrimonio entre primos hermanos).

 

No fue mucho lo que la mujer pudo hacer, tenía dos opciones, aceptaba compartir el esposo y el segundo piso con quien había sido el fantasma de su matrimonio o se divorciaba perdiéndolo todo y se regresaba al Líbano sola.

 

La mujer decidió quedarse, tiene casa, hijos y esposo, pero perdió el estatus de “primera esposa” porque la familia del esposo (las hermanas y la madre que viven en el primer piso) la acusan de haberlo abandonado junto a los hijos y porque la segunda esposa es la prima, con la que crecieron y a la que desde el principio habían elegido como esposa para el hijo, el hermano.

 

Yo quedé impresionada con la historia. Realmente no está fácil de digerir. Recordé a la tercera mujer y pregunté quien era. Pues me cuenta mi cuñada que es una de las hermanas del hombre, que aunque no vive en la misma casa, vive con su esposo e hijos en un terreno aledaño y que es la que siempre anda con ellas a petición de su hermano, hace de “referí”, evita que sus mujeres se maten.

 

¡Qué fuerte! Era lo único que podía expresar porque intentaba imaginar toda la situación, desde la posición de cada una y realmente me era y es imposible intentar ponerme los zapatos de cualquiera de ellas. Cuando lo miro desde la estructura social y la tradición religiosa puedo comprender algunos aspectos e incluso respetar los motivos y decisión de cada una, pero me es imposible compartirlos.

 

Le pregunto a mi cuñada si podría ocupar el lugar de cualquiera de ellas y dice que definitivamente, al igual que la mayoría de las mujeres que conoce, ella no podría y que nunca estaría dispuesta a compartir a su esposo, que antes prefiere divorciarse. Claro que una cosa es decirlo y otra muy distinta vivir como mujer divorciada en una sociedad donde la mujer por sí misma, sin la protección de un hombre, sea esposo, padre, hermano o hijo no tiene espacio.

 

Como les dije, es un asunto típico para las vinculadas a la cultura árabe, pero a mí estas historias me siguen impresionando.

 

De camino a casa mientras marido manejaba…

 

-¡Oye! ¿El primo de tu papá  te hizo algún comentario?

-Si. Me dijo que debería avergonzarme por no haber sido responsable y haberte enseñado árabe y  hacerte conocer la religión.

- ¡Me imagino!

-No, no te imaginas. Él quería comprometerme con una de sus hijas, cuando supo que me casé con una extranjera, le reclamó a mi padre. Pero ya sabía de ti, has compartido con su esposa en tres ocasiones en diferentes actividades y posiblemente con sus hijas.

-¿Todas casadas? Pregunté sosita.

-¡Sí habibty! Todas casadas.

A Marido le dio un ataque de risa porque cayó en cuenta de la similitud con el caso de las vecinas de su hermana.
 
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© 2015. Daritza Rodríguez-Arroyo. Todos los derechos. 


 

viernes, 22 de mayo de 2015

Operación: Vecinas

Foto tomada de "desmotivaciones.es"



Ayer como a eso de las 6:30 p.m. me tocan a la puerta –Marido no estaba- miré por la mirilla y no vi a nadie, regresé al cuarto. Tocaron nuevamente, una vez más no alcancé ver a nadie. La tercera ocasión quedé con el ojo pegado pensando… ¡Al pequeño diablito que esté de jugarretas conmigo lo atrapo yo!

Entonces noté que la puerta de mi vecina Haifa (la madre de Abdel Karim) estaba entreabierta. Ya me dolía el ojo de tanto afinar la vista a fin de lograr ver si había alguien tras la puerta entreabierta. Hasta que se asomaron unos deditos cortitos, blanquísimos y regordetes. Supe que se trataba de Haifa porque siempre me ha llamado la atención sus manitas infladitas y su piel de leche.

Me quedé pendiente y vi cómo tras los dedos asomó el rostro redondo de mejillas rosadas, ojos oscuros y el cabello ondulado en un tono rojizo natural que la hace parecer una muñeca de postal. La otra vecina siria del tercer piso es muy parecida a ella, lo mismo sucede con los niños de la siria del cuarto piso. Todas estas familias aunque no están emparentadas entre sí, son originarias de Alepo. Nana y su esposo Mohammad nacieron en Libia pero al igual que mi esposo (nacido en Egipto durante el peregrinaje familiar en busca de asilo) son segunda generación de refugiados palestinos, en el caso de mi esposo su familia es originara de Al-Jammama, poblado desaparecido del mapa por la ocupación israelí.

Al ver que era Haifa quien a la vez que asomaba su rostro trataba de ocultarse sin perder de vista la escalera me dispuse a quitar el pasador de la aldaba, recordé que estaba en bata corta y de manguillos, con el cabello estilo “pop corn”  empapado en aceite de semillas negras y pensé que sería mejor cubrirme antes de abrir, pero ya era tarde, mi vecina sin “hijab”, en un “set” deportivo en tela de pana azul turquesa ceñido al cuerpo, venía en dirección a mi puerta, de carrerita y azorada, mirando para todos lados, supongo que temerosa a que algún hombre del edificio se topara con ella al descubierto.

Como el pasador de la aldaba siempre se tranca, me demoré en abrir, pero alcance a ver cómo tras escuchar que de este lado alguien se disponía a abrir la puerta, Haifa emprendió carrera de retirada y volvió a ocultarse en su apartamento, pero nuevamente dejando la puerta entreabierta.

¡Salam Haifa! Saludé con mi puerta a medio abrir, una sonrisa, el muslaje y los socos de piernas a medio exponer y la maranta estilando aceite negro. Ella abrió un poco más la puerta y me preguntó si mi esposo estaba en casa, contesté que no, entonces dijo algo que no pude entender. Ella seguía tensa pendiente a la escalera y con cara de urgida. Definitivo que algo sucedía, así que le hice el gesto árabe de los deditos de la mano en forma de capullo en movimiento vertical (parecido al típico gesto italiano) mientras le decía; “¡Chuai! ¡Chuai!”, o sea, que se esperara.

¡Ya saben! De inmediato me dirigí al perchero y me envolví en la "abaya" negra, colocándome una pañoleta al estilo turco para cubrir sólo el cabello. Salí a su encuentro y a duras penas entendí que necesitaba que alguien le avisara a “Abir” -la vecina siria del cuarto piso (vecina de puerta con Nana)- que por favor viniera a verla. Nunca entendí para qué, pero ni modo…

¡Vamos de mensajera, servicio expreso, puerta a puerta! ¡Ja,ja,ja! ¡Mi vida en Libia!

Toco que toco la puerta de Abir y me abren los niños, entre ellos, el que siempre se para frente al espejo en el descanso de mi piso y sube la escalera cantando o silbando (tendrá unos siete u ocho años, desconozco). Les pregunté por la madre y una joven desgreñada y en pijama -nunca antes vista- se personó. Volví a preguntar por Abir, pero la chica cargando en brazos un bebé de meses en llanto descontrolado, me informó que la dueña de casa no estaba. Le dije que Haifa  había mandado a buscar por ella, al parecer no me entendió o preguntaba para qué, y era yo la que no la comprendía. Bueno, ante el tranque o amenaza de peligro, oprima el botón de emergencia más cercano… 

Le toqué el timbre a Nana.

Abrió la puerta con la cara colorada, sudorosa, tan desgreñada como el resto de nosotros, las vecinas; vestida en “leggings” y camisilla, junto a los tres niños que corrieron a la puerta peleándose por espacio preferencial a fin de ver quién era y qué quería. Yo en el medio del estrecho descanso, entre los apartamentos, las escaleras y las puertas abiertas decoradas de caras azoradas de niños y mujeres que no me entendían.

Nana tradujo, la mujer preguntó a Nana para qué la necesitaba Haifa, Nana me preguntó a mí, yo contesté que no sabía, Nana le dijo que yo no sabía y la chica finalmente le dijo a Nana que iría ella, pero que tenía que cubrirse y llevarse con ella todos los niños. Nana me tradujo todo y yo descansando en el alivio de la misión cumplida, respiré profundo. 

Nana me invitó a pasar a su apartamento, estaba en plena faena -ya saben que hace meses inicio su negocio de “catering” desde la casa- y así con una sola hornilla eléctrica y un horno eléctrico me mostró 300  mini tartas de carne molida queso y aceitunas, contrataron sus servicios para una boda. ¡Súper!

“¿Y para eso te ocupo Haifa?” Preguntó algo extrañada la Nana, me reí. Le recordé que nuestra vecina aún no termina sus cuatro meses de luto, entonces Nana me comentó que a su juicio no moverse dentro del edificio, ni siquiera de puerta a puerta le parecía algo extremista porque las mujeres que trabajan fuera de casa, aun estando de luto tienen que ir a trabajar (mi esposo dice que seguramente evita encontrarse con los hombres del edificio).

Mi visita fue corta, Nana me preguntó por qué en mi página decía que estaba decepcionada, le conté sobre la negativa de Estados Unidos para transferir nuestro caso a otro país donde podamos llegar sin que le pidan visa a un palestino y comprendió.

“¡Bienvenida a una experiencia llamada ‘ser palestino’, Daritza! Significa vivir sin oportunidades.” Dijo Nana.

Pensé en mi esposo, se me arrugó el corazón y recordé esos ojitos tristes de mirada lejana de aquella primera foto en un portal de Internet, esa sonrisa que cuesta a la hora de una foto, ese silencio insondable que no se rompe de no ser necesario a menos que algún tema en particular logre tocarle alguna fibra… entonces pensé que yo deseo la felicidad de mi esposo, incluso aunque no suceda a mi lado. Me despedí de Nana. 

Mientras abría mi puerta escuchaba el apartamento de Haifa repleto de niños y la vocecita de Abdel Karim balbuceando y riendo a carcajadas… ¡Cosquillas para mi alma!

Cuando Marido llegó me preguntó por qué tan vestida (aún tenía puesta la “abaya”);  “por si mis vecinas necesitan algún mandado”, contesté riéndome y le conté. “Viroteo” los ojos, me dio palmaditas en el hombro y se fue a asearse (ablución menor “wuū”) para luego hacer la oración de la noche (Isha alāt).

¿Alguien necesita que le lleve un recado? ¡Yo puedo! No importa el idioma.


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© 2015. Daritza Rodríguez-Arroyo. Todos los derechos. 

 

 

viernes, 24 de abril de 2015

Retrospección 1: Dzogchen

“No sólo por desamor se parte el corazón, también lo hace cuando ama mucho y en grande. Se parte en dos, en tres y en mil pedazos. Y así, rompiéndose, se convierte en luz inagotable, con la capacidad de estar y ser en cualquier parte, incluso al mismo tiempo.” (Daritza Rodríguez-Arroyo)

 
 

Un día como hoy, hace dos años mi corazón se partía en dos. Me abrazaba al amor incondicional de mis padres y hermana prometiendo que regresaría; en mis manos sostenía las maletas y en el corazón, las caritas de mis sobrinas y amigos. Desde ese momento sentía que los extrañaba. Por otro lado venía al encuentro de mi amado, para muchos una locura que viniendo de Daritza, no extrañaba, pero ésta parecía la más radical, les asustaba. Sólo el tiempo diría.

-¿Si no tuvieses miedo qué harías?

-¡Volvería a amar! Haría que las cosas que quiero, pasasen. Simplemente viviría como nunca antes, con esa libertad que te da vivir con consciencia. ¿Qué haría? ¡Viviría!

Entonces, ¿de qué me preocupo? ¿De qué me lamento? Estoy viviendo el amor y amando la vida justo como quería. Consciente de que Dios otorga según la necesidad del espíritu, desde hace mucho mi única petición a Dios ha radicado en obtener la fortaleza y consciencia espiritual necesaria a fin de cumplir mi propósito en esta vida, mi destino. Sé que una vez encontramos nuestro camino, Dios en su infinita bondad nos capacita para transitarlo a cabalidad; no tenía miedo, viajé llena de esperanza.

A esta hora, estaba en tránsito en el aeropuerto de Nueva York, esperando para abordar el siguiente vuelo a Estambul, Turquía. Parecerá raro, pero en ese momento, no pensaba en los que había dejado atrás, tampoco en los que me esperaban en Libia. Durante todo el viaje estuve sólo conmigo misma. Hoy, veinticuatro meses después, me doy cuenta que realizaba dos viajes de manera simultánea; surcando el cielo, cruzando dos mares y un océano venía a Libia, pero en esencia venía hacia mí misma.
 
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