viernes, 22 de mayo de 2015

Operación: Vecinas

Foto tomada de "desmotivaciones.es"



Ayer como a eso de las 6:30 p.m. me tocan a la puerta –Marido no estaba- miré por la mirilla y no vi a nadie, regresé al cuarto. Tocaron nuevamente, una vez más no alcancé ver a nadie. La tercera ocasión quedé con el ojo pegado pensando… ¡Al pequeño diablito que esté de jugarretas conmigo lo atrapo yo!

Entonces noté que la puerta de mi vecina Haifa (la madre de Abdel Karim) estaba entreabierta. Ya me dolía el ojo de tanto afinar la vista a fin de lograr ver si había alguien tras la puerta entreabierta. Hasta que se asomaron unos deditos cortitos, blanquísimos y regordetes. Supe que se trataba de Haifa porque siempre me ha llamado la atención sus manitas infladitas y su piel de leche.

Me quedé pendiente y vi cómo tras los dedos asomó el rostro redondo de mejillas rosadas, ojos oscuros y el cabello ondulado en un tono rojizo natural que la hace parecer una muñeca de postal. La otra vecina siria del tercer piso es muy parecida a ella, lo mismo sucede con los niños de la siria del cuarto piso. Todas estas familias aunque no están emparentadas entre sí, son originarias de Alepo. Nana y su esposo Mohammad nacieron en Libia pero al igual que mi esposo (nacido en Egipto durante el peregrinaje familiar en busca de asilo) son segunda generación de refugiados palestinos, en el caso de mi esposo su familia es originara de Al-Jammama, poblado desaparecido del mapa por la ocupación israelí.

Al ver que era Haifa quien a la vez que asomaba su rostro trataba de ocultarse sin perder de vista la escalera me dispuse a quitar el pasador de la aldaba, recordé que estaba en bata corta y de manguillos, con el cabello estilo “pop corn”  empapado en aceite de semillas negras y pensé que sería mejor cubrirme antes de abrir, pero ya era tarde, mi vecina sin “hijab”, en un “set” deportivo en tela de pana azul turquesa ceñido al cuerpo, venía en dirección a mi puerta, de carrerita y azorada, mirando para todos lados, supongo que temerosa a que algún hombre del edificio se topara con ella al descubierto.

Como el pasador de la aldaba siempre se tranca, me demoré en abrir, pero alcance a ver cómo tras escuchar que de este lado alguien se disponía a abrir la puerta, Haifa emprendió carrera de retirada y volvió a ocultarse en su apartamento, pero nuevamente dejando la puerta entreabierta.

¡Salam Haifa! Saludé con mi puerta a medio abrir, una sonrisa, el muslaje y los socos de piernas a medio exponer y la maranta estilando aceite negro. Ella abrió un poco más la puerta y me preguntó si mi esposo estaba en casa, contesté que no, entonces dijo algo que no pude entender. Ella seguía tensa pendiente a la escalera y con cara de urgida. Definitivo que algo sucedía, así que le hice el gesto árabe de los deditos de la mano en forma de capullo en movimiento vertical (parecido al típico gesto italiano) mientras le decía; “¡Chuai! ¡Chuai!”, o sea, que se esperara.

¡Ya saben! De inmediato me dirigí al perchero y me envolví en la "abaya" negra, colocándome una pañoleta al estilo turco para cubrir sólo el cabello. Salí a su encuentro y a duras penas entendí que necesitaba que alguien le avisara a “Abir” -la vecina siria del cuarto piso (vecina de puerta con Nana)- que por favor viniera a verla. Nunca entendí para qué, pero ni modo…

¡Vamos de mensajera, servicio expreso, puerta a puerta! ¡Ja,ja,ja! ¡Mi vida en Libia!

Toco que toco la puerta de Abir y me abren los niños, entre ellos, el que siempre se para frente al espejo en el descanso de mi piso y sube la escalera cantando o silbando (tendrá unos siete u ocho años, desconozco). Les pregunté por la madre y una joven desgreñada y en pijama -nunca antes vista- se personó. Volví a preguntar por Abir, pero la chica cargando en brazos un bebé de meses en llanto descontrolado, me informó que la dueña de casa no estaba. Le dije que Haifa  había mandado a buscar por ella, al parecer no me entendió o preguntaba para qué, y era yo la que no la comprendía. Bueno, ante el tranque o amenaza de peligro, oprima el botón de emergencia más cercano… 

Le toqué el timbre a Nana.

Abrió la puerta con la cara colorada, sudorosa, tan desgreñada como el resto de nosotros, las vecinas; vestida en “leggings” y camisilla, junto a los tres niños que corrieron a la puerta peleándose por espacio preferencial a fin de ver quién era y qué quería. Yo en el medio del estrecho descanso, entre los apartamentos, las escaleras y las puertas abiertas decoradas de caras azoradas de niños y mujeres que no me entendían.

Nana tradujo, la mujer preguntó a Nana para qué la necesitaba Haifa, Nana me preguntó a mí, yo contesté que no sabía, Nana le dijo que yo no sabía y la chica finalmente le dijo a Nana que iría ella, pero que tenía que cubrirse y llevarse con ella todos los niños. Nana me tradujo todo y yo descansando en el alivio de la misión cumplida, respiré profundo. 

Nana me invitó a pasar a su apartamento, estaba en plena faena -ya saben que hace meses inicio su negocio de “catering” desde la casa- y así con una sola hornilla eléctrica y un horno eléctrico me mostró 300  mini tartas de carne molida queso y aceitunas, contrataron sus servicios para una boda. ¡Súper!

“¿Y para eso te ocupo Haifa?” Preguntó algo extrañada la Nana, me reí. Le recordé que nuestra vecina aún no termina sus cuatro meses de luto, entonces Nana me comentó que a su juicio no moverse dentro del edificio, ni siquiera de puerta a puerta le parecía algo extremista porque las mujeres que trabajan fuera de casa, aun estando de luto tienen que ir a trabajar (mi esposo dice que seguramente evita encontrarse con los hombres del edificio).

Mi visita fue corta, Nana me preguntó por qué en mi página decía que estaba decepcionada, le conté sobre la negativa de Estados Unidos para transferir nuestro caso a otro país donde podamos llegar sin que le pidan visa a un palestino y comprendió.

“¡Bienvenida a una experiencia llamada ‘ser palestino’, Daritza! Significa vivir sin oportunidades.” Dijo Nana.

Pensé en mi esposo, se me arrugó el corazón y recordé esos ojitos tristes de mirada lejana de aquella primera foto en un portal de Internet, esa sonrisa que cuesta a la hora de una foto, ese silencio insondable que no se rompe de no ser necesario a menos que algún tema en particular logre tocarle alguna fibra… entonces pensé que yo deseo la felicidad de mi esposo, incluso aunque no suceda a mi lado. Me despedí de Nana. 

Mientras abría mi puerta escuchaba el apartamento de Haifa repleto de niños y la vocecita de Abdel Karim balbuceando y riendo a carcajadas… ¡Cosquillas para mi alma!

Cuando Marido llegó me preguntó por qué tan vestida (aún tenía puesta la “abaya”);  “por si mis vecinas necesitan algún mandado”, contesté riéndome y le conté. “Viroteo” los ojos, me dio palmaditas en el hombro y se fue a asearse (ablución menor “wuū”) para luego hacer la oración de la noche (Isha alāt).

¿Alguien necesita que le lleve un recado? ¡Yo puedo! No importa el idioma.


-Los blogs se alimentan de la participación de sus lectores, no olvides comentar el relato aquí mismo bajo la lectura. ¡Gracias!-
 
© 2015. Daritza Rodríguez-Arroyo. Todos los derechos. 

 

 

viernes, 24 de abril de 2015

Retrospección 1: Dzogchen

“No sólo por desamor se parte el corazón, también lo hace cuando ama mucho y en grande. Se parte en dos, en tres y en mil pedazos. Y así, rompiéndose, se convierte en luz inagotable, con la capacidad de estar y ser en cualquier parte, incluso al mismo tiempo.” (Daritza Rodríguez-Arroyo)

 
 

Un día como hoy, hace dos años mi corazón se partía en dos. Me abrazaba al amor incondicional de mis padres y hermana prometiendo que regresaría; en mis manos sostenía las maletas y en el corazón, las caritas de mis sobrinas y amigos. Desde ese momento sentía que los extrañaba. Por otro lado venía al encuentro de mi amado, para muchos una locura que viniendo de Daritza, no extrañaba, pero ésta parecía la más radical, les asustaba. Sólo el tiempo diría.

-¿Si no tuvieses miedo qué harías?

-¡Volvería a amar! Haría que las cosas que quiero, pasasen. Simplemente viviría como nunca antes, con esa libertad que te da vivir con consciencia. ¿Qué haría? ¡Viviría!

Entonces, ¿de qué me preocupo? ¿De qué me lamento? Estoy viviendo el amor y amando la vida justo como quería. Consciente de que Dios otorga según la necesidad del espíritu, desde hace mucho mi única petición a Dios ha radicado en obtener la fortaleza y consciencia espiritual necesaria a fin de cumplir mi propósito en esta vida, mi destino. Sé que una vez encontramos nuestro camino, Dios en su infinita bondad nos capacita para transitarlo a cabalidad; no tenía miedo, viajé llena de esperanza.

A esta hora, estaba en tránsito en el aeropuerto de Nueva York, esperando para abordar el siguiente vuelo a Estambul, Turquía. Parecerá raro, pero en ese momento, no pensaba en los que había dejado atrás, tampoco en los que me esperaban en Libia. Durante todo el viaje estuve sólo conmigo misma. Hoy, veinticuatro meses después, me doy cuenta que realizaba dos viajes de manera simultánea; surcando el cielo, cruzando dos mares y un océano venía a Libia, pero en esencia venía hacia mí misma.
 
© 2015. Los relatos de Aziza. Todos los derechos reservados.

sábado, 11 de abril de 2015

Del "manour" a mi cocina

Manour: "nour" significa luz en idioma árabe. "Manour" es el suelo del espacio entre paredes de un mismo edificio que permite el desagüe, la iluminación, y la circulación de aire.

Aunque el denominador común predominante es la cultura árabe y la religión musulmana, vivo en un edificio realmente multicultural. Resulta que a uno de los dos apartamentos vacíos del primer piso se ha mudado una familia marroquí. Ya saben que los demás son sirios, palestinos y como la cereza del pastel, esta boricua que está aquí, “la hija de Edwin y Santa”. ¡ja,ja,ja!

Me parece lamentable que viviendo en Libia, no tengamos muchas oportunidades de compartir con libios. ¡De todo lo que nos priva la segregación! Es una verdadera lástima.

Aun así y volviendo a la cotidianidad del edificio donde vivo hace cuatro meses, mencionaré dos cosas que llaman mi atención.

La primera es cuando a la hora de preparar el almuerzo, desde el primer piso hasta el cuarto, rebasando los lindes de la azotea, se cuelan por las ventanas abiertas los aromas y sonidos de las cocinas. En ocasiones huele a las especias que van concediendo sus bondades a las salsas o caldos que se cuecen a fuego lento en las cazuelas o en el tajín. Incluso, puedo distinguir cuando alguna de mis vecinas está macerando los ingredientes, friendo en aceite caliente o golpeando los cucharones en el filo del caldero a fin de despegar los granos adheridos tras haber removido el arroz. Algunas veces parece que competimos por ser quien más ruido hace en la cocina. ¡Me encanta!

La segunda es una disonancia absoluta que me lleva de lo más dulce a lo insufriblemente amargo. Hoy mismo, mientras cocinaba, escuchaba como una voz suave y femenina explicaba en francés y con dulzura algo a un niño que insistía en formular preguntas. En contraste y desde más arriba, escuché como una mujer en total histeria le llamaba en árabe repetidas veces a otro niño “hayawan” (animal).

Son los aromas y sonidos, las vivencias, que se lían en el “manour” y llegan a mí a través de la ventana. Es la cotidianidad desde mi cocina.

 

Fotos del “manour”:
-Presionen sobre las imágenes para agrandarlas-
 
Aunque vivo en un segundo piso, tengo "manour" al lado izquierdo. Sucede que en el apartamento del primer piso, justo bajo mi apartamento, decidieron techar el "manour" en concreto, lo que significó un suelo a nivel del apartamento que alquilamos. La ventana de mi habitación (dormitorio) y las otras dos correspondientes al baño dan al "manour". Igualmente el hueco del foso conecta las ventanas de dormitorios y baños de los apartamentos ubicados en el extremo izquierdo del edificio. El "manour" se puede utilizar para tender ropa al sol, hacer barbacoas y convertirlo en un patio o terraza. Es de uso exclusivo del apartamento que esté en el mismo nivel.
 
 








 


Foso del lado derecho, el "manour" se encuentra en el primer piso.  A diferencia del otro, aquí conectan las ventanas de las cocinas de todos los apartamentos y baños de los ubicados al extremo derecho.

 

 

jueves, 9 de abril de 2015

Friday Getaway: Tolmeita

 

 
Pues ya se cumplen tres semanas desde que Marido transporta a una de sus hermanas solteras de su casa al trabajo y del trabajo a la casa, seis días a la semana. Ella trabaja en un salón de belleza, entre 9:00 a.m. y 6:00 p.m. Marido se va a las 8:00 a.m. y regresa como a eso de las 10:00 a.m. Luego vuelve a salir a eso de las 5:00 p.m. y regresa a casa  a eso de las 8:00 p.m.
 
Con la mayoría de las vías alternas cerradas, todo el tráfico se concentra en la vía principal desde la ciudad hasta el barrio donde vive la familia a las afueras de la ciudad. Ahora uno de sus cuñados le ha pedido de favor, que algunos días a la semana busque a las niñas a una escuela que queda a una hora de donde vivimos. Como en Bengasi aún no abren las escuelas, las matricularon en otra ciudad. En ese caso, prácticamente no nos vemos.
 
Esto ha significado el que yo lleve casi el mismo tiempo sin salir de casa, a excepción de una visita al supermercado. Claro que esto es preferible a tenerlo trabajando en el desierto, ya va para cuatro meses sin tener que trabajar en las plantas del Sahara.
 
Es compleja la dinámica cuando se ha nacido con la responsabilidad cultural de, por ser el único varón entre los hijos- ser el responsable de los padres y las hermanas solteras tanto en el aspecto económico, como social y todo lo que se puedan imaginar.
 
Apuesto que nunca lo han pensado, pero les digo que es difícil ser hombre en una sociedad árabe-musulmana tradicional. Visto de este modo, aquí la mujer vive, por mucho, más relajada que el hombre, su única responsabilidad es llevar la casa y dedicarse a sus hijos. Y ojo, que cuando digo ‘única’ no es en ánimo de menospreciarla, es que no se le suman otras responsabilidades, como es el caso de las mujeres occidentales que además de la casa y los hijos también deben cumplir con responsabilidades profesionales fuera del hogar.
 
Es una cuestión de roles, que viviendo aquí, estando integrada, ya no se ve como desde afuera. Hay que verlo desde las complejidades de las estructuras sociales. Aquí muchas mujeres trabajan, pero una vez deciden comprometerse en matrimonio, sus prioridades cambian. Dicho por muchas de ellas.
 
“Fui a la universidad y trabajé, pero mi deseo desde niña fue el de conformar un hogar y tener una familia. Preferí dedicarme a ello, cumplir mi anhelo. Mi madre crió sus hijos, ahora está mayor, debe descansar, sentirse atendida y acompañada. No está para criar otra vez; tuve madre y quiero que mis hijos también la tengan, para eso me casé y engendré. Mis hijos me tienen a mí, no delego esa responsabilidad en nadie y no tengo porque sentirme no realizada u oprimida.”
 
Antes, al escuchar las declaraciones de la esposa de un amigo de mi esposo –una pareja joven con dos niños, ambos contables titulados- hubiese tenido algunos “sí, pero…”, pero como dije, viviendo aquí, puedo entenderlo y hasta estar totalmente de acuerdo.
 
Insisto, paralelo al aspecto cultural hay que tomar en cuenta la estructura social, una estructura que no da espacio a mujeres solteras y en este punto no puedo negar mi desacuerdo, pero esto no me impide entender e incluso respetarlo, sobre todo cuando la mayoría de las mujeres expresan sentirse cómodas y no querer cambiar las cosas. Así han crecido, son lo que aprendieron e insisten en perpetuarlo, no todas, pero por lo que he visto quienes así piensan conforman una mayoría.
 
“Los hombres son responsables de toda la familia, sobre todo de las mujeres, deben ser proveedores en todo el sentido de la palabra, deben cubrir las necedades de todo tipo y sobre todo protegernos. Yo completé mis estudios universitarios, supe lo que es trabajar, ganar mi dinero y no depender económicamente de nadie. Ahora vivo en una casa que mi esposo construyó para mí antes de casarnos, no me falta nada. Tengo mi oro, mi esposo me da dinero para mis gastos personales, vamos de paseo, no está mucho en la casa porque es el que trabaja, pero es buen padre. ¿Crees que me siento mal por todo esto? ¡Soy bendecida!”. Añadió la joven madre.
 
En la estructura social occidental donde padre y madre comparten roles y comúnmente ambos trabajan no siempre será posible decidir quedarse en casa con los niños y vivir con un solo sueldo. Algunas mujeres posponen o renuncian a sus metas y proyectos profesionales y deciden dedicarse a los hijos y aunque lo hacen con amor, una parte de ellas, de alguna manera, resienten la renuncia. Pero la mayoría, quienes no tienen otra opción, salen a trabajar diariamente, e igualmente una parte de ellas desearía poder quedarse en casa, criando a los hijos.
 
De este lado se vive el otro extremo, culturalmente las mujeres han crecido con el ideal inculcado de que la meta, ese gran proyecto de vida se basa en la familia, en su maternidad, así que el dedicarse a una carrera profesional sería renunciar a lo que entienden es su prioridad y anhelo.
 
Claro que hay mujeres árabes musulmanas que prefieren destacarse en el campo laboral y lo hacen, depende del país donde han crecido y los valores o la visión de la familia, pero en los países más tradicionales no son la norma.
 
En mi opinión, ninguno de los dos escenarios está del todo adecuado o erróneo; me parece que es una cuestión muy personal que las mujeres en ambos lados deben atender buscando el bienestar de ellas y sus familias. Pero quienes definitivamente no tienen opciones dentro de esta estructura social árabe-musulmana-tradicional son los hombres y que quede claro, que de ninguna manera los estoy martirizando, miren que privilegios les sobran.
 
En fin, que mañana, un poco cansados del enclaustramiento, la dinámica de las visitas, el supermercado y -en el caso de él- el andar de taxista de todos,  nos vamos de paseo. Sólo Marido y yo; dice que necesitamos respirar aire puro, tomar el sol, estar juntos y relajarnos fuera de casa.
 
No hay muchas opciones, pero todo apunta a Tolmeita –ya hemos estado-, las ruinas de una antigua ciudad grecorromana a orillas del Mar Mediterráneo a dos horas de Bengasi. Nos gusta explorar las ruinas, caminar por sus calles, adentrarnos en lo que alguna vez fueron aposentos, templos, plazas, hasta baños públicos al estilo romano e imaginarnos cómo transcurría la vida hace tantos siglos atrás allí mismo donde ahora pisamos. Ya les contaré. ¡Tolmeita!
 
 
Enlace sobre Tolmeita:
http://translate.google.com.ly/translate?hl=es&sl=en&u=https://www.temehu.com/Cities_sites/Tolmeita.htm&prev=search

jueves, 2 de abril de 2015

Niños






Serían como las 5:00 p.m. cuando Marido se fue a transportar a una de sus hermanas de su trabajo a la casa. Y para cuando dieron las 6:00 p.m. se escucharon detonaciones muy cercanas, tipo fuego cruzado.

Fui hasta el salón principal y a través de los huecos de las celosías vi cómo la veintena de niños que suele jugar frente al edificio corrían despavoridos. Algunas madres los llamaban desde las ventanas de los edificios.

También vi cómo el vecino del edificio de enfrente -el que vende pollos- cruzaba la calle de cabeza agachada para venir hasta nuestra acera a rescatar a dos de sus hijos, niña y niño.

Otro grupo salió corriendo del campo de fútbol de la escuela, pero no se atrevieron a cruzar la calle y se pegaron de espaldas al muro blanco atestado de grafitis con propaganda alusiva al conflicto. La intensidad del momento es tanta que uno juraría ha pasado más tiempo del real, pero ciertamente no fue cosa de dos minutos.

Mi esposo llegó cuando la noche ya había caído y estando sentados a la mesa, cenando, le comenté lo ocurrido. Antes de que pudiese finalizar mi relato se repitió la escena.

Una vez más vimos como “el pollero” salía del edificio corriendo de cuerpo agachado, cruzando la calle del lado contrario en dirección al muro del campo de fútbol.

Llamaba desesperadamente a uno de sus hijos, esta vez se trataba del mayor. El hombre se aferraba al muro y gritaba el nombre de su hijo a través de unas rejillas en la parte superior de la puerta metálica que da entrada al plantel escolar.

Salieron niños, adolescentes y un adulto. El hombre tomó de la mano a su hijo, lo cruzó a empujones.

“¡Dios mío! Que no lo deje salir más en lo que queda de noche. Ese hombre si no muere de un balazo, va a morir de la presión o un ataque al corazón. ¡Que los encierre!”, fue lo único que pude decir.

Nos regresamos a la mesa y terminamos nuestra cena escuchando la balacera.

09:40 p.m.: A lo lejos se escuchan sirenas de ambulancias y policías.
 
10:03 p.m.: los niños y jóvenes han regresado al campo de fútbol.

sábado, 21 de marzo de 2015

Debió ser doctora


Sé muy bien que no debemos idealizar a las personas, pues por condición humana somos todos seres imperfectos, erramos y acertamos por igual, pues poseemos tantas virtudes como defectos. Aun así y pasadas más de 24 horas, conservo el mal sabor, la desilusión.

Ayer regresamos a casa picando las 6:00 p.m. tras haber almorzado y pasado la tarde con los Shehabi, la familia de nuestro amigo palestino Mohammad que ahora vive en Ucrania. Como de costumbre comimos en familia, conversando sobre lo difícil de la situación en el Oriente Medio y aquí en Libia, sobre lo mucho que la familia extraña a los tres hijos que han partido, pues meses después de la partida de Mohammad, otro de los hijos partió al Líbano y una de las hijas se mudó a Misrata, una ciudad a unos 800 kilómetros de Bengasi y 200 kilómetros de Trípoli, estamos hablando de unas ocho a diez horas manejado.

Son temas poco agradables, pero cuando se comparten con gente querida de manera espontánea se experimenta una sensación de alivio, ocurre cierta liberación de todo lo que hasta entonces nos ha estado oprimiendo el pecho y ocupando el pensamiento. En medio de todo, nos reímos muchísimo de nosotros mismos y los infortunios acaecidos  durante los casi cinco meses que llevábamos sin vernos a pesar de vivir en el mismo barrio.

Hasta regalitos me tenían. “Que no es mi cumpleaños” exclamé sorprendida. “Es que se supone que hoy te visitáramos por primera vez en tu nuevo apartamento y es costumbre llegar con regalos, pero como no pudimos, igual te los entregamos. Además en nuestra cultura no hacen falta días de fiestas u ocasiones especiales para expresar el cariño y el respeto que sentimos entre unos y otros. ¡Disfruta tus regalos Aziza!” Fue la reacción de Omm Mohammad, es decir, Faiza, la madre de Mohammad. ¡Cómo no amar a esta mujer y a toda su familia que con tanto cariño me han acogido desde mi llegada! Lo he dicho muchas veces, son mi segunda familia en Libia. ¡Dios con ellos!

Justo cuando por fin me encontraba ligera de ropa, mi esposo recibió una llamada y salió disparado del apartamento sin pronunciar palabra. A pocos minutos entra dejando la puerta entreabierta y avisando que una de sus hermanas casadas ha venido de visita. Como ninguna de mis cuñadas maneja, supuse que estaría acompañada del esposo y las hijas, así que corrí al dormitorio, donde la “abaya” negra de bordados florales color dorado siempre está  a la mano para atender a los visitantes inesperados.

Para cuando estuve cubierta de pies a cabeza, exceptuando la cara y las manos, “como Dios manda” y el código de vestimenta de la sociedad libia lo exige, salí en dirección al salón de visitas, haciendo una avispada escala en la cocina donde puse a hervir el agua para el té. 

¡Salam Aleikum! Besos, abrazos y bendiciones, era mi cuñada con uno de sus hijastros, el que está en medio de los preparativos de boda. Y a pesar de que algo he aprendido sobre el tema de las bodas de tradición árabe-musulmana, imaginaran que no perdí la oportunidad de entrevistar a mi sobrino político, quien habla algo de inglés y suele ser bastante sociable.

Le pedí que me contase todo, que quería saber quién era la afortunada, cómo la había conocido, cómo se llamaba y si hablaba inglés.

-Se llama Mona, que significa “deseos”. Trabaja en la misma empresa para la cual mi hermano es contable. Cuando terminé la construcción de mi apartamento deje saber que estaba buscando esposa, pero aquí en Libia como extranjero, mis opciones se limitan a chicas palestinas, las familias libias rechazan a cualquier pretendiente extranjero.

Entonces mi hermano me habló de esta muchacha, palestina, de las afueras de Bengasi, muy profesional en su trabajo, educada, modesta, religiosa, sencilla, seria, pero de carácter dulce y trato amable. Visité las oficinas, me pareció adecuada y le pedí a mi hermano hiciera el contacto con la chica. Intercambiamos números telefónicos a través de mi hermano, le propuse matrimonio pero lo habíamos retrasado esperando que la guerra cesara, cosa que parece no sucederá en buen tiempo.

Así que decidimos comenzar con los preparativos. Envié a mi madrastra, con su madre y hermanas a hablar con la madre de ella, la abuela y las hermanas. Las mujeres de su familia me aceptaron, entonces las mujeres de mi familia me enviaron junto a mi padre y hermanos a pedir su mano a su padre, tíos y hermanos. También acordamos el “mahar”.

-¿Cuánto?

-Serán $5, 000.00 LYD más el oro, lo mismo que dio mi hermano a su hoy esposa. Mañana ira mi madrastra con su hermana, mi prometida y su madre a comprar el oro. La semana entrante se celebra el compromiso y en un mes o dos celebraremos la boda. In Sha Allah!

-¿Hace cuánto se conocen?

-De esto hace cinco meses, pero no nos hemos vuelto a ver, todo contacto se limita a las llamadas telefónicas. Recuerda que Libia es un país musulmán de corte tradicional, no existe el noviazgo como ocurre en Europa.

-Lo sé, pero no me deja de impresionar. Y siempre escucho las historias de las chicas, pero nunca había podido tener esta conversación con un hombre.

-Entiendo.

-¿Estas contento?

-Sí, lo estoy. Ya era hora.

-¿Estás enamorado?

-Aziza, el amor llega con el tiempo.

-O nunca llega.

-Pero llegan los hijos y las obligaciones y eso da sentido a la vida de ambos. La familia lo es todo, así es la vida de este lado del mundo.

-Sí. Había escuchado que los árabes siempre dicen que el amor se construye y de cierta manera tienen razón, pero yo no concibo unir mi vida a una persona sin que justamente el amor sea el engrudo entre ambos y el cimento de la pareja, y luego de la familia, si es que los hijos llegan. Así es la vida del otro lado.

Fue inevitable que tío y sobrino hicieran bromas al respecto mientras mi cuñada se reía, era el momento indicado para servir el té. A mi regreso  vi a mi esposo entregándole un sobre a su sobrino, mientras mi cuñada le decía que no era necesario. Pero mi esposo alegó que era su regalo de bodas y que él no merecía un trato inferior al de su hermano, quien lleva menos de cinco meses de casados y a quien también se le entregó su regalo. “Para el oro”, le decía mi esposo, mientras yo preguntaba a todos que cuánto de azúcar para el té.

Entonces mi cuñada dijo algo que para variar no pude entender, pero ver la cara de desgracia irremediable de ella mientras hablaba y el semblante serio y la voz firme con la que mi esposo parecía reganarla me obligaron a solicitar traducción inmediata.

Mi esposo, conociéndome, respiró profundo  y me dijo que su hermana había dicho que ella hubiese preferido a alguien mejor para esposa de su hijastro. Pregunté a qué se refería con eso de “alguien mejor” pues según nuestro sobrino, la chica venía recomendada por su hermano y con un ramillete de virtudes. “Ella dice, que esta chica no es nadie y que él ha debido buscarse una doctora como él, que esté a su altura”.

Mi cara debió hablar antes que pudiese abrir la boca porque mi cuñada me miraba toda azorada, el sobrino refugió la mirada en la pantalla de su celular y mi esposo me miró con cara de “Oh! Oh!” En actitud de conteo regresivo a la explosión de la bomba atómica.

-Por favor, te voy a pedir que traduzcas lo más claro posible lo que voy a decir, porque aunque tal vez debería quedarme callada, no puedo.

Mi esposo cerró y abrió los ojos en un gesto de resignación y asintió con la cabeza sin pronunciar palabra.

-Querida, yo no puedo creer lo que estoy escuchando. El valor de las personas radica en su corazón, en los sentimientos expresados en sus palabras y acciones, en sus valores y personalidad, no en un título universitario, profesión o los bienes materiales que puedan tener.

-Aziza, él es un profesional y debió buscarse a alguien de su altura, ella estudio pero jamás se compara a una doctora. No es lo mismo.

-¿Y quién te dice que ser doctora garantiza que se es buena persona, que será buena esposa, ama de casa y madre? Yo no tengo dudas de que esta chica puede llegar a ser todo eso y si no es así, nada tendrá que ver con su profesión. ¿Tú eres contable? ¿Cierto?

-Sí y al graduarme preferí casarme y no ejercer.

-Tu estudiaste contabilidad, tus hermanas unas estudiaron ingeniería y otra agronomía, si todo el mundo pensara como tú, entonces para poder casarse habría que estudiar medicina. De lo contrario  las personas con otras profesiones o sin ellas, serían rechazadas aunque fuesen buenas personas. ¿Lo que me dices es que tus hermanas y tú, valen menos que cualquier doctora en cualquier parte dl mundo? ¿Entendí bien?

-No Aziza, no digo eso. Nunca lo vas a entender, es nuestra cultura y además casarse con gente diferente trae problemas de pareja y de familia.

-La que no lo entiendes eres tú. El casarse con gente diferente no representa un problema, los problemas los crean quienes piensan como tú y viven pendientes a las diferencias, creándolas, marcando distancias, practicando la intolerancia, llenos de prejuicios, discriminando.

-Es un asunto cultural. Yo me crie en Egipto y allá es así.

-En todas las culturas hay gente que piensa como tú, es un asunto, y perdóname que te lo diga, de ignorancia e inconsciencia. ¿Tú eres musulmana?

-Si.

-Pues yo que no practico el islam, sé que en tu religión se supone que tanto hombres como mujeres valemos lo mismo, que tenemos derecho a elegir libre y voluntariamente a nuestros esposos y esposas, incluso aconseja que se elija a quienes posean valores morales y religiosos y no por belleza física, posición social o posesiones materiales. Tu manera de pesar es “haram” ante la religión que profesas y hasta donde tengo entendido cuando tu familia llegó a Libia tu apenas tenías tres años de edad.

A este punto de la conversación mi cuñada tenía el rostro compungido, yo las orejas calientes, mi esposo se limitaba a traducir y el sobrino nos miraba de reojo, cuando su vista intercalaba tomas entre la pantalla de su celular y la alfombra.

-Lo mismo que has dicho tú, me dijo mi esposo. Dijo mi cuñada a punto de lágrima.

-Mira, yo voy a dar por terminado el tema porque es bastante pesado, pero antes quiero decirte tres cosas. La primera es que recuerdes que tienes dos hijas, que con lo difícil que es ser una mujer extranjera aquí en Libia, el futuro no pinta del todo alentador para ellas. Lo segundo es que en dos años de conocerte me consta que eres una mujer dulce, amable y de buen corazón, te pido que reflexiones sobre este tema porque créeme, los prejuicios dañan más a quienes los tienen que a quienes son víctimas de ellos. Y tercero, puedes justificarte todo lo que quieras con la cultura  y demás, pero Dios que esta sobre cualquier cultura y religión conoce el interior de tu corazón. Sacúdete esos sentimientos, no te hacen bien y no los mereces.

-¡Ay Aziza no me hagas sentir mal!

-Habibty, es que el malestar que sientes nace en ti, no te lo provoco yo. El problema es que aparte de sentirte mal tú, por lo negativo de ese sentimiento, con el puedes dañar a otras personas. Te lo dice alguien que ha sufrido el rechazo, el discrimen y el prejuicio, por ser, pensar y creer diferente y sabes muy bien de lo que hablo.

De muchos, te voy a mencionar un solo ejemplo; ¿Tú crees que yo no sé qué cuando llegué a Libia todos esperaban que la esposa “ameriquiya” fuese una réplica exacta de “Barbie”; blanca, delgada, de ojos claros con cabello lacio y rubio? ¿Verdad que sí?

Mi cuñada asintió con la cabeza mientras las lagrimas le recorrían el sonrojado rostro.

-Pero la que llegó fue esta que está aquí, trigueña, obesa, de cabellos crespos, ojos oscuros, hablado español y originaria de una isla en el Caribe que ni sabían que existía. ¿Pregúntale a tu hermano si es feliz?

-No se pregunta lo que se ve a simple vista. Y mis hijas y yo te queremos mucho Aziza, tú eres nuestra familia. Decía mi cuñada llorando al tiempo que me abrazaba.

-Yo también las quiero y las respeto mucho, a ti y a todos en tu casa. Le decía yo, mientras le pasaba la mano por la espalda. Y discúlpame si te he hecho sentir mal, pero no podía quedarme callada, nadie merece vivir prejuiciado y tampoco nadie merece sufrir el discrimen.

Antes de que sonaran los violines, el celular del sobrino timbró, mi esposo le pasó una servilleta a su hermana para que secara sus lágrimas, era evidente que permeaba la tensión. Por mi parte, encontré el momento justo para bandeja en mano abandonar el salón y llegar hasta la cocina.

De manera instantánea tras cerrar la puerta, me puse en cuclillas con las palmas de las manos en el suelo. Mi ser sabía que lo correcto era liberar, soltar esa carga energética, regresarla a la tierra para que la transforme en luz y nuevas bendiciones.

Regresé al salón con una bandeja de dulces y jugo de almendras. Entonces mi cuñada me preguntó si iría a la fiesta de compromiso. Le contesté que no sería posible, pero que se asegurara de que me enviaran comida y dulces de la fiesta.

¡Azizaaaaaaaaaaa! Exclamó mi cuñada, como hace cada vez que digo una de las mías.

 

Nuestras risas se escapaban por los huecos de las celosías, llegaban lejos, donde otros podían escucharlas, se elevaban con la brisa primaveral que ahora forma parte de las noches en Bengasi. El sobrino recibió llamada de su futura esposa y mi esposo insistía para que me pasaran el teléfono y yo pudiese saludarla. El sobrino la disculpó, se intimido con el idioma, pero le mandé a decir que en mi casa era bien recibida hablase o no hablase inglés. Mi cuñada me pasaba la mano por la espalda y sonreía con los ojitos aún llorosos.

 

¡Crezcamos! Que oportunidades de crecimientos se presentan cada día.


Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / Los Relatos de Aziza. Copyright ©.

jueves, 19 de marzo de 2015

“No way to run”


 


 Se supone que mañana viernes, tendríamos la visita de una familia muy querida. Son las 11:21 p.m. y nos acaban de llamar. Han cancelado la visita porque en su edificio, donde son alrededor de tres familias palestinas y una libia (que pagan una renta de interés social, desde hace más de 30 años, cuando los palestinos podían recibir el beneficio, situación que cambió a mediados de la década del 90, aunque se respetaron los contratos ya existentes) les han alertado que la población libia del barrio está planificado desalojar a los palestinos que viven en proyectos del gobierno.

Es el mismo caso de la viuda palestina que les había contado hace un tiempo; viajó a visitar familiares a una ciudad en el Sahara y la llamaron que no regresara porque los vecinos habían traído una familia libia para que ocupara su apartamento, sus pertenencias fueron repartidas entre los vecinos. ¡Fuertísimo el asunto!

Tenemos a nuestros amigos en nuestras oraciones, han hecho bien en no dejar el apartamento, aunque sabemos que en una ciudad donde no hay ley, ni orden y el país está dividido en dos gobiernos, tarde o temprano nuestros amigos, sus vecinos y muchos otros palestinos y sirios, que no tienen casa propia, serán desalojados de la peor manera.

Por otro lado se vale mencionar que el edificio donde vivimos es privado, el dueño es libio y le renta sólo ha palestinos y sirios; dice que por lo limpios y cuidadosos que suelen ser con las propiedades y porque mientras trabajan nunca dejan de pagar renta. En estos momentos, donde casi todos los extranjeros han quedado sin trabajo, este señor no ha recibido el pago correspondiente a la renta de cuatro familias desempleadas; una palestina y el resto sirias. Hay dos apartamentos vacíos en el primer piso y los únicos que pagamos renta somos nosotros.

 El dueño del edificio les ha dicho al resto que el dinero puede esperar, van seis meses, todos nuestros vecinos continúan desempleados viviendo –comiendo- de ahorros que ya se están agotando, todos temen ser desalojados en cualquier momento porque a pesar de que el edificio no es del gobierno, todos entienden que el dueño ha sido extremadamente indulgente y que no hay que olvidar que este es su negocio y no un centro de acogida a migrantes indigentes.

 

¿Regresarse a sus países de origen?Siria está en guerra hace cuatro años y aparenta ir para largo, mientras que por más de sesenta años Palestina sufre la exterminación paulatina por parte del gobierno israelí, el sector extremista judío del país y sus aliados… “No way to run, no place to run”.

Así marcha la vida por estos lares, donde las preocupaciones y prioridades para muchos son tan básicas y vitales como el techo y el pan de cada día.

Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright ©.

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