sábado, 12 de julio de 2014

"Beauty Parlor"

Por una u otra razón nunca había visitado un salón de belleza aquí en Libia, eso a pesar de los  “ululeos” a los que he sido invitada. Ya lo he comentado, la palabra “fashion” no me define e invertir tiempo haciendo turno en un salón de belleza  o comprando cosas que no necesito, no es lo mío. Tampoco gusto de andar metida en casa ajena y a las bodas asisto sólo si se trata de un familiar o amigo cercano, eso si no hay una razón de peso para justificar mi ausencia.

Pero bien lo dijo Darwin y yo lo repito; "No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta a los cambios". Pues ahora viviendo aquí en Libia a la primera oportunidad me apunto a cuanta visita, boda y salida al mercado aparece, porque fuera de eso y en mi caso particular no habría forma de socializar.

Mi estilista de toda la vida se llama Vanessa y geográficamente está tan lejos como casi toda la gente que ocupan mi corazón, en mi pueblo, Vega Alta, en Puerto Rico. Entre los meses de octubre y noviembre del pasado año cuando mi esposo me regaló el viaje a Puerto Rico para mitigar mi nostalgia por la patria, los amigos y la familia fui a visitarla y me dejo este “pelitum” regio; ya después de eso mi cabellera ha estado amarrada, aplastada y cubierta sin mimo de ningún tipo. En una ocasión me desesperé tanto con el asunto de las “puntas quebradas” que tomé una tijerilla escolar, de las que se usan para cortar papel y me di un estilito que estuvo a punto de culminar en rasurada “al cero”; agraciadamente recapacité a tiempo.

En estos días se me antojó visitar un salón de belleza en pleno comienzo del Ramadán. Mi esposo me explicó que a principio de mes los salones cierran y que a mediados retoman operaciones pero en horario nocturno, cuando se atestan de clientes que  buscan embellecerse para las fiestas del “Eid” (los tres días de celebración del fin del Ramadán). Aun así insistí y un día saliendo del supermercado me paseó por el centro de Bengasi para que viera con mis propios ojos que estaban cerrados y dejara la cantaleta.

Nunca antes había visto a Bengasi así, desolada, todo cerrado pero con un tráfico descomunal.

-¿Y todos estos carros? ¿A dónde va la gente si todo está cerrado? Pregunté.

–Van al supermercado o al mercado de frutas y vegetales, porque es la época en que más comida se vende y los precios se elevan por las nubes. Contestó Marido.

Entonces le digo; “Vamos a intentarlo, mira que en Bengasi debe existir al menos una estilista desviada social y rebelde que haya decidido trabajar”. Mi esposo suspiró resignado y me propuso mantenerme atenta a la derecha y él a la izquierda a ver si dábamos con la anarquista de la belleza.

-¿Pero yo cómo voy a saber si un local es o no un salón de belleza si no tienen letreros? Pregunté.

–Porque tienen los cristales cubiertos para que las mujeres puedan ver desde el interior sin ser vistas desde afuera. Contestó él.

-¿Y si no tienen letreros, ni podemos ver el interior cómo sabremos si alguno está abierto o no? Pregunté bastante confusa.

–Pues tocará coincidir con la salida o entrada de alguna cliente. Contestó.

¡Vaya! Supongo que ese día las clientes entraron y salieron todas juntas o la “desviada social y anarquista de la belleza” abrió el local justo cuando nuestro auto pasaba de largo. De seguro fue eso.

Hace unos días mi esposo llegó a casa y me dice que ha visto un salón abierto por el área del malecón, frente al faro, justo a la salida del mercado. El mismo local que hace meses cuando compré la máscara de la mujer del desierto le comenté que tenía pinta de salón de belleza clandestino. -¡Mañana vamos! Le dije.

 

Al día siguiente, a punto de salir de la casa en dirección al salón:

 

-¿Si no puedes entrar conmigo al salón y ninguna de las mujeres habla árabe, cómo le explico a la estilista lo que quiero? Pregunté.

–Tendremos que esperar a que una de mis hermanas pueda acompañarte.     Contestó Marido.

-¡Anda! Yo te dicto lo que quiero y tú me haces una notita en árabe, porque de aquí a que una de tus hermanas pueda acompañarme los salones estarán llenos y yo detesto hacer turno. Le propuse.

-¡Taman! Contestó Marido. [“Taman” significa “está bien” en idioma turco. Es una palabra que muchos árabes han incorporado a su vocabulario.]

 


Una vez en el lugar:

 

Caminé hasta la puerta volteándome constantemente, mirando a mi esposo que desde el auto me hacia señas de que continuara hacia adelante. Me paré en el escalón de la entrada y volví a mirarlo.

-¡Toca el timbre! Y pregunta a qué hora estarás lista para venir a buscarte. Me dice.

-¿Pero si no hablan inglés cómo les voy a preguntar eso? ¡Bájate! Ven conmigo.

-¡Que no se puede Aziza! Son todas mujeres, entra y pregunta…

Antes de que decidiera ser valiente y tocar el timbre se entreabrió la puerta. Era una anciana cubierta en un “hijab” y “abaya” negra como de costumbre, de tez oscura, dentadura grande y ojos brillantes. Dijo algo en árabe y yo volví a voltearme buscando la mirada de mi esposo.

-¡Entra! Yo te llamo, dijo mi esposo y se fue.

Yo veía la guagüita Volvo color roja alejándose levantando el polvo, perdiéndose al doblar la esquina y me sentí como una niña chica cuando la dejan en la escuela el primer día de clases en Kindergarten.

-¿Salón? Pregunté mientras hacia la mímica de la tijera cortando pelos con mis dedos y la anciana asentía con la cabeza invitándome a pasar.

- ¡As Salam Aleikum! Dije cuando me enfrenté al mujerío de empleadas y clientas. Todas me miraron y como quienes contestan las letanías de un rosario contestaron al unísono; ¡Wa Aleikum Salam!

Antes de que pudiese decir algún disparate la anciana me señaló una empleada que descansaba sentada en la silla de corte y la llamó por el nombre de Karima. Entonces Karima sonrió mostrando todos sus dientes e invitándome a sentar frente al gran espejo de pared completa donde podía ver reflejado el rostro de todas las presentes a mi espalda.

Le pregunté a Karima si hablaba inglés, contestó que sólo árabe y francés. Para entonces teníamos sobre nosotras las miradas fijas de todas las presentes, creo que hasta le bajaron el volumen al televisor de pantalla plana de “mil pulgadas” que seguramente estaría transmitiendo alguna serie turca o siria; aquí son muy populares y las ven hasta los hombres.

Ella me preguntó en árabe si yo hablaba francés, le contesté en inglés que sólo español e inglés, entonces entregué la nota que Marido me había escrito. Karima la tomó en sus manos, la leyó,  asintió con la cabeza y sonrió señalando el “Shukran” y el “Ramadan Kareem” que yo había agregado junto a una carita alegre al final de las líneas en árabe escritas por mi esposo. Lo de las caritas, es una costumbre aprendida de mi madre que siempre dibuja caritas alegres al final de las notas que nos deja a mis hermanas, a mi papá o a mí.

Llegado este momento de la historia ya no les voy a andar aclarando en qué idioma nos hablamos porque todo fluyó entre árabe, inglés, español, francés y hasta italiano, idiomas que ninguna de las presentes hablábamos en común pero aun así logramos comunicarnos.

-¿De dónde eres Karima? ¿Eres libia?

- Soy de Marruecos.

-¡Marruecos! ¡Que bien! Entonces hablas español.

-En Marruecos algunos hablan español, yo no. Sólo francés y árabe.

Desde que la anciana me había señalado a Karima al momento de mi entrada, me percaté que era de raza negra con su cabello alisado y aproximadamente una pulgada de crecimiento rizado. Cosa que me alegró y me llenó de esperanza, pues sea mito o realidad siempre he dicho que en cuestiones de cabello entre negras nos entendemos. Pues peinar un cabello sedoso… ¡Cualquiera! Pero la raíz africana se trabaja a fuerza de muñeca, puliendo y puliendo con el secador en la temperatura correcta, ni más, ni menos calor.

¿Saben qué? No me equivoqué porque Karima, mi nueva estilista marroquí aquí en Bengasi a pesar de mis más de cuatro dedos de crecimiento rebelde consiguió domarme el cabello y al menos durante tres días anduve paseándome por la casa dando pelo a cada paso y modelándole a Marido. ¡Bien lucia! Como cuando se va a una casa de pelucas y se prueba de todos los estilos, colores, texturas y largo. ¿Qué chica Pantene, ni qué Sedal? Si no estás presentable, engánchate un buen postizo o una peluca, pero que parezca natural, que no cree sospechas o al menos que confunda.

Mientras Karima me peinaba con una maestría sinigual, o sea, sin quemarme con el secador o tratar de desnucarme mientras pulía, a través del espejo observaba a una niña que se había apropiado de mi notita y la andaba mostrando a todas las empleadas y clientes. ¡Tan chulita ella! [Sarcasmo]

Pero de inmediato mi atención fue captada por la empleada del asiento contiguo; depilaba el rostro de una mujer a puro hilo de coser. Recordé que así fui depilada el día de mi boda, pero como había sido la persona sujeto no había tenido oportunidad de apreciar la técnica. La chica se dio cuenta que yo estaba embelesada mirándola y me preguntó si quería depilarme. ¡Baaden! Contesté. O sea, que “más tarde”, cuando me terminaran el cabello. Con el hilo de coser depiló todo el rostro y el cuello de la cliente, todo en movimientos rapidísimos, luego le untó lo que me pareció un tónico con un agradable olor a hierbas.

Karima me preguntó si estaba de vacaciones o vivía en Libia, si estaba casada, le contesté que vivía en Libia y le mostré mi dedo con el aro de matrimonio. Me preguntó si con un libio, le contesté que con un “falistini” (palestino). De repente siento el aliento caliente de alguien que se ha aparado muy cerca de mí. Era la niña, que había devuelto la nota al mostrador y se había quedado como chicle pegada a mí, mirándome con ojos de novedad. Karima le llamó la atención, creo que le dijo que se despegara que me dejara tranquila. La niña argumentaba y para justificar su presencia y cercanía sostenía mi pelo, como asistiendo a la estilista. Se sonreía conmigo y seguía hablando no sé qué cosa mientras Karima me miraba sonriendo y zarandeando los ojos en señal de fastidio y resignación. La niña era de tez clara, nariz perfilada, cabello corto, ondulado y negro. Hablaba gesticulando, sonriendo, desbordada en simpatía.

Llegó una mujer joven bien vestida, saludo a todos los presentes, a las empleadas con los respectivos besos, definitivamente era una cliente asidua. Se despojó del “hijab” y su “abaya”, se quitó sus gafas de sol tipo “diva hollywoodense” y se dirigió hacia la chica encargada de las depilaciones. Karima le preguntó si hablaba inglés y ella asintió con la cabeza, entonces le pidieron que tradujera. A través de ella me preguntaron de todo y esta es la mejor parte de ese coloquio:

-¿Que de dónde eres?

-De Puerto Rico. Queda en el Caribe, cerca de Cuba y…

-Yo sé dónde está Puerto Rico; amo a Ricky Martin. Expresa emocionada la diva.

-¡Ja, ja! Todos aman a Ricky Martin. Comenté de lo más divertida.

Fue el momento de aclarar muchas dudas, yo también hice mis preguntas y le pedí que por favor le dijera a Karima que era una excelente estilista, pues pocas personas conseguían un buen resultado en mi cabello, sobre todo con tanto crecimiento sin alisar. Ella me ofreció el tratamiento de Keratina, porque aquí en Libia no hay mujer de cabello rizado que no la use, pero le repetí lo que ya había leído en la nota; “me estoy dejando crecer mi cabello rizado, sólo quiero que me corten las puntas quebradas”.

A la fanática de Ricky Martin la depilaron con cera y aunque siempre le he temido a la depilación con cera (desde un traumático encuentro cercano del tercer tipo en un “beauty” donde casi me despellejan) noté que ésta era de color negro, mucho más líquida que la de color amarillo que he visto usar en Puerto Rico y la chica depilada en toda la cara, cuello y pecho lucia de lo más relajada, sin atisbo de dolor o incomodidad alguna.

La depiladora me preguntó si quería intentar la cera en lugar del hilo de coser y después de que se me garantizó que no dolería dispuse la cara y el cuello. Antes de sentarme me preguntó ¿Flus? Y yo que le pregunto a ella, ¿Shu? [¿Qué?] Y la diva fanática de Ricky se ríe y me dice; ¿Qué dónde está tu dinero?

¡Vaya elegancia! Desde el principio la depiladora me pareció un tanto ruda, aunque no necesariamente antipática. Aún así se notaba un abismo entre las maneras de Karima y ella. También me depiló las cejas y ¿adivinen quién me sostenía el cabello y no paraba de parlotear, mientras la depiladora zarandeaba los ojos? La niña.

La cera fue todo un éxito, suavecita, en ningún momento sentí dolor o ardor. Cubrió toda la cara, el cuello a la redonda y como dije, las cejas, pero a pinzas y tijerillas. Pagué $30.00 LD por el cabello y $22.00 LD por la depilación más $5.00LD que le di a Karima como propina, para un total de $57.00 LD Mi esposo dice que me timaron por ser extranjera, pero debo investigar la fluctuación de precios de esos servicios en algún otro salón de barrio, porque para mi esposo cualquier cantidad es un timo.

-¿Maia? [Agua] Me preguntó la niña ofreciéndome llevarme a los lavabos para lavarme la cara, acepté y de inmediato me tomó del brazo. Me buscó una toalla limpia y la noté emocionada. Me dijo que ella tampoco era libia, que sus padres eran palestinos del Líbano y que la habían traído a los siete años. Le pregunté si no le enseñaban inglés en la escuela y me dijo que estaba de vacaciones de verano. De regreso a la salita de espera volvió a tomarme del brazo, no dejaba de mirarme, me acariciaba el cabello y la cara. Yo sonreía.

Entonces se acercó una jovencita que aunque atenta a mis movimientos y con evidente curiosidad se había mantenido distante. Me preguntó mi edad  y la conversación se nos complicó un poco, así que saqué  mi libreta y un bolígrafo, siempre los llevo en la cartera pues mis dibujos me han sacado de apuros cuando ni las mímicas alcanzan. Les escribí el número 41 para comunicarles mi edad,  la niña me dijo que tenía 13 años y la joven 16; me preguntaron qué cuántas hermanos tenía, les dije que dos hermanas y también contesté sobre sus respectivas edades. También querían saber si tengo hijos, si me gustaba Libia, el significado de mi verdadero nombre, y mi nombre árabe. La niña me escribió su nombre en letras árabes, pero realmente no lo recuerdo, era poco común y complicado de pronunciar.

Una cliente me preguntó si tenía auto o mi esposo estaba afuera esperándome. Le dije que me iría a recoger. Me explicó que durante el Ramadán el salón abría a las 11:00 a.m. pero cerraba a las 3:30pm para luego abrir de 10:00 p.m. hasta la madrugada. Que en cinco minutos cerrarían. Llamé varias veces a mi esposo pero mi celular tenía poca cobertura. La clienta que había llegado hacía apenas unos minutos me preguntó de dónde era, le contesté que de Puerto Rico y ella sonrió como lo haría cualquier persona que no sepa quién es Ricky Martin. Salió del salón y vi que todas las empleadas se colocaban sus “hijabs” y “abayas” para disponerse a salir.

La niña me pedía que llamara a mi esposo nuevamente y se pasaba el dedo índice de su mano derecha de un lado a otro del cuello indicándome que iban a cerrar. En un tercer intento logré comunicarme y mi esposo me indicó que estaba en casa de la familia Shehabi en el centro de la ciudad, pero que se despediría de inmediato para dirigirse al área del malecón y recogerme. Le explico que van a cerrar y que lo tendré que esperar afuera. Entonces con una voz firme y tajante me dice que lo espere adentro. Colgó cuando yo trataba de explicarle que no tenía opción y le envié un mensaje de texto diciéndole que iban a cerrar pero que yo lo esperaba justo en frente.

Me coloqué el “hijab”, me despedí y salí del local. Me paré  justo a un costado de la entrada y minutos más tarde la niña abre la puerta, asoma la cabeza, mira para todas partes se voltea hacia el interior y escandalizada le dice algo a todas las empleadas que ya estaban listas para salir. Una de ellas, algo alterada, al parecer le ordena que me lleve de regreso al interior. La niña me toma del brazo me sienta y al verme confundida trata de explicarme algo, pero no pude entenderla. Por las caras de las demás, comprendí que no se irían hasta que mi esposo llegara a buscarme.

 

Estaban impacientes y yo un poco avergonzada, pues me imagino que todas querían poder irse a sus casas, tienen familia y supongo debían comenzar a preparar el “Iftar” [comida con la que se rompe el ayuno al anochecer durante el mes del Ramadán]. La niña seguía hablando, sobándome y sonriendo, no paraba y de repente vi el auto de mi esposo llegar. Me volví a despedir pero esta vez agregué un “¡Ramadan Kareem!” y yo creo que a ellas le pareció que lo dije por lo penosa de la situación porque les causo gracia, a las más impaciente se les relajaron los rostros y Karima contestó ¡Ramadan Mubarak Aziza!

Me monté en el auto y mi esposo con voz de trueno y con cara de enfado me dijo; “Nunca más vuelvas a salirte del lugar donde te dejo y pararte así en la calle. Nunca más”. Sorprendida le pregunté por qué, pero no contestó. Estaba colorado, serio, con la mirada fija en la carretera. Seguí preguntando por qué, quería una explicación para entender su enfado. Me dijo que a ese salón no volvía, porque había sido una falta de respeto imperdonable el mandarme a esperar a la calle. Que cuando una de sus hermanas trabajaba en un salón, muchas veces él la esperaba hasta una hora porque al momento de cerrar aún habían clientas esperando por sus esposos.

Seguí preguntando porque aún no entendía el porqué del enfado tan grande. Entonces ya un poco más calmado me explicó que en las áreas del centro y del malecón las mujeres paradas en las esquinas suelen dedicarse a la prostitución, que las mujeres caminan para desplazarse de un lugar a otro, pero jamás se paran y mucho menos en actitud de espera, que se pudo haber acercado un hombre o varios y montarme en un auto, que al ser extranjera pude haber sido raptada, violada y no sé cuánto más. Aunque seguía impresionada, comprendí su molestia, su preocupación.

Cómo a las 8:00 p.m. cuando nos sentamos a cenar entonces me volvió a dirigir la palabra y piropearme el cabello, aunque me repitió que por favor nunca volviese a hacer una cosa así porque cuando había leído el texto donde le decía que lo esperaba en la calle manejó con el corazón en la boca. Yo le aclaré que lo comprendía pero que no había sido culpa mía, que había sido un mal entendido.

Ayer, le pregunté a una de mis cuñadas si lo ocurrido era tan grave y ella puso cara de; “Aziza nunca vuelvas a hacer eso”. Mi esposo le tradujo el cuento entero y ella concluyó; ¡Nunca más vuelvas a ese salón! Es imperdonable lo que hicieron.

Demás está decir que yo difiero, entiendo que estas mujeres fueron muy amables y atentas y que lo ocurrido se debió a un simple mal entendido producto de las limitaciones idiomáticas. Creo que ellas pensaron que cuando hablé con mi esposo por teléfono era porque él estaba afuera esperándome y que cuando la niña se percató de que no habían autos en frente y yo aún esperaba afuera les informó a las otras y por eso la reacción alterada y la orden de que me llevase de vuelta al interior del local. Habrá que ver si Marido se olvida de lo ocurrido y me atiendo nuevamente con Karima que repito, es una excelente estilista domando cabellos rebeldes como el mío. De hecho, anoche volvimos a tocar el tema y me comentó que seguramente la niña de 13 años, la palestina del Líbano trabaja allí haciendo la limpieza, que en una próxima ocasión, si es que la hubiese, le diera alguna propina. O sea, que ya se le está pasando el “yeyo”, como decimos en Puerto Rico.


 

 * Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©. 

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jueves, 26 de junio de 2014

De playa, elecciones y bombardeos.

Mohamed Zwawi - Caricaturista libio. 
 
 
Si bombardean en un extremo de la ciudad, la gente se mueve al otro, como si nada. Ayer mientras sólo un 20% de los ciudadanos libios asistían a las urnas para ejercer el derecho al voto, y continuaban los enfrentamientos entre extremistas y rebeldes, el resto se lo tomaba como un día de fiesta.
La familia a la que pertenezco son todos extranjeros, es decir no votamos, así que al igual que muchos otros nos fuimos a la playa. Eligieron un balneario pequeño en plena ciudad de Bengasi. Al entrar se paga $1.00 Dinar libio por persona, cuenta con estacionamiento, áreas deportivas, barbacoas, baños, cambiadores, venta de refrigerios y espacios habilitados para orar. El ambiente es seguro y familiar.
La familia llegando al balneario
Vista del ambiente playero en el balneario
 
Mientras disfrutábamos nuestro día de playa en la hermosa costa mediterránea de Bengasi, desde el otro extremo de la ciudad se escuchaban las detonaciones de los enfrentamientos. Cada vez que un avión atravesaba nuestro espacio aéreo todos elevaban las miradas entre los huecos de las sombrillas y carpas de playa, la tensión duraba lo mismo que el avistamiento, ya luego la vida continuaba en esa sabrosura que sólo el mar puede aportar.
De cierto modo los días de playa libios me recuerdan los que viví en mi infancia en mi querido Puerto Rico.  Al igual que las familias boricuas, las árabes llegan a la playa atestadas de comida. Vi platos de arroz y cordero pasándose de mano en mano, las barbacoas expedían ese olorcito rico característico del  pollo a la brasa y bajo cada sombrilla o carpa había una hornilla donde se preparaba el té con menta fresca.
En la nuestra también hubo té. Mis cuñadas llevaron sándwiches de atún con perejil, tomates y salsa “harissa” (salsa picante) y por mi parte preparé un “Moussaka griego”, un “Cielito Lindo mexicano”, bizcochitos de yogurt
 

y parte de los chocolates Twix de Marido. Pasamos un muy buen día en familia. Mi suegra se distrajo, mi marido como siempre fue el “guardaespaldas” del grupo, sólo nos bañamos mis sobrinas, mi concuñado y el sobrino que está a punto de casarse y yo. Mis cuñadas casadas sólo charlaron, pero se les veía muy a gusto como la mayoría de las mujeres bajo las sombrillas.
 

No sé si estuvo bien, pero yo apenas llegué me quité la falda larga que llevaba y me fui directito al mar con las sobrinas. Había algunas mujeres en el agua, pero la mayoría de los bañistas eran hombres y niños de ambos sexo. Constantemente veía a mi esposo elevado de cuello a la distancia, asegurándose que los que estábamos en el agua estuviésemos tan bien como su madre y las dos hermanas a las que acompañaba. De vez en cuando  se acercaba, se enrollaba el ruedo del mahón para sentir el agua en los pies mientras les ordenaba a las niñas que no se alejaran tanto y nos tomaba fotos.
Nunca había ido a la playa tan envuelta en ropa. Me bañé como lo hace el resto de las mujeres, con “hijab”, ropa cubridora o “abaya”. Debo confesar que aunque me sentí extraña, no fue tan incómodo como me lo imaginaba. De hecho, incluso los hombres entran vestidos de camisa o camisilla y bermudas; observe muy pocos de torso desnudo.
Mi esposo me preguntó si estaba contenta, le dije que mucho. Llevaba más de un año deseando ir a la playa, bañarme en agua de mar, zambullirme, flotar, mover todo el cuerpo, sentirme a gusto. Hay cierta libertad en esa ilusión de ingravidez  que brinda la densidad del agua de mar.
Foto tomada de Internet
Al llegar a la casa nos enteramos de que los enfrentamientos dejaron un saldo de tres muertos y más de veinte heridos entre los combatientes. Mientras nosotros volvíamos con los rostros sonrientes, tostados de sol, cubiertos en arena y sal; esas vidas se apagaban y en forma de espesas y negras humaredas sus almas se elevaban hasta lo más alto del cielo de Bengasi. Así transcurre la vida por estas tierras, siempre a los extremos.
 
 
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martes, 17 de junio de 2014

Y cuatro días después...



Les cuento que, tras su llegada, aparte de todo el cariño  que hemos compartido mi esposo y yo, también hemos estado resolviendo mil cosas. Siempre que llega y vamos a la ciudad para mí es como si hubiese pasado una década en lugar de un mes, lo veo todo diferente, como recién descubierto. Sigo diciéndole a Marido; “Por aquí no habíamos pasado nunca”. Y me dice; ¿No? Pues esta calle está a punto de llevar tu nombre.” ¡Tan Gracioso!

El domingo tempranito en la mañana le comento; “Ya comenzaron los truenos. Es raro, aquí lleva un mes tronando  y no he visto ni gota de lluvia”.  Entonces sonrió, me miró con cara de “¡Inocente Aziza¡” y me pregunta; “¿Realmente has creído que son truenos? ¿En ocasiones los truenos han hecho vibrar las ventanas?” Sí, le contesto. “Aziza, son detonaciones, Bengasi lleva bajo fuego desde que me fui al desierto…”

Todo el domingo se escucharon detonaciones, las cortinas de madera que recubren las ventanas para filtrar el aire y la luz eran impactadas por la onda expansiva de las detonaciones. Una de sus hermanas solteras, la que es secretaria en la empresa para la que él trabaja lo llamó como a eso de las 9:00am. “Ni se te ocurra ir a las oficinas de la empresa en el área de…, la carretera está cerrada, toda el área se ha convertido en campo de guerra”, le comunicó. Decidimos dejar la visita al mercado y las demás diligencias para ayer lunes.

De camino a Bengasi, mi esposo me dice, “Hoy no podemos ir por la costa como tanto te gusta”. ¿Por qué? Pregunté. “Porque me llamó un amigo, dice que están deteniendo conductores a fuerza de pistolas, te hacen bajar y se roban los autos. También encontraron cuerpos decapitados, uno de ellos ni siquiera tenía piernas. Hay que transitar por las arterias centrales que conducen a la ciudad”. Guardé silencio.
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La temperatura de ayer hizo la situación más incómoda, porque mientras mi esposo realizó gestiones en las oficinas de la empresa y compró en el mercado de vegetales y frutas yo tuve que esperar en el auto, que era lo mismo que esperarlo dentro de una olla de presión. El edificio de la empresa tenía los cristales del tercer y cuarto piso destrozados por el enfrentamiento del día anterior, pero todo el personal ya se había reportado a trabajar, y en cuanto al mercado, lo noté igual que siempre, atestado de hombres y mujeres esperando sudorosas en los autos.

Como les mencioné en alguna ocasión, a ese mercado no van mujeres, allí se vende carne, frutas, vegetales y hierbas en grandes cantidades, dicen que es el centro de los ladrones, afuera hay un solar repleto de mesas donde migrantes de diferentes países africanos y algunos libios venden chucherías y cachivaches, pero también hay mesas donde se venden a plena luz del día armas y municiones de todo tipo. No pude encender el auto para refrescarme un poco con el aire acondicionado porque aunque mi esposo siempre me deja la llave, dice que encender un auto allí estando sola es una invitación para que cualquier ladrón me asalte. Por eso él compra con prisa, lleno de tensión, hay vece que trae las bolsas en tres viajes, así puede ver si estoy bien y ahuyentar a cualquiera que este merodeando con aparente mala intención. Así transcurre la vida aquí.


 Estaba deseosa de comer “chinas” (naranjas), pero al parecer ya no están disponibles, compró melones de tres tipos, melocotones y ciruelas; se compraron casi cuatro kilos de cada fruta y se repartió entre la cocina del primer piso y la nuestra. Si algo extrañaré de Libia el día que ya no estemos, será la accesibilidad a las frutas, vegetales, hierbas y especias frescas, pues adquirir estos productos en grandes cantidades en Puerto Rico es un verdadero lujo a pesar de su pésima calidad. Claro que esto jamás constituye un motivo de fuerza para preferir vivir aquí. También, como es costumbre, si vamos a la ciudad le pido que compremos alguna cosita rica para comer y además de la pizza, me confieso amante a los "Shawarmas", ayer probamos un puesto nuevo de entre el millón que debe haber por todo Bengasi. Esta vez le pidió una muestra al
vendedor, para que yo pudiese probar y dijera si era de mi agrado o no, pues ya he pasado malos ratos con la cantidad de picante que suelen ponerle a la carne. Esta vez quedé más que complacida, el olor es tan rico que aunque al parecer las mujeres no acostumbran a comer en los autos a la vista de todos, yo no puedo resistirme al delicioso olor de la carne cocida a la brasa y termino comiendo sin pudor ninguno. I love Shawarmas!!!

*De regreso nos habían indicado que la carretera de la costa ya estaba transitada así que nos aventuramos. El dia estaba caluroso pero bonito, el Mar Mediterráneo más azul y tentador que nunca, habían sombrillas de colores instaladas en la playa, muchos bañistas, como si en Bengasi no estuviese pasando nada. La misma situación de mercados y calles comerciales.



Cuando mi esposo está en el desierto y tiene tiempo libre fuera del laboratorio acostumbra caminar por el desierto,  dice que allí se piensa diferente porque la inmensidad del desierto entra en ti, pero también tu alma se revela como en realidad es,  igualmente inmensa, y te hace parte del lugar. Prefiere hacerlo en las tardes cuando el sol ya va de
retirada y pinta el cielo con tonalidades y diseños inimaginables. Le gusta sentarse en las dunas, admirar la grandeza de Dios en ese extraordinario lienzo, en su obra divina de la que él y todos somos parte. Siempre toma fotos porque dice que en cada viaje aunque repita ubicación, el desierto siempre cambia y que si se contempla con los ojos
del alma, se puede notar hasta el más mínimo detalle.


Le digo que en lugar de geología debió estudiar arqueología, lo he visto embelesado en las ruinas de Ptolemaida y Cirene donde a ambos  nos gusta imaginar el transcurrir de la vida antigua, en tiempos donde los griegos se establecieron en el este de Libia y luego bajo el imperio romano. Nos transportamos a ese entonces y recorremos las calles adivinando que lo que parece haber sido una entrada conducía a algún templo, vivienda, un lugar público de reunión, el mercado o los famosos baños romanos. Así nos hemos entretenido muchas veces, especialmente durante nuestra visita a Tolmeida, porque durante las tres horas que estuvimos allí, no nos topamos con ninguna persona.

Esta vez llegó del desierto con fósiles, unos aparentan ser
cascarones de huevos de aves prehistóricas y otro evidentemente es la punta de una lanza. No se cansa de mirarlos, los toca, me los muestra con una emoción contagiosa, se le ilumina el rostro, sonríe como si fuera un niño poseedor de un tesoro maravilloso y los envuelve en un paño que entrega a una de sus hermanas, porque ella es horticultora y también ama la naturaleza, sobre todo las plantas, las rocas y a sus gatos, que como dicen aquí, son como sus hijos. ¡Ah! Debo decir que también es ella la que hace la mejor pizza casera en todo Bengasi, la hace en un horno especial en el patio de la casa, entre árboles, porque en medio de toda esta masa rocosa y polvorienta, la casa en la que vivimos es la única rodeada de árboles, con un pequeño estanque para peces y un remanso para los pajaritos que desde que sale el sol vienen a alegrar el día a día con sus melodiosos trinos.

Mi esposo me dice; “Quiero mostrarte algo. Pasé mis días escuchando un concierto de Yanni, tengo el vídeo completo, me lo llevaba al laboratorio y lo escuchaba cada mañana, no sé porque me hacía recordarte al punto que me prometí algún día llevarte a verlo en vivo. Hay un tema, está al principio y desde el momento en que lo escuché dije; “A mi Aziza le va a gustar esto. Ella es así.” Para mi sorpresa es el tema de "Rainmaker", grabado en el concierto en vivo de Yanni en el Mandalay Bay en Las Vegas en 2006. Un concierto que compré tan pronto salió a la venta y el tema “Rainmaker” es mi favorito porque me hace sentir emociones que no puedo explicar, pero ciertamente me emociona y conmueve hasta la fibra. Cuando se lo dije se le aguaron los ojitos, apretó mi cara entre sus manos y me dio un besito. Luego me dice, “No me habías dicho que tienes un primo músico tocando con Yanni, porque ese Walter Rodríguez sin duda alguna es el más que se disfruta el tocar en ese concierto; mira su cara de alegría. Tenía que ser puertorriqueño y de apellido Rodríguez como mi esposa”.  Ahora es “fan” del músico Walter Rodríguez, orgullo boricua.

Ya he tenido oportunidad de ver a Yanni en vivo, pero sin duda alguna disfrutar su música junto a Habibi, será especialmente inolvidable. Insha Allah (como diría él). En este concierto además de Yanni es admirable el talento de todos los músicos pero en especial me cautiva el arte del australiano David Hudson, Samvel Yerviyan de Armenia, Víctor Spinola de Paraguay, Michelle Amato de Estados Unidos y de Venezuela, Pedro Eustache. Aquí les comparto la apertura del concierto y el tema de “Rainmaker” para que lo disfruten tanto como yo. Escúchenlo y díganme si es o no, música para el alma. Mientras tanto yo me voy a cocinar que Marido se fue a resolver asuntos en la ciudad y aquí ya pronto toca almorzar, como a eso de las 3:00 o 4:00pm.

Enlace para disfrutar del “Intro” del concierto mencionado y el tema “Rainmaker”: https://www.youtube.com/watch?v=xtODAJbakTc

viernes, 13 de junio de 2014

Pal’ ululeo: "Khatooba"


 
"Una cultura es el modo de vida de un pueblo, en tanto que una sociedad es el conjunto organizado de individuos que siguen un determinado modo de vida; más simplemente, una sociedad se compone de individuos; la manera en que éstos se comportan constituye su cultura". (M.J.Herskovitz, antropólogo cultural).
Contando las bodas a las que he asistido desde que vivo aquí en Libia, suman un total de cuatro, pero nunca antes había tenido oportunidad de presenciar una celebración de compromiso nupcial. Los palestinos la llaman "Khatooba" pero en cada país, según el dialecto árabe que se utilice se le conoce de forma diferente; he escuchado milkah, fatiha y walima.

Bueno, ya conocen la historia de la desconcertante invitación al “ululeo” (aunque “ululeo” es la palabra que describe la típica expresión de júbilo entre las mujeres de cultura árabe, yo le llamo “ululeo a cualquier celebración). Y como si ya hubiese sido poca la confusión idiomática, el domingo en la tarde me visitaron mi suegra y mis dos cuñadas casadas que viven en este mismo barrio. Siempre que vienen a visitar a sus padres, suben con la madre y sus niñas al segundo piso  a ver cómo estoy, les obsequio jugo (asir), algún bizcocho y a nuestra manera “chismeamos” un poco; esto comúnmente ocurre los días viernes, que aquí es el equivalente a nuestro domingo.

En esa visita entendí que la celebración tendría lugar en la casa de la prometida, que convenientemente vive a una calle de la que será su nueva familia y donde iniciará su vida de casada. El prometido, que es el hijastro de mi cuñada Hana, ha finalizado toda la obra de construcción del apartamento que será su nuevo hogar sobre la casa de los padres. He tenido oportunidad de ver el proceso y en realidad se han construido dos apartamentos, pues son dos los hijos que ya están listo para dar el gran paso. Como la casa familiar del primer piso es bastante grande, los apartamentos construidos sobre ella son espaciosos, con una excelente distribución de espacios funcionales y terminaciones modernas de muy buen gusto. En mi opinión, están bellísimos.

El día antes, mi esposo estuvo intranquilo llamando a mis cuñadas casadas y a sus esposos, quería asegurarse que no hubiese ningún mal entendido en cuanto a la transportación. Desde que vivo en Libia, está sería la segunda vez que saldría de la casa sin él. La primera vez asistí a un velorio, fue toda la familia pero yo viajé con mi cuñada Fatin y su esposo Husán. Son los más allegados a nosotros, como dije, viven en el mismo barrio y mi concuñado además de hablar inglés es como un hermano para mi esposo, ambos se profesan gran cariño, respeto y confianza. Me gusta visitar esta familia y compartir con ellos, aparte de ser buenos anfitriones, comprenden que vengo de una cultura diferente y de su parte además de cariño siempre he recibido un trato respetuoso y considerado. En fin, que tanto el matrimonio como las niñas me hacen sentir querida y aceptada como parte de la familia. Agraciadamente, lo mismo sucede con Hana y su esposo Abu Waleed (cuando se nombra a un hombre con hijos no se utiliza su nombre propio, en lugar se dice “Padre de… [nombre del hijo varón mayor]”. En este caso “Padre de Waleed”).

Así que puntualmente como habíamos quedado, a las 4:30pm tocaron a mi puerta. Era mi cuñada Fatin, las nenas y mi suegra. Ya estaba lista y debidamente envuelta en mis paños, pero mi suegra pidió que me removiera el “hijab” (velo que cubre cabeza, cuello y pecho, dejando el rostro descubierto) y la “abaya” (túnica larga, en este caso la típica de color negro con la que se cubren las mujeres musulmanas para salir a la calle) para ver cómo iba arreglada. Pues aquí que se vive pendiente a “el qué dirán” imagínense cuánto más, si se trata de mostrar a tu única nuera extranjera en sociedad. Las demás mujeres estarán pendiente del más mínimo detalle, desde mi aspecto físico, el arreglo personal, hasta cómo me comporto; si hablo o me río alto, cómo tomo asiento y si al comer lo hago de forma delicada o no.

Francamente nunca me he tomado esto muy enserio, si algo tenemos muy claro mi esposo y yo, es que no soy árabe; y aunque respeto las tradiciones y normas sociales e incluso a fin de cumplir con esto he adoptado ciertas costumbres, las personas con las que interactúe socialmente deberán comprender esa realidad; el que no pueda hacerlo simplemente tiene que trabajar con su capacidad para relacionarse con personas de otras culturas, digo, si es que le interesa, porque nadie está obligado.

Tras la aprobación de mi suegra bajamos con un taconeo inusual entre las lúgubres escaleras que conectan el interior de ambos pisos. Mis sobrinas Rowa y Ronda estaban vestidas como dos muñequitas, además estábamos felices de viajar juntas aunque el recorrido de la casa donde vivo hasta la de mi cuñada Hana es tan sólo de unos cinco minutos en auto, puede durar un poco más si no se quiere estropear mucho el vehículo, pues como en la mayoría de los barrios las calles están sin asfaltar y específicamente en la calle principal del nuestro, llevan meses trabajando en un proyecto monumental relacionado al acueducto, asunto que dificulta el tránsito.

En el camino Husán y yo conversábamos sobre la fecha de regreso de mi esposo y bromeábamos sobre sus llamadas del día anterior. Se preocupa mucho por el aspecto idiomático y otros asuntos que no vienen al caso, además ninguna de las mujeres con las que realmente puedo contar hablan inglés. Desde el inicio de la polvorienta calle se podía notar que el frente de la casa de Hana y Abu Waleed estaba atestada de autos. De ellos se bajaban mujeres envueltas en sus paños negros, y algunas llevaban a sus hijos pequeños de la mano o en brazos. Una de ellas vestía el “niqab”, que es un vestido comúnmente de color negro, largo y cubridor que lleva un velo con el cual se cubre el rostro, pero dejando libre sólo el área de los ojos. Algunos de estos vestidos incluyen lo que podríamos llamar un segundo velo
de cierta transparencia que aunque cubre los ojos, permite a  la mujer “ver sin ser vista”. Aquí se me ha dicho que la mayoría lo lleva para cubrir el rostro cuando van maquilladas, así evitan llamar la atención de hombres ajenos a su familia que puedan cruzarse en el camino al salir de casa destino a alguna celebración.

Según las mujeres se desmontaban los hombres reiniciaban la marcha para estacionarse donde pudiesen, a fin de esperar el momento en que toda la familia del prometido lo acompaña en caravana hasta la residencia de su prometida. Había un grupo de jóvenes apostados en la entrada principal de la casa y esta vez nadie tuvo que decirme; ellos saludaron a coro con el respetuoso “Slam Aleikum” (la paz sea con ustedes) al tiempo que todos bajaban la cabeza y nosotras de igual manera contestamos, “Aleikum Salam” bajando la vista, así evitamos contacto visual entre hombres y mujeres extraños.

Una vez atravesamos el portal, mi cuñada Hana nos recibió junto a las niñas, Reem y Roaa, todas muy elegantes y sonrientes, muy bien puestas. El sol quemaba y aunque estábamos deseosas por entrar se formó el atasco de siempre, ya saben que el saludo entre mujeres es de cuatro besos intercalando mejillas y bendiciones; pero si en el grupo hay alguna anciana, el proceso de entrada demora mucho más. Éstas suelen duplicar la cantidad de besos y bendiciones, pero se aguanta, porque aquí el respeto y la consideración a los mayores predomina sobre cualquier cosa.

Cuando llegamos al recibidor nos quitamos los zapatos, costumbre que no se negocia por estos lares y que de no observarse te puede causar líos, sobre todo con las amas de casa. Con el rabillo del ojo pude ver hombres de barba y “Jalabiyas” blancas (vestido de pantalón y túnica, tradicional en varios países de cultura árabe y religión musulmana) sentados en el suelo, entre cojines charlando y tomando el té en el salón de visitas. Allí estaba Abu Waleed parado en la entrada, nos saludaba y daba la bienvenida antes de que entráramos a la casa, es decir a las áreas de estar destinadas exclusivamente a la familia. El dueño de casa vestía como sus hijos, de forma occidental, de hecho nunca los he visto con ropa tradicional. Abu Waleed es un hombre muy trabajador que goza de buena reputación, siempre lo he visto de buen semblante, sonriendo, habla un poco de inglés y en su casa siempre me he sentido a gusto y bien atendida.

En una ocasión se enteró de que estando en un parque avergoncé a mi esposo al antojarme de unos “kufta kabab” (pinchos o brochetas de carne molida con mucho ajo y perejil hechos a la parrilla) que estaba preparando una familia siria desconocida, les debo ese cuento. Después de reírse, le dijo a mi esposo que me llevara de vuelta a su casa el siguiente viernes, después del “jumma” (sermón islámico de los viernes) porque prepararíamos los suculentos “kufta kabab” especialmente para mí. Siempre me había simpatizado, pero lo admito, su acción… ¡Me ganó!
 
Cuando entramos al salón de estar, había muchas mujeres sentadas entre cojines bordeando las paredes a vuelta redonda del salón. Estaban relajadas charlando, tomando el té, una de las mayores fumaba algo alejada del resto y en otra esquina una de las jóvenes amamantaba discretamente a su hijo. Yo saludé de forma general con un “As Salam Aleikum”, ellas contestaron a coro mientras me observaban y de prisa mis sobrinas me halaron por un brazo en dirección a sus habitaciones, querían mostrarme los vestidos que les han comprado para el “Ramadán” (mes sagrado del islam, de alguna manera equivalente a la relevancia de la “Cuaresma” para los cristianos). De inmediato me di cuenta que mi manera de saludar no había sido la más apropiada y antes de que alguna de mis cuñadas se diera cuenta regresé al salón y las besé cuatro veces a cada una de las aproximadas veinte mujeres allí presentes.

Mi cuñada Fatin me pidió que la acompañará al cuarto de su hermana para terminar de arreglarse, allí pase unos 30 minutos y para cuando salí la cantidad de mujeres en el salón parecía haberse duplicado, de hecho ya había llegado mi suegra con sus tres hijas solteras. Me senté al lado de mi suegra y noté que una de las chicas me miraba, le sonreí y ella me preguntó que cómo estaba, lo hizo en inglés. Se me dibujo una sonrisa de oreja a oreja porque es bastante incomodo estar en un salón repleto de mujeres sentadas en círculo, o sea, cara a cara y  ser la única que no entiende nada de lo que están hablando.

Me dijo que se llamaba Zeinab, que quiere decir, “la joya más preciada del padre” y se pronuncia “Zaynab”. Montamos conversación de un extremo a otro, hablábamos sobre lo difícil que es aprender árabe versus lo fácil que los que tienen el árabe como lengua materna aprenden cualquier segundo idioma, sobre todo el español. A ésta chica no fue necesario explicarle donde queda mi país, Puerto Rico; además de hablar buen inglés me dio la impresión de ser bastante culta. Según me di cuenta que las mujeres habían dejado de hablar entre ellas para escuchar nuestra conversación, también me percaté que había visto antes a la mujer que fumaba. Cuando se lo comenté a Zeinab me dice; ¡Claro Aziza! Es mi madre y la viste en mi boda. Resulta que durante el mes de mayo había asistido a una boda de una prima de los hijastros de Hana, porque aquí es así, cuando invitan a una chica a una boda la invitación se hace extensiva a todas las mujeres de su familia inmediata y vamos aunque no conozcamos a la que se casa. ¡Todas pal’ ululeo! ¡Que fiestón!

Entonces le digo toda sorprendida; “¡Dios mío! Tú eras la novia, yo no paraba de mirarte. Estabas hermosa, parecías una reina sentada en su trono.” Entonces Zeinab riendo me pregunta; ¿Y ahora, Aziza? ¿Ya no me veo bonita? Creo que algunas de las jóvenes entendían parte de lo que hablábamos porque también rieron. Y bueno seguía siendo una chica bonita, pero en su boda estaba descubierta, con un peinado y maquillaje exótico, su traje blanco de lo más pomposo y “strapless”. Mientras que en ese momento se encontraba como el resto, llevaba “abaya” negra y un “hijab” oscuro. Y un poco esta es la magia del velo que para los hombres árabes resulta ser más atrayente que una mujer que en todo momento va exhibiendo sus encantos, en algunos caso buscando ser blanco de envidia de otras mujeres y de deseo para los hombres. El hombre por estos lares puede sentir curiosidad e incluso morbo por la sensualidad con que suele mostrarse la mujer occidental en revistas y películas, pero lo describen como algo momentáneo y pasajero, los tradicionales, los más conservadores prefieren que su esposa reserve todos sus encantos para el en la privacidad de su casa.

Finalmente llegó la tan esperada llamada. La familia de la prometida estaba lista para recibirnos en su hogar. ¡Comenzó el ululeo! Mientras íbamos saliendo de la casa todas ululábamos y yo me sentía atrapada en alguna de esas escenas tantas veces vistas en la tele  o en el cine, trataba de ulular como ellas lo hacían, pero me atacaba de la risa y me maravillaba el ser parte de ese momento, de compartir la tradición. Alguien había avisado a los hombres porque a nuestra salida estaban todos los autos alineados, con el motor en marcha, listos para salir. En esta ocasión las niñas se fueron con las primas y mi suegra y una prima de su esposo viajaron en el auto de Husán. Estaban todos muy contentos, la caravana de autos iba causando algarabía, todos tocaban sus bocinas dejando saber que éramos el séquito del futuro esposo del barrio.

Cuando llegamos a la residencia familiar de la prometida se dio exactamente el mismo protocolo que a la entrada en la casa de Hana –con ululeo y todo- sólo que esta vez era el padre de la prometida y una tía quienes nos daban la bienvenida, pues la madre de Ala, la futura esposa, había fallecido hacia unos años. Mientras los hombres se acomodaban en una “jaima” (carpa) colocada en el atrio, las mujeres entramos a la casa.

Ala es una chica joven, no debe pasar de 23 años, es bonita, de estatura baja, con unos expresivos ojos árabes oscuros y carita rellenita como las muñecas. Además vestía un traje que resaltaba su figura y que me encantó porque evocaba la cultura andaluza. Entre el vestido y su peinado Ala parecía una de esas bailaoras de flamenco. El vestido era en tela satinada en azul turquesa y puntos negros, con una aplicación  hermosa entre el busto y el torso, de volantes escalonados en el frente y cola en la parte posterior.

Como el salón no estaba alfombrado conservamos los zapatos puestos, pero según entrabamos nos despojábamos de los “hijabs” y las “abayas”. Entonces se iba develando la belleza femenina, de largas cabelleras, de peinados  elaborados, de ropa coqueta, tacones, prendas de oro, de labios rojos y pestañas postizas. Ala nos esperaba sentada en una butaca, con sillas a vuelta redonda. Los ritmos árabes comenzaron a sonar y según saludábamos a Ala, unas nos sentábamos y otras se iban directamente al centro del círculo, comenzaban a contonear los cuerpos en movimientos serpentinos como si desde algún lugar remoto un encantador tocara la flauta y ellas simplemente entraban en una especie de trance rítmico. ¡Qué movimientos de caderas! ¡Qué maravilla!

Mientras mujeres de todas las edades bailaban unas con otras, las demás conversábamos y degustábamos los entremeses. En mi plato había pizzetas al estilo italiano, pequeños shawarmas de pollo, albóndigas fritas con especias, rellenos de arroz, queso y atún, y un bizcochito; también me dieron una soda y agua.

Había una chica alta, esbelta, de traje corto, en color blanco, tipo ballerina. Tenía una cabellera larga de las que llegan a mitad de muslo y su mejor accesorio era su sonrisa a tiempo completo. No la conocía pero me simpatizaba. En un momento dado le pregunté a mi cuñada Fatin que dónde estaba Zeinab… ¡Adivinen! Me señalo a la ballerina. ¡Es increíble! He bautizado a Zeinab la “tres en una”. Sí, es que verla en tres diferentes atuendos ha sido como ver a tres mujeres distintas. Se lo conté y no paraba de reírse.

Luego me fijé que traía un tatuaje de una rosa en una de sus largas piernas y le pregunté si no era “haram” (prohibido) el llevar un tatuaje, me respondió que el tatuaje no es permanente, que su compuesto no proviene de ningún producto animal o probado en animales y que como era un tipo de calcomanía en ningún momento sustancia alguna llega a la sangre. Así que la rosa en su pierna era totalmente “halal” (permitido). Ya luego intercambiamos direcciones de correo electrónico para buscarnos por Facebook y mantener el contacto. ¿Saben? Ahora que lo recuerdo, no pierdo la esperanza de algún día toparme con mi amiga de Bengasi. Aunque no lo crean, la echo de menos. ¡Ja,ja!

Como en las bodas, avisaron que era el momento de cubrirnos, pues el novio entraría al salón para celebrar el compromiso. Aclaro que ésta es la celebración pues la ceremonia de compromiso se había realizado días antes entre ambos núcleos familiares, con todo el protocolo religioso y legal que la misma implica. Una vez que todas nos habíamos colocado el hijab y las abayas, Salah, el prometido entró. Se le veía feliz, pero nervioso. De hecho mis sobrinas se encargaron de comentarlo y de hacer todas las bromas posibles al respecto. Son cuatro pequeñas tormentas de entre 11 y 7 años de edad que siempre andan como cascabeles a merced del viento; riendo y jugando.

 El prometido llega, saluda a su prometida y luego al resto. Él entrega el oro a la futura esposa que se remueve las prendas que llevaba y se coloca las nuevas. Se hace la entrega de los anillos y todas las mujeres  comienzan a ulular celebrando el momento. Algunas, las más ancianas, recitan versos en voz alta, pidiéndole a Dios que bendiga a la pareja; se me explicó que era una tradición del folclore palestino.

 
En ese momento, el júbilo inundo todo el espacio, yo contemplaba la sonrisa nerviosa de Salah, la carita feliz de Ala, el recital de voces bendiciendo a la pareja, algunas mujeres lloraban emocionadas y el resto era un ululeo que se escuchaba frenético, interminable, infinito. A mí se me formó un nudo en la garganta. Desde donde estaba sentada comencé a contemplarlo todo desde un plano lejano, era como si el espíritu que soy viera desde muy dentro y no a través de los ojos que son sólo las ventanas del cuerpo por donde se asoma el alma. En ese instante dejé de ser carne, era conciencia y sólo podía agradecer a mi creador, Inteligencia Suprema, haberme permitido volver y estar.  Sobre todo estar allí, en ese momento y con esas personas. Todos los idiomas del mundo son insuficientes para explicar lo que me ocurrió, lo que sentí, lo vivido, pero; "El que tenga ojos, que vea", "el que tenga oídos, que oiga".


Trajeron un bizcocho y dos copas con bebidas de fruta, y entre los futuros esposos lo compartieron. Fueron felicitados y bailaron a petición de las mujeres que lo celebraban y les tomaban fotos. El ululeo siguió hasta que las invitadas fuimos despidiéndonos y abandonando la residencia al ritmo de la música, de los besos, abrazos y bonitos deseos para con la nueva pareja. Volvimos a trasladarnos en caravana y algarabía hasta la otra calle, debíamos acompañar a Salah de regreso a la casa. Todavía el salón de visitas estaba lleno de hombres mayores, alcancé a ver al padre de mi esposo. Nosotras tras saludar a Abu Waleed volvimos a reunirnos en el salón de estar y tomamos café para  entonces regresar a nuestras casas.

 

Me han dicho que la boda será después del Ramadán, pues durante el mes sagrado no se celebran matrimonios. Ahora que ya se ha cumplido con la ceremonia de compromiso, se entregó  el “mahar” y se celebró, la pareja podrá tener oportunidad de conocerse y compartir pero siempre en compañía de familiares pues el estatus de “comprometidos” no otorga los privilegios y derechos de los “casados”. Es tiempo donde deberán amueblar el apartamento y continuar preparándose para la celebración mayor, la boda. Espero no perderme ese “ululeo” que si antes asistir a una boda no me motivaba mucho ahora la veo con otros ojos, con otro gusto y ya le he dicho a mi esposo que para la boda de Salah y Ala quiero una abaya de fiesta, con brilloteo y colores alegres  porque así se ulula mejor.
 
Pueden complementar este relato con las fotos de un artículo relacionado al tema en el blog de Yassmin:
http://yassmineldouh.blogspot.com/2013/09/fayha-is-legally-and-islamically-married.HTML

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