lunes, 20 de octubre de 2014

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jueves, 9 de octubre de 2014

10 de octubre de 2013


Un día como hoy hace un año: Puerto Rico y la gente que más amo

 


Un día como hoy, hace 12 meses estaba de visita sorpresa en Puerto Rico, abrazando a mis padres y hermanas, repartiendo regalos y comiendo dulces turcos y árabes en el balcón del campo, allá en Fátima, mi barrio, en mi querido pueblo de Vega Alta. Sorprendí a mi sobrina Adriana a la salida del colegio, se emocionó tanto que ni siquiera pudo emitir palabra. Visité  a mis tías casa por casa, como si fuera un asalto navideño, una parranda; y ellas gritando de la emoción, junto con las primas. Recuerdo las llamadas de los amigos y amigotas para organizar las salidas y los encuentros; apenas habían pasado seis meses desde aquel 24 de abril en que me despedí en llanto, pero con el corazón palpitando fuerte anhelando el encuentro con mi amado.

Un día como hoy lo único que importaba era abrazar largo y apretado, besar muchas veces y grabar en el recuerdo todos esos rostros felices que son parte de mi historia. ¡Qué fuerte es tener el corazón lleno de amor pero partido en dos!

Aquí en Libia tengo a mi amado, a mi compañero de vida, a mi esposo, quien me ha demostrado lo que es amar con verdadero compromiso y entrega. Allá en Puerto Rico están los padres y las hermanas que en la mayor muestra de amor incondicional me respaldaron en mi decisión desde el primer momento, a pesar de lo que ello implicaba para sus corazones de padres, de familia. Mami Santa y Papi Edwin, tuvieron la madurez emocional para hacer mi felicidad la suya. Esta historia comenzó hace tres años y a pesar de la distancia y gracias a la tecnología mis padres, miembros de mi familia y círculo de amistades, le han abierto los brazos a mi esposo y lo esperan con ilusión; han visto que su hija, su hermana, su sobrina, su prima y su amiga está lejos pero feliz, junto a la persona que ama.

El día que me tocó volver a partir, volver a despedirme y renovar la promesa de regresar algún día, mi madre se sentó a escribirle una carta a mi esposo pidiéndome que por favor se la tradujera. Mi madre había observado que a pesar de estar feliz compartiendo con todos ellos, ya extrañaba demasiado a Habibi y estaba ansiosa por regresar a su lado. Después de pasar unos días en Estambul, regrese a Bengasi un 26 de noviembre. Mi esposo abrió el sobre y me entregó la postal para que le tradujera, según leía y traducía a mi esposo se le humedecían los ojitos y a mí se me hacía un nudo en la garganta, fue imposible el no llorar con los sentimientos de mi madre hechos palabras. ¡Somos bendecidos!


Relato del 10 de octubre de 2013 en mi perfil personal: Vega Alta, Puerto Rico

Para que todos entiendan el asunto del césped. Solo mi hermana Yazira sabía que yo vendría, para mis padres sería una sorpresa. Bajé del carro de mi amiga Rose y vi a mi Papá bajando las escaleras y como vestía el “hijab” cubriendo el cabello, pensé que Papi me reconocería. ¿Qué otra persona podría llegar a casa vestida así? No fue así.

Le digo en voz alta, ¡Salam Aleikum! Y contesta en tono de broma,

-¡Aleikum Salam! y me están pisando el césped. Refiriéndose al carro de Rose.

Quedé sorprendida por su frialdad y Rose se puso nerviosa y se montó en el carro para estacionarlo fuera de la grama. El ni siquiera se movió y tanto mis hermanas, Yazira, Glenda y mi “primo-vecino-como hermano” David se quedaron tan sorprendidos como yo de la reacción tan fría y seca de mi padre. Entonces pensé, bueno Dari cada persona reacciona diferente, sólo ve y abrázalo. Pero me sentí mal porque mi Papa es bien expresivo y cariñoso con todos nosotros, es un meloso de grandes ligas. Caminé hacia él y a una distancia de unos 4 pasos mi padre abrió los ojos grande, grande y la expresión de su cara se fue transformando en un gesto de incredulidad y una emoción de esas que no puedes controlar. Él quería sonreír, pero comenzó a temblar y decía:

-¡Ay Dios mío! Pero mira quien está aquí.  ¡Es mi hija, mi hija!

Se me echó encima abrazándome todo tembloroso y llorando con su carita toda colorada. Realmente fue emocionante, muy emotivo. Mami no estaba en casa, me cambie de ropa y unos 20 minutos más tarde llegó. Se quedó parada en el balcón saludando y contando algo, yo salí caminando muy sigilosa desde el interior de la casa y me paré de frente sin decir nada. Ella mientras hablaba, en un giro de cabeza me vio... Pego un grito y vino directo a abrazarme riéndose y llorosita.

-¡Ay no lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! Decía. Y ahí se puso a llorar porque mi esposo no pudo venir conmigo.

Comencé a repartir todos los regalitos que mi esposo le envió a mi familia. Mami dijo que fuéramos a comer fuera, que estaba muy nerviosa para cocinar. Nos fuimos todos, Mami, Papi, Yazira y David a sorprender a uno de mis grandes amores, Adriana Paola. Papi la tomó de la mano desde la salida del colegio  y sin dejar de contar sus novedades se montó en la guagua un poco sorprendida de ver que habían ido todos a buscarla, entonces yo pegué la cara a la ventanilla abierta y me miro con ojitos grandes, sonrisa incrédula, se puso nerviosa, no podía hablar y comenzó a reír de una manera tan chistosa, era como un ¡jijijijiji! ¡jijiji! que todos reímos con ella pero a carcajadas; esa noche se quedó a dormir en casa para estar con Titi.

También hicimos un “Mini family tour”… jajaja. Visité las casas de mis tías, sorprendiéndolas a todas. ¿Las reacciones? Casi de ataques cardiacos; gritando, abrazando, llamándose unas a otras, en fin, valió la alegría ese viaje tan largo e incómodo. Es agotador, el viaje de Bengasi a Vega Alta pero como le dije a mi esposo, es como recargar las baterías del alma. Y como dijo mi amigo Román; “Tú recargas tu alma y le acaricias la de ellos”.
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© Daritza Rodríguez-Arroyo, 2014. Todos los derechos de autor reservados.

martes, 7 de octubre de 2014

Mi primer Eid al-Fitr


 
El último día del Ramadán el sol se lució en Bengasi, como si también estuviese celebrando. El calor era insoportable, aun así como la intención era salir de compras, lo recomendable es cubrirse lo mejor posible, así se evita exponer la piel a las altas temperaturas veraniegas que suelen ser descomunales en el norte de África y también se protege uno del polvo rojo del desierto que cuando llega galopando los vientos a pesar de uno vestir “hijab” logra entrar hasta en los oídos.

Al salir de la casa, ya montados en el auto, un vecino salió al encuentro de mi esposo, quien se bajó rápidamente y fue a su encuentro, evitando así que el hombre llegara hasta nosotros. Le advirtió que de dirigirnos a la ciudad lo hiciéramos sin acercarnos al centro, pues cerca de hotel Tibesti, el más conocido en Bengasi, se estaba suscitando un enfrentamiento entre milicianos y lo más conveniente era evitar las rutas conducentes al área o no salir de casa.

Era el último día de Ramadán, en el que tras caer la noche y romperse el ayuno, ya se entra en el júbilo del Eid al-Fitr, donde se festeja el final de todas las abstinencias y sacrificios que con fe se han dedicado a Allah durante el mes, en muestra de obediencia y sumisión. La celebración dura tres días, los primeros del Shawwal, el décimo mes del calendario lunar islámico. Y como en las celebraciones más significativas de la comunidad musulmana, se viste la mejor ropa -si es posible se estrena- las mujeres hacen galas de sus joyas, se perfuman y maquillan, mientras que a los niños se les obsequian juguetes, ropa y dulces. Entre adultos también se regalan, por eso comparo estas celebraciones  con las fiestas navideñas que por tradición religiosa y en una fascinante diversidad cultural celebramos en los países occidentales. Es decir, era necesario ir de compras, era el día tradicionalmente destinado a ello.

Transitamos las principales avenidas, evitando el centro de Bengasi (área costera), tal y como recomendó el vecino, lo hicimos de boca abierta y rostros perplejos, era la primera vez que veíamos la ciudad tan desolada. Apenas unos cuantos autos en circulación y uno de los puentes elevados bloqueado por una barricada de costales de arena, junto a un auto que aparentemente había estallado en horas tempranas. Al entrar por una de las calles de mayor actividad económica, la “sharraa ashreen” (calle 20), mi esposo me comentó que usualmente el último día de Ramadán es  imposible transitar en auto, que se acostumbra aparcar y recorrer las tiendas formando parte de la gran estampida humana de consumidores que buscan las mejores ofertas, que ni siquiera durante la revolución vio detenerse la actividad económica de ese modo. Esta vez la población de Bengasi no fue indiferente a los enfrentamientos y a las detonaciones que para entonces ya llevaban más de treinta días de forma constante y sonante. Era más que evidente que imperaba el miedo y muchos, tal vez la mayoría estaban dispuestos a celebrar pero con precaución.

Decidimos visitar el mercado egipcio, que ubica justo al lado del “Bengasi Mall”, si no se da con lo que se busca o se necesita se cruza uno para el otro lado sin tener que mover el auto, sobre todo en los días en que a todos se les ocurre ir de compras después del almuerzo. Esto en un día común, pero aquel día ni se almorzaba, y por lo visto ni se iba de tiendas. El mercado estaba atestado de mercancía, Las “abayas” de fiestas más elegantes y de bisutería fina en primera fila, también los puestos de perfumes, maquillaje, todo para tatuarse de henna y una de las cosas que más disfruto al ir de compras a los mercados populares árabes; ver los cuencos desbordados en coloridas y fragantes especias. Es que se antoja echárselos por encima y celebrar cualquier cosa, lo que sea, como si fuesen confeti o escarcha salidos de una piñata.

Algunas mujeres caminaban en clanes, todas de negro vistiendo el tradicional “niqab”. Ellas lo observan todo y hay veces que parecen tocar a través de la mirada en esos incesantes revoloteos de pestañas. Otras van de “abaya” negra y “hijabs” coloridos cubriendo el cabello, las orejas, el cuello y el pecho, pero dejando sus rostros contentos libres. Contrario a las otras, estas evitan abusar de la mirada, son muy prácticas y precisas con esto de mirar, sobre todo en los mercados donde si no todos, la mayoría de los vendedores son hombres.

Algunos puestos estaban cerrados, mi esposo me dice que tal vez los vendedores han ido a la mezquita a rezar y no deben tardar en llegar, pero después de varios minutos recorriendo los estrechos y laberinticos pasillos de suelo accidentado me comentó que posiblemente muchos comerciantes habían preferido quedarse en casa. Era de entenderse y por lo mismo decidimos aligerar el paso para comprar los regalos de las sobrinas y hacer lo propio. No teníamos una idea clara de los obsequios que queríamos hacerle a las niñas, están todas en esa edad donde aunque todavía puedes encontrarlas  jugando con muñecas, ya les comienza a llamar más la atención todo lo que signifique “remoceo”; ya saben, carteras, joyas de fantasía, maquillajes para niñas… Bueno, árabes al fin, son muy de engalanarse con motivo de fiesta.

Según nos acercábamos a los pasillos donde ubican las jugueterías se podía escuchar algo de algarabía. Al doblar la esquina mi esposo siguió caminando pensando que iba tras de él, pero a pesar de verlo alejándose cada vez más, mezclado entre la multitud; no pude seguirlo, ni siquiera pude moverme. La impresión fue tan fuerte, que me sentí confundida, como si al doblar la esquina, se hubiese abierto una puerta a una dimensión desconocida. Perdí la noción de tiempo y espacio, ya no sabía dónde estaba, recordaba haber entrado al mercado egipcio, caminar en dirección a la juguetería como lo había hecho tantas veces, pero en ese momento ya no lo tenía tan claro, no estaba segura. ¡Por Dios! Eran cientos, miles de armas, de cualquier tipo, de todos los que puedan existir. Era un arsenal, que ni en películas había visto.

Sentía a la gente moviéndose a mi alrededor, se tropezaban conmigo, empujaban tratando de abrirse paso, yo estaba en el mismo medio de aquella abominable estampa donde un tropel de hombres y niños, probaban las armas con evidente experiencia y conocimiento del manejo que requieren. Mi esposo me haló del brazo, molesto porque cuando se había volteado para preguntarme algo no me había encontrado. Se regresó asustado tratando de encontrarme entre la multitud de hombres pensando lo peor. Esa fue una de las pocas veces en que he ignorado su enfado y las advertencias de no dejar saber que soy extranjera, por los secuestros y demás; sólo pregunté qué era todo eso, contestó que eran armas de juguete, replicas exacta por las cuales en Libia están dispuestos a pagar cualquier precio con tal de obsequiar la que más real luzca a los niños; irónicamente como obsequio al final del Ramadán.
 
¡Vámonos! Mi esposo accedió de inmediato, ninguno de los dos nos sentíamos cómodos con la situación en general, me preguntó si quería ir al “Mall” y le contesté que mejor nos regresábamos a la casa y le obsequiábamos dinero a las sobrinas, porque aparte de coquetas a todas les ha dado por ahorrar y les encanta recibir dinero para luego ir de tiendas con sus carteras y pagar ellas por los juguetes o lo que sea que se les antoje. De esa manera se han hecho de sus costureros y retazos de telas, se cosen bolsos  y monederos, también hacen alfileteros para pinchar los imperdibles o alfileres que usan cuando les da por jugar a que son grandes y visten “hijab”. Además compran bisutería y pasan horas confeccionando joyas que luego exhiben los días viernes cuando van de visita a la casa de los abuelos o cualquier otro familiar.
 
¡Taman! Dijo mi esposo en expresión de acuerdo, pues era una buena idea que nos permitía regresarnos de inmediato a la casa, pero ya de salida al ver un estante de bolsitas de regalos se me prendió el bombillo. Días antes había visto a Reem, una de las niñas sacando de su carterita un pedazo de algún espejo roto. Se lo quité de las manos y le advertí que nunca más debía jugar con ese tipo de cosas, la madre nos escuchó y llegó justo cuando yo tenía el pedazo de espejo en la mano. ¡Ufff! ¡Pobre de mi sobrina! Por eso se me ocurrió tomar de mis maletas, unos espejos compactos de esos que se llevan en las carteras, que los había comprado durante mi visita al mercado egipcio de Estambul. Eran unos espejos hermosos con labrados de diseños florales decorados con piedritas de colores. Imaginé la carita de Reem al abrirlo y mirar su hermoso rostro reflejado en él, imaginé a cada una de ellas, tan bellas y presumidas con esos ojos oscuros, almendrados enmarcados por espesas pestañas saltarinas y supe que entre el dinero y los espejos, la alegría de las niñas estaba más que asegurada y podíamos regresarnos a casa en paz.

Al día siguiente, en el primer día del Eid, tal y como se acostumbra, mi esposo y yo nos pusimos bonitos, felicitamos a los de la casa y nos fuimos de visita. Mi esposo repartió dinero entre sus padres y sus seis hermanas, las solteras y las casadas, aunque a Maha, la más pequeña se le había enviado desde hacía unos días, un paquete con su regalo y los regalos para los dos niños, pues viven en Sabha, una ciudad a doce horas de distancia en auto.

Después de visitar la casa de mi cuñada Hana y su esposo Abu Waleed nos dirigimos a la casa de mi cuñada Fatin y su esposo Husán, trayecto corto, pues la familia vive toda en un mismo barrio, en calles no muy distantes. Al llegar a la casa de Ftin, como de costumbre, mi esposo tocó el timbre y se identificó por el “intercom” mientras yo aún en el auto, esperaba autorización para bajarme; es la costumbre aquí en Libia, la mujer no se expone hasta que abran la puerta y del auto pueda desplazarse rápidamente hasta el interior de la vivienda.

Para nuestra sorpresa quien abrió la puerta fue un niño desconocido, como de unos diez años; juagaba descalzo, con pantalón a mitad de las pantorrillas y replica de un “AK-47” en mano. Antes de que pudiésemos reaccionar apareció Husán acompañado de un amigo, nos invitó a pasar. Como había un hombre ajeno a la familia, mi concuñado fue muy formal, se limitó a un “Aleikum Salam” sin darme la mano, ni gastarse alguna de las bromas de las que ya estamos acostumbrados a intercambiar cuando tenemos oportunidad de compartir. Es más, ni siquiera me miró y casi a coro mi esposo y él me pidieron que por favor entrara a la casa y me reuniera con las mujeres en el salón. El niño armado me fue escoltando y yo sin decir palabra porque aún no salía de mi asombro, pues en la familia de mi esposo no es normal regalar juguetes bélicos; ya si se trata de autos y aviones a control remoto, es otra cosa.

Después de quitarme las sandalias y colocarlas en la zapatera del recibidor, veo que el salón de mujeres está vacío y escucho voces en el salón familiar. Al acercarme veo varias mujeres, tres o cuatro, pero noto que están descubiertas, muy cómodas viendo la televisión y conversando, no conocía a ninguna de ellas. De hecho era la primera vez que coincidía en casa de alguna de mis cuñadas con visitas que no fuesen parte de la familia; al verme me invitaron a pasar. Fui saludándolas una por una entre los “Salam Aleikum”, “Aleikum Salam” y los besos, trataba de ubicar a mi cuñada o a alguna de mis sobrinas, pero las mujeres al parecer estaban retozando en el salón sin que la dueña de casa estuviese presente. Me senté y en vista de que el silencio era sepulcral decidí asomarme al cuarto de las niñas, a quienes encontré jugando de lo más divertidas junto a otras que intuí debían ser hermanas del niño armado. Nos abrazamos y mientras retomaban el juego de vestir a Barbie en la computadora una de ellas me dijo que mi cuñada se estaba bañando. Eso sí que me pareció raro, mi cuñada Fatin siempre está lista y de punta en blanco, igual que su casa, sobre todo si de recibir visitas se trata. De todas sus hermanas es la más refinada, la de más vida social y aunque al igual que su esposo se graduó de ingeniería civil, al casarse tomó la decisión de no trabajar y aunque las niñas ya van a la escuela a tiempo completo, prefiere quedarse en casa, le encanta cocinar, tiene arte para la repostería, las manualidades, las plantas y la decoración. Ella incluso, hizo los planos de su casa y debo reconocer que cada espacio fue funcionalmente pensado.

Me regresé al salón familiar y me senté junto a las mujeres dispuesta a sonreír durante los cruces de mirada y a fingir interés en algún programa de televisión. La mayor de las mujeres me preguntó si era palestina, le dije que no. Entonces una de las hijas me preguntó si era libia, contesté con otro no y entonces me di a la titánica tarea de explicar lo que soy, “soy puertorriqueña” dije y fue como dar cuerda, como apretar el botón y dar inicio a la ya acostumbrada conversación tipo entrevista. Mi cuñada tardó bastante, al punto de que ya las mujeres y yo parecíamos amigas de toda la vida. Hasta que apareció bonita, como es y con la bandeja de té, como dueña de casa. Ella habla un inglés menos que básico y no siempre estoy segura de que me entiende cuando le hablo, pero puso a las mujeres al día en lo que a mí respecta. Las mujeres sonreían y decían; ¡Mashaallah! ¡Mashaallah!

El niño armado entró al salón, traía un mensaje del padre, las mujeres saltaron de los cojines, se cubrieron a toda prisa, se dirigieron al salón de hombres que también estaba vacío y trajeron consigo bultos de ropa y bolsas con efectos personales, se despidieron, se abrazaron a mi cuñada mientras le expresaban  agradecimiento y le deseaban mil bendiciones. Cuando mi cuñada quedó finalmente a solas conmigo suspiró de espalda pegada a la puerta y extendiendo los brazos en señal de alivio. Del todo intrigada pregunté qué pasaba, que quiénes eran ellos. Y me explicó que el esposo de la mujer era un ingeniero palestino compañero de trabajo de mi concuñado, que los había llamado hacían dos días pidiendo refugio porque las milicias habían tomado terrenos baldíos aledaños al barrio donde viven y no tenían otro lugar donde refugiarse y garantizar la seguridad de su familia. Llevaban dos noches durmiendo en los salones de visita, ambos salones son alfombrados, con almohadones, cojines de suelo y acondicionador de aire. Los habían llamado para informarles que el peligro había pasado y podían volver a su casa. Para mis adentro: Y encima de todo le obsequian un arma a su hijo para que crezca creyendo que la guerra y matar es cosa de juego. ¡Ya Allah!

Casi de inmediato mi cuñada recibió una llamada, varias amigas y sus familias venían de camino, mujeres palestinas que casualmente conocí un día que andaba de pasadía con mi esposo en el “Stone Park” de Tocra y que resultaron ser amigas de mi cuñada. Fatin insistió para que nos quedáramos y yo pudiese compartir con las amigas, pero ya mi esposo había llamado a la familia Shehabi y a dos amigos en la ciudad de Bengasi para visitarlos y celebrar el Eid con ellos. Inconforme nos dejó ir pero nos hizo prometerle que regresaríamos en la noche a cenar con ellos, mi esposo contestó como todo musulmán… ¡Insha Allah! O sea, si Dios permite, expresión que en algunas ocasiones sirve para no comprometerse.

 

En el apartamento de los Shehabi estaban todos los nietos, todos guapos y engalanados. La madre de nuestro amigo Mohamaad siempre dulce, siempre amable, siempre buena. Hani se retiró al salón de hombres y yo quedé con las mujeres. Comimos, bebimos, conversamos y de repente entra el esposo, Yusuf, repartiendo dinero y dulces entre todos los nietos. Es un esposo, padre y abuelo excepcional, siempre alegre, siempre humilde, siempre disponible. Ellos son como mi segunda familia aquí en Libia, son palestinos que llegaron del Líbano hace muchos años y por las oportunidades de trabajo existente en aquel entonces decidieron quedarse, como lo hizo la familia de mi esposo después que se vieron forzados a abandonar Palestina y recorrer Jordania, Siria y Egipto, donde nació mi esposo.

De allí salimos en dirección a la casa de uno de los amigos de Hani, otro palestino, pero la calle estaba cerrada, una “jaima” fúnebre cortaba el paso y la cantidad de autos y gente conglomerada  era suficiente como para cambiar el orden de las visitas y llamar a Farej, un amigo sirio al que mi esposo no veía hacia muchísimo tiempo.

 

Farej nos esperaba frente a la entrada del edificio donde ubica el pequeño apartamento en el que vive con su esposa Reem y sus hijos, Waffa una preadolescente, Ahmad de unos nueve años y Kamal, el remolino viviente de tres años de edad, que nos ha robado el corazón  a mi esposo y a mí. Recuerdo que Farej me saludó dándome la mano pero evitando la mirada, él y Hani se abrazaron y se besaron como acostumbran hacer aquí los familiares y amigos cercanos. Cuando se abrió la puerta la primera en abrazarme fue Reem, con su carita redonda, blanca, alegre y luminosa, luego recibí un beso de Ahmad, también de Waffa con la misma descripción de la madre pero sin hijab y el chiquillo se refugiaba en las piernas de la madre, tímido y desconfiado.

Nos invitaron a pasar al salón familiar donde para mi sorpresa se sentaron todos. Farej y Hani no paraban de cotorrear como todos los amigos que se aprecian y que continúan la relación, la conversación y el cariño donde mismo lo dejaron la última vez que se vieron. Entonces Reem se dirigió a mí, me preguntó no sé qué cosa y yo de inmediato miré a mi esposo, quien le aclaró a todos que yo no hablaba árabe y que mi comprensión del idioma era prácticamente cero. Reem se sorprendió tanto como los niños, Farej me habló en inglés, pero Ahmad saltó fascinado del sofá , se acercó bastante, me miraba como si yo no fuese de este planeta y en árabe me preguntó que cómo era posible que yo no hablase árabe. Todos comenzaron a reír, a carcajadas y yo pedía traducción; de ahí en adelante les puedo decir, y ahora que lo estoy escribiendo me emociono muchísimo, les puedo decir que Frej, Reem y los niños, han sido AMIGOS con mayúsculas.
 
La familia entera se involucró en los asuntos de nuestra mudanza, desde transporte hasta limpieza y organización, en dos  meses y medio de amistad hemos cenado y almorzado en nuestros respectivos hogares muchas veces, hemos ido de playa, de pasadía y en estos momentos en que mi esposo no se encuentra en la ciudad por cuestiones de trabajo, nuestros amigos sirios se han encargado de mí como si fuesen familia. Con Reem y Waffa he ampliado mi vocabulario, puedo decir que en dos meses y medio he aprendido más árabe que en dieciséis meses que llevaba viviendo aquí en Libia antes de conocerlos. Los niños se refieren a nosotros como “amu Hani” y “meme Aziza”, o sea tío y tía, mientras que Farej y Reem nos tratan como hermanos. Estos seres llegaron a nuestras vidas en momentos muy difíciles, en los que perdí mi embarazo, en los que entendimos que debíamos mudarnos de la casa familiar, esto en medio de pleno conflicto armado, de una de las peores crisis en la industria petrolera del país que representó una interrupción seria en la actividad laboral y el salario de mi esposo y otras tantas cosas más.
 
En fin, que de muchas maneras Dios nos demuestra que nunca nos desampara, que no nos deja solos y que muchas veces lo hace de la manera más natural y menos esperada, así, a través de la familia, de los amigos o de gente que aparece y por afinidad uno da entrada sin sospechar lo mucho que pueden llegar a significar en nuestras vidas. Agradezco a Dios y a pesar de los pesares, me siento bendecida por contar con lo que realmente cuenta en esta vida, el amor. Pues he aprendido que la vida es toda amor y el amor es todo vida.
 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Estamos bien pero, ¿y la basura qué?






4to. Día: Desde anoche deje de sentirme como Macaulay Culkin en Home Alone; ya extraño mucho a Marido. Especialmente al momento de comer  o ver televisión en las noches. Me llama cada día, en las tardes, sabemos que estamos bien pero no es suficiente. Sé que le preocupa que es la primera vez que se va al desierto y yo quedo distante del círculo familiar, mientras que de mi parte es la preocupación de siempre, sobre la inseguridad y violencia que se vive en el país y de cómo eso suele afectar las instalaciones de petróleo y gas en el desierto. Esperemos que estos días se hagan cortos, mi esposo esté seguro concentrado en su trabajo y yo pueda mantenerme aquí con la mente ocupada.

Ayer se comunicaron Farej y su esposa Reem, los sirios. Querían saber si necesitaba algo y recordarme que Hani los había encargado en caso de que sucediera o yo necesitara cualquier cosa. En la noche Husán y mi cuñada Fatin también se comunicaron por los mismos motivos. Hasta ahora no necesito nada, todo marcha bien, pero mi única preocupación es el asunto de la basura. Cuando vivía en la casa familiar yo colocaba la bolsa de basura en el descanso de la escalera y una de las hermanas solteras de mi esposo, la que se encarga de todo lo relacionado al jardín subía sigilosamente y disponía de la misma quemándola en el exterior de la casa. Es la manera en la que se manejan los desperdicios aquí en Bengasi, pues desde la revolución el recogido de basura y todo lo relacionado con sanidad pública, mantenimiento y ornato han quedado un tanto a la deriva. Cuando los trabajadores de sanidad no reciben sus sueldos en el periodo de dos o tres meses se van al paro, o sea de huelga, como corresponde. Entonces quienes no viven en áreas rurales con posibilidad de hacer hogueras para manejar los desperdicios, se ven obligados a improvisar vertederos en las avenidas principales o en terrenos baldíos circundantes a los barrios o en dirección a las afueras de la cuidad.

Cuando le pregunté a mi esposo cómo hacer con el asunto de la basura se llevó las manos a la cabeza. Me dijo que le pediría a Fatin y a Husán que viniesen cada dos días a recogerla, pero le pedí que no lo hiciera, pues ellos viven en el mismo barrio que el resto de la familia, a unos veinte o treinta minutos en las afueras de Bengasi y además ella está embarazada en condición de alto riesgo; tienen dos niñas hermosas e inteligentes, pero andan buscando el varón y los últimos tres intentos se han malogrado. ¡Dios sabe más! Esperemos que esta vez podamos celebrar la llegada de un nuevo sobrino.  

En fin, que la orden de mi esposo fue no salir sola y no abrir la puerta o hablar con nadie que no sea parte de la familia o los amigos más cercanos como Farej y su esposa y cualquier miembro de la familia Shehabi. Decidimos que colocaría la basura en bolsas dobles y evitando líquidos dentro de ellas, en el balconcito que da al “mini salón”. Si me visita alguien de los autorizados aprovecho y como un asunto casual le pido que se lleven las bolsas, lo contrario es esperar a que mi esposo regrese.

He pensado en la posibilidad de cubrirme bien y caminar hasta la avenida que esta apenas doblando la esquina, como hace mi esposo cada noche; sólo a dejar la basura y regresarme sin hablar o mirar a nadie, lo haría de día, pero me preocupa que algo imprevisto suceda, las cosas se salgan de mi control y suceda algún infortunio. Además mi esposo es amoroso, pero como todo ser humano cuando se enoja con razón, hay que dejarle el canto. Así que ni lo intento. Siempre le reclamo a mi esposo, “Mira, hay mujeres solas en las tiendas, caminando por la calle” y me dice, “Claro, mujeres mayores, vestidas con niqab y que no son extranjeras. Cualquier cosa que pase tienen un esposo libio y el respaldo y protección de toda una familia libia”. Después de escuchar eso recapacito, no estoy aquí para cambiar la idiosincrasia libia, nuestra estadía aquí es temporal, y mi esposo, que tampoco es libio, siempre prioriza la seguridad y tiene razón. Aun así me he imaginado saliendo de tiendas sola vestida en “niqab”, sin hablar y mirando sin ser vista tras las telas oscuras, así como me miraba la “Munacabat” del autobús en el aeropuerto de Estambul. Pero tranquilos, sólo sucede en mi imaginación, no voy a salir sola y mucho menos en ausencia de mi esposo.

Aquí les comparto fotos que lastimosamente evidencian la ausencia de conciencia ambiental de los habitantes de Bengasi, siendo este en mi opinión, uno de los problemas más grandes que enfrenta esta ciudad después del asunto de seguridad y violencia.  


Avenidas principales de la ciudad de Bengasi a 3 semanas de la huelga de los empleados de sanidad.

 
Complejo Juliana y alrededores de la ciudad de Bengasi.

 * Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©.

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miércoles, 24 de septiembre de 2014

¡Abla! ¡Abla!

       
La niña en el balcón. -María José Pozo Cantador en www.artelista.com


08:09 p. m.: Estuve sin dormir unas 25 horas, suele suceder cuando Marido viaja. Me quedé dormida como a eso de las 3.00 p.m. y desperté a las 5:00 p.m. porque sentí calor; corte de electricidad. Me puse a dibujar, pero el interior del apar...tamento ya estaba medio oscuro así que abrí las celosías, las puertas y las ventanas para que el aire y la luz entraran filtrados por las cortinas que evitan ser vista desde otros edificios. Noté que los balcones estaban mugrientos por el inevitable polvo rojizo que llega del Sáhara en forma de siroco y cubre todo lo que quede a la intemperie. Pues ya que andaba desocupada y sin Internet me envolví en todos los paños que hay que envolverse y me puse a lavar los dos balcones a cubetazos y escoba.

Había dos jóvenes en la azotea del edificio de enfrente, otros dos en un balcón y un hombre en la entrada. Todas las ventanas y puertas estaban abiertas y las cortinas danzaban contestas al compás del ligero viento fresco que se comienza a sentir en el norte de África a mediados de septiembre. Esta vez fue diferente, no me incomodaron tanto las miradas, quizás porque ya sabía a lo que iba o porque estos jóvenes parecían estar muy metidos en sus conversaciones. Hice lo propio, enfocarme también en lo mío y cuando estaba lavando el balcón de mi dormitorio escuché una vocecita suave y dulce a cualquier oído. ¡Abla! ¡Abla! *Palabra del idioma turco adoptada por los árabes y que equivale a decir ¡Señora! en idioma español.

Al voltearme allí estaba ella, intentando iniciar conversación de vecinas desde el balcón del edificio aledaño. Tendría unos tres años de edad, con carita de manzana silvestre, ojos oscuros de muñeca, la piel como la nata y el cabello también oscuro y ondulado. Intentó decirme algo mientras sus manitas regorditas se aferraban a las rejas. No me atreví a hablar para no llamar la atención de alguno de los padres. Sólo le dije casi susurrando de reja a reja; ¡Helwa! Que quiere decir "linda" o "dulce". Seguí limpiando y ella extravió la mirada en algún punto no definido para mis ojos a través de la calle.

En la esquina un tanto retirado, había un grupo de hombres jóvenes y escuché cuando entre ellos en forma de broma se preguntaban unos a otros, "How are you? How are you?" Sí, en inglés. Quiero pensar que fue pura coincidencia. Terminé con el lavado de los balcones, quise decirle adiós a mi chulería de vecina pero de seguro ya estaba entretenida viendo la tele, debió esfumarse cuando los postes de la calle y las ventanas de todos los edificios se encendieron de forma sincronizada, dándonos la sorpresa y llenándonos de júbilo al avisarnos que había llegado la luz, como cuando se encienden las velitas sobre un pastel de cumpleaños y todos sonreímos aplaudiendo como foquitas . Ahora con los balcones limpios, ventanas y puertas herméticamente cerradas y unidad de aire en 18º, sólo me resta desearles a todos…

Tesbah ala al-khair (تصبح على الخير). Buenas noches!!!


* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©. 

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martes, 23 de septiembre de 2014

Encuentro cercano del cuarto tipo: Clasificación "G"



*Encuentro cercano del cuarto tipo: Clasificación “G” es la segunda parte de una serie de dos relatos, titulada “Encuentros cercanos” de la cual “Encuentros cercanos del tercer tipo” es la primera parte. Visitar el enlace para leer la primera parte de este relato: http://losrelatosdeaziza.blogspot.com/2014/09/encuentro-cercano-del-tercer-tipo.HTML
 

El ufólogo estadounidense, Ted Bloecher propuso dividir los encuentros cercanos del tercer tipo de la escala original propuesta por el ufólogo Hynek en siete subtipos específicos, en los cuales el “G”  se refiere al secuestro o "abducción" (abduction).

De esta manera un “encuentro cercano del cuarto tipo con clasificación “G” responde al acto en el cual uno o más seres extraterrestres toman a un ser vivo terrestre contra su voluntad, lo secuestran y lo llevan a algún sitio determinado, generalmente a su propia nave espacial.”

Referencia: http://es.wikipedia.org/wiki/Wikipedia:Portada Nota: La mayoría de la información consultada en Internet son fragmentos de la información disponible en “Wikipedia: la enciclopedia de contenido libre que todos pueden editar.” Por tanto la veracidad de la misma debe ser verificada por quienes estén interesados en el tema de los “Encuentros cercanos” y su sistema de clasificación.

 

Aún no me recuperaba de la impresión del tendido de ropa, de hecho, seguía vestida de “abaya” y con el “hijab” puesto cuando el timbre sonó. Durante doce días el único que había tocado a la puerta había sido mi esposo, pues en ocasión de salir y yo quedar sola en casa, acostumbra dejar una llave dentro de la cerradura desde el interior para asegurarse que nadie pueda manipularla desde afuera. Fui directamente a la habitación donde se encontraba y le pregunté si esperaba a alguien. Sin levantar la vista del mueble que estaba ensamblando  me contestó que no. El timbre continuaba sonando insistentemente y en lo que mi esposo se puso en pie para vestir su “jalabiyah”, se me ocurrió adelantarme para llegar al recibidor y echar un vistazo por la mirilla de la puerta. *”jalabiya” es una túnica larga, vestimenta tradicional para hombres en muchos países de oriente. Alcance a ver que eran mujeres, dos rostros desconocidos. Entonces a toda prisa me regresé a la habitación para decirle a mi esposo que quienes tocaban a la puerta eran dos mujeres desconocidas.

-         En ese caso abre y atiéndelas. Me dijo despreocupado mientras se quitaba la “Jalabiya” que ya vestía.

-         Pero es que no las conozco. ¿Cómo les voy a abrir? Protesté.  

-         Son mujeres. ¡Atiéndelas! Dijo del todo despreocupado mientras se disponía a continuar con el ensamblaje.

-         ¿Atiéndelas? ¿Se te olvida que no hablo árabe? Además, ¿cómo viene gente sin ser invitada, sin saber si uno los puede atender? ¡Esto es lo último! Cantaleteaba  yo mientras recorría el pasillo resignada a recibir a dos extrañas  y rogando que alguna de ellas hablase inglés. El timbre no había parado de sonar y ahora parecía que el dedo de una de ellas se había quedado pegado. Justo cuando pasaba frente al espejo del mueble del pasillo escuché a mi esposo que me voceaba desde la habitación;

-         ¡Cúbrete!

Sin detener el paso me miré al espejo  y pensé en voz alta para que Marido escuchara; ¿Acaso se puede estar más cubierta? En aquel momento recordé a las “Munacabát” envueltas en su “niqab” negro elevándose como cometas al aire. También recordé las mujeres de Afganistán en sus “burkas” azules levantando el polvo de las calles de Kabul a cada paso. Entonces sin proponérmelo me vi consolada en lo que para algunas puede significar una desdicha; me reproché a mí misma mientras aligeraba el paso.

De camino al recibidor y al son del timbre, que para colmo tiene como único sonido uno que imita el frenético trinar de un canario, cerré la puerta que conduce al pasillo central y a las áreas más íntimas del apartamento. Atravesé el salón familiar que en nuestro caso y por falta de espacio también hace de salón para mujeres, cerré la cortina de acordeón que lo separa del salón comedor y de lo que será el “mini salón” para hombres e hice lo propio con la puerta que quedó a mi espalda. De esa manera quedé encapsulada en el pequeño pasillo que sirve de recibidor y conecta la entrada a los dos salones. Aguanté el paso y en lugar de moverme decidida, me desplacé lentamente hasta que irremediablemente quedé frente a la puerta principal; del otro lado las dos mujeres. Volví a observarlas por la mirilla, cuchicheaban, se veían graciosas como la gente que se mira en las paredes de la casa de los espejos que colocan en las ferias. Ya saben, rostros y siluetas deformes, quería seguir observándolas así desde el clandestinaje -al parecer le he cogido el gusto a lo de “ver sin ser visto”- pero una de ellas volvió a tocar el timbre devolviéndome de inmediato a mi realidad; enfrentaba un dilema que por más insignificante que pareciera, lo cierto era que había sido capaz de robarme la paz. Estuve a punto de persignarme y abrir la puerta pero en lugar de ello, corrí a la habitación nuevamente.

-         Esto no va a funcionar. Si ellas no hablan inglés como quiera tendrás que salir y atenderlas tú, que eres el único que habla árabe en esta casa. Argumenté con firmeza en un último intento por convencer a mi esposo.

-         Aziza, son mujeres. Alegó mi esposo ya algo incómodo. -No es correcto que estando la mujer de la casa, el hombre sea quien reciba a mujeres desconocidas. Yo debo permanecer en la habitación mientras dure la visita. Concluyó, mientras el sonido del timbre ya lo ocupaba todo.

 

Una vez más recorrí el pasillo, atravesé los salones abriendo y cerrando puertas, me ajusté el hijab, coloqué la mano sobre la perilla  y cuando la giré hacia la derecha apenas abrí lo suficiente como para asomar mi rostro de manera discreta.

 

Era una mujer que aparentaba estar en el ocaso de sus cuatro décadas acompañada de una adolescente. La joven sonreía fresco y espontaneo, contrario a la que presumí era su madre, ésta lo hacía  sin poder disimular la incomodidad de la espera y supongo que con calambre en el jodido dedo índice que de milagro no se le quebró tocando el timbre. Imagino mi sonrisa, tan o más incómoda que la de la madre. Me hubiese gustado observar el momento desde un plano superior captando las tres sonrisas del encuentro. Nuestras sonrisas debieron surgir por combustión espontánea al cruce de miradas; las de ellas han quedado grabadas en mi memoria, pero a su vez, ellas poseen la única imagen de mi mirada, y ese chispazo que hace que los labios se extiendan figurando o desfigurando el rostro con algo que lo mismo puede ser una sonrisa espontanea como una mueca de vaga pretensión a sonrisa. Cualquiera que sea el caso lo realmente maravilloso es que ambas situaciones comunican. Son reacciones espontaneas, imágenes únicas e irrepetibles porque quedan registradas en los archivos personales, algunas veces secretos, de nuestras memorias. Es realmente fascinante el cosmos de la comunicación no verbal y de los archivos de la memoria humana.

 

-¡Salam aleikum! Dije a la vez que asomaba el rostro.

-¡Aleikum Salam! Contestaron ellas a la vez que la mujer empujaba la puerta para abrirse paso, mientras que yo en total reserva trataba de evitarlo.

 

En inglés les pregunté quiénes eran,  que cómo podía ayudarlas, mientras continuaba empujaba discretamente la puerta tratando de evitar que las mujeres entraran al apartamento sin antes identificarse. En medio del pulseo me pareció escuchar que la joven intentaba comunicarse en inglés, mientras la madre no paraba de hablar en árabe, con una cara notablemente desencajada, empujando cada vez más fuerte la puerta y decidida a entrar. Mi desconcierto era evidente y la joven estaba desesperada, nerviosa, intentaba en vano darme una explicación, contestar mis preguntas. Fue un momento muy confuso, comencé a gritarle a mi esposo para que me socorriera, mientras seguía intentando evitar que las mujeres entraran al apartamento. ¡Cosa de locos!

Entonces escuché que mi esposo hablaba en árabe tras la puerta del pasillo que da a la cocina, mientras la mujer le contestaba en voz alta ya con medio cuerpo dentro y yo aún en actitud de resistencia, presionando con todo mi cuerpo para que las invasoras no ganasen más terreno. La conversación a distancia entre mi esposo y la mujer duró muy poco, sin verse las caras. Me mantuve a la espera de alguna orden, pero para mi mayor desconcierto escuché los pasos de mi esposo que se alejaban en dirección contraria a la zona de conflicto, o sea, de vuelta a su habitación, de retirada. Por algún motivo baje la guardia, mientras la mujer al verme desprotegida, abandonada a mi suerte en el campo de batalla envistió la puerta con toda su fuerza ordenándole a la joven que no se quedara parada en la puerta, que entrara. Sí, que entrara. La mujer ni corta, ni perezosa con cara de victoriosa encendió la luz del recibidor, se quitó los zapatos y colocó su “abaya” en el perchero que está junto a la zapatera; lo mismo que hago yo al llegar a casa. Mientras se ponía cómoda, seguía hablando y la niña tenía la cara colorada, me miraba, balbuceaba un inglés que yo no entendía y se desesperaba por no poder explicarme lo que sucedía. Juro que nunca antes el dicho de “Como Juan por su casa” tuvo tanta validez como ese bendito día.

De alguna manera ellas quedaron delante y yo detrás, debí estar en una especie de “shock” para que en medio del “vodevil” en el que inesperadamente me vi atrapada resultara que la mujer era la que me hacia señas desde la puerta del salón principal para que yo entrara. ¡Ja! Reaccioné de inmediato, la rebasé, me atravesé de frente aferrada al marco de la puerta, con los brazos extendidos en forma de barricada humana y actitud de “por aquí no pasan” o “sobre mi cadáver”.

La mujer contorsionó el rostro, se desfiguro, volteo los ojos de una manera que ni siquiera Linda Blair en el Exorcista pudo hacerlo mejor. Estaba molesta, hastiada de la situación. ¿Si así se sentía ella, cómo podía estar sintiéndome yo? Les decía que no podían pasar sin decirme quienes eran, qué querían. La mujer le reclamaba a la niña y la niña finalmente pudo decir;

-we live here.

- You live here? How is that? I live here. Le dije yo.

Les volví a pedir de favor que no entraran, que iba por mi esposo, que esperaran en el recibidor. Cerré la puerta del salón principal dejándolas prisioneras en la capsula que se forma al cerrar la puerta principal, la del pasillo y la del salón y corrí a la habitación; necesitaba que mi esposo me explicara lo que estaba ocurriendo.

Tranquilos, no se trataba de una primera esposa e hija que hasta entonces mi esposo árabe-musulmán había mantenido oculta… ¡No sean morbosos! Eran Fariha y Munira, la dueña del apartamento y su hija, o sea, era la arrendadora. Mientras mi esposo me explicaba que cuando se acercó a la puerta del pasillo sin dejarse ver, ella se identificó y él le indicó que entrara (olvidando configurar los subtítulos de la conversación en inglés para los que no entendemos árabe), yo sólo recordaba los tres días que pasé limpiando la mugre del baño y la cocina, junto con el juego de mapo y escoba que había tenido que botar porque de volverlos a usar en lugar de limpiar, ensuciarían. Quedé de una pieza. Y disculpen la expresión  pero es necesaria; ¡Carajo! ¿Por qué no avisar si tienen nuestro teléfono? ¿Por qué entrar así como si se tratase de un asalto o un secuestro? Y todavía a mi esposo se le ocurre contestarme;

-Porque es su casa. Mientras se ponía de nuevo la “jalabiyah”

-¿Su casa? Su propiedad sí, pero su casa no porque tenemos un contrato y pagamos renta. ¡Falta de respeto! Si necesitan algo tienen que llamar, avisar que vienen, decir a qué vienen y si estamos disponibles entonces se reciben”.

-Helloooo Aziza! You are in Libya. Hazlas entrar al salón pequeño, cierra la cortina de acordeón que yo les hablo desde el otro lado. Propuso mi esposo mientras ambos salíamos de la habitación en dirección al calabozo donde yo las mantenía detenidas y neutralizadas.

Cuando llegamos al pasillo fuimos sorprendidos por una emboscada, madre e hija se encontraban cómodamente sentadas en el salón familiar, el que queda de frente al pasillo y a la cocina. De inmediato mi esposo volteó el rostro y saludó con mucho respeto pero sin mirarlas a la cara. Mi esposo tradujo durante los primeros cinco minutos de la conversación, pero tras aclarado el “mal entendido” y yo disculparme por no haberles permitido la entrada e incluso dejarlas encerradas en el pasillo, mi esposo les pregunto si querían café, yo propuse jugo y ellas aceptaron el ofrecimiento del jugo; después de tamaño espectáculo para lo menos que estaba yo era para estar sirviendo bebidas calientes. Mucho menos el café que se prepara aquí y al que sin importar la marcan llaman Nescafé, que instantáneo y mezclado con azúcar se bate a mano hasta conseguir a fuerza de mollero y muñeca una crema espesa con color y sabor a caramelo, para luego batir la leche a fin de que el invitado lo saboree, caliente, dulce, cremoso y espumoso. ¡Que beban jugo!

Bueno en resumen, porque de sólo recordar el incidente  se me sube la presión. La conversación se dio entre mi esposo y ella; la mujer de lo más parlanchina y deleitada, mi esposo evitando la mirada como mandan las buenas costumbres de todo árabe-musulmán. ¿Qué hacía yo? Pues parada sobre los cojines, sonriendo, guardando las apariencias ante las miradas escudriñadoras de la joven que estaba evidentemente fascinada con la mujer que el padre les había dicho que era extranjera, que no hablaba árabe y que por fin tenía frente a sí. Y ante la madre de ésta, que bien pudo habernos entregado unos cuestionarios y darse por servida. Estos son los momentos en que de alguna manera agradezco no comprender, ni hablar árabe a fin de evitar desgracias.

A continuación la lista de preguntas y comentarios:

·        ¿Ella no habla nada de árabe?

·        ¿De dónde es? *Fue la primera vez que mi esposo contesto que de Puerto Rico y no de América en referencia a Estados Unidos. Luego le pregunté a qué se debía y me contestó que era para evitar verme en un vídeo por “YouTube” donde me estuviesen degollando. ¡Quedé bruta!

·        ¿Cómo se llama?

·        ¿Cómo se conocieron?

·        ¿Por qué no una palestina o una libia? *Mi esposo contestó “Maktub”. ¡Destino! Y digo yo acá entre nos; ¿Y por qué no una extranjera?

·        ¿Sabe cocinar? ¿Te hace comidas árabes?

·        ¡Mashallah! Nos recibió vestida con abaya y hijab. *mashallah se puede utilizar en expresión de admiración.

·        ¿Cuánto tiempo piensan vivir el apartamento?

·        Mi esposo no consultó conmigo el asunto de la renta. $600.00 LDN es muy poco, yo tenía proyectado unos $700.00 LDN y cinco meses por adelantado en lugar de cuatro porque el apartamento es mío.

·        ¿Ustedes tienen carro? ¿Han tenido problemas de estacionamiento? Porque yo tengo carro (la mayoría de las mujeres en Libia no manejan) y siempre estacioné justo frente a la entrada del edificio. *Mi esposo dice que sólo quería enterarnos que ella contrario a la mayoría tiene auto y maneja.

·        Estoy muy molesta con mi hija, se supone ella pudiese sostener una conversación con su esposa porque para eso se le paga un colegio privado donde estudia inglés. *La niña con su carita aun roja, sonriendo pasmada, avergonzada.

·        Caminando hacia la cocina; -¡Masha Allah! Tu esposa es una mujer muy limpia. ¡Muy limpia! * ¡Claro! Para algunos la limpieza mínima y básica puede resultar sorprendente y admirable. Recordé aquello de “Marmol por fuera, ceniza por dentro”.

·        A pesar de ser americana tiene cara de libia. *Sonreí prefiriendo mirar a Munira la niña.

·        Caminando hacia el baño; “El baño necesita mantenimiento, es necesario instalar todo nuevo, pero me imagino que si ustedes hicieron un contrato de sólo cinco meses no van a entrar en esos gastos, aun así deberían instalar un extractor de aire en la cocina. *Agraciadamente mi esposo es un hombre educado y respetuoso, conoce el arte de callar y yo no hablo árabe y no se me tradujo al momento. ¡Dios sabe más!

·        Durante 16 años mi familia y yo fuimos muy felices en este apartamento, lo cuidamos mucho, nos ha dado sentimiento tener que dejarlo en manos de otras personas, espero que ustedes también sean muy felices en él y lo cuiden, necesita que se invierta dinero en él, reparaciones, remodelar y ese tipo de cosas simples. *¿Cosas simples? ¿Lo cuidaron mucho? Y espera que lo que no hicieron ellos en dieciséis años lo hagamos nosotros, los arrendatario por cinco meses. ¡Tremendooo!

·        ¿Ella tiene estudios universitarios?

·        ¿A qué se dedicaba en su país? *A mi esposo le pareció conveniente decir Recursos Humanos y Hotelería en lugar de Inspectora de Casinos y terapista de Reiki, mientras me miraba rogándome que no solicitara traducción, que no interviniera, que él se encargaba.

·        ¿Sabe manejar? ¿Tenía auto en su país?

·        ¿Qué dice su familia de que viva aquí en Libia?

·        ¿Es musulmana? *Está pregunta en sociedad es capaz de desfigurarle la cara a mi esposo quien siempre traga hondo y contesta, “estamos en el proceso”.

·        Es una pena que como esposo no la hayas enseñado árabe en todo este tiempo.

·        ¿Piensan tener hijos?

·        Bueno, ya es tarde. Voy a visitar a todas mis vecinas del edificio (son tres) pero olvidé decirles que vine a llevarme las cortinas y el mueble del pasillo. ¿Puedes desmontar las cortinas?

Cuando mi esposo escuchó lo de las cortinas y el mueble olvidó las buenas costumbres y la miró sobrecogido por la incredulidad. También me miró a mí que no tenía idea de lo que sucedía. Hasta entonces ella había interrogado a mi esposo sin que yo interrumpiese solicitando traducción a pesar de la evidente incomodidad de mi esposo. Pero cuando advertí la cara de “¿En serio?” de mi marido ante el requerimiento de las “benditas cortinas”, le pregunté qué pasaba. Con temor a mis reacciones caribeñas, me informó lo de las cortinas y el mueble en tono de “por favor mantén la calma, no pasa nada”. A mí el asunto me pareció una soberana cabronada, tomando en cuenta que la renta se fijó con muebles incluidos, de los cuales les pedimos se llevaran todos los que estaban rotos, mugrientos, muy usados y con olor a gente. Aun así opté por sonreír. Bueno, esbocé una mueca con pretensión de sonrisa que seguramente me desfiguro el rostro y envió un mensaje claro de incomodidad y disgusto. Entonces tras pronunciar un despechado “taman!” tomé una bolsa plástica, me dirigí al mueble del pasillo y me dispuse a vaciar las gavetas y colocar nuestras pertenencias en la bolsa. *Taman es una palabra turca que equivale al “Ok!” y ha sido adoptada por los árabes. Cuando la jovencita me vio vaciando las gavetas murmuró con evidente compasión; “La, la, la!” *”la” significa “no” en idioma árabe. Le susurró algo a la madre. Estaba sonrojada, se notaba extremadamente avergonzada y hasta conmovida. Entonces le dijo a la madre algo relacionado a las cortinas y el salón árabe -que mandamos a hacer y aún no han entregado-. La madre pareció tener un momento de reflexión, me miró y le indicó a mi esposo que sólo le diera el mueble del pasillo y la cortina frontal del juego que cubre la puerta que comunica el salón pequeño con el balcón.  Respiré profundo pues los muebles para el salón árabe se ordenaron de acuerdo a los colores de las cortinas que estaban en el apartamento al momento de la mudanza. Munira y yo nos miramos y volvimos a sonreír de forma chispeante pero sin muecas. Fueron sonrisas de complicidad reconociendo una alianza momentánea por la cual se entendía que en la “batalla de los muebles y las cortinas” no se había perdido todo. Mi esposo desmontó las cortinas, yo las doblé y las acomodé en una bolsa plástica. Fariha, la madre, no dejaba de elogiar lo atenta, limpia y ordenada que según ella, soy. Se despidieron con una invitación al aire para un almuerzo o cena cuando terminaran de organizar su nueva casa.

Mientras la madre dirigía a mi esposo en el proceso de transportar el mueble al área del vestíbulo del primer piso, la niña me pidió mi correo electrónico y mi número de teléfono. Me comentó que su maestra de inglés es pakistaní y que le contaría sobre mí, que la disculpara por ponerse nerviosa y no poder hablar bien el inglés. Le dije que en ese caso ella también debía disculparme a mí, por estar en su país y no saber hablar su idioma, que también me había puesto nerviosa y que tampoco habló bien el inglés porque no es mi primer idioma. Me preguntó cuál era mi idioma y le dije que yo hablaba español. Abrió los ojos maravillada y me preguntó si yo era de España. Le aclaré que soy de Puerto Rico, y como no sabía quién era Ricky Martin le expliqué que es un país latinoamericano ubicado en el Caribe. Como tenía mi “Tablet” encendida y justo enfrente, busqué un mapa de América y le mostré la ubicación de mi patria, Puerto Rico. La madre la llamaba desde la puerta, nos despedimos sonriendo, con cuatro bezos y un abrazo. Munira caminó doblando el pedazo de papel donde llevaba mis datos y así con el rayo de luz que penetraba desde el área de las escaleras vi desaparecer a las dos mujeres, satisfechas en su curiosidad en dirección a satisfacer la de los habitantes de los tres planetas circundantes al nuestro, en el universo de este viejo edificio de Bengasi donde ahora vivimos. Desaparecieron como teletransportadas, dejándome con esa sensación  de quien ha sido víctima de un “encuentro cercano del cuarto tipo”. De alguna manera mi esposo que es tan reservado se sentía igual.

 

Y mientras conversábamos sobre el traumático incidente timbró mi celular…

Una amiga palestina: -¡Hola Aziza! Ya llevas dos semanas de mudada y no me has invitado a visitarte.

Yo: ¡Hola! Si justamente estaba por…

Amiga palestina: ¿Cuánto pagan de renta? ¿Compraron muebles?

Yo: Pues…

Amiga palestina: ¡Espera! Me está entrando otra llamada.

(Espero mientras miro a mi esposo en total perplejidad)

Amiga palestina: ¡Aziza!

Yo: ¡Sí! Te escucho.

Amiga palestina: Deja preguntarle al complicado de mi esposo cuándo podemos ir a visitarlos. Te dejo que me están llamando de nuevo. ¡Bye Aziza!

 

Fue un día largo, de encuentros cercanos de todo tipo, de “abaya y hijab” dentro de la casa, en fin, de “choques culturales”. De este lado, como en el nuestro,  también existen los mitos, el rechazo y desconocimiento pero igualmente la curiosidad y fascinación que despiertan los extranjeros y todo lo que sea ajeno a la cultura propia. Mi esposo dice que la incautación de las cortinas fue sólo el pretexto para conocer a “la extranjera” y tener tema de conversación nuevo con las vecinas mientras toman el té  y comen semillas de calabaza y girasol.

Mi esposo salió a buscar una de sus hermanas al trabajo para llevarla a la casa de sus padres, yo me quité los paños con intención de ponerme cómoda y relajarme un poco. El timbre sonó nuevamente, agotada y aterrada caminé en puntillas hacia la entrada, escuché voces jóvenes, golpeaban la puerta y tocaban el timbre. Apagué la luz del pasillo y me arrastré de espalda pegada a la pared hasta llegar a la puerta. Sigilosamente me acerqué a la mirilla y vi como Munira y un grupo de amigas, al no ser atendidas, se alejaban subiendo las escaleras en dirección al tercer piso. Alhamdilillah!!! *¡Gracias a Dios!

 

Esa noche antes de dormir, mi esposo describió la visita como infortunada para los efectos de nuestra seguridad. Yo, aún estaba muy impresionada  porque desde la tendida de ropa en el balcón, hasta el último timbrar de la puerta me había sentido observada, escudriñada, investigada, invadida y hasta secuestrada.

¡Habibty, eres toda una atracción! Dijo mi esposo en forma de broma mientras se sonreía y me acariciaba la cabeza para que me durmiera y descansara.

Sonreí con cariño pero cerré los ojos con la incómoda sensación del mal sabor que dejan los sucesos no definidos, además tampoco se siente lindo que te vean como una atracción.

Tender la ropa en el balcón, saludar e invitar a pasar a dos mujeres que tocan a tu puerta queriendo conocerte, atender la llamada de una amiga que quiere visitarte, niños tocando a la puerta porque tienen curiosidad; la vida es simple cuando se quiere, pero hay personas que no saben vivirla si no es de forma intensa y, para bien o mal, yo soy una de ellas.
 
* Daritza Rodríguez-Arroyo, Todos los derechos reservados de autor / copyright©. 

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