martes, 2 de diciembre de 2014

Mis vecinas: La de la puerta de enfrente

“Prepara algún postre, toca la puerta de tu vecina más cercana, preséntate. Es bueno poder contar con alguien cercano, sobre todo ahora que viven algo distante de la familia, y tu esposo tendrá que irse a trabajar al desierto. Así no te sentirás tan sola.”

-Me aconsejó una amiga cubana radicada en otro punto de África.

 


Me pareció buena idea pero sabía que mi esposo tendría reparos. Desde mi llegada a Libia me había advertido que los libios eran algo reacios a tratar con extranjeros, que en lo posible evitara hablar cuando estuviésemos en lugares públicos, o por lo menos lo hiciera en voz baja –entre nosotros hablamos en inglés- pues por la similitud en rasgos físicos, mientras no abro la boca todos piensan que soy libia. Lo importante es no llamar la atención, decía. Con el tiempo y debido a varios incidentes menores me di cuenta que el pasar desapercibida era un asunto de seguridad.

Con esto de la guerra las principales vías de acceso a la ciudad  y a los barrios permanecen clausuradas, para mantener el control de quienes entran y salen se han ubicado muchísimos puestos de cotejo y aunque no detienen autos donde viajen mujeres, el proceso de cateo por parte de los soldados hace que el trayecto a cualquier parte se duplique o triplique en tiempo, sobre todo si se quiere salir de la ciudad, pues actualmente hay una sola entrada y salida.

Con esto en mente y pensando que, de mi esposo tener que irse al desierto, no sería tan sencillo que alguien de su familia se acercase a Bengasi, le consulté sobre la posibilidad de presentarme con la vecina de la puerta de enfrente y su familia.  Como temía, mi esposo no estuvo de acuerdo e hizo referencia a las palabras del soldado que se dirigió a los vecinos palestinos el día que nuestra calle amaneció custodiada. El soldado había advertido que los extranjeros serían tratados como simpatizantes de las milicias. También me recordó que en Libia no era bien visto el que una mujer viviera sola y que por mi propia seguridad era mejor no exponerse.

-¿Y realmente crees que a casi tres meses de estar viviendo aquí nadie sabe que soy extranjera? Pregunté.

-Tienes un punto. El día que la dueña del apartamento vino, visitó el resto del edificio al salir de aquí, incluso la vi entrar al edificio de enfrente. Seguramente les contó a todos sobre ti. Dijo mi esposo.

Era viernes y se nos había hecho tarde para visitar la familia, ahora con los combates en plena ciudad se sale a lo necesario y es peligroso manejar en las noches, así que de salir y dar las 5:30 p.m. –hora en que comienza a oscurecer en invierno- es preferible quedarnos a dormir en casa de alguna cuñada antes de arriesgarnos a manejar de regreso a casa. Como una de mis sobrinas me había pedido un flan, me di a la tarea de hornear dos flanes, uno para la sobrina y otro para la vecina de la puerta de enfrente. Los entregaría al día siguiente, antes de irnos para Al-Kuwayfiya, así no tendría que aceptar la invitación de entrar y conversar viéndome obligada –quizás- a contestar preguntas que seguramente tendrían el objetivo de saber más sobre mí.

Aunque mi esposo no estaba de acuerdo me acompañó a tocar la puerta. Le sugerí que lo hiciéramos con paquetes y bultos en mano, evidenciando que íbamos de salida y con prisa, sería una manera elegante de evadir la conversación extensa. Así se hizo. La puerta la abrió un joven adolescente y mi esposo lo saludó, solicitándole luego la presencia de la madre. Esperamos pacientemente varios minutos, mi esposo haciendo malabares con los paquetes en mano y yo sosteniendo el flan un poco nerviosa.

Cuando se abrió la puerta, apareció mi vecina y al unísono con mi “Salam Aleikum” se escuchó el ensordecedor sonido del motor de la bomba de agua del edificio. Ella permaneció de medio cuerpo cercana a la puerta en el pasillo oscuro, evitando ser vista por mi esposo; apenas pude leerle los labios cuando contestó el saludo. Yo sonreí, ella lo hizo tímidamente. En inglés le dije que era la vecina de enfrente, que disculpara que no me presentara antes… la noté nerviosa. Con tanto ruido no sabía si mi vecina no me escuchaba o no me entendía. Me voltee para solicitar ayuda de mi esposo, que permanecía sosteniendo todos los paquetes, le recordé que se supone estaba allí para traducir y lo hizo, pero de medio lado evitando mirar para el interior del apartamento, mejor dicho, evitando ver a la vecina. Era yo, que estaba a su lado y casi no lo escuchaba cuando hablaba.

Mi vecina le pidió al hijo que fuera por su hermana y todos esperamos a que la joven se cubriera y llegara. La vecina que evidentemente no estaba cómoda con la situación en su puerta, trataba de no exponerse ante mi esposo, mientras mi esposo -a punto de soltar los paquetes- permanecía  de medio lado para no incomodar a la ya incomoda vecina. ¿Y yo? Con el flan aún en la mano. ¡Me sostenía!

Finalmente asomó la cara la hija, adolescente también, bonita, de piel tersa y cejas finas pero abundantes. Me saludó en inglés. Expliqué que quería entregarles un postre y que aunque andábamos de salida estaba a la orden en la puerta de enfrente. La madre le pidió que nos hiciera pasar, mientras yo –finalmente- entregaba el flan. Mi esposo, sin mirarlas, explicó que teníamos prisa pero que con mucho gusto en una próxima ocasión yo las visitaría. La joven sonrió y dio las gracias, su madre también agradeció pero lo hizo con reserva. Mi cuñada me comentó que la costumbre es regresar la bandeja con algún postre, en señal de agradecimiento y cortesía.

 

Pasaron varios días...

 

Una amiga cubana residente en otro punto de África, me dijo;

“Bueno. Ya diste el primer paso... Ahora a esperar la reacción de ellos. Si son libios y no quieren relaciones con extranjeros se "harán los locos"  y a lo mejor vigilan que estés de vuelta para devolverte el plato con un dulce, a través del hijo. Pero si son de mente más abierta vendrá la mujer con su hija. Yo me inclino por la segunda opción, pero esperaran a que estés sola. Es que la curiosidad de saber sobre ti va a poder más que cualquier barrera, a no ser que su esposo sea un extremista y se lo prohíba expresamente. Ahora sólo queda esperar pero, me alegro que hayas dado el paso porque si salen gente hospitalaria te servirá para sentirte acompañada aunque sólo los veas una vez a la semana.”
 
Pasaron varios días...

 


-En mala hora serví el flan en la bandeja grande. Ahora la necesito y no la tengo. Le comentó a mi esposo.

-Ve y pídesela. Responde él.

-¡Ay no! Esa bandeja es barata y aunque no lo fuera es de mal gusto pedírsela. Concluí el tema.

 

Pasaron varios días...

 

 
Le comenté a mi amiga en Argelia;

“Mi esposo me dijo lo mismo que tú. “Ahora de seguro te visitara junto a su hija, o te enviará la bandeja de vuelta con algún dulce árabe”. Ya es viernes y no ha pasado nada. Mi esposo quería pedirles la bandeja y le dije; "Ni te atrevas" Era una bandeja barata, que se la queden, no quiero hacerlos sentir mal.  Ya te contaré.

 
Mi amiga contestó;

“Tienes razón. La bandeja sólo se pide a la familia y cuando hay mucha confianza”.

 

Entonces le digo;

“¡Claro! Mi esposo dice que es de mala educación no devolverla aunque sea vacía. Y me dijo que no les enviara nada más.

 

Mi amiga tratando de animarme me comenta;

“No te preocupes. Aunque se demoren te la devuelven y nunca vacía. Lo que pasa es que ahora ella tiene que inventar qué mandarte. Vacía sólo la devuelve la familia o cuando ya son  muy amigas".

 

Pasaron varios días...

 

Mi cuñada me preguntó, ¿Son libios? Olvídate de la bandeja.

Mi amiga cubana dijo; “Es cierto, no debes pedirla, se le pide la bandeja a los familiares y con los que se tiene mucha confianza. En fin, olvídate de la bandeja.

 

Pasaron varios días...

 

Dos semanas más tarde, la noche antes de que mi esposo partiera al desierto salió de emergencia a comprar unas mangas para instalar el calentador de agua nuevo, porque el que habían dejado los arrendatarios del apartamento había explotado. Según salió mi esposo sonó el timbre. Fui a la puerta pensando que era él, que con la prisa había olvidado las llaves. No me ocupé de asomarme por la mirilla, abrí la puerta y allí estaba el menor de los hijos de mi vecina, bandeja en mano y sobre la bandeja dos croissants de envoltura comercial. Decía en la etiqueta que estaban rellenos de crema de avellanas. El niño nunca me miró a la cara, yo igual sonreí limitándome al “Shukran” –Gracias-.

Cuando mi esposo regresó, le digo de lo más contentita; “¡Shufi habibi! -“shufi significa “mira” y “habibi” significa “mi amor” dicho de una mujer a un hombre- La vecina envió la bandeja con dos croissants. Pensé que nunca lo haría”. Mi esposo contestó; ¡Good! Y sin hacerme mucho caso se dio a la tarea de instalar las mangas del calentador de agua del baño.

 

Ya luego, mientras veíamos televisión, retomé el tema. Le comenté que si la vecina había devuelto la bandeja, tal vez me visitaría más adelante, junto a su hija; tal y como había dicho mi amiga. Que el hecho de devolver la bandeja ya era favorable y que…

 

-Habibty (significa “mi amor” dicho de un hombre a una mujer), fui yo quien le pidió la bandeja al niño cuando me lo tropecé con sus amigos en la escalera.

 

Han pasado muchos días…


 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El hombre que mira desde el balcón de enfrente


 


Pensaba que quien gritaba, golpeaba las cubiertas de aluminio de las vitrinas de tiendas y almacenes, y quebraba los cristales de los autos en las noches era Mustafá el guapetón de barrio, pero ése no se ha escuchado más. Me cuenta mi esposo que lo ha visto en una que otra ocasión, aun así coincidimos en que desde el incidente aquel con el ejército, el hombre se mantiene como decimos en Puerto Rico, “tranquilo, quieto”.

La última vez que mi esposo estuvo por el desierto, fueron varias las noches que desperté azorada al escuchar lo que parecía un hombre atacado en tos. Otras veces sonaba más a fuertes episodios de vómitos y pensé que se trataba de algún anciano enfermo en uno de los apartamentos del edificio de enfrente. Quizás postrado en cama, agonizando víctima de alguna enfermedad. Entonces le pedía a Dios que tuviese misericordia de su familia y de él; luego volvía a buscar el sueño a pesar de saber que en un par de horas se escucharía el “adhan” –el llamado a la oración-.

La noche antes del regreso de mi esposo a casa fue la peor. Alguien merodeaba la calle, gritando, peleando, riendo, llorando. Golpeaba las puertas de hierro de las entradas de los edificios y quebraba cristales de los autos estacionados a lo largo de la calle. Pensé que se trataba de algún borracho, porque el hecho de que el consumo de bebidas alcohólicas esté prohibido en un país islámico, no significa que no se consigan, bien sea por tráfico o producción casera. ¡Haram!

El hombre aparentaba estar en total frenesí, incansable, duró toda la noche y cuando todo parecía estar en calma se escuchaba un sonido plano, sólido y repetitivo, como si golpeara una superficie cualquiera envuelto en una especie de transe. Se escuchaba muy cerca, demasiado. Quería abrir la ventana, asomarme, terminar con la incertidumbre, tranquilizarme, volver a acostarme, pero no me atreví. Cuando apoyé los dedos contra la celosía de la ventana que da para la esquina del cuarto, supe que incluso coquetear con la idea de asomar un ojo por uno de los minúsculos huecos sería muy arriesgado.

¿Y si resulta que en ese mismo momento su instinto le advierte que está siendo observado y su mirada atina al único hueco ocupado entre todos los minúsculos huecos de la celosía que tocan mis manos? Entonces tal vez sea capaz de saltar y de un sólo salto lograr asomar sus ojos por el mismo hueco desde donde lo observan los míos desde un segundo piso. ¡Me muero!

Desistí de la idea. Fui directo a la cocina, me armé del cuchillo de filetear carnes y lo coloqué al alcance de mi mano, entre la mesita de noche y la cama. En caso de que le dé por encaramarse por las rejas e intentar entrar a la casa, yo no lo pensaría dos veces. ¡No! Eso pensé, que ya constituía por sí mismo haberlo pensado una vez, así que la próxima sería cuestión de actuar.  

Así pasé la noche, “en vela” porque el susodicho alternaba los episodios de histeria y vandalismo con los del trance en percusión y a juzgar por la fidelidad con la que llegaba el sonido, no me quedaron dudas, lo hacía apostado frente al edificio donde vivo, bajo mi ventana. Como era de esperarse no logré conciliar el sueño. Una vez escuchado el “adhan” el hombre pareció calmarse, entonces la alterada era yo, tomé café, me recogí el cabello en un moño bobo y me puse a ordenar un poco, me gusta recibir a Marido con la casa impecable, menú de celebración y yo, con la piel suave y perfumada.

El día que el ejército se llevó a Mustafá, mi esposo y yo, como el resto de los vecinos, estábamos “shufiando” –mirando- por la ventana. En el edificio de enfrente habían hombres menos discretos que “shufiaban” desde los balcones y me llamó la atención uno en específico; delgado, de tez clara, todo desaliñado y con una barba espesa, de esas que comienzan a canear. Vestía una camisilla percudida que alguna vez fue blanca y fumaba mientras observaba con seriedad la tragicomedia de Mustafá.

-¿Ese hombre vive en el apartamento de los cristales quebrados? Pregunté a mi esposo.

-No creo. Ese apartamento tiene pinta de abandonado y él tal vez es uno de los residentes de los apartamentos que dan para la otra calle y usa ese como mirador. Contestó mi esposo mientras me retiraba de la discreta rendija entre la celosía y el marco de la ventana por el cual solemos “shufiar” el palpitar de nuestra siempre conmocionada calle en este popular barrio de Bengasi.

Hace un par de noches, en horas de la madrugada saltamos de la cama, no se debió a los estadillos que se escuchan cada noche proveniente desde las áreas de combate; a esos –lamentablemente- nuestros oídos se han acostumbrado y ya son incapaces de interrumpirnos el sueño. Nuevamente había alguien en la calle, rompiendo cristales, golpeando las puertas, dispuesto -una noche más- a alterar la paz de los vecinos, a robarnos el sueño.

-Debe ser un borracho, algún drogadicto. Comentó mi esposo mientras se colocaba una de las almohadas sobre la cabeza. Yo intenté “shufiar” por los huecos de la celosía de la puerta de nuestro cuarto, la que da al balconcito, pero no pude ver nada. Me regresé a la cama.

-Sólo procura tener cuidado, si alguna vez, cuando los combates en Bengasi terminen, llegas muy tarde de transportar a tu hermana del trabajo a su casa, no sea que te lo encuentres. Nunca se sabe. Le advertí a mi esposo que ya roncaba.

Ayer justo cuando regresábamos del supermercado, mientras estacionábamos la guagua –así le llamamos a las camionetas en Puerto Rico- el hombre desaliñado que mira desde el balcón del apartamento abandonado apareció  de repente frente a nuestro auto, como si hubiese saltado y caído sobre nuestro bonete. Nos asustamos, porque mi esposo estaba concentrado en la tarea de estacionar en un espacio que parecía reducido para el largo de nuestro auto y yo como siempre, estaba hablando.

El hombre vestía una chaqueta de lana en color negro, con las aletas del cuello elevadas, parecía un vampiro. Esta vez pude mirarlo de cerca, aunque a través del cristal. Ha de estar llegando a los 50 años de edad, tal vez su piel pálida, su barba espesa, canosa y desaliñada lo haga lucir mayor.

-¿Qué te dijo? Pregunté a mi esposo casi tartamudeando.

-Preguntó si tengo cigarrillos y le contesté que no fumo. Me explicó.

-Creo que ese hombre vive en el apartamento abandonado, estoy segura que es el mismo que siempre mira desde el balcón. ¿Viste como saltó y calló sobre nosotros? Le comenté a mi esposo.

-¿Cómo que saltó? Preguntó confundido.

-¿No lo viste? Es un vampiro. Dije yo, en tono muy firme.

Mi esposo me miró con un gesto de incredulidad que ofendía, su cara entera era una mueca propia de quien no sabe si reírse o tomarlo en serio. Pero como yo le sostuve la mirada dejándole saber que estaba hablando muy en serio, respiró profundo de forma dramática -me refiero a cuando se respira profundo y en el mismo acto se cierran los ojos-. Para cuando los abrió yo todavía estaba mirándolo esperando una reacción concreta, más allá de las evasivas muecas y suspiros. Entonces me explicó que se había topado con él un par de veces  y que sí, que vivía en el apartamento abandonado del edificio de enfrente, pero que lejos de ser un vampiro, al parecer se trataba de un enfermo mental.

Bajamos la compra, preparé el almuerzo, la tarde ya andaba de despedida y los últimos rayos del sol se colaban por los huequitos de las celosías de toda la casa pintando de destellos naranja las paredes de nuestra morada. Me sentí profundamente triste, a pesar de estar segura de que el hombre que mira desde el balcón tiene la capacidad de saltar largas distancias, y de que es el mismo que nos roba la paz y el sueño cada noche, lo habíamos confundido con cualquier alcohólico o drogadicto, cuando en realidad se trata de un enfermo mental. Y no es que no se deba sentir compasión por las condiciones antes mencionadas, pero las enfermedades mentales no son consecuencias de una decisión y en mi opinión es poco o ninguno el control que el paciente puede tener al respecto.

Siempre he sentido una inquietante lástima por los pacientes mentales, leer historias o ver películas que traten el tema suele arrastrarme a días de profundas reflexiones. Esta vez no fue diferente, pasé toda la tarde y parte de la noche pensándolo a él, al hombre que mira desde el balcón de enfrente. ¿Cómo perdió su paz? ¿Quién le robo el sueño? ¿En qué momento se perdió a sí mismo? Me aturdí en imaginaciones y pensamientos, en esa tarea loable pero desquiciante de tratar de entenderlo todo, de encontrar respuestas y explicaciones que sabemos tal vez no existan y tengan pocas posibilidades –o ninguna- de llegar a nosotros.

Fue imposible no recordarla a ella. Era el verano de 1990, yo tenía 17 años de edad y decidí viajar a la República Dominicana como misionera laica con la organización católica Obras Misionales Pontificias (OMP). La religiosa, Sor Beatriz Barry me llevó, junto a otra amiga misionera también puertorriqueña a un hospital psiquiátrico en la ciudad de Santo Domingo. Junto al hospital infantil Robert Raid Cabral –“El Angelita”- y la “Posada El buen samaritano” era uno de los lugares donde podíamos fungir como colaboradoras mientras estuviésemos de misioneras en el hermano país. Ese día cuando nos informaron que iríamos de visita a un hospital psiquiátrico me sentí algo nerviosa pero no podía negarme, además era una oportunidad para vivir la experiencia y confrontar mis emociones. ¿Es sólo compasión o hay algún tipo de temor, fobia o trauma relacionada a la locura? Era el momento de abrir uno de esos tantos baúles que permanecen cerrados en los rincones más oscuros y distantes de nuestra conciencia.

Al llegar al recinto, las religiosas nos condujeron hasta la sala comunal de los pacientes, una estancia amplia, bien ventilada e iluminada de forma natural. A simple vista los pacientes eran ancianos en su mayoría; muchos de ellos evidentemente medicados. Las religiosas nos hablaban sobre las tareas diarias de ellas, el personal médico y los colaboradores voluntarios, y por supuesto, sobre la rutina e itinerario de los pacientes.

Algunos ni se dieron por enterados que tenían visita, mientras otros no vacilaron en acercarse y tratar de interactuar con nosotros. Ella irrumpió en el grupo en total histeria, vino directo a mí, decidida a atacarme. Gritaba desesperada, les decía a todos que yo era un espía del demonio y que el lente de la cámara fotográfica que colgaba de mi cuello era el ojo de Satanás que observaba desde el infierno; que me habían enviado para espiarla y que ahora Satanás sabía donde se encontraba y no tardaría en venir por ella, en llevársela. ¡Vaya momento! No recuerdo nada más, ni siquiera cómo terminó el asunto, pero demás está decir que me decidí por trabajar en el hospital infantil, pero ésta además de ser una historia muy larga, es harina de otro costal, así que volvamos a mi actualidad; el hombre que mira desde el balcón de enfrente, Bengasi, 18 de noviembre de 2014.

Había terminado de ver el capítulo pendiente de la novela “Avenida Brasil” doblada al inglés británico, la pasan por el canal “Dubai One” a las 6:00 p.m. hora de Libia, ya luego mi esposo me recordó que esa misma noche en otro canal pasarían la película británica “The Best Exotic Marigold Hotel”; una película fascinante que ya había visto en unas de esas salidas de “cine y cena” entre amigas, que tanto extraño en el teatro “Fine Arts” en Puerto Rico. La quería ver de nuevo, pero ahora en compañía de mi esposo que prepara un “pop corn” casero con poco aceite y bajo en sal que es para chuparse los dedos. Ya luego le tocó el turno a los noticieros que informan sobre los últimos acontecimientos de la Operación Dignidad –Al Karama-como han llamado al conflicto actual en Libia.

Desde lejos llegaba el sonido de las detonaciones del fuego cruzado entre el barrio de Al-Sabri y Al-Salmani oeste, por otro lado, mi esposo acostumbra dormir con el televisor encendido, así que aún sin silencio estamos acostumbrados a quedarnos dormidos. Pero esa noche, también se escucharon carcajadas; fuertes, incesantes, espeluznantes. Quedé sentada en la cama.

No había pasado mucho tiempo cuando comenzaron los gritos, era realmente aterrador lo que se escuchaba; sin ojos, sentada en mi cama pude sentir el descomunal sufrimiento que transmitía aquel atormentado hombre a sólo pasos de distancia, al cruzar la calle, en el edificio de enfrente, a sólo una mirada.

¿Cuántos vecinos estarán como yo, sentados en sus camas, con los canales abiertos, en plena transmisión de dolor? ¿Cuántos habrán cubierto sus cabezas con la más mullida de las almohadas para, bien sea por acostumbrados o indiferentes, poder seguir durmiendo?

Salí corriendo hacia el salón principal, me arrodillé sobre los cojines al pie de la ventana y asomé la mirada por el primer hueco que acerté a la altura de los balcones en el segundo piso. Había alguna luz encendida y podía ver el interior porque sus ventanas están al descubierto, sin celosías, sin cristales, acrílicos o cortinas, en el interior no estaba. Seguía escuchando gritos, así que me asomé por los huecos más bajos, los que permiten visibilidad hacia la entrada de los edificios de enfrente. ¡Santo Dios! ¡Lo encontré! Si la puerta está abierta, como era el caso, se tiene una vista directa al pequeño espacio que hace de vestíbulo y los escalones que dan al primer piso. Y allí estaba él, “el hombre que mira desde el balcón de enfrente”, parado en la escalera, vestido de “jalabiya” marrón oscura, iluminado por la bombilla desnuda y tintineante que se columpia mientras irradia esa luz amarilla que tanto deprime los espacios. Allí estaba con las manos llevadas a la cabeza, como presionándola, o sosteniéndola con temor de perderla o decidido a arrancársela. No lo sé.

 

Yo miraba fija, decidida a no moverme de allí hasta que él, hiciera una cosa o la otra. ¿Y si su instinto le advierte que está siendo observado y atina súbitamente a enfocar su mirada a través de los huecos por donde justo lo observo? ¡No! Eso no va a pasar y tampoco va a llegar saltando como si fuese un vampiro. ¡Vamos! Es un pobre hombre que… ¡Saltó! Saltó alto, gritando aterrado y desesperado. Cayó de pies, medio encorvado en el reducido espacio entre el último o primer escalón –dependiendo de las emociones y circunstancia de todos los que transiten las escaleras- y la puerta de entrada.

Mis ojos debieron permanecer abiertos, inmensos, magnetizados. El hombre temblaba, pero rehusaba a moverse, tal vez no podía, o no lo dejaban. Permanecía inerte sus manos esta vez parecían presionar sus rodillas, para no desplomarse, o tal vez para quebrarlas y caer para siempre. No lo sé.

Cuando comencé a sentir calambres en las piernas, me cuestioné cuánto tiempo habíamos permanecido ambos de cuerpo inerte, de espíritu acelerado, en puntos paralelos tan lejos o tan cerca como puedan resultar unos 30 pies de distancia aproximada. ¿Tres, cinco o diez minutos? Tampoco lo sé.

¿Qué se supone que hiciera? ¿Regresarme a la cama y dormir la noche arropada por la indiferencia como hace el resto noche tras noche? ¡No! No podía, pero tampoco había manera de solicitar algún tipo de ayuda profesional para estos casos, aquí no existen. Lo miraba tan quieto, asustado, tan indefenso. Cómo me hubiese gustado saltar desde mi ventana y llegar hasta él. Sí, claro que lo abrazaría. Si no fuéramos desconocidos, si en el fondo no lo viese como un peligro o una amenaza como se le ve a los “locos”, si el no fuese un hombre y yo una mujer, si no viviéramos en Libia -un país de cultura árabe y religión musulmana- si no fuera de noche, en plena madrugada. ¡Que muchas limitaciones creamos los humanos! Construimos muros inmensos para que luego se nos vaya la vida tratando de derrumbarlos en nombre de la justicia, la paz, el amor y la libertad. ¡Somos tan complicados!

Continuábamos allí, a 30 pies de distancia, él en su lucha y yo sintiéndome tan inútil y frustrada. Entonces pensé que sólo hay una manera de llegar a él, de poderlo abrazar; irradiando energía, siendo más espíritu y menos carne.


Sin despegar la vista respiré profundo, visualicé que el cuerpo de “el hombre que mira desde el balcón de enfrente” estaba envuelto por una luz radiante y poderosa que desde lo alto atravesaba la estructura del edificio y llegaba hasta él, entrando por la coronilla, recorriendo y envolviendo su cuerpo en forma de espiral. Visualice que según los rayos de luz lo envolvían las cadenas que antes lo ataban se quebraban y caían al suelo. A su lado una legión de ángeles con alas inmensas esperaba para defenderlo y protegerlo, mientras a unos pasos cientos de espíritus amparadores, estaban presentes en forma de brillantes lucecitas, para asistirlo y sostenerlo.


“Dios, no desampares el espíritu de este hombre que encarnado aquí y ahora sufre atormentado, bien sea por una enfermedad mental, alguna adicción  o por espíritus obsesores que lo mantienen prisionero en la locura. Su sufrimiento es desgarrador y así ha vivido durante no sé cuanto tiempo, pero esta noche y en este momento necesita ayuda. Solicito la intervención de ángeles y la presencia de sus seres amparadores para que lo resguarden.” Entonces me visualicé saltando hasta la entrada del edificio, llegando hasta él y abrazándolo como sólo los espíritus se abrazan. Transmitiéndole mis mejores deseos de bienestar y armonía, compartiendo mi fe, mi esperanza. ¡Claro que me saltaron las lágrimas! “El hombre que mira desde el balcón de enfrente” se enderezó, soltó el ruedo de la jalabiya que mantenía sostenido a nivel de las rodillas, cerró la puerta del edificio, y subió las escaleras.

Me regresé a la cama cerré los ojos sin pensar en nada, me quedé dormida, tan profundo que ni siquiera escuché el “adhan”. Serían las 8:00 a.m. cuando mi esposo y yo despertamos azorados. Una voz que parecía venir del balcón del edificio de enfrente gritaba jubilosa; ¡Alahu Akbar! ¡Haiyu arab! ¡Alahu Akbar! Que traducido al español significa; ¡Dios es grande! ¡Alábenlo! ¡Dios es grande! Siguió cantando  a todo pulmón una canción de alabanza. Me dio alegría, una alegría inmensa, no pudo haber mejor manera de comenzar mi día.

-Qué raro que no has salido corriendo a la ventana para verlo cantar. Comentó mi esposo.

-¿Por qué dices eso? Pregunté sospechando la respuesta.

-Porque anoche no dormiste por estar pegada a la ventana. ¿Crees que no me di cuenta? Contestó mientras me abrazaba.

 

No fue necesario ir hasta la ventana, escuchar el júbilo en sus alabanzas era suficiente para recibir el abrazo de mi esposo y volver a dormir el resto de la mañana.

Aunque no quiera debo ser realista, mientras he escrito este relato ha caído la noche, los niños aún juegan en la calle y se observan hombres fumando y conversando en los balcones y en las entradas de los edificios. “El hombre que mira desde el balcón de enfrente” ha comenzado a gritar nuevamente, hoy se queja como si estuviese en el suelo revolviéndose de dolor. Mi esposo ha ido a visitar un amigo en el mismo edificio, de seguro hallará oportunidad para preguntar sobre su situación y otros personajes de la calle.

No dudo que esta misma noche o cualquiera de las que nos queden por delante, el hombre volverá a librar intensas batallas consigo mismo o con los seres oscuros que lo atormentan  y lo lanzan a la calle, donde en busca de auxilio grita, rompe, llora y ríe a carcajadas; alterándonos la paz, robándonos el sueño haciéndonos reflexionar sobre la fragilidad y las tantas limitaciones de nuestra condición humana. Aun así, he hecho el firme compromiso de acompañarle en sus recaídas, a distancia y sin juzgarlo, abrazándole como sólo los espíritus se abrazan.
 

 

 

lunes, 20 de octubre de 2014

2000 Seguidores En Facebook

Alhamdulillah!!! Hoy celebramos los 2000 seguidores de "Los Relatos de Aziza" en Facebook. Woohoo!!! ¡GRACIAS a todos por hacer de este espacio suyo! ¡Bendiciones! #losrelatosdeaziza Para poder acceder a estados diarios, fotos, vídeos, anécdotas y relatos que no se publican aquí en Blogger, sígueme en Facebook. Visita el siguiente enlace y dar "Like": https://www.facebook.com/losrelatosdeaziza
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jueves, 9 de octubre de 2014

10 de octubre de 2013


Un día como hoy hace un año: Puerto Rico y la gente que más amo

 


Un día como hoy, hace 12 meses estaba de visita sorpresa en Puerto Rico, abrazando a mis padres y hermanas, repartiendo regalos y comiendo dulces turcos y árabes en el balcón del campo, allá en Fátima, mi barrio, en mi querido pueblo de Vega Alta. Sorprendí a mi sobrina Adriana a la salida del colegio, se emocionó tanto que ni siquiera pudo emitir palabra. Visité  a mis tías casa por casa, como si fuera un asalto navideño, una parranda; y ellas gritando de la emoción, junto con las primas. Recuerdo las llamadas de los amigos y amigotas para organizar las salidas y los encuentros; apenas habían pasado seis meses desde aquel 24 de abril en que me despedí en llanto, pero con el corazón palpitando fuerte anhelando el encuentro con mi amado.

Un día como hoy lo único que importaba era abrazar largo y apretado, besar muchas veces y grabar en el recuerdo todos esos rostros felices que son parte de mi historia. ¡Qué fuerte es tener el corazón lleno de amor pero partido en dos!

Aquí en Libia tengo a mi amado, a mi compañero de vida, a mi esposo, quien me ha demostrado lo que es amar con verdadero compromiso y entrega. Allá en Puerto Rico están los padres y las hermanas que en la mayor muestra de amor incondicional me respaldaron en mi decisión desde el primer momento, a pesar de lo que ello implicaba para sus corazones de padres, de familia. Mami Santa y Papi Edwin, tuvieron la madurez emocional para hacer mi felicidad la suya. Esta historia comenzó hace tres años y a pesar de la distancia y gracias a la tecnología mis padres, miembros de mi familia y círculo de amistades, le han abierto los brazos a mi esposo y lo esperan con ilusión; han visto que su hija, su hermana, su sobrina, su prima y su amiga está lejos pero feliz, junto a la persona que ama.

El día que me tocó volver a partir, volver a despedirme y renovar la promesa de regresar algún día, mi madre se sentó a escribirle una carta a mi esposo pidiéndome que por favor se la tradujera. Mi madre había observado que a pesar de estar feliz compartiendo con todos ellos, ya extrañaba demasiado a Habibi y estaba ansiosa por regresar a su lado. Después de pasar unos días en Estambul, regrese a Bengasi un 26 de noviembre. Mi esposo abrió el sobre y me entregó la postal para que le tradujera, según leía y traducía a mi esposo se le humedecían los ojitos y a mí se me hacía un nudo en la garganta, fue imposible el no llorar con los sentimientos de mi madre hechos palabras. ¡Somos bendecidos!


Relato del 10 de octubre de 2013 en mi perfil personal: Vega Alta, Puerto Rico

Para que todos entiendan el asunto del césped. Solo mi hermana Yazira sabía que yo vendría, para mis padres sería una sorpresa. Bajé del carro de mi amiga Rose y vi a mi Papá bajando las escaleras y como vestía el “hijab” cubriendo el cabello, pensé que Papi me reconocería. ¿Qué otra persona podría llegar a casa vestida así? No fue así.

Le digo en voz alta, ¡Salam Aleikum! Y contesta en tono de broma,

-¡Aleikum Salam! y me están pisando el césped. Refiriéndose al carro de Rose.

Quedé sorprendida por su frialdad y Rose se puso nerviosa y se montó en el carro para estacionarlo fuera de la grama. El ni siquiera se movió y tanto mis hermanas, Yazira, Glenda y mi “primo-vecino-como hermano” David se quedaron tan sorprendidos como yo de la reacción tan fría y seca de mi padre. Entonces pensé, bueno Dari cada persona reacciona diferente, sólo ve y abrázalo. Pero me sentí mal porque mi Papa es bien expresivo y cariñoso con todos nosotros, es un meloso de grandes ligas. Caminé hacia él y a una distancia de unos 4 pasos mi padre abrió los ojos grande, grande y la expresión de su cara se fue transformando en un gesto de incredulidad y una emoción de esas que no puedes controlar. Él quería sonreír, pero comenzó a temblar y decía:

-¡Ay Dios mío! Pero mira quien está aquí.  ¡Es mi hija, mi hija!

Se me echó encima abrazándome todo tembloroso y llorando con su carita toda colorada. Realmente fue emocionante, muy emotivo. Mami no estaba en casa, me cambie de ropa y unos 20 minutos más tarde llegó. Se quedó parada en el balcón saludando y contando algo, yo salí caminando muy sigilosa desde el interior de la casa y me paré de frente sin decir nada. Ella mientras hablaba, en un giro de cabeza me vio... Pego un grito y vino directo a abrazarme riéndose y llorosita.

-¡Ay no lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! Decía. Y ahí se puso a llorar porque mi esposo no pudo venir conmigo.

Comencé a repartir todos los regalitos que mi esposo le envió a mi familia. Mami dijo que fuéramos a comer fuera, que estaba muy nerviosa para cocinar. Nos fuimos todos, Mami, Papi, Yazira y David a sorprender a uno de mis grandes amores, Adriana Paola. Papi la tomó de la mano desde la salida del colegio  y sin dejar de contar sus novedades se montó en la guagua un poco sorprendida de ver que habían ido todos a buscarla, entonces yo pegué la cara a la ventanilla abierta y me miro con ojitos grandes, sonrisa incrédula, se puso nerviosa, no podía hablar y comenzó a reír de una manera tan chistosa, era como un ¡jijijijiji! ¡jijiji! que todos reímos con ella pero a carcajadas; esa noche se quedó a dormir en casa para estar con Titi.

También hicimos un “Mini family tour”… jajaja. Visité las casas de mis tías, sorprendiéndolas a todas. ¿Las reacciones? Casi de ataques cardiacos; gritando, abrazando, llamándose unas a otras, en fin, valió la alegría ese viaje tan largo e incómodo. Es agotador, el viaje de Bengasi a Vega Alta pero como le dije a mi esposo, es como recargar las baterías del alma. Y como dijo mi amigo Román; “Tú recargas tu alma y le acaricias la de ellos”.
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© Daritza Rodríguez-Arroyo, 2014. Todos los derechos de autor reservados.

martes, 7 de octubre de 2014

Mi primer Eid al-Fitr


 
El último día del Ramadán el sol se lució en Bengasi, como si también estuviese celebrando. El calor era insoportable, aun así como la intención era salir de compras, lo recomendable es cubrirse lo mejor posible, así se evita exponer la piel a las altas temperaturas veraniegas que suelen ser descomunales en el norte de África y también se protege uno del polvo rojo del desierto que cuando llega galopando los vientos a pesar de uno vestir “hijab” logra entrar hasta en los oídos.

Al salir de la casa, ya montados en el auto, un vecino salió al encuentro de mi esposo, quien se bajó rápidamente y fue a su encuentro, evitando así que el hombre llegara hasta nosotros. Le advirtió que de dirigirnos a la ciudad lo hiciéramos sin acercarnos al centro, pues cerca de hotel Tibesti, el más conocido en Bengasi, se estaba suscitando un enfrentamiento entre milicianos y lo más conveniente era evitar las rutas conducentes al área o no salir de casa.

Era el último día de Ramadán, en el que tras caer la noche y romperse el ayuno, ya se entra en el júbilo del Eid al-Fitr, donde se festeja el final de todas las abstinencias y sacrificios que con fe se han dedicado a Allah durante el mes, en muestra de obediencia y sumisión. La celebración dura tres días, los primeros del Shawwal, el décimo mes del calendario lunar islámico. Y como en las celebraciones más significativas de la comunidad musulmana, se viste la mejor ropa -si es posible se estrena- las mujeres hacen galas de sus joyas, se perfuman y maquillan, mientras que a los niños se les obsequian juguetes, ropa y dulces. Entre adultos también se regalan, por eso comparo estas celebraciones  con las fiestas navideñas que por tradición religiosa y en una fascinante diversidad cultural celebramos en los países occidentales. Es decir, era necesario ir de compras, era el día tradicionalmente destinado a ello.

Transitamos las principales avenidas, evitando el centro de Bengasi (área costera), tal y como recomendó el vecino, lo hicimos de boca abierta y rostros perplejos, era la primera vez que veíamos la ciudad tan desolada. Apenas unos cuantos autos en circulación y uno de los puentes elevados bloqueado por una barricada de costales de arena, junto a un auto que aparentemente había estallado en horas tempranas. Al entrar por una de las calles de mayor actividad económica, la “sharraa ashreen” (calle 20), mi esposo me comentó que usualmente el último día de Ramadán es  imposible transitar en auto, que se acostumbra aparcar y recorrer las tiendas formando parte de la gran estampida humana de consumidores que buscan las mejores ofertas, que ni siquiera durante la revolución vio detenerse la actividad económica de ese modo. Esta vez la población de Bengasi no fue indiferente a los enfrentamientos y a las detonaciones que para entonces ya llevaban más de treinta días de forma constante y sonante. Era más que evidente que imperaba el miedo y muchos, tal vez la mayoría estaban dispuestos a celebrar pero con precaución.

Decidimos visitar el mercado egipcio, que ubica justo al lado del “Bengasi Mall”, si no se da con lo que se busca o se necesita se cruza uno para el otro lado sin tener que mover el auto, sobre todo en los días en que a todos se les ocurre ir de compras después del almuerzo. Esto en un día común, pero aquel día ni se almorzaba, y por lo visto ni se iba de tiendas. El mercado estaba atestado de mercancía, Las “abayas” de fiestas más elegantes y de bisutería fina en primera fila, también los puestos de perfumes, maquillaje, todo para tatuarse de henna y una de las cosas que más disfruto al ir de compras a los mercados populares árabes; ver los cuencos desbordados en coloridas y fragantes especias. Es que se antoja echárselos por encima y celebrar cualquier cosa, lo que sea, como si fuesen confeti o escarcha salidos de una piñata.

Algunas mujeres caminaban en clanes, todas de negro vistiendo el tradicional “niqab”. Ellas lo observan todo y hay veces que parecen tocar a través de la mirada en esos incesantes revoloteos de pestañas. Otras van de “abaya” negra y “hijabs” coloridos cubriendo el cabello, las orejas, el cuello y el pecho, pero dejando sus rostros contentos libres. Contrario a las otras, estas evitan abusar de la mirada, son muy prácticas y precisas con esto de mirar, sobre todo en los mercados donde si no todos, la mayoría de los vendedores son hombres.

Algunos puestos estaban cerrados, mi esposo me dice que tal vez los vendedores han ido a la mezquita a rezar y no deben tardar en llegar, pero después de varios minutos recorriendo los estrechos y laberinticos pasillos de suelo accidentado me comentó que posiblemente muchos comerciantes habían preferido quedarse en casa. Era de entenderse y por lo mismo decidimos aligerar el paso para comprar los regalos de las sobrinas y hacer lo propio. No teníamos una idea clara de los obsequios que queríamos hacerle a las niñas, están todas en esa edad donde aunque todavía puedes encontrarlas  jugando con muñecas, ya les comienza a llamar más la atención todo lo que signifique “remoceo”; ya saben, carteras, joyas de fantasía, maquillajes para niñas… Bueno, árabes al fin, son muy de engalanarse con motivo de fiesta.

Según nos acercábamos a los pasillos donde ubican las jugueterías se podía escuchar algo de algarabía. Al doblar la esquina mi esposo siguió caminando pensando que iba tras de él, pero a pesar de verlo alejándose cada vez más, mezclado entre la multitud; no pude seguirlo, ni siquiera pude moverme. La impresión fue tan fuerte, que me sentí confundida, como si al doblar la esquina, se hubiese abierto una puerta a una dimensión desconocida. Perdí la noción de tiempo y espacio, ya no sabía dónde estaba, recordaba haber entrado al mercado egipcio, caminar en dirección a la juguetería como lo había hecho tantas veces, pero en ese momento ya no lo tenía tan claro, no estaba segura. ¡Por Dios! Eran cientos, miles de armas, de cualquier tipo, de todos los que puedan existir. Era un arsenal, que ni en películas había visto.

Sentía a la gente moviéndose a mi alrededor, se tropezaban conmigo, empujaban tratando de abrirse paso, yo estaba en el mismo medio de aquella abominable estampa donde un tropel de hombres y niños, probaban las armas con evidente experiencia y conocimiento del manejo que requieren. Mi esposo me haló del brazo, molesto porque cuando se había volteado para preguntarme algo no me había encontrado. Se regresó asustado tratando de encontrarme entre la multitud de hombres pensando lo peor. Esa fue una de las pocas veces en que he ignorado su enfado y las advertencias de no dejar saber que soy extranjera, por los secuestros y demás; sólo pregunté qué era todo eso, contestó que eran armas de juguete, replicas exacta por las cuales en Libia están dispuestos a pagar cualquier precio con tal de obsequiar la que más real luzca a los niños; irónicamente como obsequio al final del Ramadán.
 
¡Vámonos! Mi esposo accedió de inmediato, ninguno de los dos nos sentíamos cómodos con la situación en general, me preguntó si quería ir al “Mall” y le contesté que mejor nos regresábamos a la casa y le obsequiábamos dinero a las sobrinas, porque aparte de coquetas a todas les ha dado por ahorrar y les encanta recibir dinero para luego ir de tiendas con sus carteras y pagar ellas por los juguetes o lo que sea que se les antoje. De esa manera se han hecho de sus costureros y retazos de telas, se cosen bolsos  y monederos, también hacen alfileteros para pinchar los imperdibles o alfileres que usan cuando les da por jugar a que son grandes y visten “hijab”. Además compran bisutería y pasan horas confeccionando joyas que luego exhiben los días viernes cuando van de visita a la casa de los abuelos o cualquier otro familiar.
 
¡Taman! Dijo mi esposo en expresión de acuerdo, pues era una buena idea que nos permitía regresarnos de inmediato a la casa, pero ya de salida al ver un estante de bolsitas de regalos se me prendió el bombillo. Días antes había visto a Reem, una de las niñas sacando de su carterita un pedazo de algún espejo roto. Se lo quité de las manos y le advertí que nunca más debía jugar con ese tipo de cosas, la madre nos escuchó y llegó justo cuando yo tenía el pedazo de espejo en la mano. ¡Ufff! ¡Pobre de mi sobrina! Por eso se me ocurrió tomar de mis maletas, unos espejos compactos de esos que se llevan en las carteras, que los había comprado durante mi visita al mercado egipcio de Estambul. Eran unos espejos hermosos con labrados de diseños florales decorados con piedritas de colores. Imaginé la carita de Reem al abrirlo y mirar su hermoso rostro reflejado en él, imaginé a cada una de ellas, tan bellas y presumidas con esos ojos oscuros, almendrados enmarcados por espesas pestañas saltarinas y supe que entre el dinero y los espejos, la alegría de las niñas estaba más que asegurada y podíamos regresarnos a casa en paz.

Al día siguiente, en el primer día del Eid, tal y como se acostumbra, mi esposo y yo nos pusimos bonitos, felicitamos a los de la casa y nos fuimos de visita. Mi esposo repartió dinero entre sus padres y sus seis hermanas, las solteras y las casadas, aunque a Maha, la más pequeña se le había enviado desde hacía unos días, un paquete con su regalo y los regalos para los dos niños, pues viven en Sabha, una ciudad a doce horas de distancia en auto.

Después de visitar la casa de mi cuñada Hana y su esposo Abu Waleed nos dirigimos a la casa de mi cuñada Fatin y su esposo Husán, trayecto corto, pues la familia vive toda en un mismo barrio, en calles no muy distantes. Al llegar a la casa de Ftin, como de costumbre, mi esposo tocó el timbre y se identificó por el “intercom” mientras yo aún en el auto, esperaba autorización para bajarme; es la costumbre aquí en Libia, la mujer no se expone hasta que abran la puerta y del auto pueda desplazarse rápidamente hasta el interior de la vivienda.

Para nuestra sorpresa quien abrió la puerta fue un niño desconocido, como de unos diez años; juagaba descalzo, con pantalón a mitad de las pantorrillas y replica de un “AK-47” en mano. Antes de que pudiésemos reaccionar apareció Husán acompañado de un amigo, nos invitó a pasar. Como había un hombre ajeno a la familia, mi concuñado fue muy formal, se limitó a un “Aleikum Salam” sin darme la mano, ni gastarse alguna de las bromas de las que ya estamos acostumbrados a intercambiar cuando tenemos oportunidad de compartir. Es más, ni siquiera me miró y casi a coro mi esposo y él me pidieron que por favor entrara a la casa y me reuniera con las mujeres en el salón. El niño armado me fue escoltando y yo sin decir palabra porque aún no salía de mi asombro, pues en la familia de mi esposo no es normal regalar juguetes bélicos; ya si se trata de autos y aviones a control remoto, es otra cosa.

Después de quitarme las sandalias y colocarlas en la zapatera del recibidor, veo que el salón de mujeres está vacío y escucho voces en el salón familiar. Al acercarme veo varias mujeres, tres o cuatro, pero noto que están descubiertas, muy cómodas viendo la televisión y conversando, no conocía a ninguna de ellas. De hecho era la primera vez que coincidía en casa de alguna de mis cuñadas con visitas que no fuesen parte de la familia; al verme me invitaron a pasar. Fui saludándolas una por una entre los “Salam Aleikum”, “Aleikum Salam” y los besos, trataba de ubicar a mi cuñada o a alguna de mis sobrinas, pero las mujeres al parecer estaban retozando en el salón sin que la dueña de casa estuviese presente. Me senté y en vista de que el silencio era sepulcral decidí asomarme al cuarto de las niñas, a quienes encontré jugando de lo más divertidas junto a otras que intuí debían ser hermanas del niño armado. Nos abrazamos y mientras retomaban el juego de vestir a Barbie en la computadora una de ellas me dijo que mi cuñada se estaba bañando. Eso sí que me pareció raro, mi cuñada Fatin siempre está lista y de punta en blanco, igual que su casa, sobre todo si de recibir visitas se trata. De todas sus hermanas es la más refinada, la de más vida social y aunque al igual que su esposo se graduó de ingeniería civil, al casarse tomó la decisión de no trabajar y aunque las niñas ya van a la escuela a tiempo completo, prefiere quedarse en casa, le encanta cocinar, tiene arte para la repostería, las manualidades, las plantas y la decoración. Ella incluso, hizo los planos de su casa y debo reconocer que cada espacio fue funcionalmente pensado.

Me regresé al salón familiar y me senté junto a las mujeres dispuesta a sonreír durante los cruces de mirada y a fingir interés en algún programa de televisión. La mayor de las mujeres me preguntó si era palestina, le dije que no. Entonces una de las hijas me preguntó si era libia, contesté con otro no y entonces me di a la titánica tarea de explicar lo que soy, “soy puertorriqueña” dije y fue como dar cuerda, como apretar el botón y dar inicio a la ya acostumbrada conversación tipo entrevista. Mi cuñada tardó bastante, al punto de que ya las mujeres y yo parecíamos amigas de toda la vida. Hasta que apareció bonita, como es y con la bandeja de té, como dueña de casa. Ella habla un inglés menos que básico y no siempre estoy segura de que me entiende cuando le hablo, pero puso a las mujeres al día en lo que a mí respecta. Las mujeres sonreían y decían; ¡Mashaallah! ¡Mashaallah!

El niño armado entró al salón, traía un mensaje del padre, las mujeres saltaron de los cojines, se cubrieron a toda prisa, se dirigieron al salón de hombres que también estaba vacío y trajeron consigo bultos de ropa y bolsas con efectos personales, se despidieron, se abrazaron a mi cuñada mientras le expresaban  agradecimiento y le deseaban mil bendiciones. Cuando mi cuñada quedó finalmente a solas conmigo suspiró de espalda pegada a la puerta y extendiendo los brazos en señal de alivio. Del todo intrigada pregunté qué pasaba, que quiénes eran ellos. Y me explicó que el esposo de la mujer era un ingeniero palestino compañero de trabajo de mi concuñado, que los había llamado hacían dos días pidiendo refugio porque las milicias habían tomado terrenos baldíos aledaños al barrio donde viven y no tenían otro lugar donde refugiarse y garantizar la seguridad de su familia. Llevaban dos noches durmiendo en los salones de visita, ambos salones son alfombrados, con almohadones, cojines de suelo y acondicionador de aire. Los habían llamado para informarles que el peligro había pasado y podían volver a su casa. Para mis adentro: Y encima de todo le obsequian un arma a su hijo para que crezca creyendo que la guerra y matar es cosa de juego. ¡Ya Allah!

Casi de inmediato mi cuñada recibió una llamada, varias amigas y sus familias venían de camino, mujeres palestinas que casualmente conocí un día que andaba de pasadía con mi esposo en el “Stone Park” de Tocra y que resultaron ser amigas de mi cuñada. Fatin insistió para que nos quedáramos y yo pudiese compartir con las amigas, pero ya mi esposo había llamado a la familia Shehabi y a dos amigos en la ciudad de Bengasi para visitarlos y celebrar el Eid con ellos. Inconforme nos dejó ir pero nos hizo prometerle que regresaríamos en la noche a cenar con ellos, mi esposo contestó como todo musulmán… ¡Insha Allah! O sea, si Dios permite, expresión que en algunas ocasiones sirve para no comprometerse.

 

En el apartamento de los Shehabi estaban todos los nietos, todos guapos y engalanados. La madre de nuestro amigo Mohamaad siempre dulce, siempre amable, siempre buena. Hani se retiró al salón de hombres y yo quedé con las mujeres. Comimos, bebimos, conversamos y de repente entra el esposo, Yusuf, repartiendo dinero y dulces entre todos los nietos. Es un esposo, padre y abuelo excepcional, siempre alegre, siempre humilde, siempre disponible. Ellos son como mi segunda familia aquí en Libia, son palestinos que llegaron del Líbano hace muchos años y por las oportunidades de trabajo existente en aquel entonces decidieron quedarse, como lo hizo la familia de mi esposo después que se vieron forzados a abandonar Palestina y recorrer Jordania, Siria y Egipto, donde nació mi esposo.

De allí salimos en dirección a la casa de uno de los amigos de Hani, otro palestino, pero la calle estaba cerrada, una “jaima” fúnebre cortaba el paso y la cantidad de autos y gente conglomerada  era suficiente como para cambiar el orden de las visitas y llamar a Farej, un amigo sirio al que mi esposo no veía hacia muchísimo tiempo.

 

Farej nos esperaba frente a la entrada del edificio donde ubica el pequeño apartamento en el que vive con su esposa Reem y sus hijos, Waffa una preadolescente, Ahmad de unos nueve años y Kamal, el remolino viviente de tres años de edad, que nos ha robado el corazón  a mi esposo y a mí. Recuerdo que Farej me saludó dándome la mano pero evitando la mirada, él y Hani se abrazaron y se besaron como acostumbran hacer aquí los familiares y amigos cercanos. Cuando se abrió la puerta la primera en abrazarme fue Reem, con su carita redonda, blanca, alegre y luminosa, luego recibí un beso de Ahmad, también de Waffa con la misma descripción de la madre pero sin hijab y el chiquillo se refugiaba en las piernas de la madre, tímido y desconfiado.

Nos invitaron a pasar al salón familiar donde para mi sorpresa se sentaron todos. Farej y Hani no paraban de cotorrear como todos los amigos que se aprecian y que continúan la relación, la conversación y el cariño donde mismo lo dejaron la última vez que se vieron. Entonces Reem se dirigió a mí, me preguntó no sé qué cosa y yo de inmediato miré a mi esposo, quien le aclaró a todos que yo no hablaba árabe y que mi comprensión del idioma era prácticamente cero. Reem se sorprendió tanto como los niños, Farej me habló en inglés, pero Ahmad saltó fascinado del sofá , se acercó bastante, me miraba como si yo no fuese de este planeta y en árabe me preguntó que cómo era posible que yo no hablase árabe. Todos comenzaron a reír, a carcajadas y yo pedía traducción; de ahí en adelante les puedo decir, y ahora que lo estoy escribiendo me emociono muchísimo, les puedo decir que Frej, Reem y los niños, han sido AMIGOS con mayúsculas.
 
La familia entera se involucró en los asuntos de nuestra mudanza, desde transporte hasta limpieza y organización, en dos  meses y medio de amistad hemos cenado y almorzado en nuestros respectivos hogares muchas veces, hemos ido de playa, de pasadía y en estos momentos en que mi esposo no se encuentra en la ciudad por cuestiones de trabajo, nuestros amigos sirios se han encargado de mí como si fuesen familia. Con Reem y Waffa he ampliado mi vocabulario, puedo decir que en dos meses y medio he aprendido más árabe que en dieciséis meses que llevaba viviendo aquí en Libia antes de conocerlos. Los niños se refieren a nosotros como “amu Hani” y “meme Aziza”, o sea tío y tía, mientras que Farej y Reem nos tratan como hermanos. Estos seres llegaron a nuestras vidas en momentos muy difíciles, en los que perdí mi embarazo, en los que entendimos que debíamos mudarnos de la casa familiar, esto en medio de pleno conflicto armado, de una de las peores crisis en la industria petrolera del país que representó una interrupción seria en la actividad laboral y el salario de mi esposo y otras tantas cosas más.
 
En fin, que de muchas maneras Dios nos demuestra que nunca nos desampara, que no nos deja solos y que muchas veces lo hace de la manera más natural y menos esperada, así, a través de la familia, de los amigos o de gente que aparece y por afinidad uno da entrada sin sospechar lo mucho que pueden llegar a significar en nuestras vidas. Agradezco a Dios y a pesar de los pesares, me siento bendecida por contar con lo que realmente cuenta en esta vida, el amor. Pues he aprendido que la vida es toda amor y el amor es todo vida.
 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Estamos bien pero, ¿y la basura qué?






4to. Día: Desde anoche deje de sentirme como Macaulay Culkin en Home Alone; ya extraño mucho a Marido. Especialmente al momento de comer  o ver televisión en las noches. Me llama cada día, en las tardes, sabemos que estamos bien pero no es suficiente. Sé que le preocupa que es la primera vez que se va al desierto y yo quedo distante del círculo familiar, mientras que de mi parte es la preocupación de siempre, sobre la inseguridad y violencia que se vive en el país y de cómo eso suele afectar las instalaciones de petróleo y gas en el desierto. Esperemos que estos días se hagan cortos, mi esposo esté seguro concentrado en su trabajo y yo pueda mantenerme aquí con la mente ocupada.

Ayer se comunicaron Farej y su esposa Reem, los sirios. Querían saber si necesitaba algo y recordarme que Hani los había encargado en caso de que sucediera o yo necesitara cualquier cosa. En la noche Husán y mi cuñada Fatin también se comunicaron por los mismos motivos. Hasta ahora no necesito nada, todo marcha bien, pero mi única preocupación es el asunto de la basura. Cuando vivía en la casa familiar yo colocaba la bolsa de basura en el descanso de la escalera y una de las hermanas solteras de mi esposo, la que se encarga de todo lo relacionado al jardín subía sigilosamente y disponía de la misma quemándola en el exterior de la casa. Es la manera en la que se manejan los desperdicios aquí en Bengasi, pues desde la revolución el recogido de basura y todo lo relacionado con sanidad pública, mantenimiento y ornato han quedado un tanto a la deriva. Cuando los trabajadores de sanidad no reciben sus sueldos en el periodo de dos o tres meses se van al paro, o sea de huelga, como corresponde. Entonces quienes no viven en áreas rurales con posibilidad de hacer hogueras para manejar los desperdicios, se ven obligados a improvisar vertederos en las avenidas principales o en terrenos baldíos circundantes a los barrios o en dirección a las afueras de la cuidad.

Cuando le pregunté a mi esposo cómo hacer con el asunto de la basura se llevó las manos a la cabeza. Me dijo que le pediría a Fatin y a Husán que viniesen cada dos días a recogerla, pero le pedí que no lo hiciera, pues ellos viven en el mismo barrio que el resto de la familia, a unos veinte o treinta minutos en las afueras de Bengasi y además ella está embarazada en condición de alto riesgo; tienen dos niñas hermosas e inteligentes, pero andan buscando el varón y los últimos tres intentos se han malogrado. ¡Dios sabe más! Esperemos que esta vez podamos celebrar la llegada de un nuevo sobrino.  

En fin, que la orden de mi esposo fue no salir sola y no abrir la puerta o hablar con nadie que no sea parte de la familia o los amigos más cercanos como Farej y su esposa y cualquier miembro de la familia Shehabi. Decidimos que colocaría la basura en bolsas dobles y evitando líquidos dentro de ellas, en el balconcito que da al “mini salón”. Si me visita alguien de los autorizados aprovecho y como un asunto casual le pido que se lleven las bolsas, lo contrario es esperar a que mi esposo regrese.

He pensado en la posibilidad de cubrirme bien y caminar hasta la avenida que esta apenas doblando la esquina, como hace mi esposo cada noche; sólo a dejar la basura y regresarme sin hablar o mirar a nadie, lo haría de día, pero me preocupa que algo imprevisto suceda, las cosas se salgan de mi control y suceda algún infortunio. Además mi esposo es amoroso, pero como todo ser humano cuando se enoja con razón, hay que dejarle el canto. Así que ni lo intento. Siempre le reclamo a mi esposo, “Mira, hay mujeres solas en las tiendas, caminando por la calle” y me dice, “Claro, mujeres mayores, vestidas con niqab y que no son extranjeras. Cualquier cosa que pase tienen un esposo libio y el respaldo y protección de toda una familia libia”. Después de escuchar eso recapacito, no estoy aquí para cambiar la idiosincrasia libia, nuestra estadía aquí es temporal, y mi esposo, que tampoco es libio, siempre prioriza la seguridad y tiene razón. Aun así me he imaginado saliendo de tiendas sola vestida en “niqab”, sin hablar y mirando sin ser vista tras las telas oscuras, así como me miraba la “Munacabat” del autobús en el aeropuerto de Estambul. Pero tranquilos, sólo sucede en mi imaginación, no voy a salir sola y mucho menos en ausencia de mi esposo.

Aquí les comparto fotos que lastimosamente evidencian la ausencia de conciencia ambiental de los habitantes de Bengasi, siendo este en mi opinión, uno de los problemas más grandes que enfrenta esta ciudad después del asunto de seguridad y violencia.  


Avenidas principales de la ciudad de Bengasi a 3 semanas de la huelga de los empleados de sanidad.

 
Complejo Juliana y alrededores de la ciudad de Bengasi.

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